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Traducciones
(o el desprecio por la lengua)

jueves 27 de junio de 2024
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Traducciones (o el desprecio por la lengua), por Vicente Adelantado Soriano
La palabra que define cuanto hacían Romeo y Julieta, y muchas parejas más, es joder. Y resulta curioso: empleada como taco o exclamación no le llama la atención a nadie, pero decir que fulanita y menganito estaban jodiendo parece ser de muy mal gusto. “Romeo y Julieta”(1898), por Julius Salles
Un zoólogo conoce perfectamente la diferencia entre ratón y rata. Y así debería conocerla el traductor de un tratado de zoología.1
Umberto Eco, Decir casi lo mismo. Experiencias de traducción.

—Hoy —me dijo nada más sentarnos y descorchar la botella de vino— me gustaría hablarle de algo un tanto molesto, al menos para mí. Usted tendrá opiniones al respecto. Estoy seguro.

—No confíe mucho en mis opiniones. Yo, conforme me hago mayor, soy más dado a tener la boca cerrada; cada día estoy más lleno de dudas, y no tengo ganas ni fuerzas para opinar ni dar pareceres. No me gusta.

—No tema. No le voy a proponer ningún asunto de política o cosa similar. No se preocupe.

—No me preocupo. Sencillamente, la política no me interesa. Y digamos cuanto digamos, todo va a seguir igual o peor. Pero lo estoy interrumpiendo. Plantee usted su problema. Al fin y al cabo entre amigos se puede hablar de todo y decirlo casi todo.

—Iba a hablarle, y por eso estaba seguro de su interés, del poco aprecio que se tiene por el idioma, por la lengua. Y por parte de personas que, en esto, deberían ser ejemplares. O, al menos, más cuidadosas.

—¡Acabáramos! Acaba usted de descubrir el Mediterráneo o el Mare Nostrum, que ya no es nostrum.

—Vale —dijo sonriendo tras apurar su copa—. Comenzaré por lo más sencillo. Alguien debe de haber pegado un puñetazo sobre la mesa, porque en los subtítulos, en la televisión, ha dejado de aparecer la palabra coach, cuando enfocan a un determinado personaje en un partido de fútbol o de tenis, para ponerlo en castellano o español de las Españas: “entrenador”.

—¡Qué pena! —exclamé todo compungido—. Algún tatuador de películas ya no podrá demostrar cuánto inglés sabe y cuán culto es.

—Siempre les quedarán los periódicos y, sobre todo, las traducciones. En los periódicos estoy harto de leer palabrejas en inglés que tienen, hasta donde me llega, una perfecta correspondencia en castellano o español. Amén de la última moda, tras el robo del cobre de las líneas ferroviarias. Como dicho robo se ha producido en Cataluña, ahora los trenes de cercanías ya no existen: son rodalies. Hay veces que para leer un artículo de un periódico tiene que dominar usted tres o cuatro idiomas, o echar mano continuamente del traductor de Google.

—¿Y para enterarse de qué? De cuatro necedades. No vale la pena leerlos. Yo, desde luego, no pierdo el tiempo con ellos.

—¿Y no se entera de las noticias? ¿No le interesa cuanto sucede a su alrededor?

—Me interesa relativamente. ¿Sucede algo de verdadera importancia, interesante? Llevamos meses con la amnistía, con la renovación del poder judicial, con la corrupción que no cesa, las falsas noticias, los bulos y las infinitas necedades y faltas de educación y de respeto de unos y de otros. ¿Qué tiene eso de interesante? Es empobrecedor. Me parece más interesante el ingenio de algunas personas. El otro día un compañero, hablando de la audiencia nacional, dijo que le recordaba el título de una película china: la casa de las dagas voladoras. Sin duda debe de ser algo así.

—O la noche de los muertos vivientes. Llevan no sé cuántos años sin renovar el poder judicial. Ahora, como un jubilado se atreva a seguir trabajando, se va a enterar del peso de la ley. Es desternillante.

—Huele todo que apesta. Pero, dígame, ¿qué tiene que ver esto con el idioma?

—Nada. O muy poco. Nos hemos desviado. Acabo de leer una novela histórica sobre Pompeya...

—No me gustan las novelas históricas... Perdone. Siga.

—¿Usted sabe inglés?

—No. Ni idea. Sé algo de francés y de italiano.

—Estaba pensando en pedir la novela en el original. Quiero saber si las burradas que se dicen en la novela son obra del autor o el traductor. Me inclino por este último, pero no me atrevo a dar una respuesta categórica.

—Tengo varios amigos con conocimientos de inglés. Ellos se lo pueden aclarar.

—¿Usted concibe que en el año 79 d.C. llegue un transbordador a una ciudad, y se encuentren con una fila de taxis?

—Hombre, si la novela es de humor. De ese humor tan facilón de jugar con los tiempos.

—No. No es de humor. Además, traductor o autor confunde a las anguilas, ¿sabe usted si son carnívoras?, con las morenas, que sí lo son. Amén de hablar de maletas, faldas de mujeres y hacer que los pobres romanos se hablen de usted. No hay más que pedir. “¿Y vos, César, me ordenáis lanzar un ataque?”. ¿Se imagina, “Usted también, Bruto?”. Me tenía tan asombrado la traducción que me he quedado esperando que de un momento a otro Plinio el Viejo les mandara un mensaje, por el móvil, a su sobrino y al César, contándoles cuanto ocurría en Pompeya y Stabia con el Vesubio.

—Todo llegará. Hacer una buena traducción no es nada fácil. Se lo aseguro. Y más cuanto más lejano es el texto. Un griego no entendía por psiqué, alma, lo mismo que entendemos nosotros. Todo son interpretaciones u opiniones. Eso ya lo dijo Marco Aurelio. Ahora bien, siempre está, desde luego, el respeto al idioma y al lector. A veces una buena traducción requiere de muchas notas a pie de página, y, como sabe, los editores son contrarios a ellas. Por lo tanto, se tira mano de cosas parecidas o juzgadas como tal. Decir casi lo mismo, que diría Umberto Eco. Eso si el traductor es honesto. Porque a veces se lo inventa todo. O lo toma prestado de viejas versiones que ni sabemos de dónde han salido.

—Y si no es ni honesto ni cuidadoso, ya tenemos a los romanos usando el tratamiento de cortesía o viajando con maletas y transbordadores y escribiendo con lápiz y papel. Así consta en la susodicha novela.

—Imagino que es un defecto de la inmediatez: la novela, tal vez convertida en un éxito, urge ser traducida y esto se hace rápidamente y sin ningún miramiento. Al fin y al cabo, si esos lectores están acostumbrados a los periódicos o a las televisiones, citados por usted, ni se van a percatar de esas menudencias. El cine de Hollywood también ha contribuido mucho a esto.

—Y así el idioma se va degradando. Pero de esto ya se quejaba don Francisco de Quevedo...

—Y Cicerón se lamentaba de que en Roma se chapurreaba más el griego que el latín. No sé si lo hablarían mal o bien.

—Y Quevedo de las mujeres que trataban de hablar el francés sin saberlo, y llevaban zapatos pont levi...

—El problema de siempre: la vanidad cuando no el negocio. Mire, yo me he tropezado con traducciones firmadas por gente de postín, por decirlo de alguna forma, que no están hechas directamente de la lengua original, sino del francés o del inglés... Cotejando las traducciones, en éstas aparecen palabras que no están en el texto original, sí en la versión francesa o inglesa, e igualmente en la traducción al castellano. ¿Milagro?

—¿Qué le parece a usted?

—Plagio. Un verano me entretuve en traducir algunos diálogos de Platón y cotejarlos con traducciones españolas de cierta relevancia o postín. Tenía delante de los ojos un texto bilingüe: francés griego. Y el texto castellano estaba más bien trasladado de la traducción francesa. No del griego. Se notaba a la legua.

—Yo de traducciones sé poco, por no decir nada —dijo tras llenar las copas de nuevo—. Pero leyendo la novela sobre Pompeya me he vuelto a sobresaltar. Y a enfadar. Con la pérdida del verbo oír, por ejemplo. Ahora todo se escucha. Recuerdo, cuando comenzó la guerra de Irak, haber leído que “los periodistas escuchaban los bombardeos desde el hotel”. Me los imaginé echados en sus tumbonas, con gafas de sol, un refresco en las manos y escuchando caer las bombas como quien oye la canción del verano... Estamos llegando a unas simplicidades aterradoras. Ya no se contrata a nadie, otra que tal, se ficha. “Al ex ministro Tal lo ha fichado la empresa Cual”. “Al futbolista X lo ha fichado el equipo Y”. Y la guinda: “Fichamos el sujetador más vendido...”. Átame esa mosca por el rabo. Y eso por no hablar del brillo que ha tomado el verbo poner: “poner en valor” no valorar; “poner en riesgo”, no arriesgar; “poner en duda”, o la última maravilla: “poner en pausa”... Y el verbo tumbar lo mismo sirve para un frito que para un asado: “la oposición ha tumbado las leyes...”, “el equipo A ha tumbado al B”, “Romeo tumbó a Julieta y tuvieron sexo”. Esto último me encanta: me los imagino a los dos con una maletita donde llevan su sexo, y llegados al cubículo se lo atornillan y ya tienen sexo. Antes eran asexuados.

—Es una interpretación un tanto puritana —dije riendo—. Pero tiene razón: la palabra que define cuanto hacían Romeo y Julieta, y muchas parejas más, es joder. Y resulta curioso: empleada como taco o exclamación no le llama la atención a nadie, pero decir que fulanita y menganito estaban jodiendo parece ser de muy mal gusto.

—En mi pueblo decían fascar. Fascal deberían decir. Estaban fascando. Fascar; fascal es hacer gavillas, amontonarlas. ¿No le parece más poético?

—Al menos se adecúa más al original. Es casi decir lo mismo. Por otra parte todo esto es lamentable: una mala traducción puede dar al traste con un buen libro. Y a saber las tonterías e insensateces que nos hemos tragado a lo largo de todos estos siglos.

—Sí. Es inquietante. Cuando se leen algunas traducciones y se echa la vista atrás... De miedo.

—Bebamos, pues, querido amigo, y hagamos honor a Julio César: beati hispani quibus vivere bibere est.

—Un tópico, ¿no?

—Sí, pero es gracioso. Además, le hago una traducción irreprochable: felices los hispanos para quienes vivir es beber. Casi, casi he dicho lo mismo: hemos perdido el juego y la pronunciación de vivere et bibere. Pero...

—No se puede tener todo en esta vida. Bebamos y seamos felices, como quería don Julio César, que tuvo sexo con doña Cleopatra, quien, a su vez, fichó un sujetador y puso en valor la biblioteca de Alejandría, antes de ponerse en pausa porque escuchó a un caracol hablar con una caracola. ¿He dicho bien?

—Ha quedado perfecto. Ni el mismo Aristóteles lo entendería aunque se levantara sólo para ello. Brindemos por los traductores y los periodistas de tres al cuarto.

—Larga vida y largas necedades tengamos. Entre unos y otros han convertido a este corralón lleno de sol en un circo con animales. Diversión asegurada.

Vicente Adelantado Soriano
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Notas

  1. Umberto Eco, Decir casi lo mismo. Experiencias de traducción. Lumen Barcelona, 2008. Traducción de Helena Lozano Miralles.
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