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Hijos

jueves 18 de enero de 2024
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Hijos, por Vicente Adelantado Soriano
Ya que ha citado a Jesús, y al evangelio con eso de los pobres: también yo me he acordado de la Biblia. De la historia de Abraham. Cuando éste no puede tener hijos de su esposa Sara, ésta le ofreció a su esclava Agar a fin de darle descendencia a través de otra mujer. “La despedida de Agar”, de Pieter Lastman (1612)
Pues la sabiduría y la verdadera virtud no son otra cosa que el conocimiento de la justicia, y su desconocimiento es ignorancia y maldad manifiesta.1
Platón, Teeto.

Fue un domingo por la tarde. Estaba saturado tras unas cuantas horas de lectura, y no tenía ganas de salir a caminar. Eso me gusta hacerlo por la mañana, a ser posible antes del amanecer. Llamé por teléfono a mi vecino. Estaba oyendo la novena sinfonía de Beethoven. Me llegaron las notas del movimiento final. El famoso himno a la alegría. Esperé a su finalización para bajar.

—Siento haberle interrumpido la audición —dije disculpándome.

—No se preocupe. No me he acordado —respondió— de desconectar el móvil. En realidad —añadió sonriendo— no lo desconecto nunca, pues raramente suena o vibra. Y al ver que era usted quien llamaba, he contestado.

Nos dirigimos al salón. Ya estaba preparada la preceptiva botella de vino y un plato con cortadas de queso y de jamón.

—No ha perdido el tiempo.

—No. Y lo he hecho con esmero, para excusarme del tema o asunto a tratar. Me gustaría debatirlo con usted. Aunque tal vez le disguste.

—No haga mucho caso de mis disgustos. Reconozco tener muchas limitaciones y algunos prejuicios.

—Como todos. La diferencia reside en que usted lo reconoce. La gran mayoría los defiende a capa y espada.

Es imposible, por más que uno lo pretenda, sustraerse a ciertas noticias, voces y pachangas que, y lo siento si empiezan a aparecer mis prejuicios, maldito el interés que tienen para mí.

—Allá ellos. Cada cual se las compone como puede. ¿Y sobre qué deseaba o desea debatir usted? Procuraré no disgustarme —añadí sonriendo.

—De un tema que, por mor de una señora, se ha vuelto a poner de moda: el de la gestación subrogada. ¿Qué opina usted al respecto?

—Que es imposible, por más que uno lo pretenda, sustraerse a ciertas noticias, voces y pachangas que, y lo siento si empiezan a aparecer mis prejuicios, maldito el interés que tienen para mí.

—¡Hombre! —exclamó—, no diga eso: plantea un problema ético bastante importante, creo yo.

—Sí, el de la explotación de la mujer. El viejo dilema, querido amigo: de cintura para abajo es un problema ético. Ahora bien, si a una mujer la explotan limpiando pisos, haciendo camas, cogiendo fresas o embalando naranjas, y demás, no pasa nada. Es normal. Nadie protesta. No hay cintura para abajo.

—En el caso de la gestación subrogada —dijo ignorando mis quejas— estamos hablando, además, de un tercero en discordia: del niño.

—Imagino que muchas de esas mujeres explotadas tendrán hijos. Y tal vez, con sus sueldos de miseria, no puedan darles una buena educación… No sé. No quiero caer en algo parecido a la demagogia. Pero por ahí van los tiros. Si las otras mujeres parieran por la cabeza, como Zeus, tal vez ni estaríamos hablando de esto.

—Lo siento. Evidentemente es un tema molesto para usted.

—No. No es molesto: le estoy dando mi opinión.

—Obviando el tema central.

—Si usted lo dice. Dele el enfoque que quiera y discutimos sobre él.

—De acuerdo. ¿Es ético embarazar a una mujer a fin de tener un hijo para otra? El otro día vi una película, tal vez una exageración, que me puso los pelos de punta: unos desalmados hijos de puta se dedican a secuestrar a mujeres jóvenes, o a aprovecharse de su situación irregular, emigrantes, a las que encierran en un subterráneo y las preñan para vender luego los bebés.

—No me extrañaría nada que algo así pasara en este puñetero mundo. No me extraña lo más mínimo. Siempre tendremos pobres entre nosotros y desalmados hijos de la grandísima puta dispuestos a machacarlos por cuatro perras.

—Ya que ha citado a Jesús, y al evangelio con eso de los pobres: también yo me he acordado de la Biblia. De la historia de Abraham. Cuando éste no puede tener hijos de su esposa Sara, ésta le ofreció a su esclava Agar a fin de darle descendencia a través de otra mujer. He vuelto a releer la historia. ¿Le parece eso correcto?

—Tal vez deberíamos preguntárselo a la esclava.

—Sabe usted perfectamente que no tenían voluntad…, perdón, mejor dicho, su opinión no les importaba nada. Eran muebles, o cosas animadas que hablaban. Aun así nadie les pedía su parecer. ¿A cuántos esclavos y esclavas no habrán violado y masacrado en esta vida?

No puedo dejar de oír las sandeces de los políticos, sus tropelías, y las de otras muchas personas. Pero no les dedico la más mínima atención. Como a estas noticias de la preñez de segunda o tercera mano.

—¿Y cuál es la situación de las mujeres que se prestan a tener hijos para otras? No me las imagino teniendo una posición boyante. Pero como le he dicho, y no miento, no me he ocupado del asunto. Por más que quiera, no puedo dejar de oír las sandeces de los políticos, sus tropelías, y las de otras muchas personas. Pero no les dedico la más mínima atención. Como a estas noticias de la preñez de segunda o tercera mano.

—A mí me parece que se ha planteado un problema ético importante. Y sí, no es nuevo. Nada es nuevo bajo el sol. Cuando yo era un crío de pocos años, oí a mi padre contar la historia de una vecina. Un matrimonio pudiente, en aquellos años, venía al pueblo a veranear. No podían tener hijos. Hablaron con una vecina, y convinieron, en aquella época, como en la de Abraham, no había clínicas, tener un hijo, de forma natural, yaciendo con el varón de la pareja. Le pagaron, por supuesto. Accedió a ello. No sé si llevada por la miseria. No lo sé. Sé que luego se arrepintió y no consintió en entregar al niño. Y no crea que fue un proscrito: en el pueblo se lo aceptó como a uno más.

—¿Y por qué no iba a ser aceptado? —pregunté sonriendo—. ¿Estamos todos seguros acaso de ser hijos de nuestros padres?

—Sí. Muchos lo estamos. Está usted desviando el tema. La pregunta es si tener hijos por gestación subrogada, o vientre de alquiler, como dicen ahora, es ético o no.

—Pues no lo sé. Qué quiere que le diga. No lo sé.

—¿Pero usted los tendría de esa forma?

—No confunda usted tampoco los pimientos con los tomates: que una cosa me guste o me deje de gustar no quiere decir nada. Yo, si quiere usted, no haría esto o lo de más allá. Lo cual no significa que sea reo de muerte quien sí lo hace.

—Pero lo natural…

—¡Ay, Dios! —exclamé—, ya salió la palabra. Otra vez. ¿Qué es lo natural? Antes de contestar tenga en cuenta que la educación, los años de historia, el país, las costumbres, la tradición y la pereza mental nos hacen ver como naturales muchas cosas que, tal vez, y digo tal vez, no lo sean. ¿Es natural que unos monos maten a otros por beber agua de una charca que quieren para ellos? ¿Es natural apropiarse de las aguas comunes? ¿Es natural el egoísmo humano? ¿La corrupción? ¿El asesinato?

—Pues ahí hemos llegado: a las leyes. Las leyes regulan esto. Y son éstas quienes tienen que decidir si una cosa es legal o ilegal. Justa o no. Y si merecen castigo quienes las incumplen.

—Bien. De acuerdo. Pero las leyes, querido amigo, son fruto humano, y, como tal, imperfectas. Nos queda, digo yo, el sentido común.

—¿Y no le parece que el sentido común es aceptar las cosas tal y como vienen? Es decir, si no puedo tener hijos, por las razones que sea, ¿por qué tengo que forzar la situación, y por qué tengo que valerme de la situación, no muy boyante en la mayoría de los cosas, de otras mujeres?

—Planteada así la cuestión, tiene usted toda la razón.

—¿Hay otra forma, acaso, de plantearla?

—Sí. Muchas. Imagino. Pero como le he dicho es un problema que no me he planteado, y no sé decirle nada más al respecto.

—Yo creo —dijo un tanto orgulloso— que debemos atenernos a la naturaleza. A lo natural. A lo justo.

—Si fuera así, querido amigo, y no justifico nada, el hombre no hubiera progresado lo más mínimo: es natural caer enfermo, es natural morir de una gripe, es natural comer los alimentos crudos… Todo es natural.

—¿Y el bebé? ¿Qué será de él? No es natural.

—Lo mismo que ha sido de nosotros: ¿le preguntaron a usted si quería venir a este puñetero mundo? Y llegados a este punto, ¿qué importancia tiene a estas alturas que hayamos llegado aquí porque nuestros padres yacieron juntos y se dieron una buena noche, o porque seamos hijos de alguna probeta? Creo que eso no es lo importante. Hay muchas situaciones mitificadas. Las relaciones entre padres e hijos, o hermanos, es una de ellas.

—No estoy de acuerdo.

Me estoy acordando ahora del pobre Edipo, expuesto, como tantos otros niños en la antigüedad, en calles, portales, montes o conventos de monjas en siglos posteriores.

—Da lo mismo. No tiene importancia. Mire, el problema del hombre, como dijo Kant en alguna parte, es el tiempo. Me estoy acordando ahora del pobre Edipo, expuesto, como tantos otros niños en la antigüedad, en calles, portales, montes o conventos de monjas en siglos posteriores. Muchas mujeres hubieran sido felices cogiéndolos y criándolos. Por desgracia, muchos cayeron en manos de personas que no los dejaron morir en la calle, devorados por los perros, para explotarlos sexualmente o de otras mil maneras. Sí, los frescos de Pompeya son muy bonitos, pero ¿sabe la vida que llevaron aquellas pobres prostitutas?

—Me está dando la razón.

—No. No le estoy dando la razón en nada. No sé nada del tema, se lo repito, y nada de interés puedo decir sobre él. No me gusta hablar de lo que no sé. Y lo único que sé, etc., etc.

—Una forma de zafarse como otra cualquiera.

—Como usted quiera. Pero dejemos en paz a los hijos y a los padres o madres putativos. No tengo ni idea. No puedo decir nada.

—Terminemos el vino por lo menos.

—En eso sí puedo colaborar. De mil amores, además. Sé cómo hacerlo.

Vicente Adelantado Soriano
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Notas

  1. Platón, Teeto, 176c en Diálogos V, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1998. Traducción de A. Vallejo Campos.
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