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El declive

jueves 20 de junio de 2024
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El declive, por Vicente Adelantado Soriano
La visión se me presenta en cuanto me despierto y trato de levantarme de la cama. Cada día me cuesta más hacerlo.
Lo juro, muchachos, por la mar, que cuando vi a la Muerte frente a mí, no pensé ni en la Virgen, ni en san Nicolás. Miré hacia Salamina, me acordé de mi mujer y grité: “¡Ay, Katerina, si estuviera en tu cama!”.1
Nikos Kazantzakis, Zorba el griego.

—Últimamente —comenzó a decir aun antes de sentarnos ante la mesa con las dos copas de fino cristal y la botella de vino al alcance de nuestras manos— todas las mañanas se me presenta la misma imagen. Repetitiva, recurrente. Y me ha dado que pensar.

—¿Y qué imagen es? —pregunté temiendo ser indiscreto—. Si se puede saber, claro —añadí.

—Sí. Se puede saber. Y tal vez usted le encuentre algún significado.

—¡Ay, señor mío! No soy intérprete ni de sueños ni de visiones. La profesión, como usted sabe, está en horas bajas. Pero, hable. Soy todo oídos.

—No se trata de un sueño. La visión se me presenta en cuanto me despierto y trato de levantarme de la cama. Cada día me cuesta más hacerlo. Pasar de la posición horizontal a la vertical es un tormento. Antes de ponerme de pie, sentado en el borde de la cama, me veo, con cuatro o cinco años, levantándome rápidamente de mi lecho de niño y saliendo de la habitación como si hubiera un incendio... Y recuerdo mi habitación y me entra una melancolía terrible: la cama se elevaba sobre un pequeño promontorio de cemento. Las cuatro paredes de la habitación estaban bordeadas, en lo alto, por una cenefa de unos soldaditos risueños, pintados por un vecino... Era muy pequeña. La cama, una mesita de noche, y nada más.

—¿Y eso es todo? —pregunté un tanto decepcionado.

—Sí. Eso es todo. Pero, ya le digo, se repite un día y otro día. ¿Qué le parece?

—Nada. No me parece nada. Y tal vez no sea nada. A veces nos empeñamos en buscarle los cinco pies al gato.

—¿No puede ser —preguntó con cierto temor— el anuncio de mi próxima muerte?

—Puede ser —respondí tranquilamente—. Pero ¿quién se va a molestar en mandarle semejante mensaje? Hoy en día, querido amigo, sólo los estafadores mandan cartas o mensajes.

—Tal vez el subconsciente. Ya, ya lo sé —añadió ante mi gesto de escepticismo—: no he dicho nada. Una frase vacía. Como lo son todas las explicaciones buscadas a lo largo de estos días. Por ejemplo, me he acordado de que en la Edad Media decían, por aquello de irse al cielo limpios de polvo y paja, que la buena muerte es la muerte anunciada. La de las Coplas de Jorge Manrique. O, aunque parezca mentira, la de los condenados a muerte. A uno y a otros les daba tiempo a confesarse, arrepentirse de sus errores y a despedirse de amigos, deudos y parientes. Tal vez la muerte me esté avisando a fin de despedirme...

—Yo prefería —lo interrumpí— la deseada por Julio César. Una muerte subitam et celerem, inesperada y rápida. Pero, querido amigo, vendrá lo que vendrá. Y no tendremos más remedio que apechugar con ello. No hay más. En mi caso por otra parte, no hay de quién despedirse.

—En el mío, si lo descuento a usted, tampoco.

—¿Entonces? Nos queda el arrepentimiento. ¿Se arrepiente usted de algo? ¿Ha de pedir perdón a alguna persona o grupo de personas?

—Me arrepiento de muchísimas cosas. Pero no puedo excusarme: no están aquí aquellos ante quienes debería hacerlo.

—Pues olvídese de su habitación de niño y de los soldaditos. Yo —dije cambiando radicalmente de asunto— estos días me he enfadado bastante por culpa de unos documentales de la televisión. Se está celebrando el desembarco de Normandía, como usted sabe. Y no cesan de pasar películas, documentales, entrevistas y demás sobre tan sangriento evento. Me molesta, como han hecho, que coloreen las películas del momento. ¿Por qué hacen semejante necedad? La fotografía en blanco y negro es el testimonio de una época. No obstante, esta estupidez tiene su parte positiva, pues así queda bien patente que todo se manipula y todo se reinterpreta y tergiversa... Igual dentro de poco las pinturas negras de Goya también las colorean. Con colorines serán más fáciles de asimilar.

—El tributo a la contemporaneidad y a sus estupideces. Ahora, y en la misma línea, cualquier película actual que vea usted, o cualquier serie, puede estar seguro de que, en un momento u otro, aparecerán o una pareja de lesbianas besándose o de homosexuales haciendo lo mismo. Esto último, sin embargo, es más raro.

—Me parece una necedad y un simplismo burdo.

—El morbo. Eso atrae a la clientela. O eso creen ellos, los productores, como Lope de Vega en su momento creía que al pueblo hay que hablarle en necio. Siempre me ha parecido una mala excusa. Máxime cuando en la trama de la película no hay necesidad de mostrar a una pareja en plena faena. Ni define a los personajes ni aporta nada nuevo.

—¡Hombre! —exclamé riendo—. A lo mejor si nos presentaran a Pericles sin el casco y faenando con Aspasia de Mileto, igual entenderíamos mejor La guerra del Peloponeso. Coloreada, si es posible.

—El otro día, para mi sorpresa, vi una miniserie de televisión en la cual, aunque parezca mentira, no hay ni una escena de cama, ni palabras soeces, ni nada parecido. Y, sin embargo, narra una de las historias más terribles de nuestra época. Un error informático, y la mala fe de algunos, muchos, directivos, llevó al paro, a la pobreza y a la cárcel, a personas inocentes, y destrozó cientos de vidas. En Inglaterra, para más inri. Se la recomiendo para sus momentos de ocio. Se titula Míster Bates contra Correos. El largo pleito de estas personas a fin de demostrar su inocencia fue una carrera llena de obstáculos y de minas. De descalificaciones y de desfachatez por parte de las autoridades.

—No sé —dije llenando las copas de nuevo— cómo funcionará la justicia en Inglaterra, pero aquí, visto lo visto, le recuerdo un refrán, ya que tanto le gustan a usted: pleitos tengas y los ganes. Por nada del mundo me gustaría verme envuelto en un juicio.

—A mí tampoco. Recordando a mi familia materna, antes renuncio a una herencia que me veo involucrado en semejantes tejemanejes.

—No vale la pena.

—Máxime —comenzó a contar— cuando todos se portaron tan mal con la pobre abuela. Ésta llegó a ser tan longeva como el mismo Matusalén. Pero tuvo el problema de la pérdida de memoria. Sí. Reconocía a todos sus hijos, a sus nietos, bisnietos, a sus nueras y demás. O lo fingía. Pero a dos por tres, cuando iban a verla, contaba, sin descanso, como una película rebobinada una y otra vez, la misma anécdota. Un bucle infinito. Y terminada la anécdota o el chascarrillo, les preguntaba a unos y a otros la edad. No las retenía, y a los cinco minutos estaba preguntando lo mismo y contando lo mismo con las mismas palabras. Estar con ella era un tormento. Un ejercicio de santa paciencia. Aguantaron por la herencia. Y luego, descontentos, trataron de impugnarla. Y lo perdieron todo en pleitos. Pandilla de necios.

—Por eso mismo, querido amigo, la muerte no tiene nada de terrible. Todo lo contrario: nos va a aliviar de atormentar a deudos y parientes, aunque no nos dé tiempo a disculparnos con ellos. Cuando una persona se degrada tanto, lo mejor es desaparecer. Tener, como tenía Aníbal, una bolsita con veneno al alcance de la mano. Y hacer uso de ella.

—Pero la abuela era creyente. Esas cosas no entraban en su cabeza.

—Se podía arrepentir de su acción en tanto se bebía la cicuta. Llegaría al cielo seguro. A mí de pequeño, en catequesis, me explicaba el cura que si Judas en el momento de ahorcarse se hubiera arrepentido, hubiese entrado en el cielo junto con sus compañeros de andanzas y de milagros.

—No. La mujer no lo recordaría. Es curioso lo sucedido con ella, o es curioso el movimiento de la memoria: recordaba sucesos, con todo detalle, de cuando era una niña, de la guerra civil, de los fusilamientos en las tapias del cementerio... pero nada de lo actual, de lo sucedido la semana pasada o ayer mismo.

—No sé quién me dijo el otro día que estamos compuestos de tantas piezas, moléculas, átomos, nervios, conexiones, neuronas y demás que lo normal es que una u otra se estropee o averíe. Vivir tantos años es casi un milagro.

—Y no sé para qué, la verdad. A usted le han causado horror los documentales sobre la Segunda Guerra Mundial. Y a mí me ha puesto los pelos de punta ver cómo unos directivos de Correos culpaban y humillaban, llevando a algunos al suicidio, a cientos de personas. Para cuatro días que estamos aquí.

—Es una cosa digna de estudio: cómo puede suceder eso, y cómo un cabo chusquero, y los hay a patadas, se puede hacer con el poder y sacrificar a millones y millones de seres humanos. Y no nos engañemos, señor mío, el cabo chusquero contó con la complicidad de muchas personas, y, seguramente, Correos también. Es lo mismo de siempre.

—Creo que esta noche no voy a soñar con mi habitación de pequeño. Se lo debo a usted.

—El otro día, por si esto lo tranquiliza, leí una entrevista. En ella un señor decía que no existe el Más Allá, pues su mujer no se le ha aparecido para decirle que está muy gordo, y que no coma tanto.

—A nosotros nadie nos va a recriminar nada exista o no exista el Más Allá.

—Pues bebamos y gocemos mientras podamos. El Hades puede esperar.

—Sea —dijo llenando de nuevo las copas.

Y así acabamos con una botella más de las muchas que teníamos pendientes.

Vicente Adelantado Soriano
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Notas

  1. Nikos Kazantzakis, Zorba el griego. Acantilado. Barcelona, 2015. Traducción de Selma Ancira.
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