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Temores

jueves 21 de noviembre de 2024
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Temores, por Vicente Adelantado Soriano
Las lanzas bifrontes volverán a teñirse de sangre. Y miles y miles de personas serán masacradas, como siempre, por mor del salvajismo, de la sinrazón.
La barbarie no se encuentra exclusivamente en los márgenes de la civilización, sino que existe también en el corazón mismo de la pólis.1
Robert D. Kaplan, La mentalidad trágica.

—Vengo notando desde hace mucho tiempo —le dije a mi vecino apenas nos sentamos frente a nuestras copas llenas de buen vino— la pérdida total de mis deseos de aconsejar a nadie sobre nada. De joven era todo lo contrario: aconsejaba acciones, libros, músicas, viajes... Y me enfadaba cuando no me hacían ni caso, con toda la razón del mundo, por supuesto.

—Nada me va a decir, por lo tanto —me replicó un tanto entristecido—. Pues, la verdad, no sé si agradecérselo, o enfadarme un poco.

La explicación de sus lastimeras palabras estaba en cuanto me contó el día anterior. Hacía tiempo le habían empastado un par de muelas. Ambos empastes se le habían desprendido. Apenas si podía masticar. Pese a lo cual no tenía ninguna intención de volver al dentista. Alegaba para ello los muchos años de su dentadura, y los pocos que le quedaban a él para seguir masticando.

—Se lo decía —apunté dándole la vuelta a la tortilla— porque por mor de nuestra amistad voy a hacer una excepción con usted. Le voy a dar un consejo. Pero es muy libre de seguirlo o no. Y no me voy a enfadar sea cual sea su determinación.

—Imagino por dónde van a ir los tiros.

—Quien pide consejos, por regla general, tiene su resolución tomada. Busca confirmarla, nada más. Y sí, efectivamente. No va errado: nos conocemos hace ya bastante tiempo. Así pues, le confirmo sus suposiciones: no sabemos cuánto vamos a vivir cada uno de nosotros. Es posible, por lo tanto, que muera, cómodamente, en el sillón del dentista, o que viva muchos años y nos entierre al dentista, a la enfermera, a toda la clínica, y a mí. Por lo tanto, y por si acaso, arréglese la boca para poder disfrutar de la comida cuando salgamos por ahí a comer o a cenar.

—¿Y si muero en el sillón del dentista como dice usted o nada más estrenar los empastes?

—Quedará como una buena broma del destino o de los dioses. Me los imagino, allá en el Olimpo, desternillándose de risa viéndolo en el ataúd con sus relucientes e inútiles empastes.

—Una broma de mal gusto, ¿no le parece?

—A veces nos tomamos las cosas demasiado en serio. El primero en hacerlo soy yo. Eso creo. La vida, a menudo, se hace muy larga y muy pesada. Pero si lo piensa detenidamente, nuestro paso por la tierra es un suspiro. Y ese suspiro hemos de tratar de pasarlo de la mejor forma posible. Carpe diem. Arréglese la boca. ¿Le hace falta dinero? Le puedo devolver el que me dio.

—No. No me hace falta dinero. Quizás me haría falta un poco de esperanza.

—Eso no se lo puedo vender: soy bastante pesimista. O realista si quiere. Aun así yo de usted daría gracias por tener su edad, con muelas o sin ellas. Yo las doy por cuanto lo voy alcanzando a usted. Y no lo lamento. En absoluto. Por muy próxima que esté la muerte.

—Cuando se llega a una cierta edad se le pierde el miedo a la parca. Eso oí decir en mi juventud. Y es cierto. Al menos en mi caso. Además, se nos caen las muelas, el pelo... Nos van enterrando a plazos.

—Ni me da miedo la muerte ni le estaba hablando de ella —puntualicé llenando las copas de nuevo—. Me da miedo el futuro. Y, visto lo visto, estoy muy agradecido por poder marcharme de este puñetero mundo sin haber conocido una guerra, sin haber llevado nunca un arma encima, ni haberme visto obligado a matar a nadie. A eso me refería cuando hablaba de la ventaja de hacerse mayor. Lo más rápidamente posible, antes del estallido.

—¿Cree usted que vamos abocados a otra guerra? Pues razón de más para dejar a mis muelas en paz.

—No le digo que vaya a estallar mañana o pasado. Pero no tardarán mucho en volver el espanto, las matanzas y la sinrazón. Cada día siento todas estas atrocidades más cercanas. Las huelo en el aire, gracias a los nuevos gobiernos constituidos en Europa y fuera de Europa.

—A mí la gente me parece bastante tranquila. Y sin muchas ganas de tiros ni de revueltas.

—¿Cuántas guerras ha sufrido y hecho la humanidad desde, digamos, el siglo XIX? No sé la cantidad exacta. Pero muchas. Demasiadas. Sin contar las dos guerras mundiales... Ni las actuales.

—¿Me está diciendo que el hombre es un salvaje que no puede vivir sin matar ni hacerse matar?

—Sí. Eso mismo. Las lanzas bifrontes volverán a teñirse de sangre. Y miles y miles de personas serán masacradas, como siempre, por mor del salvajismo, de la sinrazón. Explicada, luego, de mala manera, echando mano de la economía, de la pobreza, del déficit, de las injusticias, de las condiciones de vida y de cuantas cosas se les ocurran a los historiadores. Pamplinas. En el fondo siempre es el salvajismo del hombre, su propia bestialidad. No hay otra explicación más cabal.

—¿Y no hay forma de evitarlo? Algún mecanismo debe de haber para no llegar a tan terrible solución. ¿La justicia social?

—No lo hay. Ni existe ni van a dar con él. No hay justicia. Vea a los emigrantes... Cuando hablo de estas cosas con algunos compañeros, siempre me tildan de exagerado, de pesimista en grado sumo. Y se alejan de mí riéndose.

—Pesimista del todo no lo es: me está recomendando arreglarme la boca para ir a cenar.

—Y compro libros sin cesar. Como si fuera a vivir eternamente y me diera tiempo a leerlos todos. Y no va a ser así. También serán quemados en alguna hoguera pública. No lo dude.

—No sé si lo dudo. No lo sé. En algo tiene razón... El otro día fui capaz de leer una novela abandonada en mi juventud. Por ceguera dejaba de lado todo cuanto olía a iglesia, clero y religión. A las pocas páginas, pues, cerré Cristo de nuevo crucificado, de Nikos Kazantzakis. Usted, seguro, no la habrá leído.

—No. No la he leído. Como sabe, me saca de la Grecia clásica y estoy perdido.

—Es un poco pesada —siguió explicando— pero vale la pena. Kazantzakis fue un gran escritor. Y en su novela deja claro cuanto está diciendo usted: no hay solución. Unos llamados cristianos se comportan con sus semejantes como verdaderas bestias. Matan a quien consideran su enemigo, con la anuencia del pope, en la misma iglesia, y expulsan de su pueblo a los otros pobres, huyendo de la guerra, sin misericordia... Cristo es una excusa para hacer cuanto ellos desean. Defender su miseria frente a la miseria mayor de los otros. Acusándolos de comunistas, además. El tópico siempre funciona de maravilla. Mueve a todo el pueblo: sus habitantes no quieren compartir nada, como al parecer hacen los bolcheviques.

—Nada nuevo bajo el sol. El tópico funciona por la pereza mental. Y de la pereza mental a la bestialidad hay medio paso. Ni en las religiones ni en la política tenemos la solución. Salvo que el hombre deje de ser la bestia más feroz puesta sobre la faz de la tierra. Y eso, querido amigo, no vamos camino de conseguirlo. Mis compañeros —expliqué llenando las copas de nuevo— me tildan, ya se lo he dicho, de pesimista y exagerado. Tal vez tengan razón. Hace tiempo les dije que no saludar, no responder cuando te desean los buenos días, es un signo de por dónde van los tiros. La falta de educación y de respeto es una falta de solidaridad. Un compañero me decía el otro día, sonriendo con autosuficiencia, que saludar o dejar de saludar es una convención como otra cualquiera.

—Y las reglas de urbanidad también son una convención —añadió mi vecino por su parte un tanto irritado—. Pero sin ellas, cualquier restaurante se convertiría en una pocilga. A mí me saca de quicio esa gente que come masticando con la boca abierta y haciendo todo tipo de ruidos. O esas parejas que dejan a sus impresentables hijos corretear y chillar allá por donde estén, sea un teatro romano, un restaurante, una calle o un bar de pueblo.

—Pues ahí estamos. Si se fija usted verá que los políticos, unos más que otros, son unos perfectos maleducados. Insultos, bulos, groserías y demás están a la orden del día. Y sus fieles los imitan encantados, sin problemas, sin cuestionarse nada. La pereza mental... A veces, cuando entro en el aula y veo ciertos comportamientos de algunos alumnos, me quedo pasmado, sin respiración: me imagino a muchos de ellos con un arma en las manos y sin rendir cuentas de nada a nadie, y no quiero seguir imaginando más. Volveremos a Troya tras su caída. En algunos lugares ya están perfectamente instalados en ella. Lea usted Las troyanas. Le dejaré una buena traducción.

—Bueno —repuso sonriendo—. Perdóneme pero creo que a sus compañeros no les falta razón: es un poco exagerado cuanto está diciendo. De la falta de educación a la guerra...

—Sí. Es cierto. Nos estamos yendo por las menudencias. Pero podemos hablar, si quiere, de las leyes de emigración aprobadas por la Unión Europea; de los ahogados en el mar, huyendo de guerras y hambrunas; de los emigrantes abandonados en el desierto para que se mueran de sed; de la persecución a quien no piensa o fornica como mandan las leyes, y demás. Timbres de orgullo para el hombre. Medallas de honor.

—No, no, déjelo estar. Entonces, le vuelvo a preguntar, ¿me arreglo estas desalmadas muelas?

—Sí. No sabemos cuándo se presentarán los cuatro jinetes del Apocalipsis, así que arréglese la boca. Y cuando la tenga en orden, lo invito a comer en un restaurante donde sirven los mejores filetes del mundo entero.

—Eso es un golpe bajo.

—No pretendía otra cosa, querido amigo. Además, y como despedida, le digo que sí, que el hombre tiene salvación. ¿Y sabe dónde reside ésta? En el gran invento de los griegos: en la filantropía. Una utopía que ha funcionado pocas veces. Pero ahí está. Como un buen libro en el viejo estante de una librería. Sólo hace falta sacarlo, leerlo y aplicarse el cuento.

—Demasiada faena.

Vicente Adelantado Soriano
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Notas

  1. Robert D. Kaplan, La mentalidad trágica. Sobre el miedo, el destino y la pesada carga del poder. Barcelona, 2023. Traducción de Albino Santos.
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