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Luciano

jueves 13 de febrero de 2025
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Luciano, por Vicente Adelantado Soriano
Brindemos por Luciano el Samósata y por que nunca nos falte su visión alegre y crítica de toda creación humana y divina. 📷 Luciano el Samósata, por Rembrandt (hacia 1699)
Entre los animales no podrás encontrar ni un caballo recaudador de impuestos, una rana sicofanta, un grajo sofista, un mosquito cocinero, un gallo disoluto o cualquiera de las restantes ocupaciones que vosotros practicáis.1
Luciano el Samósata, El gallo.

—La verdad —me dijo con una amplia sonrisa nada más abrirme la puerta— tenía usted razón: leer a Luciano el Samósata me ha abierto los espíritus. Me lo he pasado muy bien con él. Se lo agradezco.

—Me alegro. A mí también me gusta mucho. Lo releo con cierta asiduidad.

—En el prólogo de uno de los libros, no obstante —apuntó trayendo la botella de vino del frigorífico—, la prologuista hace una crítica un tanto dura e infundada del escritor.

—Sí. Es cierto. Le he leído varias veces. Y siempre me ha parecido un poco traída por los pelos: acusa a Luciano de ser superficial, de no hacer un estudio en profundidad de cuanto pone en solfa o critica. Una tontería. Lo mismo podríamos decir de Aristófanes. Éste, en Las nubes, se burla de Sócrates sin haber estudiado su filosofía. Y, seguramente, sin conocerla. Lo acusa, entre otras cosas, de sofista. Sócrates no era sofista. Pero Aristófanes, seguramente, deseaba hacer una comedia, no una historia de la filosofía.

—Algunos críticos se desgañitan tirándoles en cara a los escritores aquello que no han escrito. Tal vez en un vano intento de demostrar su superioridad sobre el autor leído o vilipendiado.

—Si es así, es muy sencillo: sólo tienen que escribir aquello que, según estos críticos, falta, o se debía haber escrito en las obras de los autores estudiados.

—¿No es más sencillo, o fácil, criticar las supuestas ausencias que las obras leídas? Ante lo primero se puede fantasear; ante lo segundo se deben ceñir a cuanto hay en el texto, y nada más.

—Así es. Con estas críticas, querido amigo, no vamos muy lejos. Es como si hablando de El gallo, la obra de Luciano, dijéramos que no hay gallos disolutos ni honestos, y le echáramos en cara, al bueno de Luciano, no haber estudiado los gallos de granja ni de corral, pues los gallos no pueden ser ni grandes fornicadores ni santos impasibles ante una oronda gallina de apetecibles pechugas a la plancha. Pero dejando semejantes tonterías de lado, ¿le han parecido vigentes los relatos del sofista de Samósata?

—Sí. Hombre, al famoso gallo se le puede reprochar que sí, tiene razón: el hombre es disoluto, recaudador de impuestos y traidor y sicofante. De acuerdo. Pero también es muy inteligente: ha inventado la bomba atómica.

—El pobre gallo, en aquella época, no podía conocer tan magno y filantrópico invento. Compréndalo. ¿Y por lo demás? —pregunté llenando las copas.

—No conozco la mitología griega con tanta profundidad como usted. Imagino, pues, que me habré perdido muchos de los matices de Luciano cuando critica a los dioses en alguno de sus diálogos. Es el problema, por otra parte, de las obras cómicas; ancladas en un momento, perdido el contexto desaparece la gracia. Aun así, tiene obras de una imaginación desbordante: viajes a la luna, vida en el interior de una ballena… Parece todo tan absurdo como nuestra propia vida.

—Tal vez fuera ese el fin del Samósata. Guerras absurdas y necias y vidas sin sentido. O con un único sentido: salir del interior de la ballena, tal vez morir. Volver a la nada de donde vinimos.

—Sí. Tal vez. Pero eso, querido amigo, no deja de ser una interpretación.

—Por supuesto. Y posiblemente esté equivocada. Pero es mi impresión…

—De los libros leídos hasta ahora, no todos, me ha impresionado mucho el diálogo de Prometeo con Hermes y Hefesto. Se produce el tal diálogo cuando estos dos lo llevan al Cáucaso para crucificarlo en una roca por mandato de Zeus. Por haber creado al hombre y haberle entregado el fuego.

—Es el diálogo donde se muestra más a las claras la estupidez de los dioses. Creo. Y la crítica es aplicable a otros dioses y a otras religiones, por supuesto.

—Ciertamente: los razonamientos de Prometeo me han recordado algunas de las preguntas que, en las clases de religión, siendo yo un adolescente, les hacíamos a los curas profesores. Eran éstos unos señores tan zafios como ignorantes y prontos a la ira y a meternos en el infierno: ¿cómo por un pecado tan leve, una mera desobediencia, comer fruta del árbol prohibido, se genera un castigo tan grande? ¿No era suficiente un mero guantazo? ¿Condena un padre a un hijo porque se coma una manzana? ¡Por Dios! ¿Por qué hace falta que alguien muera en la cruz, ¡vaya salvajada!, para conseguir el perdón? ¿No le parece todo un enorme sinsentido?

—Lo es, sin duda. Hay, además, otra interpretación. Tal vez le guste: según Jacqueline de Romilly, semejante castigo es propio de un tirano, es decir de alguien inseguro de su poder; necesita reafirmarlo pasándose de la raya, haciéndose temible con horribles castigos. Más tarde, ya asentado su poder, Zeus se humaniza. Permite, en consecuencia, la liberación de Prometeo a manos de Herakles.

—Cabe también esa interpretación. Ahora bien —dijo apurando su copa—, lo que me ha interesado de este diálogo es la implacabilidad de Prometeo. Sus razonamientos, de una lógica impecable, dejan a Zeus como un miserable. Seguramente lo fue.

—Como todos los dioses. Al fin y al cabo, ¿por qué castiga a Prometeo? Por haber creado al hombre. De no ser por los hombres, los dioses no tendrían adoradores, ni altares, ni sacrificios. Nada. Y si no les hacemos falta, ¿para qué nos crearon?

—Sí. Pero donde más a las claras demuestra la necedad del amontonador de nubes es en su negativa a compartir el fuego. Y es donde más brilla Prometeo: ¿he privado a Zeus —pregunta— de algo al robarle una brizna de su fuego? ¿El que los hombres disfruten del fuego le impide a él gozar de lo mismo? Sin olvidar un pequeño detalle: no lo necesita, pues se alimenta de los sacrificios ofrecidos por los hombres. Parece, la desaforada reacción de Zeus, un problema de celos, de envidia, de no dejar al otro disfrutar de las bondades del fuego del Olimpo.

—Estoy de acuerdo con usted —dije llenando las copas de nuevo, pues nos estábamos animando—. Es en este diálogo donde más despiadado es Luciano con los dioses, con Zeus en especial. Está claro que cuando él escribe, siglo II de nuestra era, la religión griega, la mitología, ya ha perdido mucha de su fuerza: no satisface a las nuevas generaciones, y la van olvidando…

—No del todo. Recuerde, lo he comenzado a leer ahora, que Luciano vive en la misma época de Elío Arístides. Y al parecer éste era un creyente a prueba de bombas.

—Sí. Yo sí lo he leído, los Discursos sagrados. Y es cierto: Elío tiene tal fe en el dios Asclepio que, seguro estoy, de ser cristiano, lo hubieran subido a los altares. Hace, sin rechistar, cuanto le manda el dios de la medicina, hijo de Apolo. Elío, enfermo crónico, por mandato de Asclepio, corre por la nieve descalzo, se baña desnudo en ríos helados…, cuanto ordena el dios por más absurdo y terrible que sea. Un hombre con una enorme fe. Y al parecer le funcionó.

—También los griegos —apuntó sonriendo— conocieron los milagros. Este hombre lo deja claro. No sólo los cristianos...

—Por supuesto. La misma credibilidad tiene para mí Elío Arístides que cualquier santo cristiano cuando cuenta curaciones milagrosas o la salvación, in extremis, de cualquier peligro. Y aun lo pondría por encima del santo: llama la atención, se lo recalco, la enorme fe de Elío en Asclepio. Y éste, al parecer, le correspondió. Y no fue una excepción: la gente tenía fe, mucha, en los oráculos, en acudir a los templos en busca de todo tipo de sueños, interpretaciones,  remedios… Y funcionaba. O eso parece.

—A mí me parece, por eso mismo, que el hombre siempre ha sido uno y lo mismo. Y aquí es donde se ve toda su miseria: una vida que no es tal. Inseguridades, padecimientos, sufrimientos, hambre, torturas, enfermedades, miseria… y confiar en un dios, o en una vida posterior, donde se va a disfrutar de todo cuanto aquí no se ha tenido.

—Luciano también se reiría de eso. Imagine a un dictador depuesto en el Hades: ante sus fieles, un montón de calaveras debidamente sentadas en butacas traídas por Hermes, la calavera del tirano da uno de sus encendidos mítines. En realidad no dice nada aunque gesticule mucho, porque las calaveras no tienen lengua. Y en realidad sus fieles, aunque puestos en pie, no pueden aplaudir porque se les descoyuntarían los huesos de las manos… ¿De qué va a disfrutar una calavera en el Hades o donde sea?

—¿Dice usted que cada cual oye lo que quiere?

—Otra cosa que me llama la atención —dije caminando con pies de plomo— es el hecho de que Zeus se transformara en cisne para copular con Leda. ¿Este mito no le recuerda nada? —me miró estupefacto—. Dios, la Virgen María y el Espíritu Santo, bajado de categoría: de cisne a simple paloma. O palomo. Claro, eran otros tiempos.

—Eso no hace mucho le hubiera costado a usted la hoguera o el pelotón de fusilamiento —dijo serio.

—Recuerde a Sócrates: tampoco Luciano, en el siglo V a.C., se hubiera salvado con sus gallos y sus burlas divinas. Y ahora es mejor callarse y no decir nada. Pero me ha gustado, de siempre, el estudio de las religiones. Al fin y al cabo, como la filosofía, la historia y la bomba atómica, son creaciones del hombre. Por lo tanto, querido amigo, brindemos por Luciano el Samósata y por que nunca nos falte su visión alegre y crítica de toda creación humana y divina.

—Sea. Por Luciano —dijo levantando la copa.

Imité a mi vecino y nos acabamos la botella de vino. Entre los dos, ¿o éramos tres?

Vicente Adelantado Soriano
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Notas

  1. Luciano el Samósata, “El gallo”, en Relatos fantásticos, Alianza Editorial, Madrid, 2017, traducción de Marisa del Barrio.
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