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Cenas y libros

jueves 17 de octubre de 2024
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Cenas y libros, por Vicente Adelantado Soriano
Empezamos a hablar de libros. ¿De qué otra cosa vamos a hablar a estas edades, no le parece?
Para Paco Beltrán y Rafa Ballester
¿Y qué liebre puede ocultarse a cazadores tan diestros? ¿Qué pececillo puede evitar el anzuelo o la red que con tanta pericia se le tiende?1
Ricardo de Bury, Filobiblion.

Aquella noche me sucedió lo que hacía tiempo que no me sucedía: me desperté a las tres de la madrugada. Y por más esfuerzos que hice me resultó imposible volver a dormirme. O, mejor dicho, me entró un sueño terrible cuando era la hora de levantarme. Salí de la cama con pena y dolor. Me duché con agua fría, intentando, así, castigar a mi cuerpo como si fuera éste el culpable de mi insomnio. Una estupidez. Pese a ello pasé una pésima mañana, no hace falta decirlo. Tras las clases de rigor, llegué a casa, más tarde de lo habitual, medio mareado, y, sin probar bocado, me metí en la cama. Me despertó, al cabo de cuatro horas, el agudo sonido del móvil. Con las prisas no me acordé de apagarlo. Era mi querido vecino de la puerta 33. Me invitaba, como hacía tarde sí y tarde no, a una copa de vino. Acepté pensando en el queso y el jamón, compañeros inseparables de sus invitaciones.

—Tiene mala cara —me dijo nada más verme.

—Lo sé, lo sé. Esta noche apenas he dormido un par de horas.

—No me diga que lo he despertado...

—Sí, me ha despertado, pero no se preocupe. Me ha venido muy bien desvelarme. Así, esta noche, espero, dormiré con un poco de sentido común. Además, he bajado porque no he comido nada en todo el santo día. Ese plato de queso y jamón —dije señalándolo— lo marco como mío y de mi exclusiva propiedad.

—¿Le saco un poco de pan? ¿O quiere cenar aquí dentro de un par de horas?

—Acepto ambas cosas. No en vano, por si fuera poco, lo tengo por un buen amigo y un excelente cocinero.

—Además, como diría Sancho Panza, no hay mejor salsa que el hambre. No obstante, es pronto para cenar.

—Sí. Lo es. Hablemos mientras llega esa bendita hora. Cuénteme algo.

—Con esa finalidad lo había llamado. Pues el otro día me pasó una cosa curiosa. Verá, yo tengo dos buenos amigos, con los cuales me veo de tarde en tarde. Cada dos o tres meses nos mandamos mensajes por el móvil y, puestos de acuerdo, nos vemos en algún restaurante para comer o cenar.

—La santa invención griega del banquete. Fueron unos genios.

—Sí. Es cierto. Yo, la verdad, preferiría tener esas reuniones aquí en mi casa. Como hacían ellos.

—Pero a sus amigos les parece un incordio. Además, ¿quién tiene aquellos magníficos comedores?

—Tampoco hacen falta. Aquí —dijo abarcando con la mirada el comedor donde estábamos— caben perfectamente cuatro o cinco personas, y más. Ahora bien, mis amigos tienen familia, y en sus casas no es muy conveniente celebrar ninguna reunión. Así que nos vemos en restaurantes del gusto de todos. Y nos ahorramos cocinar y fregar. No tenemos esclavos —añadió sonriendo—: está mal visto. Nos quedan los restaurantes, aunque a mí me molesta mucho la gente. Por la forma de comportarse: la mayoría de las personas son gritonas, escandalosas y de carcajada tan fácil como ruidosa, vacua y sin sentido.

—Pero usted es especialista en dar con lugares poco concurridos —dije cuando ya había dado cuenta del queso y del jamón.

—No siempre se acierta —apuntó sirviéndome una copa de vino—. Y hay lugares en los cuales el esfuerzo por oír a mis amigos es tal que termino con un fuerte dolor de cabeza. Y me vengo a casa de mal humor.

—Dijo Séneca: las cosas contra las que nada puedas tú, que nada puedan contra ti. Un precepto difícil de seguir, como todos, pero inteligente.

—Sí lo es. No me hizo falta la otra noche pues, debido al buen clima de esta ciudad, cenamos al aire libre. Las mesas, además, en la calle, guardaban una respetable distancia entre sí. Y por si eso fuera poco, se puso a lloviznar, y los comensales, personas asustadizas, se metieron rápidamente en el restaurante. Cesó la lluvia y nadie volvió a ocupar las mojadas mesas vacías de la calle. Estuvimos prácticamente solos.

—Una delicia para usted.

—Efectivamente. Y más cuando nada más sentarnos, bajo una fina lluvia, apenas resguardados por una insuficiente carpa, o un enorme paraguas, descorchamos la botella de vino y empezamos a hablar de libros. ¿De qué otra cosa vamos a hablar a estas edades, no le parece?

—Es lo mejor. Creo. A estas edades y a cualquiera. Mejor eso que murmurar de fulano o de mengano.

—No ha lugar en nuestro caso. Y jamás hemos hablado no ya de mujeres —explicó sonriendo— sino incluso de la familia. Lo cual es una bendición: no tengo que contar nada de mi matrimonio, ni, la verdad, tampoco me interesan mucho los de los otros. Los tengo por felices. Y basta. Eso es suficiente para mí.

—De esa forma nunca reñirán.

—Nunca lo hemos hecho. Así pues apenas se descorchó la botella de vino, cuando uno de mis amigos comenzó a hablar de una novela, desconocida para los otros dos. Llevaba mucho tiempo buscándola. No conseguía dar con ella, ni en papel ni en libro electrónico. Y, según comentó, fue esa novela la iniciadora del realismo mágico. Pero surgió el problema de siempre: editoriales, intereses, manipulaciones, silencios, etc. Y la novela quedó sin publicar en su momento. Luego tuvo un cierto éxito. Pero no llegó a estas costas. O lo hizo con mucha discreción frente al ruido del famoso boom del realismo mágico. Antes de seguir déjeme apuntar una cosa: mi amigo encontró la novela en una librería de viejo. Le pedían un precio desorbitado por ella.

—Otro tanto me ha sucedido a mí también en varias ocasiones: di con un libro descatalogado en una librería de viejo. Y me pidieron por él el precio de un lingote de oro largo y pesado. No sé quién los comprará.

—La cuestión es que a mí se me quedó grabado el título de la novela, y su autora. Cosa un tanto extraña, pues soy flaco de memoria. Así que a la mañana siguiente, nada más levantarme, tecleé en el ordenador los datos: Elena Garro, Los recuerdos del porvenir. Y resulta que lo acababan de publicar. Le mandé un mensaje a mi amigo, y me fui a la librería a comprar la novela.

—Eso es tener suerte.

—Además, a este amigo mío, excelente buscador de rarezas, entre otras cosas, le hablé del libro que también lleva años buscándolo usted. Me refiero al libro IX de Moralia, de Plutarco. Me lo mandó ayer por internet. Lo tiene a su disposición.

—Oiga —dije entusiasmado—, tiene que reunirse más a menudo con sus amigos.

—Sí, esa misma conclusión sacamos nosotros. Pues el placer ya no está sólo en las cenas y en vernos y mantener la amistad, sino en cuanto viene a continuación: libros y más libros, gozosas lecturas, y algún breve mensaje... En cuanto llegué a la librería, la dependienta me brindó una sonrisa de oreja a oreja: tenía guardado para mí, fruto de otra cena, el segundo volumen de Rebecca West, Cordero negro y halcón gris. Y tenían el libro de Elena Garro. Los dos acabados de publicar. Una mañana completa. Completísima.

—¡Dios, qué suerte tiene usted de tener tanto tiempo para leer! Y contar con tales amigos. ¡Qué envidia me da!

—Ya le llegará. No se preocupe. Por mi parte le puedo decir que, desde aquella cena al aire libre, he pasado horas y horas deliciosas con los libros de estas dos mujeres. Y efectivamente, el libro de Elena Garro, no sé si fue el desconocido iniciador del realismo mágico o no, pero merece la pena. Sé, sin ningún género de dudas, que es una buena novela. Una obra que se lee con mucho agrado, pese a las bestialidades narradas... No soy crítico literario, y me permitirá estas pedestres apreciaciones... Y qué le voy a decir del libro de Rebecca West. No tengo palabras. ¡Cómo escriben las dos mujeres! Y qué interesante su mirada. ¡Qué prosa! ¿Sabe? El narrador de Los recuerdos del porvenir es el pueblo donde sucede la acción, Ixtepec. Un pueblo del que se pueden escapar los dos amantes porque en el pueblo es de noche, y fuera es de día... A veces, cuando me pongo a leer dos libros al mismo tiempo, me veo obligado a dejar uno por mor del otro. Aquí no ha habido caso: ir del libro de Rebecca al de Elena era, sí, cambiar de paisaje, pero no de belleza ni de placer... Ir de los Balcanes a México, o al revés, con el cuerpo lleno de contento y alegría.

—Oyéndolo me están entrando ganas de leerlos.

—Como dice usted, tengo mucho tiempo libre para leer. Todo el día y todas las horas. Y también le hago caso a usted cuando me recomienda alguna obra. ¿Y sabe? Veo mucha relación entre Luciano el Samósata y el realismo mágico de doña Elena Garro. Y no, no me voy a meter en dibujos para distinguir fantasía de realismo mágico. Todo es fantasía y realidad. Y hay diferencias, por supuesto. Faltaría más. Muchas diferencias. Y muchas cosas en común.

Le llené su copa a fin de frenar un poco su entusiasmo. Se la bebió de un trago y continuó con el mismo tono. Le brillaban los ojos de alegría y contento.

—Libros de viajes de la antigüedad no conozco ninguno, pero le recomiendo encarecidamente Cordero negro y halcón gris. Habla de un largo viaje por los Balcanes, por Macedonia... Habla del imperio turco y de sus gentes. Habla de tantas cosas y con una prosa tan maravillosa... De verdad, no tiene desperdicio. Y a todo esto, querido amigo —ahora fue él quien se frenó—, es la hora de encender los fogones.

—Lo hemos hecho al revés. Con sus amigos cena y habla de libros, y ahora hemos hablado de libros y vamos a cenar con la digestión hecha.

—En la variedad está el gusto. ¿Qué le apetece cenar?

—Verduras.

—Vamos a ello. Y mientras hago la cena, vaya a su casa a por un lápiz electrónico y le grabaré el libro de Plutarco. Y le dejaré los de estas mujeres cuando los termine. Léalos. Que no todo es Grecia y Roma. También nuestra época existe, y se escriben grandes cosas.

—Vale. Lo haré todo. Se lo prometo. Por la sacrosanta amistad.

—Deje la puerta abierta. Y no tarde en bajar que las verduras yo las preparo en un santiamén.

Vicente Adelantado Soriano
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Notas

  1. Ricardo de Bury, Filobiblion o muy hermoso tratado sobre el amor a los libros. Madrid, 1969. Cap. VIII. Traducción de Federico Carlos Sainz de Robles (hijo).
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