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jueves 19 de septiembre de 2024
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Proyectos, por Vicente Adelantado Soriano
Los políticos se están cargando los espacios sagrados de nuestros antepasados con sus negros intereses, feas urbanizaciones, aparcamientos múltiples, chalets y demás. Vía Verde de Itálica • Andalucía.org
Cuéntase, pues, que apenas se hubo partido Sancho, cuando don Quijote sintió su soledad.
Miguel de Cervantes. El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha.

—No sé por qué me pones a mí de Sancho —dijo José Luis con su típica sonrisa, como si hubiera leído la entradilla que todavía no había escrito.

—Es cierto. De carnes vas bien servido —le respondí sonriendo igualmente—. Pero eres un poco alto para la imagen que tengo de Sancho Panza. Con unos centímetros de menos, serías perfecto.

—Tú tampoco das la imagen de don Quijote —respondió un tanto airado—. En una posible película no podríamos representar a esos personajes. Ni tú ni yo.

—No creo que eso sea importante. Además, nadie nos va a requerir para hacer películas, ni para hacer nada.

—A lo mejor es una ventaja, porque visto lo visto. El otro día, cansado de mis labores, me senté un ratito a ver la televisión —me explicó en tanto comenzábamos a caminar por la Vía Verde—. Y a los cinco minutos, asqueado, estaba barriendo el patio de mi casa, recogiendo las hojas del limonero y mirando las estrellas: en todas las cadenas estaban pasando películas de violencia, de sexo gratuito o entrevistando a políticos, que en fin, mejor me callo.

—Sí. Lo de la televisión es patético. Pero recuerda que ya en Roma, los romanos, que sabían latín, abandonaban el teatro, donde se representaban obras de Plauto y de Terencio, para ir al anfiteatro a ver luchas de gladiadores.

—Dicen que tantas estupideces se dicen y oyen en latín como en castellano o en chino mandarín. Eso lo sabes tú mejor que yo.

—Como diría Sancho —respondí sonriendo—, de idioma cambiarás y de necios no escaparás. Luego lo importante no es el idioma, sino algo que, busca y hallarás, viene implícito con cualquier idioma, jerga o dialecto. Pero, claro, hay que madrugar y trabajar el huerto. Y dejarse ya de oscuros intereses y de necedades varias. Y de tanto barbarismo. Aunque eso ya lo denunció Quevedo, entre otros, y no hemos adelantado nada. De hecho algunos cráneos privilegiados siguen recogiendo noticias a pie de playa, eso es hablar bien, y poniendo en valor los fastos de nuestra nación. A ver si lo superas.

—Difícil me lo pones, amigo Sancho. Pero volvamos a la televisión. Otra de las cosas que me llamaron la atención es lo mal que hablan los presentadores y los entrevistados. Y la pésima utilización de todo cuanto no les atañe a ellos. No lo pude soportar. Hace años, cuando estaba vivo y en activo, los maestros escribimos una carta a la televisión protestando por un anuncio. En él aparecía una maestra entrando en el aula. De niños pequeñitos. Éstos saludaban a la maestra con sus infantiles vocecitas, “buenos días” le decían. Ella los corregía: “Tenéis que decir bonux días”. Bonux era un producto de limpieza o algo así, ya no recuerdo.

—En mi colegio, gracias sean dadas a todos los dioses del universo entero, también protestó un padre, cosa inaudita, porque muchos profesores, dándoselas de modernos y enterados, comenzaron a utilizar el signo de la arroba a todo trapo. Escribían “l@s alumn@s”, “el finde que viene” y etcétera. El padre del alumno exigió al profesor de lengua que le enseñara en qué parte de la gramática estaba el tal signo... Fue penoso. Dios mío, ¿dónde está Nebrija? ¿Por qué, oh Proserpina, no lo dejas que vuelva a esta tierra y siga escribiendo? Aunque, con toda probabilidad, no le harían ni caso... Ni lo leerían.

—No te extrañe. Seguramente esté muy bien donde quiera que se halle. Y todo esto será penoso —dijo José Luis con resignación— hasta que a la Real Academia, que limpia, fija y da esplendor, se le ocurra aceptarlo. Como, según me dijo un compañero, ya ha aceptado la estupidez de “finde” en lugar de fin de semana.

—¿De verdad? Me cuesta creérmelo. Aunque hay gente que por llevarse bien con todos o dárselas de enterado acepta cualquier estupidez. Como aquella de hace tiempo de los talibán.

—No lo sé. Me lo dijo un antiguo compañero el otro día, lo de aceptar ese barbarismo. No sé si será cierto. Habrá que comprobarlo. De todas formas lo mejor es que sigamos escribiendo como nos enseñaron en la escuela. Tuvimos buenos maestros de lengua y literatura.

—Cierto. Hablaban muy bien. Por lo menos los míos.

—Y los míos también. Y además, uno en especial me enseñó el placer de la escritura, de escribir bien y pacientemente. Como si estuviera dibujando.

—Es verdad: tienes una letra preciosa. La mía, por el contrario, es enrevesada: una vez, en una clase, en la universidad, el profesor enseñó los folios de mi examen: “Esto es una maravilla —dijo—. Es precioso. Un manuscrito medieval —hice el examen con pluma estilográfica—. Pero no se entiende nada”. Tuve que leer el examen.

—¿Y te aprobó?

—Con nota además.

—¿No te inventarías las respuestas mientras lo leías? —me preguntó sonriendo.

—Soy muy malo improvisando. No me salió corregirme en tales circunstancias.

—Hiciste muy bien en no hacerlo, Sancho amigo —dijo riendo—. Se refleja en ti la honestidad de tu señor. Y dime, sin las villanías de la televisión, ¿cómo pasas tus ocios?

—¡Ah, los paso muy bien! Un día buscando en el ordenador información sobre la batalla de Gaugamela, Alejandro Magno, di con unos ciclos de conferencias que se estaban pronunciando, o se habían pronunciado, en diversas universidades, museos o fundaciones. Oí una sobre dicha batalla y me encantó. Desde entonces no he parado de oír cuantas conferencias se han organizado por aquí y por allá. Las últimas charlas han incrementado el dolor... Sí, siempre sale el egoísmo humano, lo siento; pero las últimas charlas han hecho que te eche mucho de menos. Más si cabe. Estaba pensando, tras haber oído algunas de ellas, en unos viajes largos y entretenidos. Lo hubiéramos pasado muy bien. Como en Ampurias.

—Ya me lo imagino: seguro que se trata de visitar ruinas. Te hubiera acompañado de mil amores. Pero ten en cuenta mis limitaciones: recuerda que día sí y día no tenía que ir al hospital.

—Lo sé. Pero en mis ensoñaciones, soñar es gratis, te hacía tan sano como cuando teníamos dieciocho años y no parábamos de movernos. Y tan alegre, aunque alegre y risueño siempre lo has sido.

—Pues soñemos. ¿A dónde nos íbamos a encaminar en esta ocasión?

—Antes te iba a regalar un par de libros para que entraras en materia.

—Lo de regalar libros siempre se te ha dado muy bien.

—Gracias.

—Todavía conservo los primeros que me regalaste. En una edición barata, los sonetos y canciones de Garcilaso, y una selección de poesías del arcipreste de Hita. De la colección Ebro.

—Los de ahora iban a ser libros científicos. Al amor de las últimas conferencias oídas con gran placer y, espero, aprovechamiento. Sobre los tartesos, ni más ni menos.

—¿Y por dónde habitaban estas buenas gentes?

—Por el suroeste de la península. Sevilla, Huelva, Cádiz y el sur de Badajoz.

—No te hubiera podido acompañar.

—Tendré que ir solo una vez más. Valiéndome de trenes, autobuses y de mis propias piernas. Y voy a ir pronto. Los políticos, según se denunció en una de las conferencias, se están cargando los espacios sagrados de nuestros antepasados con sus negros intereses, feas urbanizaciones, aparcamientos múltiples, chalets y demás. En este caso los enterramientos tartésicos.

—Eso es de tener muy pocas miras.

—Son burros con orejeras. Como dijo una profesora, hacen políticas de hoy para mañana. Son incapaces de entender que la cultura se debe respetar, y que también se puede convertir, es así, en una fuente de ingresos. Me gustaría saber, al respecto, cuánto recauda el ayuntamiento de Granada, o quien sea, por las visitas a la Alhambra.

—Es una mina. Siempre está llena de turistas. Es cierto. Pero como dijimos en más de una ocasión, visitando ruinas iberas, para apreciar esos restos de nuestros antepasados tenemos que educar a los niños. El arbolito desde pequeñito.

—Yo lo hice. Todos los años sacaba a los alumnos de clase y recorría la ciudad con ellos. Unas veces visitábamos la ciudad romana; otras, la ciudad árabe; la modernista, etc. Pero, claro, eso no iba para examen. Ya te puedes imaginar lo que vino a continuación.

—Sí. Protestas de los padres y de la dirección y tiza y pizarra.

—Eso mismo.

—Teníamos que haber montado una escuela tú y yo.

—Déjate. De seguir nuestras ideas, seguro que estos bestias de políticos que tenemos, maleducados y con la ética allá por el fondo del mar, nos hubieran acusado de todo lo imaginable con tal de cerrar la escuela y hacernos volver al redil. Y a seguir destruyendo todo cuanto les molesta para enriquecerse. No hay día que no nos desayunemos con más corrupciones y corruptelas. Este es un país de chorizos. El país de Alí Babá y el millón y pico de ladrones.

—Me has hecho recordar una de las pocas películas que vi estando sano. Una noche un compañero nos invitó a cenar a varios maestros, y la puso en su televisión. Habla no de la corrupción sino de la mala fe y de la maledicencia: La calumnia,1 ¿la conoces? Dos maestras montan una escuela infantil de niñas. Una de ellas le dice a su abuela, para ocultar un robo que ha cometido, que ha visto a las profesoras besándose. En los puritanos Estados Unidos de los años sesenta... El rumor se extiende como una mancha de aceite. Todo el mundo se escandaliza. Sacan a sus hijas de la institución. Tienen que cerrar la escuela. Y una de las maestras, ante el acoso y las burdas burlas del vecindario, acaba suicidándose.

—Pues no abramos ninguna escuela, y evitemos así que nos acusen de homosexualismo. Aunque tengo que decirte que a mí me gustan las mujeres, y que tú, en consecuencia, no eres mi tipo. Sin ofender.

—Estoy en el mismo caso, Sancho amigo. Oye, ¿y no se le ha ocurrido a nadie acusar a don Quijote y a Sancho de relaciones contra natura? Y sabes, se empieza diciendo bonux días y se termina saqueando las arcas públicas.

—Mira, José Luis, dejémoslo estar. Y vayamos a visitar tumbas y ciudades tartésicas. Y sí, olvídate, me vas a acompañar. No sé cuándo, pero vamos a ver el mundo tartésico. Y ruin sea quien por ruin se tiene.

—Y algunos no se tienen y lo son.

—Eso mismo.

Y así, en silencio ahora, seguimos caminando durante un buen rato por aquel trayecto de la Vía Verde que tanto nos gustaba, y que tantas veces habíamos recorrido.

Vicente Adelantado Soriano
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Notas

  1. Película de 1961. Título original: The Children’s Hour. Dirigida por William Wyler. Con Audrey Hepburn y Shirley MacLaine en los principales papeles.
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