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Novedades
(inteligencia artificial)

jueves 8 de febrero de 2024
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Novedades (inteligencia artificial), por Vicente Adelantado Soriano
Hacer una buena traducción es hacer una obra de arte. ¿Es capaz una máquina de hacer algo así? No lo sé.
Esta es la sola cosa buena que queda, si es que lo es; pues no sé con seguridad cómo es.1
Aristófanes, Las ranas.

—Esta semana —me dijo mi vecino apenas me abrió la puerta de su casa— he estado pensando en el porvenir de ustedes, los filólogos.

—No habrá necesitado mucho tiempo para llegar a la negra conclusión de que tenemos un negro futuro.

—Más que los ojos de un condenado a muerte.

—¡Hombre! —exclamé riendo—, que a uno no lo condenan a muerte por el color de los ojos.

Esta semana he estado pensando en el porvenir de ustedes, los filólogos.

—No. Era un chiste. El recuerdo de una vieja película española que vi cuando era un crío. Alguien quiere enseñarle a un amigo a ligar con chicas, y le hace memorizar un piropo. “Tú —le dice— cuando veas a una mujer, le dices: morena, tienes los ojos más negros que el porvenir de un condenado a muerte”. Pero el aprendiz de seductor se equivoca y suelta una barbaridad: “Morena —le susurra a la mujer en cuestión—, tienes el porvenir más negro que los ojos de un condenado a muerte”. Ya se puede imaginar el resto. Era una película española. No recuerdo el título, pero aquella escena se me quedó grabada.

—¿Le ha dicho usted —pregunté sonriendo— algún piropo a alguna mujer?

—En la vida. Soy demasiado tímido para esas cosas. Además, francamente, me parecen una impertinencia. ¿Y usted?

—No. Tampoco. Jamás de los jamases. Y tiene razón: no dejan de ser una impertinencia los piropos. Pero dígame, ¿qué tiene que ver todo esto con el futuro de los filólogos? Recuerde que somos buena gente. Nos alimentamos, como los ratones, de pergaminos y raíces. Eso lo dijo Azorín en alguno de sus libros.

—No le faltaba razón. Todo esto ha surgido porque un amigo mío, muy enemigo de novedades, me ha hablado, con bastante insistencia y echando pestes, de la inteligencia artificial. ¿Sabe usted algo al respecto?

—Nada. He oído una conferencia sobre ella. Pero, por falta de base, apenas me enteré de algo. Y no, no he leído nada al respecto.

—Según me ha comentado este amigo, usted escribe un texto, se lo da a la máquina, y ésta se lo mejora. Lo mismo sucede con una traducción. Le puede traducir lo que usted quiera, y mejorar la traducción si usted lo cree pertinente. ¿Qué le parece?

—Sí eso es así, me vendría de maravilla.

—¡Vaya! Yo creía que iba usted a protestar en contra de esto…

—No. ¿Por qué? En esta vida, como usted sabe, es imposible abarcarlo todo. Yo, con tanto insistir en las lenguas clásicas, he olvidado las otras. Me defiendo con el francés y el italiano. Pero no tengo ni idea del inglés ni del alemán. Y resulta que muchos y buenos libros, sobre los griegos y los romanos, o sobre el latín y el griego, están escritos en esas lenguas bárbaras. Y están sin traducir. Por lo tanto, para mí sería una ventaja tener una máquina traductora en casa.

—Y una desventaja para los traductores.

—No creo: esos libros de los que hablo jamás los van a traducir: no son rentables.

—Hombre, no sólo de pan vive el hombre.

—Ya. Yo me quedo más con aquello de que la economía mueve al mundo. ¿No le ha llamado a usted la atención que últimamente, en todo lugar habido y por haber, se encuentren mosaicos romanos, teatros romanos, acueductos, ánforas, estatuas, monedas y demás? Todo eso se ha convertido en un atractivo turístico. Ahora todos quieren tener sus cuatro piedras visitables, más o menos restauradas. Y explotarlas. Económicamente, claro.

—Sí. En eso tiene razón. Pero yo estaba hablando de los traductores. Si es cierto esto de la inteligencia artificial, muchos se van a quedar sin trabajo.

—¿Qué quiere que le diga? Cada invento de la humanidad ha dejado a unas personas sin trabajo, y ha beneficiado a otras.

—Ha dado usted en el clavo. Me he enfrentado a mi amigo, quien me ha dado la noticia sobre la inteligencia artificial. Por supuesto, mi amigo se ha decantado en su contra.

—También hubo gente que estuvo en contra de los ordenadores. Y de los libros. Según Sócrates, perjudicaban a la memoria. Eran un retroceso. Además, un libro lo puede leer cualquiera, no responde a las preguntas, mientras que Sócrates no hablaba con cualquier ateniense, y respondía a cuanto le preguntaban. Y por si fuera poco, tenía fijación con los sofistas. Bueno, él o Platón, que no está claro.

—Tiene razón —dijo entusiasmado vaciando la botella de vino—. Cuando yo era joven —siguió animado— vi una entrevista en la televisión. Ya sabe, en la televisión entrevistan a zoquetes y medianías… Aquel viejo señor, el entrevistado, se declaró en contra de los móviles porque, según él, iban a servir a los chicos de ETA para comunicarse y planear atentados.

—Qué raro que no saliera ETA a colación —dije un tanto aburrido.

Es posible que toda novedad o invento tenga su parte positiva y negativa. El bien, apelo a mi estoicismo, no existiría sin el mal.

—Un necio aquel señor, como quienes ahora la utilizan una y otra vez. Este señor no tuvo en cuenta, o no quiso tenerlo, la importancia de ese medio de comunicación. La comodidad para muchas personas…

—Es posible —dije conciliador— que toda novedad o invento tenga su parte positiva y negativa. El bien, apelo a mi estoicismo, no existiría sin el mal. Y el mal es un error. Igualmente, la necedad.

—También recuerdo —me dijo ignorando mis palabras— cuando me compré el primer ordenador. Me costó un ojo de la cara. Lo utilicé para hacer mi tesis doctoral. Pues bien, una compañera de clase me dijo de todo, y nada bueno: el ordenador era algo así como el diablo. No obstante, nada más por poder añadir los olvidos a un texto sin necesidad de reordenar lo posterior, ya valía la pena.

—¿Y por qué estaba esa mujer en contra de los ordenadores?

—Nunca lo he sabido. Cuando se lo pregunté, farfulló cuatro palabras ininteligibles, y no dijo nada. También Pedro Salinas estaba en contra de la máquina de escribir y a favor del lápiz o del bolígrafo: por la presión de éste en una carta, decía Salinas, podemos saber el estado de ánimo de quien nos escribe.

—Vaya memez. Pero eso lo aclara todo: nunca sabremos el estado de ánimo de Platón, ni de toda la recua de filósofos e historiadores, griega y romana. Y de muchos más.

—¿Y a usted qué le parece? ¿Teme quedarse sin trabajo?

—Yo no vivo de mis traducciones como usted sabe muy bien. Son totalmente prescindibles para todos, tirios y troyanos.

—Dicho de otra forma —insistió—, ¿desaparecerá el estudio de las lenguas clásicas?

—Está desapareciendo ya. Quizás la inteligencia artificial sea la puntilla final, o un incentivo para volver a ellas con un redoblado interés. Al fin y al cabo, el móvil, pese a sus caras amarillas, dibujos y vídeos, no nos ha privado del habla.

—¿Y los traductores de lenguas modernas?

—No lo sé. Honestamente no le puedo contestar. Hacer una buena traducción es hacer una obra de arte. ¿Es capaz una máquina de hacer algo así? No lo sé. Pero me imagino que, en última instancia, la máquina está creada por un hombre…

—Sí, pero es problema es que esta máquina se retroalimenta. Aprende de sus errores. Es casi un ser humano. Le falta la conciencia, al decir de mi amigo.

—¡Ah! —exclamé—, entonces estaría muy bien que apareciera un nuevo Prometeo, les robara la conciencia a los dioses, o lo que le falte a la máquina, para hacerla humana, con nuevas técnicas y libre albedrío. Volver a comenzar. Con otro Epimeteo, el tonto de la familia nunca falta, y otra nueva Pandora, por supuesto. Siempre es lo mismo.

—No parece preocuparle mucho a usted esto —dijo un tanto defraudado.

Ante cada novedad creada han aparecido personas, más bien cultas, en contra de esas novedades. Y el mundo ha seguido…

—Es cierto: no lo estoy. Usted mismo ha puesto de manifiesto que ante cada novedad creada han aparecido personas, más bien cultas, en contra de esas novedades. Y el mundo ha seguido… Hace años se dijo que los ordenadores iban a sustituir a los profesores. No ha sido así. Y de haberlo sido, los profesores nos hubiéramos hecho labradores o, si las máquinas también labran, siegan, riegan y recolectan, nos hubiéramos dedicado todos al otium, al ocio.

—No lo quiero ni pensar.

—Pues es muy sencillo: más campos de fútbol, más fiestas, más pistas de tenis, más televisión. O mejores libros y una educación más severa e íntegra. Esto no se lo crea.

—Pues, querido amigo, ya sabemos por dónde van a ir los tiros.

—No seamos tan pesimistas —concluí terminando mi copa de vino y levantándome—, estamos hablando sin conocimiento de causa de algo desconocido para nosotros. Seguramente también la inteligencia artificial servirá para curar enfermedades, paliar las hambrunas y hacer una sociedad más justa.

Esto último lo dije sin mucho convencimiento. Mi vecino, que no es tonto, lo notó. Pero no insistió. Y ahí dejamos el tema del que ni uno ni otro sabíamos nada de nada. Para variar.

Vicente Adelantado Soriano
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Notas

  1. Aristófanes, Las ranas, 75. Traducción de Francisco Rodríguez Adrados y Juan Rodríguez Somolinos.
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