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La tarjeta sin fondos

jueves 13 de junio de 2024
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La tarjeta sin fondos, por Vicente Adelantado Soriano
Una noche soñé, cuando esto de Caronte y su inmensa fortuna me obsesionaba, que el buen barquero se había modernizado, y aceptaba el pago con tarjeta bancaria. Caronte, por Gustave Doré
Porque, para decirlo con Homero,
mientras dormía tuve un sueño divino
durante la noche inmortal,
1
un sueño tan claro que en nada difiere de la realidad.
2
Luciano el Samósata, El sueño.

Se me quedó mal sabor de boca tras mi última visita a mi vecino de la puerta 33. Con mis opiniones y apuntes había acabado con su pasajera alegría. Le había presentado el concierto multitudinario de una cantante, los éxitos de la cual alegraban su vida, como una cortina de humo para ocultar la triste realidad: corruptos indultados, jueces no menos corruptos, la guerra de Gaza, de Ucrania, y dios sabe cuántas barbaridades más.

Pese a mi visión negativa, en más de una ocasión, me lo han contado, se han dado casos de solidaridad entre los seres humanos. Ocultando a perseguidos, dando de comer al hambriento, buscando a quien se ha perdido en medio de una ventisca, pagando deudas, etc. Ahora bien, tenemos una tendencia innata a recordar más el mal que el bien. Y, por fortuna, siempre tendremos entre nosotros a buenas y abnegadas personas. Lo difícil es dar con ellas cuando se necesitan. Lo cual no quiere decir que no existan.

Con mal sabor de boca, fui a una enorme ferretería y compré un pozal de hierro o aluminio de mediano tamaño. Puse en la nevera bandejas y bandejas de cubitos. Con ellos llené el cubo. Y llevando éste del asa, con su correspondiente botella de vino en su interior, me presenté en su casa.

—Le traigo un regalo —dije alargándoselo en cuanto me abrió la puerta—. Así no se nos calentará el vino en tanto hablamos y arreglamos el mundo.

—¡Hombre! —exclamó entusiasmado—. Eso es todo un detalle. No sabe cuánto se lo agradezco. Yo también había pensado comprar uno. Pero se me ha adelantado.

—De los adelantados serán los reinos de los cielos —bromeé.

Rápidamente descorchó la botella y nos sentamos frente a frente con el ánimo de dar buena cuenta de ella. Llenó las copas y la puso de nuevo entre los cubitos en el cubo o pozal.

—¿La palabra pozal es castellana? —me preguntó—. La he oído algunas veces, pero no lo tengo muy claro.

—Sí. Por lo menos así aparece en el diccionario de la Real Academia. Es sinónimo de cubo. Pozal es cubo que sirve, o servía, para sacar el agua del pozo.

—Se ha informado. Eso está bien.

—Sí. No quería que me sucediera lo de aquella vez no recuerdo dónde. Pedí un plato de aceitunas, y el camarero se quedó en blanco. Señalé el producto. Y él exclamó aliviado: “¡Ah, olivas!”.

—Las lenguas y sus peculiaridades. Pero la radio y las televisiones están acabando con ellas. Son instrumentos de uniformación, ¿no es así?

—Es un viejo problema. Y una vieja solución. También los griegos antiguos tenían cuatro dialectos, hasta que el ático, una de las variedades, por el prestigio de su literatura, se impuso a los otros. Y desaparecieron las variedades.

—¿No le parece eso un signo de pobreza?

—No creo. No lo sé. Al menos, las diferencias entre ellos no era mucha. Se pueden leer los textos fácilmente. Es cuestión de aprenderse las variantes, o de tener un buen diccionario que las recoja.

—Volvemos al problema de siempre: una lengua, una religión y una forma de gobierno.

—Sí, pero cada uno en su casa. Al menos, en Grecia fue así hasta la aparición de Filipo de Macedonia. No dependían unos de los otros.

—Las dependencias, por regla general, no son buenas. Lo mejor es cortarlas. Como sea.

—¿Incluso recurriendo a la violencia?

—Depende. Si no hay más remedio...

—Nunca lo hay. Además, no todos podemos valernos del ingenio de aquel difunto.

—¿Los difuntos tienen ingenio?

—Sí, por supuesto. Como le he contado en más de una ocasión, cuando un griego o un romano fallecía, si era noble, le ponían un óbolo en la boca a fin de que pudiera pagar el pasaje a Caronte. Éste era el encargado de llevarlos, a través de la laguna Estigia, hasta las puertas del Hades.

—¿Y para qué quiere el dinero Caronte? Habrá amasado una ingente fortuna.

—Eso me he preguntado yo en muchas ocasiones. Además, si los pobres no tenían dinero, ¿qué pasaba con el difunto que en la boca sólo llevaba la lengua y algunos dientes? ¿Lo dejaba vagando por ahí? Si es así, eso explica la existencia de tanto y tanto fantasma.

—Una buena explicación —dijo sirviendo más vino y alabando, una vez más, mi ocurrencia de comprar el cubo o pozal—. Sí, señor. Esto es una maravilla —añadió haciendo hueco para la botella, removiéndola entre los cubitos de hielo ya un tanto desgastados.

—Una noche soñé, cuando esto de Caronte y su inmensa fortuna me obsesionaba, que el buen barquero se había modernizado, y aceptaba el pago con tarjeta bancaria.

—Usted, desde luego, tiene cada ocurrencia...

—También pensé en cómo no se le ocurrió a nadie ir a robarle todos los óbolos acumulados desde que Grecia es Grecia. Si yo hubiera sido capitán de una pandilla de facinerosos, lo hubiese intentado.

—Hubiera sido una hazaña digna de Roque Guinart.

—No sé quién es.

—El bandolero que aparece en la segunda parte del Quijote. Despierta la admiración de Sancho al comprobar la enorme justicia reinante entre los bandidos: se lo reparten todo equitativamente.

—Yo también lo hubiese hecho. Habría más que suficiente para todos. Máxime después de la guerra del Peloponeso. Pero ahora que caigo, a los soldados no les ponían la moneda bajo la lengua. O los arqueólogos nos han mentido y se las han quedado ellos.

—No creo. Suelen ser gente honrada.

—Yo tampoco. Era una broma. Sirva más vino, por favor. Pues bien, como kyrios Caronte, el señor Caronte —sigo con mi sueño—, acepta el pago con tarjeta, un griego de Tesalónica, muerto poco después de ponerse éstas en circulación, les dijo a sus hijos que, cuando muriese, lo enterrasen con la suya. No podía llevarla en la boca, está claro. No hubiera quedado presentable bajo los iconos de la ortodoxa iglesia. Se la pusieron en el bolsillo superior de la chaqueta. Pero antes tuvieron la santa precaución de vaciarla enteramente.

—¡Ay, las herencias! ¡Cuántas tragedias han generado!

—Aquí no hubo tragedia. Al llegar kyrios Psaropoulos al embarcadero, le preguntó Caronte si el pago lo iba a hacer en efectivo o con tarjeta. “Con tarjeta”, respondió sacándola. Pero al pasarla por la máquina, Caronte a punto estuvo de golpearlo con la percha o pértiga. Hoy vamos de sinónimos. La percha es...

—Sí. Lo sé. La pértiga utilizada por Caronte para impulsar la barca. Se utiliza en los ríos y lagos de poca profundidad, claro está.

—Así es. La tarjeta de kyrios Psaropoulos estaba vacía, a cero. Por lo tanto Caronte no lo admitió en la barca, y se quedó como alma en pena, sin entrar en el mundo de los muertos ni pertenecer al de los vivos.

—¡Valiente faena le gastaron sus hijos!

—El chirriar de sus dientes, bueno, de su dentadura, lo oyó hasta el Cancerbero allá en las puertas del Hades. Pensó en volver a Tesalónica, a casa de sus hijos, y robarles las tarjetas. Pero luego se le ocurrió una idea mejor: durante varias noches se estuvo apareciendo por allí, moviendo muebles, lanzando gritos y haciendo todo tipo de gamberradas. A punto estuvo de provocarle un par de infartos a la mujer de su hijo mayor. La otra pidió el divorcio llorando y temblando ante el fantasma de su suegro. Ésta se despertaba aterrorizada y empapada en sudor. Su marido fue en busca de la escopeta y los cartuchos de matar jabalíes.

—Eso no te va a servir de nada, burro —le dijo el fantasma de su padre en tanto le retorcía los cañones.

Así estuvo un par de noches. Se divirtió mucho. Máxime cuando llamaron al pope a fin de que exorcizara la casa. Varias veces el kyrios Psaropoulos le tiró de las barbas o le dio un manotazo a su negro gorro.

—Canta —le dijo al oído—, que es lo único que haces bien.

El pope salió por piernas. Kyrios Psaropoulos pensó que ya se había divertido bastante. Le quitó las tarjetas a sus hijos, y sacó cuanto dinero le dejaron, de un cajero automático, a las once de la noche. Volvió a las cuatro de la mañana, y repitió la operación. Luego se fue al embarcadero. Había allí un montón de muertos que no podían pagar el pasaje. Cuando apareció Caronte le enseñó un buen fajo de billetes. Aquella noche Caronte, un tanto enfadado, tuvo que estar perchando, moviendo la pértiga, toda la santa noche. Ni que decir tiene que kyrios Psaropoulos fue magníficamente recibido en el Hades, pues hasta llevaba una rastra de buenas longanizas para el Cancerbero.

—¿Y sus hijos? —me preguntó mi vecino llenando las copas de nuevo.

—Pidieron una hipoteca para mudarse de casa y de ciudad. Tarea inútil puesto que el kyrios Psaropoulos ya había encontrado la paz. Y aunque añoraba a Tesalónica, no quiso regresar al mundo de los vivos nunca jamás.

Vicente Adelantado Soriano
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Notas

  1. Homero, Ilíada, II 56.
  2. Luciano el Samósata, El sueño, Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Madrid, 1992. Traducción de José Alsina.
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