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Un sueño recurrente

jueves 6 de marzo de 2025
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Un sueño recurrente, por Vicente Adelantado Soriano
Tenía un amigo que perdió a su mujer en un accidente de tráfico y siempre soñaba que estaba viva. El pobre hombre sufría lo indecible. Como se puede imaginar los sueños eran terribles.
Pero tú ten cuidado, no te vaya a suceder que, tras ser rico en sueños, al despertar no tengas qué llevarte a la boca.1
Luciano de Samósata, El gallo.

Pasada la ola de calor, tras unas breves lluvias, bajé a casa de mi vecino dispuesto a tener otra amable charla con él. Me llamó la atención el percatarme, mientras bajaba, de que nunca nos faltan temas de conversación. Los silencios entre nosotros son casi inexistentes. Ignoro si prepara o improvisa las conversaciones. Por mi parte puedo decir que no lo hago: le dejo la iniciativa y luego le sigo la corriente. Así sucedió aquella tarde, en la cual, una vez más, se volvió a hablar de los sueños y de su importancia.

—A menudo —me dijo en cuanto estuvimos sentados teniendo delante las dos copas acabadas de llenar de buen vino—, a menudo —repitió— hemos hablado de los sueños y de su incidencia en la vida de las personas. ¿Lo recuerda?

—Que hemos hablado de los sueños lo recuerdo —le dije—, sí. Ahora, de la incidencia en las personas... no me acuerdo. Sí hemos hablado, en diversas ocasiones, de la interpretación de los sueños.

—No me interesan las interpretaciones. Como ya le dije en una ocasión, es como pronosticar el tiempo que hizo ayer. Además, ¿usted se cree eso del complejo de Edipo y de Electra?

—No. No me lo creo. Como me dijo una alumna muy avispada, en una memorable clase, Edipo se casa con su madre, hablábamos de la obra de teatro de Sófocles, porque ésta lleva máscara... ¿Cómo se va a enamorar si no? ¿Y Electra de un vejestorio? La máscara, la máscara. Provocó las risas de toda la clase, y, de paso, se cargó toda la psicología de Jung, creo, y de alguno más.

—No me extraña. A veces los hallazgos más llamativos, por llamarlos de alguna forma, en boca de un niño o de un joven no son sino tonterías y necedades.

—O como diría otro eximio dramaturgo, palabras, palabras, palabras.

—Sí. Es cierto. A veces trato de imaginar cómo sería un mundo sin tanta palabra, ni tanta charlatanería. Tal vez como un convento de cartujos —me dijo sonriendo.

—Eso me parece llevar las cosas a los extremos. No hace falta. Pero sí, menos ruido, menos voces... Yo cuando me canso de leer, me pongo la tele. Y agradezco que haya un partido de fútbol o de tenis: le quito la voz y me entretengo en ver los vaivenes de la pelota y de los peloteros.

—No se me había ocurrido —dijo llenando las copas de nuevo—, pero parece una buena medida.

—De vez en cuando, también por distracción, pongo alguna serie o película, le quito la voz, y me imagino los diálogos. Me salen unas películas demasiado filosóficas.

—¿Y no le parece eso algo muy cercano al sueño o a los sueños? —me preguntó sonriendo.

—Ni me lo había planteado. Es una mera distracción. Y lo hago de forma voluntaria, mientras que los sueños no lo son.

—¿Cree usted que los sueños son involuntarios? ¿Que no tienen nada que ver con el soñador?

—A ver, querido amigo, no confundamos las cosas: que sean involuntarios no quiere decir que yo sueñe por usted o viceversa. Cada uno tiene sus particulares sueños, por supuesto. De acuerdo con su vida, faltaría más. Yo no puedo soñar lo mismo que usted. Esas fantasías de dos o tres personas soñando lo mismo al mismo tiempo, como cuenta Elio Arístides, no es sino una forma de no explicar nada o darlo todo por sabido. O cargar las anchas espaldas de los dioses.

—De esa forma —dijo sonriendo y llenando de nuevo las copas; aquella tarde menudeaban— llegamos a donde me interesaba. A eso de “dime lo que sueñas y te diré quién eres”.

—No estoy muy de acuerdo con eso. A menudo se sueñan cosas, verdaderos sinsentidos, que poco o nada tienen que ver con la persona que los engendra. Por ejemplo, ¿usted me ve a mí de cura o de fraile?

—¡Hombre! Así de repente, no, pero nunca digas de esta agua no beberé. No, no creo. No lo veo con sotanas, la verdad.

—Pues la otra noche soñé que era un fraile lleno de fe, y que estaba predicando desde un púlpito gótico a una enfervorizada feligresía...

—¿Y sobre qué predicaba?

—No lo sé —le dije aguantando la risa—: predicaba en latín.

—Anda que usted también —dijo entre carcajadas—. Y, sin embargo, tiene razón: el sueño es una incógnita para la persona que sueña. Luego vienen las interpretaciones y la palabrería.

—Necesitamos racionalizarlo todo —las copas se llenaron una vez más—, hacernos la ilusión de que lo comprendemos todo. El desconocimiento causa desasosiego. Ahora bien, cada época tiene sus tópicos, su filosofía no escrita, y ésta sólo es válida durante un tiempo. Luego, al mínimo soplo, o comentario, como el de mi alumna, se derrumba todo el castillo. Y vuelta a empezar.

—Aun así —replicó yendo a por otra botella de vino—, hay teorías o mentiras que se imponen y perduran.

—Tiene razón. El otro día, siguiendo las huellas de Luciano de Samósata, releí El elogio de la locura, sería mejor decir Elogio de la necedad. Y ésta, que no perdona nada, hasta con san Pablo se atreve: lo acusa de falsario: de la inscripción de un ara votiva en Atenas, suprimió todo cuanto había y alteró el final para llevar el ascua a su sardina. En el ara estaba escrito: “A los dioses de Asia, de Europa y de África; a los dioses desconocidos y extranjeros”. Pablo lo sustituyó todo por “Al dios desconocido”, que, por supuesto, era el suyo.2

—Pues tamaña falsedad ha hecho un largo camino. Como otras muchas, desde luego. A saber cuántas.

—Exacto; por lo tanto, teniendo en cuenta eso, y que somos hijos de nuestro tiempo y de sus limitaciones, ojo con los sueños y con sus interpretaciones. Y con todo lo demás.

—Sin interpretar nada —dijo tras descorchar la nueva botella—. Vamos a los hechos mondos y lirondos. Tengo, o mejor dicho, tenía un amigo del cual ya le he hablado en alguna ocasión. Dicho amigo perdió a su mujer en un accidente de tráfico. No entremos en detalles. Me contó que durante una larga época todas las noches soñaba con ella.

—Imagino que trataría de recuperar, durante el sueño, lo perdido en la realidad. Es una interpretación sencilla y tal vez absurda. ¿Sueña el hambriento con banquetes? No lo sé.

—Absurda la interpretación, le diría él si estuviera aquí. Pues siempre soñaba que estaba viva; él, angustiado, salía a buscarla por los lugares frecuentados por ella. No dudaba sobre el encuentro. De hecho, otras noches, también lo visitó ella en un par de ocasiones, siempre en sueños, siempre vestida con un camisón blanco. Se acostaba con él en la misma cama, pero se negaba a tener relaciones sexuales. Lloraba nada más tocarla. No hablaba, agachaba la cabeza y se ponía triste. El pobre hombre sufría lo indecible. Como se puede imaginar los sueños eran terribles. Siempre se despertaba con taquicardias y empapado en sudor por las reiteradas negativas de ella. En otro sueño la encontró en un lugar surrealista, y la interrogó. Creyó descubrir que había una tercera persona en juego. Pero ella ni se iba ni se venía. Ni quería estar con él ni abandonarlo totalmente... Abreviando. La última vez que hablamos me contó que, en sueños, había localizado a varias amigas de su mujer. A una, incapaz de concretizar quién era, se acercó con ánimo lascivo. Y en ese momento, cuando la tenía vencida, apareció ella, abrió una puerta, lo cogió por las solapas, y se encerró con él. Y se despertó. Al día siguiente de contarme este sueño, falleció. ¿Qué le parece?

—Nada. Una mera casualidad lo de la muerte. Lo otro, el sueño tras una mujer fallecida de cuya muerte se duda, no se lo sé explicar. Quizás una compensación... No lo sé. No quiero caer en la palabrería vana.

—Yo tampoco. Pero la muerte de mi amigo, y sus reiterados sueños, tuvieron la virtud de recordarme una película.

—¿Cómo no? —dije sonriendo y sirviendo las últimas copas de vino.

—En español se tituló Deuda de honor, The homesman en el original. Dirigida por Tommy Lee Jones. No le voy a contar la película, no tema.

—Puede hacerlo. No hay prisa. Y, además, nos queda un poco de vino.

—Sólo le contaré que aparece una mujer, solterona ella, que, casi llorando, suplicando, les propone matrimonio a todos los hombres que se le acercan. Y todos, sin excepción, la rechazan. Tras el último fracaso, harta, se ahorca.

—No veo mucha relación. Pero a veces las uniones de recuerdos y evocaciones son tan irracionales como los propios sueños.

—O tal vez no vemos el nexo.

—Puede ser. Pero ya es tarde, y nos hemos bebido dos botellas de vino.

—¡Qué cosas! Es cierto. Mañana continuaremos.

—Pues hasta mañana. Y felices sueños.

—Lo mismo le deseo. Felices sueños.

Vicente Adelantado Soriano
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Notas

  1. Luciano de Samósata, El gallo. En Relatos fantásticos, Alianza Editorial, Madrid, 2017. Traducción de Marisa del Barrio.
  2. Erasmo de Rotterdam, Elogio de la locura, cap. LXIV.
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