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Catábasis

jueves 21 de diciembre de 2023
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Catábasis, por Vicente Adelantado Soriano
Una vez le dije que me gustaría muchísimo saber tocar algún instrumento, o cantar como los ángeles o hacer algo muy bien: bajaría a los infiernos, como Orfeo, y trataría de rescatarla. “Orfeo y Eurídice”, por George Frederic Watts
Es posible conversar con los amigos ausentes, sin duda, cuantas veces quieras, todo el tiempo que desees.1
Séneca, Epístolas a Lucilio.

—El pueblo —me dijo aquella fría tarde de mediados de diciembre, a su regreso del mismo— se ha cargado de tantos recuerdos que las calles que veo no son las reales, sino las de mi infancia. A menudo tengo la impresión de haberlo congelado. O de habérmelo inventado.

—Sí. Lo entiendo. A mí también me sucede lo mismo en momentos determinados.

—En estas fechas, cuando hace frío y el cielo está encapotado, me atacan la tristeza y la melancolía con fuerzas renovadas.

—Son unos días tristes. Cierto. Todos echamos de menos a algún familiar, conocido o amigo.

Me entregué a mi trabajo con pasión: a la confección de una postal hecha por mí para mi madre.

—Me he acordado, en el pueblo, de una mañana especial. La llevo grabada a fuego. Antes se celebraba en el mes de diciembre, el ocho concretamente, el Día de la Madre. El maestro del pueblo nos reunió en la escuela un sábado, día libre. No era obligatoria la asistencia. Pero huelga decir que fui. El maestro llegó al colegio muy temprano. Cuando abrió las puertas, y entramos unos cuantos, pocos, la estufa de hierro estaba al rojo vivo. Pese al frío, yo me senté ante mi mesa, cerca de los amplios ventanales. Desde allí podía ver las nevadas montañas y los cercanos pinos del patio cubiertos de nieve. Y allí me entregué a mi trabajo con pasión: a la confección de una postal hecha por mí para mi madre. No hace falta decir que estaba fuertemente coloreada. El dibujo, además, era horrible. Yo era un crío de pocos años.

—Fueron ustedes unos privilegiados. Hoy en día ni los niños les hacen tarjetas a sus madres, ni nadie le contesta por su propia mano cuando manda un mensaje o escribe una carta. La pereza mental los lleva a buscar felicitaciones en los grandes almacenes, o sosos dibujitos en Internet. Un asco. La imaginación al poder.

—Sí. Es cierto. Yo siempre les hice las tarjetas a mi madre y a mis amigos. Escribía las felicitaciones, además, con una letra gótica horrible. Con una plumilla especial… Hacía tanto frío aquel glorioso sábado que los charcos de las calles se habían congelado. Yo siempre he sido un patoso. Pero aquella mañana, con la coloreada tarjeta para mi madre en las manos, y rebosando de alegría por la felicitación de mi maestro, me atreví a saltar un amplio charco helado delante de mi casa. Lo salvé sin caerme. Mi contento se redobló… ¿Se puede creer que el recuerdo de esa mañana es la máxima alegría para mí durante estas fechas?

—Sí —le dije—. Me lo puedo creer y me lo creo. Yo, aunque de forma bien diferente, también he experimentado lo mismo. No hay vez que pase por delante de la oficina de correos, llueva o haga sol, que no me acuerde de una mujer a la cual, por una necedad mía, también por estas fechas, dejé plantada allí, una noche de lluvia y tormenta… La mayor estupidez de mi vida. Aunque no la vi aquella noche, siempre me la imagino allí esperándome, aterida de frío. Triste… Y se me remueve todo. Y me doy asco. Mi peor recuerdo. Sin tarjeta ni charco.

—Hemos hecho muchas tonterías en esta vida. Y las arrastramos. Quizás la memoria sea nuestro propio verdugo. Un verdugo un poco especial si quiere.

—Sí. Como a Rasputín nos da pastelillos o dulces envenenados.

—¿Sabe? Yo no soy nada goloso, como dice un vecino nuestro. Pero cuando llega el mes de diciembre, me entran unos deseos enormes de comer pasteles de moniato.

—Pues vaya con cuidado. Le recuerdo que es usted diabético.

—Bueno, un pastel al año —me dijo sonriendo— no hace daño. Me dio mi madre uno, como agradecimiento por mi tarjeta por el Día de la Madre, y me encantó. No sé si por él o por el recuerdo de aquellos días. Se mezclan tantas cosas… Hasta tiene su toque de vergüenza y tristeza…

—Yo también me acuerdo —le confesé— de mi amigo José Luis cada vez que voy a la librería…

—Pues debe hacerlo con mucha frecuencia —me interrumpió sonriendo y poniendo sobre la mesa una bandeja con media docena de pastelillos de moniato comprados en su pueblo.

—¡Vaya por dios! —exclamé cogiendo uno—. Sí, lo hago con mucha frecuencia. Un día, cuando regresamos de una excursión, un sábado para más señas, le pregunté si me podría acercar con su coche a la librería: me habían traído una nueva versión de la Ilíada, y yo estaba muy cansado por la excursión y loco por empezar a leerla. Me dijo que, por supuesto, me llevaba, me esperaba en el coche, y me traía a casa de nuevo.

—A menudo —dijo tras comerse un pastel— he pensado que esa es una buena definición de la amistad: el amigo lo lleva con su coche hasta su puerta; el conocido lo deja donde mejor le viene a él.

Cada vez que voy a la librería me acuerdo de él. Pero no sólo lo recuerdo. Hablamos.

—Tampoco tiene demasiada importancia. Perdón, tiene importancia, y mucha, el hecho de que José Luis me llevara a la librería, me esperara y, con la Ilíada en la mano, me llevara de nuevo a casa. Estaba loco por comenzar a leer aquella versión. Lo demás, de verdad, no tiene importancia. Y sí, cada vez que voy a la librería me acuerdo de él. Pero no sólo lo recuerdo. Hablamos. Paso por donde me esperó en su coche. Y le cuento la importancia que tiene el nuevo libro, cómo he dado con él, y de cuánto me gustaría regalárselo. Él me contesta. Y entablamos un vivo diálogo… Y cada vez que, viendo algún documental sobre tierras y paisajes, aparece algún camino entre árboles y ríos, le argumento la necesidad de visitar aquellos parajes, de nuestro contento y alegría cuando estemos caminando por allí. José Luis da su opinión. Y empezamos a preparar la excursión…

—Yo aquel día de la tarjeta —me interrumpió cuando vio que me estaba emocionando— me quedé con ganas de hablar con una niña. ¿Sabe? A veces suceden cosas de las cuales no queremos o no podemos percatarnos en ese mismo momento; pero éstas aparecen poco después con toda su crudeza. Cuando llegué a casa con mi tarjeta, tras haber saltado el charco helado, busqué a mi madre… Mis padres todavía estaban en la cama. Me quité las botas y me metí allí, entre ellos. La cama era un horno. Una delicia… Ambos estaban desnudos. Fui consciente de ello horas después. Me dormí. Me desperté al cabo de un tiempo. Mis padres ya no estaban. Me levanté sintiendo entonces una vergüenza terrible. Me puse las botas y mi abrigo y me fui a la calle. Había nevado. Frente a mi casa vivía una niña de la que estaba medio enamorado, si tal cosa se puede dar en la infancia. La vi en la puerta de su casa. No sé si mi recuerdo es muy fiel: quise hablar con ella, jugar con ella; pero un espeso manto de nieve nos separaba. Hacía mucho frío. Desapareció de mi vista. Me fui a mi habitación evitando a mis padres, y me puse a dibujar…

—Yo también me quedé con ganas de hablar con aquella chica a la que dejé plantada en la puerta de correos. A mí no me separa de ella una calle con un montón de nieve. Nos separa la laguna Estigia, la muerte. Aun así no hay vez que pase por correos y no le pida perdón por mi grosería. Me ha perdonado infinidad de veces; pero yo insisto una y otra vez. A usted le sonroja la desnudez de sus padres, y a mí mi propia indecencia de aquella noche, eternamente presente.

—¿No la vio después? ¿No lo perdonó en vida?

—Sí. Lo hizo. Pero aun así no puedo olvidar aquella falta de educación. Una enorme grosería. Ella era profesora de dibujo. Hablamos de la educación actual… Una vez le dije que me gustaría muchísimo saber tocar algún instrumento, o cantar como los ángeles o hacer algo muy bien: bajaría a los infiernos, como Orfeo, y trataría de rescatarla. Evitando el error de éste, por supuesto.

—Debes ser precavido —me dice una y otra vez sonriendo—. Hades y Perséfone son muy inteligentes…

—El diablo sabe más por viejo que por sabio —me interrumpió ofreciéndome otro pastelillo.

—Sí. En eso insiste ella. De bajar a los infiernos, la trampa estaría en otro lugar o momento. Pues los reyes infernales son conscientes del castigo sufrido por Asclepio por resucitar a los muertos, por revertir el orden natural… Y muy a menudo he pensado que no hace falta volverlos a la vida. No es necesario bajar a los infiernos.

—No, desde luego: no tardaremos mucho en estar con ellos. Y para toda la eternidad.

—Ya. Pero no es por eso. Es porque siento que viven en mí. Están aquí. Puedo hablar con ella y con José Luis cuantas veces quiera. Sin moverme de casa. Sin ninguna catábasis física. Y a menudo son ellos quienes me buscan. En cualquier momento y a cualquier hora. Y tenemos largas y sabrosas conversaciones.

—Para usted no existe la soledad.

—No. No existe tal cosa. Además, soy muy feliz manteniendo esas conversaciones, haciendo esos viajes al inframundo sin moverme de casa. Catábasis los llamaban los griegos, quienes sí deambulaban por los infiernos.

Aquello que me sonrojaba, la desnudez de mis padres, lo recuerdo ahora con añoranza.

—Yo no hablo con nadie. Pero me percato de lo cambiante de mis recuerdos. Aquello que me sonrojaba, la desnudez de mis padres, lo recuerdo ahora con añoranza. Y daría algo por volver a verlos juntos… De verdad, este mes es un poco pesado.

—Hagámoslo más ligero. ¿Qué va a hacer estos días?

—Me voy a un hotel rural perdido en medio de las montañas. Me gusta mucho ver nevar. Y allí se me ha prometido una gran nevada. ¿Le apetece venirse conmigo?

—No. Gracias. Yo quiero oír las campanadas de fin de año frente al ayuntamiento, en las escalinatas de correos. Allí estaré muy bien acompañado.

—No lo dudo. Brindemos por ello y por la próxima nevada. Por cierto, ¿nieva en el Hades?

—No lo sé. No creo. No he leído nada al respecto.

—Una pena. La añoraré eternamente cuando estemos allí. Con nuestros amigos… Brindemos por ellos y por la nieve.

—Por ellos y por la blanca nieve.

Vicente Adelantado Soriano
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Notas

  1. Séneca, Epístolas morales a Lucilio, VI. 55, 9. Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1989. Traducción de Ismael Roca Meliá.
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