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Camarena de la Sierra
(oración fúnebre por José Luis Olmos Roca)

jueves 7 de diciembre de 2023
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Vicente Adelantado Soriano (izquierda) y José Luis Olmos Roca
Comenzamos a planear otros viajes. Muchos viajes. Muchísimos. Los más largos con ropa de repuesto. Y ahora, por desgracia, se han terminado. Me he quedado solo. Y te echo mucho de menos, muchacho.
Y por la orilla del mar estruendoso se fue en silencio.1
Homero, Ilíada.

Ni yo tendría que estar aquí, ni ustedes tampoco. Yo tendría que estar caminando por la Vía Verde, o por cualquier otro sendero o camino, con José Luis. No ha podido ser, y quien nos lo ha arrebatado nos ha reunido en este lugar para recordarlo.

José Luis y yo nos conocimos en el instituto Benlliure de Valencia. Un instituto nuevo, acabado de inaugurar. El nacimiento de nuestra amistad fue un tanto peculiar, pues no íbamos a la misma clase. Tendríamos unos quince o dieciséis años por aquel entonces. Nos conocimos en el patio, donde no compartíamos juegos con nuestros ruidosos compañeros. Nos vimos, nos saludamos, comenzamos a pasear por el patio, y poco a poco fue surgiendo una gran amistad. En aquella época me prestó la novela de moda, El Jarama, de Sánchez Ferlosio. La leí y se la devolví. Hablamos mucho de literatura.

Poco después comenzamos a hacer acampadas de fin de semana con algunos compañeros más. Y varios viajes más o menos largos.

De los viajes que he hecho en mi vida, recuerdo dos con verdadero cariño. Ninguno de los dos tiene nada de exótico.

En la historia de la humanidad ha habido, y hay, grandes viajes. Viajes para todos los gustos: iniciáticos, culturales, de mero placer o entretenimiento, o de exploración y búsqueda del conocimiento, de los orígenes o de uno mismo. Algunos de estos viajes, exóticos en la mayoría de los casos, han marcado a sus protagonistas para toda la vida. Pues en algún lugar se han tropezado con un santón, un dios, con una piedra, un círculo sagrado o un paisaje que los ha conmovido y transformado para siempre.

De los viajes que he hecho en mi vida, recuerdo dos con verdadero cariño. Ninguno de los dos tiene nada de exótico. El primero fue a un pueblecito de la provincia de Teruel, Camarena de la Sierra. Y el otro, el más reciente, a Ampurias y Sant Pere de Rodes, en Girona. Ambos viajes los hice en compañía de José Luis.

Al finalizar el curso nos fuimos a Camarena de la Sierra, junto con otros dos compañeros. Nos alojamos en la casa de los parientes de uno de ellos. Teníamos planeado marcharnos al día siguiente a Valacloche. Desde este pueblo, con el autobús, nos iríamos a Teruel y a Albarracín, meta del viaje.

No recuerdo de quién fue la idea. De uno de los dos, seguro. Se nos ocurrió hacer una marcha nocturna, de unos siete kilómetros más o menos. Recorrer el camino de noche, y esperar a nuestros compañeros en la parada del autobús de Valacloche. Llenos de entusiasmo preparamos las mochilas, de alquiler en aquella época. Las mochilas en realidad eran unos bolsillos no muy capaces en los que llevábamos latas de conserva, algún mendrugo de pan, y la manta, los sacos de dormir serían posteriores, junto con una pequeña cantimplora. Y linternas.

Toda la información que teníamos al salir de Camarena era que para ir a Valacloche deberíamos ir río arriba. Arriba o abajo, ya no recuerdo. Entusiasmados nos lanzamos a la calle cuando ya era de noche. Y nos pusimos a caminar contentos y alegres. La primera dificultad, abandonado el pueblo, fue dar con el río. Con nuestras famélicas linternas alumbramos un riachuelo, al que dejamos de ver a los pocos pasos. Pero intuyendo que corría por allí, seguimos caminando por el monte. Animándonos el uno al otro. La noche cada vez era más oscura. En el cielo brillaban multitud de estrellas. Ninguna luz artificial se dejaba ver en la negrura de aquellos montes. No dimos con ningún camino. Íbamos a campo traviesa. Sin detenernos. Pasaban las horas, disminuía el contento, y Valacloche no aparecía por ninguno de los puntos cardinales. En el cielo cada vez había más estrellas. Fuera de ellas, no veíamos luces ni farolas por ningún sitio. Seguimos caminando durante horas y horas en la oscuridad. El río ni se sabía por dónde estaba, suponiendo que estuviera por algún sitio. Serían las dos de la madrugada cuando, al fin, tras una loma, vimos las primeras farolas de un pueblo. Un quitamiedos y la curva de una carretera. Nos lanzamos hacia ella trepando como pudimos. Pero cuál no sería nuestra sorpresa cuando, en la carretera, un cartel nos anunció que estábamos entrando en Camarena de la Sierra.

—Es una alucinación —dijo José Luis no queriendo dar crédito a sus ojos—. Apaga la linterna, y vuelve a encenderla. Puede que estemos obsesionados.

—Obsesionados del todo —renegué al comprobar, una vez más, que nos hallábamos en el punto de partida.

Nos pusimos a caminar de nuevo en medio de la oscuridad. A los pocos pasos estábamos tan perdidos como al principio.

Hacía frío. Llevábamos caminando toda la noche. Pero no dimos nuestro brazo a torcer. José Luis, con ese desparpajo tan suyo, se metió en el horno, la única casa con luz del pueblo, y salió con la misma información: seguir el río, no recuerdo si hacia el nacimiento o hacia la desembocadura. Y nos pusimos a caminar de nuevo en medio de la oscuridad. Con idéntico resultado. A los pocos pasos estábamos tan perdidos como al principio. Seguimos y seguimos caminando por el monte. Al ser noche cerrada ignorábamos si estábamos dando vueltas o íbamos en línea recta. Y así hasta que no pudimos más. Estábamos agotados. Nos envolvimos en las mantas como pudimos y dormimos un poco tumbados sobre la fría y dura tierra. No mucho. Yo me desperté tiritando de frío. Y tiritando traté de prender algunos arbustos. Imposible. José Luis, más sereno, me conminó a dejar de intentar quemar el monte, y a ponernos en marcha. Caminando entraríamos en calor. No tardamos en hacerlo.

Dimos con el camino con los primeros rayos de sol. Y por fin, pasando por la fuente del Cabrito, llegamos a Valacloche. Preguntamos por la parada del autobús. Una vecina nos informó de que el autobús de Teruel ya había salido.

—¿Y a qué hora sale el próximo?

—¡Huy! —exclamó la mujer riéndose—. La semana que viene.

Nos quedamos de piedra. La misma señora nos informó de la distancia a donde estaban, se supone, nuestros compañeros: unos treinta kilómetros.

No discutimos en ningún momento. José Luis y yo jamás hemos discutido ni reñido. Tras comernos el mendrugo de pan, beber agua sin vaciar las cantimploras, y sabiendo que no había más remedio, nos pusimos a caminar por la carretera. Camino de Teruel. Por allí no pasaba ningún coche. Un señor mayor, se iba al campo a trabajar, nos invitó a cargar las mochilas en el serón de su manso borriquillo. Durante unos kilómetros fuimos más ligeros de equipaje. Pero el señor y el borriquillo se quedaron en el campo, y nosotros seguimos caminando. Confiando en que los otros dos nos esperaran en algún lugar. El sol comenzaba a picar. No sabíamos cuántos kilómetros nos quedaban para llegar a la meta. Tendríamos dieciséis o diecisiete años, pero el cansancio comenzaba a hacer mella en nosotros otra vez.

—¡Viene un coche! —exclamó de repente José Luis. Nos volvimos. Y sí, hacia nosotros venía un coche amarillo, un coche conocido como un dos caballos. Una especie de lata de conserva con motor. Con decisión José Luis, convertido en emperador romano, se puso en medio de la carretera, levantó el pulgar de su mano derecha, y el coche, en lugar de esquivarlo, se detuvo.

La conductora era una chica joven. La maestra de Valacloche. Una chica simpática y agradable. Nos invitó a subir. Y al cabo de pocos minutos nos dejó en Teruel. No tardamos en dar con nuestros compañeros, y en dirigirnos los cuatro hacia Albarracín.

Al cabo de muchos años, y de muchas vicisitudes, nos volvimos a encontrar por mediación de un antiguo compañero.

No vale la pena lamentarse por el pasado. Terminado el bachillerato, José Luis se decantó por Magisterio, y yo, hecho un lío, por Filosofía y Letras. Perdimos el contacto. Nuevas amistades, nuevos planes. Yo me dejé los estudios. Los retomé al cabo de muchos años. Y al cabo de muchos años, y de muchas vicisitudes, nos volvimos a encontrar por mediación de un antiguo compañero. Llamadas telefónicas, preguntas, internet… Poco a poco fuimos localizados los viejos alumnos del instituto Benlliure. Hubo una comida, recuerdos, reconocimientos, risas. Y en esa comida surgió la idea de volver a Camarena de la Sierra y averiguar, si era posible, por qué nos habíamos perdido.

Nadie nos secundó. Volvimos los dos solos. Con su coche, como iba a ser habitual. Nos alojamos en un pequeño hotel. Luego hicimos el trayecto, a pie, de Camarena de la Sierra a Valacloche un par de veces, por el día y por la noche, rememorando nuestra gesta de hacía más de cincuenta años. Creímos descubrir el origen de nuestros males de entonces. Pero hallamos otros no menos divertidos. Era verano. Hacía calor. Y bebimos hasta saciarnos de la fuente del Cabrito. Y al día siguiente pagamos las consecuencias. Unas veces nos dio tiempo a bajar del coche, y otras ni a desabrocharnos los pantalones. Nos lavamos como pudimos en un río de aguas puras y cristalinas. No llevábamos ropa de repuesto. Y oliendo, y no a ámbar, nos metimos en un restaurante. Los pobres camareros se acercaban a nuestra mesa con una más que comprensible aprensión. Estábamos locos por volver a casa y poder ducharnos.

Al día siguiente, limpio y aseado, José Luis llamó al Ayuntamiento de Valacloche: se empeñó en hacerse con la maestra que nos recogió en autostop hacía la friolera de medio siglo, más o menos, para reiterarle nuestro agradecimiento. No hubo forma de dar con ella. Menos con el señor del borriquillo. Hubiéramos vuelto a Camarena de la Sierra de mil amores. Y la hubiéramos invitado a comer. Fue imposible. En su lugar comenzamos a planear otros viajes. Muchos viajes. Muchísimos. Los más largos con ropa de repuesto. Y ahora, por desgracia, se han terminado. Me he quedado solo. Y te echo mucho de menos, muchacho. Sit tibi terra leuis.

Vicente Adelantado Soriano
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Notas

  1. Homero, Ilíada, I, 34, Abada Editores, Madrid, 2016. Traducción de F. Javier Pérez.
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