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Dudas de otros tiempos

jueves 11 de enero de 2024
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Dudas de otros tiempos, por Vicente Adelantado Soriano
Los dioses se inventaron para que los hombres sean justos aun cuando nadie los ve: sí los ven los dioses. Y éstos pueden castigar o premiar. El regreso de Neptuno, por John Singleton Copley (c. 1754)
Acerca de los dioses no puedo saber ni cómo son ni cómo no son. Porque muchos son los impedimentos para saberlo: la oscuridad del tema y lo breve que es la vida humana.1
Diógenes Laercio, Vida y opiniones de los filósofos ilustres.

Bajé a su casa con toda la confianza del mundo. Y esta vez, aunque parezca raro, y lo es, llevaba yo la botella de vino. La compré siguiendo los consejos de una amable dependienta:

—Cuanto más cara es una botella, mejor resulta el vino —me dijo sonriendo cuando le pedí consejo.

—También he oído decir —le repuse sonriendo a mi vez— que gastarse más de cinco euros en un vino es tirar el dinero.

—Para gustos, los colores. No le puedo decir más. No soy una experta. Quédese con una cosa intermedia. Es la mejor forma de acertar.

Vi una película. Nada del otro jueves, pero plantea un problema interesante, divertido. Simpático si quiere. Al menos yo me lo pasé bien siguiendo la trama.

Le hice caso. No fue un consejo errado. Mi vecino alabó la compra. No sé si por educación.

—No, en serio —me dijo tras el segundo sorbo—, es un buen vino. Pero dejémoslo de lado, pues no es eso lo más importante. Me gustaría comentar con usted otras cosas.

—Soy todo oídos. Adelante.

—La otra noche, y ya sé que a usted no le interesa mucho, vi una película. Nada del otro jueves, pero plantea un problema interesante, divertido. Simpático si quiere. Al menos yo me lo pasé bien siguiendo la trama, un tanto confusa y no nada clara. Además, la actriz es guapísima.

—Película de espías, seguro —le dije sonriendo—. Salen tantos personajes, y nombran a tantos en estas películas, que nunca sé de quién están hablando o a quién se refieren cuando intervienen unos u otros.

—No, no era de espías. Es una película religiosa, por meterla dentro de algún género. Plantea un problema divertido: una arqueóloga, muy guapa por cierto, en Jerusalén, encuentra la tumba, con un esqueleto completo, de un señor que fue crucificado en los tiempos de Cristo… Tiene toda la pinta de tratarse de los huesos de éste. Y si es así, la resurrección no se produjo. De hecho, un sacerdote cristiano entra en la tumba creyendo y sale de allí hecho un descreído: acaba suicidándose.

—Una tontería, ¿no? —le dije—. Se puede resucitar sin tener la necesidad de cargar con el cuerpo. Digo yo. Como una especie de fantasma. O como las sombras que se encuentra Odiseo cuando baja al Hades.

—Algo así se me ocurrió pensar. Pero, claro, eso entra en contradicción con lo que cuenta el Evangelio: cuando Jesús se le aparece a sus apóstoles, la prueba de que es él, y no otro, la obtiene uno de los discípulos introduciendo los dedos en la llaga del costado. Por lo tanto, Jesús cargó con su cuerpo. Y no podía estar en la tumba. Se lo llevó al cielo, o a donde sea. La película no dice nada sobre esto, claro. Se centra en los problemas políticos, israelitas, palestinos y de fe, pues el hallazgo, de confirmarse la autenticidad de los huesos, no sé cómo, le puede acarrear muchos inconvenientes al Vaticano.

—¿Qué quiere que le diga? En la Edad Media semejante idea hubiera sido denunciada como una herejía… Pero hoy en día parece más bien un chiste o una comedia de enredo, sin más.

—Además —me repuso— caso de confirmarse la autenticidad de los huesos, la Iglesia, seguro, hubiera dado una respuesta razonada y razonable, como siempre, y hubiera quedado todo tal como está. Así lo imaginé.

—Sinceramente, es un problema sin ningún interés para el común de los mortales, creo. No va a tener ninguna trascendencia. La religión ha dejado de ser importante para esta sociedad. Algunos dicen que es así por la pérdida de valores. No lo creo.

—De alguna forma —repuso— la religión ha sido un incentivo moral para muchas personas. Me parece. Para hacerlas actuar bien.

—Eso le da la razón a Voltaire cuando dijo que si Dios no existiera habría que inventarlo. Apoyándose en aquel sofista del siglo V a. C.: los dioses se inventaron para que los hombres sean justos aun cuando nadie los ve: sí los ven los dioses. Y éstos pueden castigar o premiar. Ojo, pues, con lo que hacemos, aun cuando estemos solos. Nos observan los dioses inmortales.

—Deja usted fuera de juego a las personas de fe, a los creyentes. En éstos ha influido. Y mucho.

No he visto, hasta ahora, que un creyente sea mejor o peor que un ateo, agnóstico, o llámelo como quiera.

—No he visto, hasta ahora, que un creyente sea mejor o peor que un ateo, agnóstico, o llámelo como quiera. Sí, van a misa, algunos de ellos, y participan en procesiones, más folclore que otra cosa, y roban, mienten y saquean las arcas públicas de noche y a la luz del día. Por no hablar de otras cosas, hechas por unos y silenciadas por otros. Por el clero, por supuesto.

—Sí, lo sé. Y eso a pesar de sus palabras: quien escandalice a un niño más valdría que le ataran una rueda de molino al cuello y lo arrojaran al mar. Dice eso, ¿no? ¿Por qué no traduce usted los evangelios?

—Porque estoy metido en otras cosas más interesantes.

—¡Hombre! La religión también es cultura.

—¿He dicho yo lo contrario? Claro que lo es. Pero también la vida es muy limitada: no da tiempo a estudiarlo todo. Bastante hace quien se va de aquí sabiendo cuatro cosas. He leído mucho sobre mitología o religión griega, sus antecedentes y sus consecuentes. Muy interesante todo, ahora bien, ¿usted cree en Zeus, o en Afrodita o en Atenea?

—Hombre, por supuesto que no.

—El común de los griegos del siglo V a. C., por poner una fecha, sí creían en ellos. Y los anteriores, los babilonios, creyeron en otros dioses, y los egipcios en los de más allá. ¿Estaban todos ellos equivocados, y Zeus ni existe ni ha existido, pero sí lo ha hecho y lo hace Jesucristo? ¿Qué quiere que le diga? No me interesa el asunto. Me parece algo banal. Ahora eso sí: admiro al creyente que actúa en consecuencia.

—Lo entiendo. A mí, no obstante, esto, de alguna forma, me ha recordado las últimas conversaciones con mi madre. Toda su vida se definió como atea, pero cercana a la muerte, comenzó a decir que algo debía existir… Alguien tenía que haber creado al hombre… Estaba asustada. Tenía miedo.

—En el fondo, el hombre es digno de lástima: tanto orgullo, tanta prepotencia, tanto escándalo y tanta corrupción para vivir cuatro días mal contados. Menos mal que no somos inmortales. Menos mal.

—No obstante —dijo llenando las copas de nuevo— ignoramos muchísimas cosas…

—Y las seguiremos ignorando. Ahora bien, de lo que nada se sabe, es mejor no hablar, ¿no le parece?

—Bueno, sabemos que nuestros ancestros tenían unas creencias. Y, tal vez, sean dignas de ser analizadas.

—Sí. Evidentemente. Pero tenga en cuenta que los estudios o análisis pueden hacerse desde varios puntos de vista. Y que uno siempre termina por encontrar aquello que busca.

—Pues no busquemos nada, limitémonos a dar cuenta de cuanto nos salga al paso.

—Aun así debemos andarnos con pies de plomo. Mire, desde mis primeros años de bachiller, he venido oyendo desprecios y más desprecios sobre los sofistas. Encabezados por Platón. Ni de lejos eran lo que éste decía. Pusieron Atenas patas arriba, desde luego; lo cuestionaron todo. Pero, al mismo tiempo, lo fundamentaron todo. Por ejemplo, los dioses no se ocupan de nosotros. Pero nosotros debemos ocuparnos de nosotros mismos dándonos unas leyes justas. Las leyes son, si quiere, pura convención. Pero, ¿qué no lo es en esta vida? ¿Las leyes naturales? ¿Y qué se entiende por tal?

—Honrar a tu padre y a tu madre, no robar, no matar, enterrar a los muertos…

—De toda esa retahíla sólo se respeta lo último.

—Está siendo usted excesivamente pesimista, ¿no le parece?

—Sí, tal vez tenga usted razón. Por eso siempre pienso que lo mejor es el silencio. Ya lo dijo Séneca: “Un prudente silencio es un bien”.2

—No, por Dios, no lo digo por eso. Digo que tal vez deberíamos adoptar otro punto de vista. Usted mismo ha dicho que las cosas se pueden ver desde diversos ángulos.

¿Cuántos años lleva el hombre sobre la faz de la Tierra? ¿No le parece que son los suficientes como para haber cambiado un poco?

—Sí, lo he dicho. Lo terrible del caso es que el resultado siempre es el mismo. ¿Cuántos años lleva el hombre sobre la faz de la Tierra? ¿No le parece que son los suficientes como para haber cambiado un poco? No lo ha hecho. Ni con dioses ni sin ellos.

—Reconocerá, por lo menos, que hoy en día no se condena a nadie a la hoguera por decir cuanto se apunta en la película de la cual le estaba hablando. Si Cristo resucitó o no. En la Edad Media eso hubiera supuesto darle carta blanca a la Inquisición. Y ya sabe.

—Sí, tiene razón. Debemos huir de los totalitarismos y de los dogmatismos. Y de las necedades. Pero, dígame, ¿quién gana las elecciones en este y otros países? No me conteste. Ya lo hizo Aristófanes3 allá por el siglo V a. C. Un personaje pide el voto de sus vecinos diciendo que él robará más que el político anterior… Y sale ganador. Viene de gente ruin, así que tiene una condición inmejorable para la política. Roban, estafan y mienten, y salen elegidos una y otra vez. La estirpe de los necios es, desde luego, infinita.4

—Y los comunistas alabando al pueblo: siempre tiene razón.

—Sí, cuando se equivoca. Por cierto este vino estaba bueno. Aunque —añadí sonriendo— un poco amargo, ¿no?

—Ya vendrán días mejores. Que no todos los tiempos son uno.

—De acuerdo. Me esmeraré un poquito más en la compra del próximo.

Y así nos despedimos, como otro día cualquiera. Sin haber resuelto nada, pero dando buena cuenta de la botella de vino de turno. Algo es algo.

Vicente Adelantado Soriano
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Notas

  1. Diógenes Laercio, Vidas y opiniones de los filósofos ilustres, IX, 52. Traducción de Carlos García Gual.
  2. Séneca, Epístolas morales a Lucilio, XIX, 113.20.
  3. Véase en especial Los caballeros.
  4. Platón, Protágoras, 346c.
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