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Espartaco

jueves 29 de febrero de 2024
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Espartaco, por Vicente Adelantado Soriano
Los ejércitos de Espartaco, o sus compañeros si quieres, no sólo fueron capaces de derrotar al ejército romano por las tácticas y la inteligencia de Espartaco sino por su arrojo. Preferían morir con la espada en la mano antes que volver a tener un amo.
A pesar de haber liberado en Sicilia dos guerras contra chusma rebelada, nadie había previsto que las pésimas condiciones de vida de los esclavos rurales y la ruina de los campesinos libres acabarían provocando un estallido. Cuando Roma asumió la realidad, ya no encaraba una revuelta, sino toda una guerra.1
Juan Antonio Almendros, La revuelta de Espartaco.

Entre unos y otros habían conseguido asustarme: ya no salía a caminar de noche. Sentado ante mi mesa, con el ordenador conectado, esperaba a que se hiciera de día. O, al menos, que comenzara a clarear. Me impacientaba la espera: había dejado de leer los periódicos en internet porque tenían la virtud, con sus burdas noticias, sus faltas de ortografía, y su constante uso del inglés, de ponerme muy nervioso. Cualquier hecho absurdo o necio lo repetían todos los periódicos hasta la saciedad. Día tras día. Hasta la próxima necedad.

Aquel día no pude esperar más. Durmiendo mal, como duermo, me desperté a eso de las cuatro de la madrugada. No me apetecía ponerme a leer a esa hora. Y no tenía ganas de estar sin hacer nada. Vestido, calzado y preparado por si llovía, me lancé a la calle. Aun así, sentado en el sofá, pasé algo más de una hora.

Hacía una temperatura muy agradable. Circulaban pocos coches, y menos peatones. Me puse a caminar eligiendo para ello una de las rutas más largas de mi abultado repertorio. Quería llegar a casa muy cansado para, nada más entrar, dejarme caer en la cama y recuperar el sueño de la noche. Descansado, leer luego o estudiar hasta el momento de hacerme la comida. Cuatro o cinco intensas horas frente a los libros.

Me acordé, en la oscuridad de las calles, de un fotograma de la película de Stanley Kubrick Espartaco.

No sé por qué, tal vez por uno de esos caprichos de la memoria, me acordé, en la oscuridad de las calles, de un fotograma de la película de Stanley Kubrick Espartaco. Era yo un tierno adolescente cuando la cinta llegó al cine más capaz del pueblo. Era el más capaz y el más antipático. En su fachada principal, por encima de la taquilla, una breve oquedad en la pared, se colgaban unas leves estructuras de madera en cuyos travesaños se clavaban fotogramas de la película que se iba a proyectar. Me llamó poderosamente la atención una noche, apenas iluminado por una raquítica farola, uno en el que se veía a Espartaco, el actor Kirk Douglas. Estaba de pie sobre una verja, utilizada como una multitud de lanzas, llevada a hombros por sus compañeros, espada en mano, y sonriendo amenazadoramente. Espartaco y sus compañeros se habían liberado del ludus, de la escuela de gladiadores.

Me encantaban las películas de griegos y de romanos. Las llamadas entonces de peplum. Pese a mi edad, dudaba de sus historias y de sus personajes. Pues una escena de una de ellas, no recuerdo el título, tuvo la capacidad de despertarme mi sentido crítico: un musculoso guerrero, en un entrenamiento, les dijo a los soldados que debían estar preparados para oír por donde venían las lanzas enemigas. Como prueba de ello se quedó en medio de la palestra e hizo que le arrojaran una lanza. La atrapó al vuelo volviéndose hacia donde venía la arrojadiza arma.

En la oscuridad del cine me dije que eso era falso: es imposible, en medio de la algarabía de un combate, saber si la lanza o la flecha viene por la derecha, por la izquierda, por delante o por detrás. Tamaña reflexión me hizo dudar de muchas de las cosas que contaban las películas. No obstante, el fotograma de Espartaco sobre la reja del ludus, espada en mano, tuvo la virtud de despertar todo mi interés. Les pedí dinero a mis padres, y un domingo por la tarde me metí en la oscuridad de la sala.

No sé por qué la película no terminó de gustarme. Salí del cine un tanto defraudado. Percibí algo así como un tono falso en toda ella. Se acentuó éste con la escena de la muerte de Espartaco. ¿Cómo es posible —me pregunté— que éste muera en la cruz rápidamente cuando ni siquiera lo han clavado a ella? Por el contrario estaba atado con fuertes sogas. Si Cristo, clavado de pies y manos, azotado y fustigado, tardó varias horas en morir… Otros tardaban días.

Quise averiguar por qué la película me había defraudado. E inmediatamente salió, en alguna revista, que la tal película era una crítica a la caza de brujas desatada en Hollywood por un senador de triste memoria. No vi tal paralelismo, pues los gladiadores en ningún momento, como hicieron algunos actores, denunciaron a sus compañeros de armas. No temían quedarse solos ante el peligro. Lo único real fue que el actor Kirk Douglas exigió que el nombre del guionista, Dalton Trumbo, figurara en los títulos de crédito con su verdadero nombre, y no con el seudónimo que se había visto obligado a utilizar, acusado de tendencias comunistas.

Fui a hablar con el profesor de historia y le planteé la cuestión: quería estudiar el mundo de los gladiadores y de la esclavitud en Roma.

Descartada esa opción, fui a hablar con el profesor de historia y le planteé la cuestión: quería estudiar el mundo de los gladiadores y de la esclavitud en Roma. Nuevo fracaso: el tal profesor no tenía ni la más remota idea. Para paliar su ignorancia, comenzó a hablarme de los mártires cristianos, de Nerón, de la película Fabiola y de Quo vadis? Exaltación de la muerte. No me interesaba. Estaba en vía muerta. Y en aquella época no existía internet.

Algunos años después, aunque censurada, vi otra película, esta en un buen cine, que también me causó algún que otro problema, Faraón, de Jerzy Kawalerowicz. Según algún crítico, la película, de forma velada, acusaba al clero polaco de haberse hecho con el poder, tal como sucede en la película. El enfrentamiento entre el faraón y los sacerdotes termina con el asesinato de aquél y la toma del poder por parte de éstos. Me planteé entonces si el cine y la novela histórica no eran otra cosa, como la ciencia ficción, que no fuera una crítica al mundo actual, y un desconocimiento casi total del mundo del pasado.

Se lo planteé al nuevo profesor de historia, en un nuevo instituto. Esta vez tuve suerte. Reunidos los dos en su minúsculo despacho, me habló, entre una clase y otra, de la esclavitud en Roma y Grecia. Y de los gladiadores. Vino a decirme que la esclavitud ha sido una de las cosas más tristes y penosas que ha hecho el hombre sobre la faz de la tierra. Desde tiempos remotos se ha esclavizado al enemigo para usarlo sexualmente, para que sea él quien trabaje las tierras o saque los minerales de las entrañas de la tierra en tanto los otros, los señores, se dedican a vagar, al ocio, a no hacer nada. Según algunos estudiosos, me dijo el profesor, la esclavitud supuso un avance en la historia del hombre, pues antes el enemigo era ejecutado. Y ahora, siendo esclavo, se le permitía vivir. Como se puede suponer —añadió—, esto es un paño caliente: los ejércitos de Espartaco, o sus compañeros si quieres, no sólo fueron capaces de derrotar al ejército romano por las tácticas y la inteligencia de Espartaco sino por su arrojo. Preferían morir con la espada en la mano antes que volver a tener un amo. Y no hay soldado más arrojado que el que lucha por su libertad. La esclavitud es muy dura.

No sé lo que sucedió. Pero aquel profesor duró horas cantadas en el instituto. Fue sustituido por otro. Ni me gustó nada el nuevo, ni me acerqué a él para plantearle cualquier duda o problema. Me limité a repetir en los exámenes las simplezas que nos soltaba él en clase.

Accedí entonces a la biblioteca del instituto. Había varias enciclopedias. Busqué las entradas dedicadas a esclavitud y Espartaco. Y así fui enterándome de las terribles condiciones en las que vivieron, o sobrevivieron, millares y millares de personas en eso que se ha dado en llamar la antigüedad clásica. Leyendo en la soledad de la biblioteca, le di la razón a aquel profesor al que no he vuelto a ver nunca más: la esclavitud ha sido una de las cosas más terribles y nefastas que le ha hecho el hombre a su semejante.

Ni unos ni otros, al parecer, se plantearon el fin de la esclavitud. Era éste un sistema que se daba por natural.

Volví a acordarme entonces de la película de Kubrick. Y le eché en cara a Dalton Trumbo, como si lo tuviera frente a mí en la solitaria sala de la biblioteca, no haber profundizado en la vida de los esclavos. Me resultó terrible ver una ilustración en la que aparecían los grilletes con los que los encadenaban, los collares de hierro que les obligaban a llevar y los palos y látigos que se utilizaban contra ellos. Por no hablar de la castración.

Espartaco se sublevó contra todo esto, como antes lo hicieron los esclavos de Sicilia. Pero ni unos ni otros, al parecer, se plantearon el fin de la esclavitud. Era éste un sistema que se daba por natural. De hecho duró hasta bien entrado el siglo XIX. No obstante, Espartaco se sublevó en contra del sistema. Y eso que tuvo la suerte de ser un gladiador. Los esclavos dedicados a las tareas agrícolas o las minas lo pasaban muchísimo peor. En realidad trabajar en las minas era una condena a muerte tan cruel como lenta. Los gladiadores pasaban mucho tiempo entrenándose, al aire libre. Y eran bien alimentados. Y entonces apareció una escena de la película que me impactó: Espartaco trata de confraternizar con un compañero. Éste se niega a hacerlo: algún día se tendrán que enfrentar en la arena. Y uno se verá obligado a matar al otro. La soledad absoluta. Y de hecho, ese gladiador prefirió la muerte a matar a Espartaco.

No fue todo tan negro. Algunos años después me enteré de que Espartaco tenía una compañera. Era gladiadora. Me quedé pasmado. Hasta que no fui a Itálica, y me mostraron allí unos exvotos de varias gladiadoras y me confirmaron la existencia de tales mujeres, no me convencí de su existencia. Si fue así, al menos Espartaco estuvo acompañado. Y murió en combate, no crucificado, con la espada en la mano. Mejor eso que llevar un collar de hierro, estar encadenado por las noches, y ser humillado por todos los caprichos de cualquier dominus o señora. No, la esclavitud no fue ningún avance. A veces es mejor morir. Sin duda.

Vicente Adelantado Soriano
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Notas

  1. Juan Antonio Almendros, La revuelta de Espartaco. Gredos. Barcelona, 2018.
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