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Segóbriga

jueves 14 de marzo de 2024
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Segóbriga, por Vicente Adelantado Soriano
Poco después de mi primera y solitaria visita a estas ruinas, en el coche, camino de Madrid, me di cuenta de lo feliz que había sido durante aquellos breves minutos solitarios en este pequeño teatro.
Porque Temístocles, Cimón y Pericles llenaron la ciudad de pórticos, riquezas y mucha bagatela, pero Arístides dirigió su política hacia la virtud.1
Plutarco, Vidas paralelas.

—La primera vez que me trajeron a Segóbriga —le dije al emperador aquella tarde de otoño, cerca ya de la puesta del sol— no tenía ni idea de latín ni de griego…

—¡Te trajeron! —me interrumpió riéndose.

—Es cierto. Me trajeron. Éramos muy jóvenes entonces. Mis amigos de aquella época y yo. Nos habíamos apuntado a un sindicato. Los inicios de la democracia en este país. Y dicho sindicato nos envió, gastos pagados, muy limitados, a una asamblea en Madrid. El viaje fue muy pesado, pues lo hicimos montados en un seiscientos. Un coche incómodo para un viaje tan largo. El motor hacía tanto ruido que apenas si podíamos hablar. Y todo él olía a gasolina.

—¿Y ahora cómo has venido?

Antes, cuando tenía coche yo, de vez en cuando me venía aquí a pasar unas horas. Me encantan las ruinas.

—Me ha traído una amiga. Tras un millar de ruegos. Antes, cuando tenía coche yo, de vez en cuando me venía aquí a pasar unas horas. Me encantan las ruinas. Pero esto, ahora, como muy bien dice un amigo mío, lo han convertido en un parque temático. No lamento mucho no tener ya vehículo propio.

—De no ser así, muchas de estas piedras no sobrevivirían. Fíjate lo que ha pasado con los poblados iberos a los que tan aficionado eres tú.

—Sí. Tienes razón. Pero a veces, y perdona si te ofendo, prefiero más aquellos lienzos de muralla, o piedras a secas, abandonadas, derruidas o semiderruidas, que estas reinterpretaciones del pasado, absurdas muchas de ellas. La ventaja de los poblados iberos es la altura en la que están situados. Eso, y los duros caminos para acceder a ellos, impide muchas visitas.

—Todo esto —dijo haciendo un amplio gesto con su brazo derecho— es un intento de preservar lo que pertenece a la naturaleza. Ya sabes que en ella está todo, de ella procede todo, y a ella vuelve todo. Más tarde o más temprano Segóbriga, como el resto de las ciudades, será engullida. Por lo tanto, valdría más que te fijaras en otros logros de la antigüedad. Menos perecederos que las piedras. Al menos deberían serlo.

—Sabes que lo hago. Y, además, una cosa no quita la otra.

—Lo sé, lo sé —me concedió.

Fuimos caminando hacia el pequeño teatro.

—Me encanta este teatro —le confesé—. Tan pequeño, tan enternecedor… A veces, durante mi etapa de universitario, metido en salas de cine minoritarias, para veinte o treinta espectadores, me acordaba de este lugar… Pero no, no creo que aquí hicieran obras de vanguardia.

—No. No creo —afirmó sonriendo—. Las personas que vivían en Segóbriga, como sabes, trabajaban duro para lograr extraer la famosa lapis specularis, el yeso translúcido que se utilizaba en las ventanas como luego se utilizaría el vidrio. No estaban para obras eruditas. Ni las hubieran entendido.

—Sí, lo sé. Aunque la primera vez que me senté en estas gradas ignoraba todo eso. Un viaje tan largo en aquel diminuto coche fue una especie de tortura. El conductor, un amigo de entonces, me informó de la existencia de las ruinas. Se salió de la autovía, tal vez para descansar de la conducción, y nos trajo aquí.

—Y fue un descubrimiento para ti. Una llamada.

—No lo sé. Mi amigo viajaba con su novia. Y aparcado el coche a la entrada de las ruinas, se dedicaron los dos a lo propio de las parejas de enamorados. Yo, sabiamente, como siempre, me alejé de ellos… En aquella remota época la ciudad no estaba vallada. Ni, por supuesto, había que pagar entrada… Llegué a las termas, me acerqué al teatro, donde ahora estamos, y me senté, tal vez en el mismo lugar. Entonces estaba solo.

—Ahora es distinto. Como sabes —me dijo sonriendo—, nadie se baña dos veces en el mismo río. Ni visita dos veces el mismo teatro.

Sentado aquí, viendo esta misma erosionada columna, experimenté una fuerte sensación de tristeza y melancolía…

—Así es. Estaba anocheciendo aquella tarde, camino de Madrid. Sentado aquí, viendo esta misma erosionada columna, experimenté una fuerte sensación de tristeza y melancolía…

—Algo así me sucedía a mí cuando, al anochecer, llegaba a cualquier ciudad abandonada o destruida por nuestros legionarios. Una tristeza infinita por quienes habían vivido allí. Y tal vez habían perecido de una forma inmisericorde. O natural. En aquellos momentos, lo mismo daba.

—El sol era una tenue raya violácea en un oscuro cielo. Un ligero vientecillo movía las hierbas. Tuve un escalofrío. Oí las voces de mis amigos llamándome desde la lejanía. Me levanté, y caminando lentamente me fui a su encuentro.

—Triste y pensativo, claro. ¿No se te ocurrió pensar que te llamaban otras voces en aquellos momentos?

—¡Dios! Hubiera salido corriendo. Siempre he sido muy miedoso. Cualquier leve crujido, en la oscuridad, me ponía los pelos de punta… Sin embargo, creo que fue en ese momento, durante ese viaje, cuando las ruinas comenzaron a intrigarme, a gustarme. Vi en ellas una especie de vida bella, triste, melancólica, y que me gustaba. Encontraba algo indefinido, y mío, entre las piedras y las columnas caídas. Y quise saber lo que era.

—Sabes que hay que dominar siempre la fantasía y no dejarse llevar por ella. De otra forma serás zarandeado por aquí y por allá.

—A mis fantasías les tenía miedo, huía de ellas. No a la tristeza y a la melancolía.

—Porque todavía no la dominabas. Y sí, ya sé, cuando te dejaste llevar por ellas, te acusaron de inmadurez. Pero, ¿quién? A menudo acusar a alguien de algo es una forma de intentar ser superior a esa persona. Y la inmadurez, por regla general, es un escudo, una advertencia de que todavía no ha llegado el momento. No se debe tener prisa. Ni miedo.

—No tuve prisa. Volví a esta ciudad algunos años después. Con una mujer. La acompañé a Toledo, donde se presentó a unas oposiciones para profesora. Al regreso, también al anochecer, visitamos las ruinas. Los dos solos. Todavía sin vallar. Abrazado a ella, aquí, en este mismo teatro, sentí algo diferente, vago, que no sé explicar.

—¿Y no tuviste entonces la sensación de que ibas a ser muy feliz?

—Sí, la tuve…

—Pero entremezclada con la noción de lo efímero, de que todo pasará, todo volverá a la tierra, a la naturaleza. El ejemplo lo tenías ante tus ojos: ¿dónde estaba la gente que había habitado aquí? O si lo prefieres, ¿dónde están las nieves de antaño?

—Sí. Algo así experimenté. Eso me hizo abrazar a aquella mujer con fuerza, con mucha fuerza. Sentí unos deseos irreprimibles de besarla, de fundirme con ella… Pero ella tenía frío en medio de esta desolación. Y tal vez no era el momento adecuado. Y mi tristeza se redobló.

—Debemos aprovechar el presente, sí; pero con buen juicio y con moderación.

—Supe relajarme. Al fin y al cabo, y siempre, me interesó enormemente conservar su compañía. Y lo hice. De lo cual, aunque no tenga mucho mérito, estoy orgulloso.

—¿Por qué dices que no tuviste mérito? Tal vez si hubieras dado rienda suelta a tus apetencias la hubieras perdido para siempre…

Prefiero creer que, poco a poco, voy creando unas condiciones que me llevan a otras personas con situaciones similares a las mías.

—Sí, seguramente. Tienes razón. Además nunca he sido capaz de obligar a nadie a nada. Ni lo he intentado. Ni me hubiera gustado. Prefiero creer que, poco a poco, voy creando unas condiciones que me llevan a otras personas con situaciones similares a las mías. Y es entonces, si nos encontramos, cuando estalla la buena e irrepetible amistad o el amor. Vete a saber.

—Tienes razón. Es así. Durante ese tiempo de espera se va puliendo la virtud, no esa virtud entendida como el deseo de ser el mejor como querían griegos y romanos, sino de ser impecable en las actuaciones, de actuar con bondad, de pensar que todos somos humanos, y todos estamos expuestos a los vientos que, a menudo, nos zarandean.

—Es una tarea muy difícil… Cuando algo no me gusta, y creo que no vale la pena intentar nada, lo dejo. Sea persona o inanimado.

—Es una solución. Los dioses, además, no regalan nada. Y como dijo un cierto poeta, adquirir la virtud cuesta ríos de sudor. Pero la naturaleza nunca nos da sufrimientos o pesos que no podamos soportar. Y, a veces, hasta nos brinda una impagable ayuda: en este caso la filosofía. La filosofía escrita por aquellos hombres que observaban la naturaleza, y la seguían… Es más valiosa que estas tristes piedras…

—Como ya te dije en Itálica, cuando hablas de la naturaleza nunca sé exactamente a qué te estás refiriendo. Pero aún así creo que te entiendo. O entiendo lo que quieres decir. Al menos en parte.

—¿Has visto un árbol, una flor, una hierba, una piedra, un animal quejándose de su destino?

—Una comparación nada afortunada. Aun siendo panteístas.

—Sí. Tienes razón. Olvidando los elementos de la naturaleza, y de los animales, se trata de forjar nuestra alma, o entendimiento, como quieras, para vivir virtuosamente, no quejarse por aquello que, inevitablemente, tiene que suceder, disfrutar de la vida sin hacerle daño a nadie, y, cuando llegue el momento, dar gracias por todo cuanto se ha vivido.

—Eso de dar gracias llevo haciéndolo toda la vida. Poco después de mi primera y solitaria visita a estas ruinas, en el coche, camino de Madrid, me di cuenta de lo feliz que había sido durante aquellos breves minutos solitarios en este pequeño teatro. Solo en medio de este páramo, con un sol, una pincelada violácea en el cielo, anocheciendo, empezando a sentir frío… Las voces de mis amigos…

—Era el principio y no te diste cuenta.

—Tal vez. Sin embargo, aquella melancolía se me quedó grabada en el alma. Y he venido aquí una y otra vez para renovarla, para que no pierda prestancia. Pero, claro, han convertido esto en un parque temático.

¿Qué necesidad tienes ya de buscar en estas piedras caídas lo que llevas dentro de ti? La filosofía, querido amigo, la filosofía.

—Me gusta estar contigo, y me gustaría que volvieras. Pero ¿qué necesidad tienes ya de buscar en estas piedras caídas lo que llevas dentro de ti? La filosofía, querido amigo, la filosofía.

—Hablar contigo me levanta los ánimos. Digamos que mis visitas son una especie de ritual, de renovación. De confirmación, como dicen los cristianos.

—Todo eso está bien. Vale. Pero sigue trabajando. No lo olvides.

Y con esa promesa emprendí el regreso hacia la cafetería donde me esperaba mi conductora amiga, dueña de un elegante y cómodo coche.

Vicente Adelantado Soriano
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Notas

  1. Plutarco: Arístides, en Vidas paralelas, IV, Gredos, Madrid 2007. Traducción de Juan M. Guzmán Hermida.
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