
Todas las cosas serán más llevaderas si se esperan.
Séneca, Sobre la firmeza del sabio.
Conforme me voy haciendo mayor el calor se me hace más y más insoportable. Recuerdo que hace unos años cuando, a causa del calor, no podía dormir por las noches, al día siguiente, a eso de las doce del mediodía, me entraba un sueño irresistible. Me acostaba entonces, y me bastaba con un leve reposo de quince o treinta minutos para recuperarme. Este año cada dos horas me veo obligado a irme a la cama: no aguanto despierto. Y, además, todo a cuanto me dedico pierde interés apenas he comenzado a llevarlo a cabo, ya sea lectura, música o cine. Nunca imaginé semejante situación frente a los libros. No puedo concentrarme.
Tal vez también contribuyan a ello las obras que me llevo entre manos.
Cierto. Las obras que me ocupan son bastante gruesas. Y cada vez también aguanto menos esos libros superiores a las doscientas páginas. Por regla general sobran la mitad de ellas, y algunas más. Estas novelas y ensayos terminan, pues, por cansarme y aburrirme. Me cuesta digerirlas por su pesadez y falta de sentido, cuando no por su simplismo, sea inocente o buscado. Me recuerdan algunos de los documentales vistos en la televisión. Imagino que las voces de los mismos están traducidas del inglés. No lo sé. Sea como fuere me llama la atención que el narrador, hablando de las garras de un animal, por ejemplo, o del estómago de otro, por ejemplo, utilice las expresiones “estar diseñadas” o “estar diseñado”. Así dicho animal tiene unas garras diseñadas para atrapar peces en los ríos. Y al otro le han diseñado un estómago capaz de digerir piedras. Tener ambas cosas diseñadas supone un diseñador. El cual ha determinado que dicho animal viva de cazar peces. Y el otro de comer piedras o cosas similares. Es, según creo, una forma estúpida de meter a Dios en lo que es, sencillamente, la evolución o la especialización de unos y otros animales por la ardua supervivencia. Nada inocentes las susodichas expresiones.
Cabría preguntar para qué está diseñado el hombre.
Yo no lo estoy, desde luego, para soportar libros de cuatrocientas y pico de páginas, cosa propia de mi juventud, y de cuando, benditos tiempos, no sufría estos calores. Sí estoy diseñado, al parecer, para no entender nada de cuanto acontece en la política española y de otras latitudes. Salvo si lo atribuyo todo a una única y clara causa. Tan vieja como el hombre.
Esa falta de entendimiento, o mi creencia, me lleva al aburrimiento, a la desidia y a un enorme desinterés. A veces me culpaba por esta actitud, y me obligaba, pese a todo, a ir a votar. E iba, como un imbécil. Cuando en realidad no hacía ninguna falta mi papeleta: con ella o sin ella, cualquier partido, aupado al poder, hace, luego, cuanto buenamente le viene en gana. Olvidándose, por supuesto, de cuanto prometió o dejó de prometer. Ya lo dice el refrán: “Prometer hasta el meter, y una vez metido no hay nada de lo prometido”.
Los partidos políticos, esos sí, están diseñados para alcanzar el poder, no para hacer más llevaderos los problemas de sus gobernados. Por lo tanto lo mismo da Calígula que Cómodo u otro cualquiera: el resultado siempre es el mismo. Además gastan todas sus energías, y enormes cantidades de dinero de los contribuyentes, en acusarse los unos a los otros, y en utilizar la Justicia no para lo que fue diseñada, sino para sus propios intereses, cosa en la que participan, de mil amores, muchos abogados, jueces y fiscales. Sin olvidar al pueblo, capaz de salir a recibir la llegada de un maleante como si fuera un héroe. Hay mentes diseñadas, aumentadas y corregidas, por la pura estupidez.
En realidad debería darle las gracias al diseñador del calor. Pues cuando aprieta de verdad, y cada año lo hace con más fuerza, me obliga a pasar más tiempo en la cama que despierto. Me evado, así, de problemas, noticias y discursos tan horrorosos como preocupantes. Superados unos por los otros, mes a mes. Diseñados y vueltos a diseñar por el poder. Y, en el fondo, preconizando siempre lo mismo: ambiciones y deseos de poder. Lanzados al aire con un determinado lenguaje, el cual rara vez esconde el verdadero motivo. Tan viejo como la historia. Y utilizando los viejos métodos, diseñados por el hombre apenas surgió en este desgraciado planeta: violencia, guerra y destrucción.
Los políticos, sus necedades y soflamas, me quitan el sueño hasta cierto punto en lo que a mí respecta: gracias a Dios, los seres humanos estamos diseñados para una vida limitada: ochenta o noventa años suele ser la meta. Yo estoy cerca de ella, muy cerca, y más gracias al calor. Aunque estallara una guerra, no me vería obligado a ir a ningún campo de batalla. No por eso deja de asustarme esa posibilidad por quienes vienen detrás, a muchos de los cuales engañan de forma miserable.
Últimamente han caído en mis manos varias obras que hablan de la guerra de forma indirecta: lo hacen a través de la hambruna de miles de niños, y su abandono, sin padres, sin familias, sin hogar... Ya leí una advertencia muy seria sobre esto en uno de los Episodios nacionales, de Galdós. En dicho episodio varias personas están a punto de matarse por una diminuta figurita de mazapán. Hasta tal punto llegó la hambruna. No obstante, el hombre no aprende, tal vez porque no está diseñado para ello: una y otra vez se repite lo mismo, y en una y otra guerra aparecen miles de niños abandonados a su suerte. Ya se sabe: cuando comienzan una guerra, los consideran “daños colaterales”, lo cual equivale a episodios inevitables y poco relevantes. Además, hoy en día hay asociaciones benéficas que se ocupan de tales niños: todo consiste en dejarlas entrar después de haber arrasado el país y haber masacrado a todos sus parientes.
Otra cosa que me ha llamado la atención de estos calores ha sido mi enorme capacidad para soñar. No despierto, sino dormido. La primera vez que me desperté, a eso de las once de la mañana, tras un sueño de una hora u hora y media, me impresionó no haber soñado con nada de cuanto acababa de leer. Fue un sueño fantástico, pues en él visitaba rutas exóticas y hablaba con personas desconocidas. No obstante, me deja un poco estupefacto no ser capaz de retener los sueños, de recordarlos. No tiene más importancia, pues no llevan ningún mensaje que me ayude a llevar una vida mejor o más virtuosa. O a prepararme para soportar cuanto acontece sin horrorizarme ni escandalizarme: por ejemplo las trampas y los tejemanejes con las papeletas en las votaciones llamadas democráticas. Penoso. Eso sí, como ya he dicho la mayoría de los políticos están diseñados para decir estupideces, hacerlas, y provocar cuanto haga falta para seguir en el poder. Y algunos, miles de personas, para jalearlos. Unos proclamándose vencedores de unas votaciones que les son desfavorables, y otros ocultando los votos que los expulsan del poder. Todos cuentan con sus oportunos seguidores. Hay muchos hombres diseñados para la necedad.
Así, ante las pintadas de la casa de un futbolista, por parte de los ecologistas, muy dados últimamente a arrojar pintura sobre cuadros famosos, sitos en los museos, no se le ha ocurrido otra cosa que decir que “en España los comunistas quieren asesinar a los ricos”. Lo grave de una estupidez no es decirla sino mantenerla. Y sí, hay personas diseñadas para darles crédito y movilizarse por ellas. El Señor nos coja confesados. Y que los diseños nos lleven a buen puerto. Pero preparémonos para lo contrario, y así, y como advierte Séneca, todo nos será más llevadero. Incluso el calor.
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