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Edfú, Horus, el halcón…

domingo 21 de enero de 2024
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Antes del viaje, ni sabía que existía esta población, quizá porque nunca profundicé en este topónimo que ya me será difícil de olvidar. También es cierto que la radio egipcia tiene su transmisión en lengua española de madrugada y, además, una pésima modulación, algo que realmente te desalienta a seguirla, por lo que la acumulación de conocimiento por esa vía tampoco fructificó.

Edfú está a mitad del camino entre Luxor y Asuán y contiene una de esas maravillas que llegaron hasta nuestros días y fue de una gran importancia durante el período del Antiguo Egipto; la historia ubica aquí la mítica leyenda del dios halcón Horus —su estatua la encontraremos nada más atravesar la gran puerta frontal—, que libró una desigual batalla contra Seth, su tío o el dios cocodrilo que habría asesinado a Osiris.

Se trata de una verdadera joya que levantó Ptolomeo III Evergetes y lo concluyó un cuarto de siglo después Ptolomeo XII (entre el 80 y el 51 a. C.). Digamos que el templo sufrió una remodelación y había permanecido oculto bajo la arena del desierto, que sería la que lo preservaría hasta hoy.

Para los griegos era la ciudad de Apolo, sede de Horus o, simbolizado por el disco solar en movimiento, el mundo de la luz.

Para los griegos era la ciudad de Apolo, sede de Horus o, simbolizado por el disco solar en movimiento, el mundo de la luz. Hay que intentar disfrutarlo al máximo y no dejarse tentar por una ciudad anodina y provinciana que nada ofrece al viajero.

La zona comenzó a investigarse a finales del siglo XVIII. Por aquellas fechas los lugareños se refugiaban en las partes altas, que utilizaban como atalayas para vigilar y controlar las expediciones de los salteadores del desierto.

Fue en 1860 cuando el expedicionario francés y egiptólogo Françoise Auguste Ferdinand Mariette (había llegado a Egipto en 1850) acabaría desenterrando el inmenso templo (también fue el que encontró el célebre escriba en el templo de Saqqara), que estaba prácticamente intacto.

Mariette fue nombrado director de antigüedades y está enterrado en el museo de la capital egipcia. Descubrió y documentó numerosos yacimientos y esculturas, entre ellas las de Kamose y su esposa Ahhotep, cuyas joyas serían exhibidas en la Exposición Universal de París en 1867. Prácticamente tuvo en sus manos tres mil objetos de los que dispuso a su antojo, aunque desenterró la friolera de quince mil piezas y más de trescientas tumbas entre los sitios de Saqqara y Giza.

En su momento pasaba por ser el mayor templo del país (137 metros de largo, 80 de ancho, una altura de varios pisos de los nuestros). Su construcción se inició el 23 de agosto de 237 a. C. Fue en aquella época la mayor obra del país gracias al arquitecto por excelencia, Imhotep (otro personaje homónimo es el que levantó la célebre pirámide escalonada de Saqqara que uno suele visitar desde El Cairo junto al yacimiento de Menfis).

Recordemos también la gran riqueza de sus muros, del trabajo artesanal que elevó a una belleza singular a base de cincel y martillo. Estaba considerado un creador ya que respetaba la armonía divina y hoy se contempla con una gran devoción y, sobre todo, imaginación para tratar de revivir aquellos tiempos donde la gente presentaba las quejas y el tribunal que sesionaba al aire libre trataba de impartir justicia, proteger a los débiles y escuchar sus quejas, todo ello antes de poder acceder al interior del recinto.

Egipto es aún hoy un gran exportador de esencias que luego laboratorios y firmas de todo el mundo comercializarán a veces a precios astronómicos.

Tras pasar esa altísima puerta, justo delante de la siguiente, nos encontraremos a Horus, una escultura realmente hermosa y que se hace difícil fotografiarla: todos quieren inmortalizarla y al final optas por seguir ante esa masa de turistas llegados desde todos los confines del orbe; al rebasarlo, a mano izquierda, en la segunda sala, se localiza el laboratorio donde quedaron inscritas las recetas milenarias sobre perfumes y ungüentos mágicos que servían para cuidar las divinidades y a las gentes del momento. Recordemos que Egipto es aún hoy un gran exportador de esencias que luego laboratorios y firmas de todo el mundo comercializarán a veces a precios astronómicos. El mundo del perfume descubrió aquí su particular mina y, cual rey Midas, convirtió en millones las esencias que compran a precios realmente irrisorios. Las marcas harán centenares de botellitas, convenientemente rebajadas con otros productos o alcoholes, para generar pingües beneficios (la visita de ese especializado comercio suele hacerse desde El Cairo).

Al dejar esta sala nos encontramos con la cámara de las ofrendas y una empinada rampa que permite llegar al tejado, pero, por razones de seguridad, han hecho que no se pueda traspasar y por lo tanto te quedas con las ganas de subir a otear el horizonte. Hay que seguir, intentar ver en aquella semioscuridad, descubrir lo que hay en los miles de ilustraciones o jeroglíficos que hablan, a pesar del hieratismo que impregnan la piedra, y finalizar con una sencilla regla de las muchas que constan en su muros: “Más rico de beneficios es un instante pasado al servicio de Dios que toda una existencia de opulento”, y, sin embargo, cinco milenios después de aquellos tiempos faraónicos, el mundo sigue anclado en la corrupción. Allí, dice la piedra, “no la aceptes, no distingas entre un hombre rico y un poderoso, no os toméis libertades con el celemín, no robéis…”. ¿Verdad que nos suena? Pero, a pesar de las milenarias recomendaciones y advertencias, el ser humano parece empeñado en hacer lo contrario y (luego) a quejarse.

Juan Franco Crespo
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