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Antifaces

jueves 21 de marzo de 2024
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Antifaces, por Vicente Adelantado Soriano
Hay una discusión de tipo ético en la compañía donde se fabrican los antifaces: ¿descubren a quien hace los encargos o lo callan? ¿O fabrican un antifaz que las autoridades puedan reconocer?
Establecimos que el fin de la política es el mejor bien, y la política pone el mayor cuidado en hacer a los ciudadanos de una cierta cualidad, esto es, buenos y capaces de acciones nobles.1
Aristóteles, Ética a Nicómaco.

Llevaba ya algún tiempo sin ver a mi vecino. Me despedí de él una tarde diciéndole que me iba de viaje. Me fui. Y si bien regresé relativamente pronto, también aproveché los siguientes días para quedarme en mi habitación sin hacer nada ni hablar con nadie. Lo llamé, pues, cuando hacía unos quince o veinte días, más o menos, que no sabíamos nada el uno del otro.

—Ha estado usted desaparecido —me dijo abriéndome la puerta de su casa.

—Cosas que pasan —le contesté—. De vez en cuando es bueno que el hombre esté solo.

—Tiene razón. ¿Y qué tal le ha ido por esos mundos de Dios?

—Bien. No me puedo quejar. He visto cosas interesantes. Pero también tengo que decirle que no he hablado con nadie.

—¿Y eso? —preguntó descorchando la botella de vino.

Le contesta una máquina. Y la máquina le va dando instrucciones de todos los pasos a seguir para llegar al hotel.

—Empezaba a echar de menos estas copas —le dije—. Eso se debe —añadí contestando a su pregunta— a que vivimos en la sociedad de las máquinas. Así, usted reserva una habitación en un hotel, o un apartamento, llamando a un número de teléfono o escribiendo una nota por Internet. Le contesta una máquina. Y la máquina le va dando instrucciones de todos los pasos a seguir para llegar al hotel, acceder a su habitación e incluso para ir al baño. Y en el hotel o apartamento no ve ni al gato, que no lo hay. Todo son máquinas y voces robóticas.

—Es una sociedad despersonalizada, ¿no le parece?

—A mí me gusta. A menudo es una enorme ventaja no tener que hablar con nadie.

—¡Hombre! —exclamó—. Tampoco es eso. Todo lo que está bien, está bien. Creo. A veces me sorprende usted.

—Bueno, pues, como se suele decir, para gustos los colores. ¿Usted nunca ha tenido que soportar a ningún impertinente en un tren o en un restaurante? ¿O a alguien gastando la misma broma una y otra vez?

—No. La verdad. Pero no le falta razón. Me estaba acordando de los padecimientos de Gustavo Adolfo Bécquer para llegar al monasterio de Veruela. El viaje en la diligencia, con un señor orondo, campechano y parlanchín, no tiene desperdicio.2

—La ventaja de los trenes de ahora es que no van encarados unos pasajeros con los otros. Así que, gracias a ello, y al cambio de los tiempos, allá a donde he ido he llegado, siempre, montado en un tren, en silencio, y leyendo. Me he terminado unos cuantos libros.

—Habrá visto muchas cosas. Pero no hablar con nadie… ¿No le parece que eso es un poco empobrecedor?

—Depende de cómo lo mire. No he notado muchas diferencias, por no decir ninguna, entre los habitantes del norte y del sur, del este y del oeste. Y los del centro.

—Sin hablar con nadie —me dijo sonriendo con algo de sorna.

—No hace falta. Es suficiente con meterse en el mercado, en los supermercados o en los bares. Allá donde vaya, las conversaciones siempre son las mismas. El precio del aceite y de los alimentos. Y en algunos bares varias personas discutiendo sobre la corrupción política. ¡Valiente novedad!

—Me imagino que habrá sido por todo el escándalo este de las mascarillas de la pasada pandemia.

—Sí. Efectivamente. Oyéndolos discutir, y pedir cabezas y la pena de muerte, ya sabe, las compañías y el darse la razón unos a otros, lleva a estas burradas, se me ocurrió escribir una narración.

—Vaya. Pásemela. Me gustaría leerla.

—No la he escrito. Una cosa es la idea y otra la materialización. Llevarla a cabo me pareció una pérdida de tiempo: no tengo talento para esas cosas. Ni para otras.

—Todo es empezar. Póngase a ello. O al menos cuénteme el argumento.

—El Zorro y el Guerrero del Antifaz —comencé a contar—, no conozco a más héroes enmascarados, encargan una partida de antifaces, porque, claro, de tanto darle a la espada y tanto correr por montes y collados, en pos de los malos, los antifaces quedan hechos un asco.

—Y los estafan.

—Por supuesto. Pero además hay una discusión de tipo ético en la compañía donde se fabrican los antifaces: ¿descubren a quien hace los encargos o lo callan? ¿O fabrican un antifaz que las autoridades puedan reconocer? No sé, poniendo el logo de la empresa, por ejemplo. O que con el sudor se vuelva transparente. Y se descubra así al malandrín que ataca a los malandrines.

En una ocasión al Zorro se le cae un antifaz que llevaba de reserva, y la policía o el ejército lo recoge. Tiene el logo de la empresa que los fabrica. Y acuden a ella.

—No está mal. Nunca había caído en la necesidad de renovar los antifaces de estos héroes. ¿Y cómo lo solucionaba al final?

—En una ocasión al Zorro se le cae un antifaz que llevaba de reserva, y la policía o el ejército lo recoge. Tiene el logo de la empresa que los fabrica. Y acuden a ella. Compensan económicamente a ésta si revela quién es el cliente. Y la empresa, con un alto sentido patriótico, descubre el pastel. Al Zorro lo cazan en un gallinero, y a seguir viviendo del cuento, que la vida son dos días.

—Debería escribir esa narración. Funciona bien; me parece una pasable metáfora de lo acaecido.

—No. No. Déjese. Son tonterías que se me ocurren cuando me canso de leer o de visitar museos. No tienen más importancia.

—Pero algo deberíamos hacer en contra de la corrupción.

—Estoy de acuerdo con eso. ¿Qué le parece no ir a votar en las elecciones? Ya. Por la cara que ha puesto, no le hace gracia.

—No me parece una buena solución.

—Pues créame: es la más sensata. Las otras no sirven para nada.

—Y no ir a votar, tampoco. ¿Cuántos vamos a dejar de hacerlo, diez, quince, veinte personas?

—No lo sé. Y tampoco me interesa. Sé que yo, de esta forma, me quedo más tranquilo. Al menos nadie hace nada en mi nombre. Ni dice, sin ruborizarse, las estupideces de turno. Que no cuenten con mi voto.

—¿Y si creáramos un partido político? —me preguntó riendo.

—Esa idea me gusta. Estaría muy bien. Se llamaría: “Dios me ponga donde haya, que yo ya me tomaré”.

—¡Hombre! Así no nos votaría nadie.

—¿Usted cree? Se nota que no se ha leído a Aristófanes.3 Tiene una comedia en la que un político promete ser más corrupto que el anterior, y robar más, y resulta que sale elegido. ¿Qué le parece?

—Sí, lo sé: me lo ha contado en más de una ocasión. Pero hablando en serio…

—Hablando en serio, desengáñese: no hay solución. El Estado romano era corrupto en sí mismo. Los juicios eran una farsa, salvo, como ahora, si el reo era una pobre persona. Entonces la justicia actuaba recordando aquello de lex dura lex. De donde nació una marca de vajilla, Duralex, muy buena por cierto. Aunque creo que también quebró.

—Ha venido usted de sus viajes con el escepticismo redoblado.

—Sí. Y una posible explicación está en que me tuve que renovar el documento nacional de identidad antes de ponerme en marcha. Y recordé una vez más mis ansias de que constara en él que soy ciudadano del universo, que mi patria está allá donde voy, y estoy contento. Y por ese puñetero documento me veo obligado a pertenecer a un solo lugar. No estoy de acuerdo.

—Seguramente los habitantes de los otros países tampoco estarían de acuerdo en que usted tuviera, en su patria, los mismos derechos que ellos.

—Evidentemente los nacionalismos nos han arruinado la vida a todos. Nos empobrecen.

—¿Y cómo se iba a entender con un ruso, por ejemplo? Ya —añadió sonriendo—, ya lo veo venir: implantaría el latín y el griego como lenguas universales.

—Me encanta hablar con usted —le dije levantando la copa y haciendo un brindis—: las capta al vuelo.

—Bueno. Esto es una perfecta utopía. Y como diría Pío Baroja, como gimnasia de la mente no está mal.

—No olvide que una utopía, la República de Platón, sirvió para que los nazis justificaran las barbaridades que cometieron. Nosotros, en principio, no íbamos a prohibir a ningún poeta…

—¿Ha visto usted la película Vive como quieras, de Frank Capra?

—No. Ya le he dicho muchas veces que mi conocimiento de ese arte es deplorable.

—Tendría que verla. Una utopía. La vida de una familia. Es una casa de locos. Cada miembro de la familia se dedica a hacer lo que le viene en gana: escribir una novela, bailar, crear fuegos artificiales… Pero lo interesante de la película es que unos miembros de Hacienda van a reclamar que no se hayan efectuado los pagos correspondientes durante varios años. El patriarca de la familia dice que no está dispuesto a dar dinero al Estado sin saber qué van a hacer con él. Creo que algo así les espeta a los inspectores.

—Esa sería otra forma muy buena de luchar contra la corrupción: no hacer nadie la declaración de Hacienda.

—Sería el caos, querido amigo. Suponiendo que pusiera a todo el mundo de acuerdo para hacer lo mismo.

Los partidos políticos se seguirán acusando los unos a los otros de robar y malversar; seguirán diciendo sandeces sin frenos ni tapujos.

—Tengo razón. Ergo, no hay nada que hacer. Los partidos políticos se seguirán acusando los unos a los otros de robar y malversar; seguirán diciendo sandeces sin frenos ni tapujos, enfangando todo cuanto tocan, sin hacer nada, por supuesto. Y mientras se agenciarán todos de todo cuanto puedan. Y los más inútiles ocuparán los cargos de relevancia. Nada nuevo.

—Confiemos en que alguna vez se instale entre ellos la cordura, la ética y una pizca de moral.

—Hay algo más: no pierda de vista a quién se está votando en Estados Unidos para presidente. Ya sabe: lo de arriba es igual a lo de abajo y viceversa. Gracias a los dioses nos quedan Marco Aurelio, Séneca, los estoicos y unos cuantos amigos más. Seguiremos estudiando latín y griego.

—Sí. Ya lo dice el refrán: tal el rey, tal la grey.

—Y tal la gente, tal su presidente. Me lo acabo de inventar, pero cuadra de maravilla, queda muy bien.

—¿No le parece que estamos siendo injustos con muchas personas?

—Sí. Es cierto. ¿Qué tal si hacemos un brindis por ellas y nos acabamos el vino?

—Me place.

—Pues a ello.

Vicente Adelantado Soriano
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Notas

  1. Aristóteles, Ética nicomaquea, I, 1099b, 30. Madrid, 2014. Editorial Gredos. Traducción de Julio Pallí Bonet.
  2. Gustavo Adolfo Bécquer, Cartas desde mi celda, I.
  3. Véase en especial Los caballeros.
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