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Mέγα βιβλίον μέγα κακόν
(Un libro grande es un mal grande)

jueves 6 de febrero de 2025
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Un libro grande es un mal grande, por Vicente Adelantado Soriano
Cuando un libro comienza a irritarme, lo dejo. Sinceramente hay libros que no sé ni cómo se publican. Las editoriales lo sabrán.
No hay nada tan contrario a mi estilo como una narración extensa.1
Michel de Montaigne, La fuerza de la imaginación.

—Este verano lo he pasado francamente mal. No creo que sea capaz de sobrevivir a otro igual o parecido a este —dijo dejándose caer con pesadez sobre la silla—. Por favor —añadió—, saque usted la botella de vino y las copas. Están en la nevera.

No esperaba encontrar a mi vecino tan alicaído. Había leído que a la gente mayor el verano les sienta muy mal. O, mejor dicho, el calor. Y el calor estaba siendo excesivo.

—No tengo ganas de hacer nada —continuó—. Ni de cocinar. He comprado comida hecha, la congelo, y la voy sacando de la nevera según mis escasas apetencias.

—No se resigne. Muévase aunque le cueste. Si necesita comida o fruta fresca, no tiene más que decírmelo. Lo sabe. Se la traeré rápidamente.

—No. Por ahora no necesito nada. Estuve a punto de llamarlo hace un par de días... Para que me comprara algún libro, o me dejara alguno suyo. Me había quedado sin lecturas. Y a eso no me resigno. De ninguna de las formas.

—¿Qué le apetece leer? ¿Qué quiere que le traiga?

—Nada, nada. Ya lo he solucionado. Verá —dijo bebiendo un largo trago de vino—. Está fresco y bueno —añadió deleitándose con él—. Los periódicos nos estaban alertando a toda hora sobre las olas de calor que se nos venían encima. Yo, antes de que apretara más y haciendo de tripas corazón, me fui a una librería, y cargué con una docena de libros. Esperaba, de esta forma, no volver a salir de casa. El calor ha empezado a darme miedo.

—Y no le han gustado los libros comprados.

—No, no me han gustado. Pero, además, uno de ellos me ha irritado sobremanera. ¿Cómo es esa frase que dice usted en griego de un libro grueso?

—Mέγα βιβλίον μέγα κακόν. Un libro grande es un mal grande.

—Justo. Pero este no solamente es muy grande. En la edición española tiene 591 páginas. Pero, además, no hay quien se crea cuanto cuenta. Canto y alabanza del sistema. Situaciones de ciencia ficción. Le hablo de una novela que funde y confunde la crónica con la narración, y con no sé cuántas cosas más... Una enorme pesadez.

—Cuando un libro comienza a irritarme, lo dejo. Sinceramente hay libros que no sé ni cómo se publican. Las editoriales lo sabrán. Cada vez agradezco más la existencia de Horacio. Sus Epodos, breves y de una gran poética, son un ejemplo a seguir. O Esopo y sus fábulas.

—Este, desde luego, no lo sigue. Se titula Tren a Samarcanda, de una tal Guzel Yájina. Y narra el viaje en tren desde Kazán hasta Samarcanda. Cuatro mil kilómetros. El tren va lleno de niños abandonados, huérfanos, enfermos, famélicos y medio muertos de hambre. Y lo que es inconcebible: montan el tren con la idea de salvar a los niños, llevándolos a la tierra de promisión, pero no hay, a lo largo del trayecto, centros de aprovisionamiento, de agua, de medicinas... Nada. El encargado del tren se las tiene que ingeniar como puede, en las aldeas por donde van pasando, para conseguir víveres, ropa, calzado y medicinas. Y claro, se topa con fantasmas, revolucionarios, estamos en 1923, que se desviven por atender a los niños... En un clima de hambrunas y muertes continuas. Inconcebible. Canto al sistema. Increíble.

—Es decir, cantos y alabanzas de la revolución rusa. O de la nobleza de sus partícipes.

—Sí. Algo así. Gente muriéndose de hambre, matándose por una brizna de hierba, abandonando o vendiendo a sus hijos, y los cosacos alimentando graciosamente a los niños del tren. Igual que el Ejército Rojo. Lo cual supone que ellos sí que estaban bien abastecidos.

—Total, la novela ni es creíble ni le ha gustado.

—Y además es enorme. Muy voluminosa. Mire, sin tanta palabrería, sobre el hambre durante la guerra, o durante la revolución rusa, hay dos libros: El maestro Juan Martínez que estaba allí, de Manuel Chaves Nogales, y, en nuestro caso, los episodios Gerona y Zaragoza, si no recuerdo mal, de Pérez Galdós.

—Montar un tren, con un recorrido de cuatro mil kilómetros, sin puntos de abastecimiento, es una temeridad, desde luego. Una condena a una muerte aplazada.

—Esta autora cuenta cosas increíbles. Ni en un mal cuento de hadas. Ha terminado por irritarme...

—Me lo podía haber dicho, y le hubiera traído otros libros más interesantes...

—Tengo una fórmula mágica para cuando me suceden estas cosas, y por eso no lo he llamado: releer las Novelas ejemplares, de Miguel de Cervantes. No sé cuántas veces me he leído ya El licenciado Vidriera, El coloquio de los perros, Rinconete y Cortadillo... ¡Cuántas cosas se dicen con tan pocas palabras!, y sin cantar las alabanzas de nadie. El licenciado Vidriera en cada relectura me parece una novela más amarga, desencantada y triste. En este país, como ya denunció su autor, hay que estar loco o ser un payaso para sobrevivir. La gente seria tiene que irse a morir a Flandes o a donde se tercie. ¿Quiere usted ser famoso y vivir del cuento? Diga que cualquier enfermedad se cura bebiendo lejía, leche de burra o agua de la fuente de su pueblo. Y ya tiene usted a los medios de comunicación entrevistándolo y contratándolo para que siga diciendo burradas...

—Yo tengo una fórmula idéntica —dije tratando de calmarlo y sirviendo más vino—. Cuando me enfrento con algún libro que requiere de toda mi atención, a fin de relajarme, paso, luego, a leer y releer, igual que usted, a un autor del siglo II de nuestra era, Luciano el Samósata. Este buen hombre se ríe de todo, y todo lo pone en solfa. Se me alegran los espíritus leyéndolo.

—Pues me tendrá que pasar algún libro suyo. A ver si así me animo y me olvido de los trenes y de las vías.

—Además, este hombre le interesará. Según he leído, por enésima vez, en el prólogo, o mejor, estudio introductorio, influyó mucho en los escritores españoles del siglo XVII. Entre ellos, por supuesto, don Miguel de Cervantes.

—Con eso se me acrecienta el interés.

—Hay una enorme diferencia entre uno y otro, no obstante. Como sabe, Cervantes era un cristiano convencido. No va a aceptar, por lo tanto, las burlas a la divinidad, entre otras cosas.

—También estaremos los dos de acuerdo en que Cervantes podría ser un profundo cristiano, pero no era tonto. Como Erasmo. También éste ataca al clero de su época, aunque sus críticas nunca hagan sangre.

—Erasmo, al parecer, en el Renacimiento, fue el gran introductor de Luciano el Samósata. Sobre todo a través de su Elogio de la locura. Y sí, Erasmo ataca al clero, y de qué forma.

—¡Hombre! —exclamó animándose y llenando las copas de nuevo—, hasta el punto de que surgió aquel famoso pareado: “Quien no ama a Erasmo o es fraile o es asno”. ¿Y cómo usted abandona a los griegos para leer a Erasmo? Porque lo ha leído, ¿no? —me preguntó sonriendo.

—Muy sencillo. He leído a Luciano cientos de veces. Y tenía interés por ver cómo los renacentistas lo pusieron de moda, o lo descubrieron, pues en su época apenas si lo leyó alguien. El Elogio de la locura, por el contrario, fue un campanazo. Ahí está Luciano en cuerpo y alma. Y su vigencia, en estos momentos, queda clara con lo que ha dicho usted antes: la curación de cualquier enfermedad ingiriendo lejía o cualquier potingue. Menos mal que los bobos que proponen semejantes remedios no son cultos ni leídos. De lo contrario, podrían recomendar todas las necedades que apunta Luciano en Cuentistas o el descreído: así, por ejemplo, la gota se cura cogiendo con la mano izquierda el diente de una musaraña..., y etc. No tiene desperdicio.

—No hay vacunas ni lejía que valga contra la necedad. ¿O tal vez los libros?

—Además, desde mi punto de vista, tiene una cosa muy de agradecer: el diálogo. Son breves, pero chispeantes. En ningún momento se hace pesado, ni canta ni alaba a nadie. Parece que aprovechó los diálogos de Platón, y los de la comedia para escribir sus obras. Que, por cierto, no son nada pesadas, por su brevedad entre otras cosas.

—Tendrá que pasarme, pues, algún libro suyo. Si no le molesta.

—En absoluto. Además, le aliviará de estos calores.

—Esos calores, se lo digo en serio, me van a matar. Pero me gustaría reconciliarme con los libros antes de expirar. Y ya sabe: si lo bueno es breve, dos veces bueno. No todo el mundo puede escribir Guerra y paz o El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha.

No. Desde luego. Podríamos aplicar aquello de “Muchos son los llamados y pocos los elegidos”. Vale. Nos acabamos el vino y le bajo los libros de Luciano.

—Gracias.

—De nada.

Vicente Adelantado Soriano
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Notas

  1. Michel de Montaigne, La fuerza de la imaginación, en Los ensayos, volumen I, cap. XX. Acantilado. Barcelona, 2021. Traducción de J. Bayod Brau.
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