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Enfermos

jueves 14 de diciembre de 2023
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Enfermos, por Vicente Adelantado Soriano
Dios Asclepio. Hallado en Ampurias (Gerona) y tallado en mármol del Pentélico.
La salud siempre ha sido una aspiración universal y, sin embargo, en cualquier cultura el hombre ha tenido que enfrentarse necesariamente a la enfermedad, propia o ajena, y es entonces cuando con más ahínco ha buscado procedimientos para su sanación.1
Mercedes López Salvá, La sanación.

A veces me sorprenden ciertas casualidades que se dan en la vida. Tal vez en otros tiempos, algún sacerdote, sabio o arúspice, las hubiera interpretado como un mensaje de los dioses inmortales. Mensaje, como todos ellos, un tanto oscuro, y difícil de descifrar. Yo prefiero no darles más importancia a estos hechos o casualidades. Me sucedió, entre otras muchas ocasiones, una tarde camino de la facultad. Tuve entonces el fuerte presentimiento de que me iba a encontrar con un amigo. Y efectivamente, al doblar la esquina, dimos el uno con el otro. Me sorprendió la veracidad de mi corazonada, pero ni me preocupó, ni vi en ella ningún mensaje divino. Como tampoco lo vi en cuanto me contó mi vecino hace dos días. Tan próximas sus palabras a mis últimas cavilaciones.

—Hace tiempo —me dijo sentados ambos frente a la botella de vino y a las dos copas de fino cristal— conocí a un hombre de mi edad. En el ambulatorio. Fuimos ambos a extracciones, a que nos sacaran sangre para varios análisis. Al pobre no le encontraban la vena. Se desmayó. Lo cogí antes de caerse por los suelos. Y luego, acortando el cuento, lo acompañé a su casa. Iba solo. Como yo. Coincidimos, después, varias veces en el mismo lugar. Y alguna mañana me invitó a tomar un café o a almorzar.

—Cualquier lugar es bueno para entablar amistades —dije por decir algo.

—No se puede decir que haya surgido una amistad. Pero sí me ha permitido conocer un poco mejor a la humanidad… ¡Ah, qué pretencioso suena esto! Lo siento. Perdóneme.

—No hay nada que perdonar. Siga, siga.

No es de extrañar que una persona mayor busque vivir un día más, y otro… Mientras hay vida, hay esperanza.

—Como ya le he dicho, a partir de aquel día coincidimos varias mañanas en el ambulatorio. Y cada vez lo veía peor, más decrépito. La última vez, ayer, me confesó, y me dejó helado, que se va a Lourdes en busca de un milagro. A los ochenta y pico de años. Y con la salud hecha añicos.

—Bueno. Cosas más raras se han visto. No es de extrañar que una persona mayor busque vivir un día más, y otro… Mientras hay vida, hay esperanza.

—Sí. Algo así he pensado yo también. No obstante, en mi juventud me hubiera reído de él…

—La juventud es muy cruel.

—Sí. Es cierto. Ahora no me he reído, desde luego. He pensado que curarse no se va a curar, pero mientras va y viene por el camino se entretiene.

—No descarte —dije sonriendo— que se meta en el agua lustral de Lourdes, y salga de allí hecho un efebo portando lanza y escudo. El chiste está en dar con Medea.

—¿En Lourdes? Sí, porque el cristianismo no va por esos derroteros. Y Medea en Lourdes, creo, tiene vetada la entrada.

—Esto me ha traído a la mente reflexiones del otro día. ¿Se ha percatado usted de que no sabemos la edad de Lázaro cuando lo resucitó Jesucristo? Ni de cuando murió. Ni si volvió igual a la vida, o con nuevas características. No dicen nada sobre estos sucesos. Sólo sabemos, según dicen, que tras su segundo y definitivo óbito fue enterrado en Larnaca, Creta, patria de Afrodita por cierto.

—¿Y eso tiene alguna importancia?

—Pues no, la verdad. ¿O sí?

—Siempre que he oído esa historia —me dijo un tanto triste— me ha parecido que Cristo le hacía un flaco favor a Lázaro: debía morir otra vez. Y quizás morir no sea muy agradable. Hay experiencias, creo, que es mejor no repetir.

—A Lázaro nadie le preguntó su opinión.

—Ni a nosotros tampoco para traernos a este mundo.

—Son dos cosas distintas, querido amigo. Reflexionando sobre ello, la resurrección de Lázaro se produce no por Lázaro sino para la exaltación de Jesús, el hacedor de milagros. Es él quien habla. Lázaro, en todo el relato, no dice ni mu. ¿No es extraño? No sé, dar las gracias, o enfadarse por volver de nuevo a este puñetero mundo. O contar cómo le ha ido por allá… Lázaro es una pobre excusa.

—No había pensado en eso nunca. Explíquese.

—Yo tampoco. Pero llevo unos días un tanto extraños: esta historia, y otras parecidas, me rondan por la cabeza allá por donde voy. Conocerá usted, por la literatura, viajes al más allá en busca de respuestas…

—Sí. Alguno conozco. Pero, la verdad, nunca me han interesado mucho. Son un calco de los viajes por el más acá.

El héroe filántropo por excelencia es Prometeo. Éste roba el fuego de los dioses para entregarlo a los hombres. Y es a partir de ese robo cuando comienza la civilización.

—No le falta razón. Y no deja de ser un asunto interesante. Mire, en la filosofía griega, o mejor, en el teatro, hay una cosa llamada filantropía: el amor al semejante, al hombre. El héroe filántropo por excelencia es Prometeo. Éste roba el fuego de los dioses para entregarlo a los hombres. Y es a partir de ese robo cuando comienza la civilización.

—Sí. Recuerdo el mito. Y recuerdo la importancia del fuego. No era fácil de producir en aquellos tiempos. Por cierto, ¿ha visto usted la película En busca del fuego?

—Sí. Casi me obligó a verla usted. Visión obligatoria.

—No exagere. Es una buena película.

—Era una broma. Aprovechemos la ocasión: imagínese usted que entonces, en la película, aparece por allí Prometeo y les entrega la fístula con unas brasas a aquellos pobres neandertales.

—Lo hubieran adorado como a un dios. Desde luego, Prometeo fue todo un filántropo.

—Y no olvide el precio tan alto que pagó. Dejando de lado a Prometeo, hay otro filántropo que conecta con cuanto estábamos diciendo antes. Este le gustará.

—¿De quién se trata? No caigo.

—De Asclepio. El dios de la medicina. Era hijo de Apolo y de una princesa de Tesalia. Pero ésta le fue infiel a Apolo y su hermanita, la colérica Artemis, la mató. Eso sí, entregó el feto al centauro Quirón. Éste lo crio y le enseñó el arte de la medicina.

—Me encantan las historias que me cuenta usted.

—No son mías. Mitología griega. A mí, por desgracia, la imaginación no me llega para tanto.

—¿Y qué sucedió a continuación?

—Pues que Asclepio se convirtió en un buen médico y en una excelente persona. Deseando mitigar el dolor del hombre, volvió a la vida a más de un fallecido.

—¿Y qué sucedió?

—Lo previsible: lo castigó Zeus, como a Prometeo. Aquél no podía soportar que se invirtiera el orden divino, de nacimiento, desarrollo y muerte. Recuerde, además, que Zeus promovió la guerra de Troya porque el mundo estaba, en aquellos siglos, superpoblado.

—Interesante… Podríamos recurrir a Asclepio para devolver la esperanza a mi compañero de extracciones.

—Asclepio tenía muchos templos por Grecia. Y la gente, enfermos y demás, acudían a ellos como siglos después se ha acudido a Lourdes, Fátima, o a donde sea.

—Con idénticos resultados.

Me he hecho muy mayor. Ya no discuto con nadie. Oigo a unos y a otros, y me vengo a mi casa sin haber abierto la boca.

—No lo sé. Recuerdo que un día, en una clase de griego, el profesor nos puso un texto que contaba el viaje de un niño, se había quedado ciego por un puñetazo en una pelea, con su padre, al templo de Epidauro, el más famoso de todos los dedicados a Asclepio. El niño pasa una noche durmiendo en el templo, lo debían hacer los demandantes. Cuenta que durante el sueño, se le apareció el dios y le curó los ojos: recuperó la vista. Mentira o verdad, a mí aquella historia me llenó de ternura. Máxime cuando el niño, en pago, le da a Asclepio las tres conchas que tiene.

—Algo así me ha sucedido a mí con mi compañero de extracciones. Me ha dado mucha pena. Pero en ningún momento me he reído de él ni lo he criticado… Me he hecho muy mayor. Ya no discuto con nadie. Oigo a unos y a otros, y me vengo a mi casa sin haber abierto la boca.

—Somos almas gemelas, querido amigo. Otro tanto me sucede a mí. Y tampoco nadie —dije con una triste sonrisa— interrogó a ninguno de los resucitados por el dios Asclepio. O no nos han llegado las respuestas.

—Paciencia. Dentro de poco lo sabré. Aunque me temo que no podré informarle.

—Una pena. Pero no se apresure a saberlo. Me quedan muy pocos amigos, como sabe.

—No. Me lo tomaré con calma, pues me gusta la poesía. Y como dijo Gustavo Adolfo Bécquer, mientras haya misterio habrá poesía.

—Así sea. Que podamos sostener muchas conversaciones como esta o similares.

—Brindo por ello. Y por quienes no están. Y se les echa de menos.

Vicente Adelantado Soriano
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Notas

  1. Mercedes López Salvá, La sanación, en Religión griega, una visión integradora. Alberto Bernabé y Sara Macías Otero (editores). Madrid, 2020, pp. 301 y ss.
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