
Dime, ¿has visto las pisadas de los días?
Francisco de Quevedo, El mundo por de dentro.
Estaba lloviendo a mares. Tras recrearme durante largos minutos viendo las cortinas de agua moviéndose a derecha a izquierda, y a los coches reflejando sus luces sobre el bruñido asfalto, bajé a visitar a mi buen amigo y vecino. Se hallaba, cómo no, enfrascado en la lectura de un voluminoso libro.
—Hay cosas —me dijo tras cerrar el libro y sacar la consabida botella de vino— que no se comprenden. Sin duda en su momento fueron interesantes, cruciales, pero hoy en día aquellas enormes preocupaciones no parecen sino simples tonterías. Y se asombra uno de la cantidad de muertes y atrocidades cometidas en su nombre. O por defenderlas o por atacarlas.
—No sé de lo que me está hablando —le repliqué— pero sí, está claro que cada época tiene sus ansias y preocupaciones, sus mitos y leyendas, que, con el paso del tiempo, no parecen sino lo que son: meras estupideces humanas. No obstante, y pese a todo, seguimos avanzando. O eso dicen —concluí sonriendo.
—Es indudable que seguimos avanzando. Pero nuestro avance se parece mucho a la muda de piel de la serpiente: allá entre las piedras queda la antigua; ahora llevamos una muda nueva, la cual, quizás, no sea mejor que la anterior. Al fin y al cabo está alimentada por la misma sangre.
—Tal vez —reflexioné— diéramos una muestra de inteligencia, si ello fuera posible, haciéndonos un centón con lo mejor de las diversas pieles que hemos ido vistiendo a la largo de los años.
—¿No es eso la historia de la humanidad? Por mucho que queramos no podemos renunciar a la herencia de nuestros antepasados.
—No lo sé. Aunque me parece que raras veces escogemos el mejor trozo de la piel antigua. Cada nueva época hace una nueva interpretación del pasado y, en consecuencia, escoge de éste lo que le importa o le ayuda en sus nuevos afanes... Es una enorme tontería, pero, sirva de ejemplo: el otro día leí, no sé dónde, cosa muy de moda, que también griegos y romanos clamaban por el cambio de sexo. Sí, asómbrese. Y al respecto, el genio de turno citaba el caso del emperador Heliogábalo. Quien, según la mayoría de las fuentes de la época, era un perfecto degenerado. No era ni un feminista ni un avanzado del cambio de sexo. Era una bestia con poder. Sin embargo en estos tiempos, claro, quieren ver en él no sé qué tonterías y justificaciones de tipo sexual.
—Ahí tenemos un buen asunto para estudiar. Interesante además: cómo el hombre actual proyecta sobre el pasado sus planes para justificarlos, o para apoyarse en ellos.
—Sí, sería curioso cuanto menos, pero hay ideas de un recorrido muy limitado. Con las vidas de los emperadores, por ejemplo, hay que andarse con pies de plomo: posiblemente no todos fueron tan monstruosos como sus biógrafos nos dan a entender. Llama la atención: en vida todo son alabanzas de sus virtudes, y una vez muertos se convierten, en manos de los mismos escritores, en bestias feroces y sanguinarias. O en simples calabazas, como sucede con Claudio en manos de Séneca.
—Eso demuestra que la censura también funcionaba en aquella época. Y que meterse con el poder siempre ha resultado muy peligroso. Al menos hasta ahora. Ahora se insultan todos y se ponen cual no digan dueñas sin que nadie sea decapitado.
—No se puede cortar lo que no se tiene. Ese es el secreto de que haya dejado de funcionar la guillotina, que no el humanismo y demás prédicas.
—¡Es usted terrible! —exclamó llenando las copas de nuevo—. Pero hay un error: antiguamente, al menos hasta donde yo sé, también se podía insultar al poder. En medio de una aglomeración, por supuesto. Y, desde luego, se corría el peligro de perder la cabeza y la vida. Ambas cosas a la vez.
—La crítica nunca ha estado exenta de peligros.
—Estoy leyendo —me confesó tras vaciar su copa— una buena biografía del emperador Justiniano. Monumental. Al cual, en el hipódromo de Bizancio, le dijeron de todo. Claro que esa libertad de las facciones de los aurigas fue seguida de una enorme masacre por parte del emperador. Es como si ahora, en un campo de fútbol, abuchearan al gobernador de turno. Y éste los ametrallara a todos entre un gol y un fuera de juego.
—Los campos de fútbol también han servido para el exterminio de muchas personas... Ahora, según he leído, las educadas personas de bien, en los estadios, se contentan con insultar a los jugadores, preferentemente a los negros.
—Lo sé. Pero a lo que yo me refiero es a la sublevación, a lo que esas personas de bien que dice usted nunca van a llegar. Bien es cierto que en el hipódromo de Bizancio había cuatro facciones, correspondientes a los cuatro colores de los aurigas. Y que no sólo se movían por motivos deportivos. Puestas las cuatro de acuerdo, bien dirigidas, podían ser terribles.
—Esa es la ventaja: en los campos de fútbol sólo se enfrentan dos equipos. Pero aun así...
—Me ha llamado también la atención, de este libro, la cantidad de concilios que celebró la iglesia, o las iglesias, discutiendo unas cosas en aquellos tiempos muy importantes, al parecer, y, que hoy en día no le preocupan a nadie. Costaron, también, muchas vidas humanas.
—Póngame un ejemplo.
—No me aclaro muy bien con tamañas sutilezas, que terminan por marearme, pero en fin, que si en Jesucristo hay dos naturalezas, una divina y otra humana, o una, o si ésta predomina sobre aquélla... De uno de esos concilios salió el Credo, esa oración todavía vigente, que no entiendo, y que nadie me ha sabido explicar. ¿Qué quiere decir que Jesús fue engendrado y no creado?
—Ni lo sé, ni me importa, la verdad. No me quita el sueño semejante galimatías.
—Ve. Lo que estábamos diciendo anteriormente: las preocupaciones de una época, obsesionada con la salvación eterna, al menos al decir de algunos historiadores, a otra época ni le interesa ni le preocupa. Es aquí donde, tal vez, se ven las huellas de los días.
—No olvide quién escribió la historia. O esa historia. Quiero decirle que, tal vez, no fueran tantas las preocupaciones de las gentes por tamañas nimiedades. Dignas, más bien, de sacerdotes y obispos, capaces, sin duda, de movilizar a las masas en beneficio propio. Y con suficiente tiempo libre como para pensar si primero fue el huevo o la gallina o al revés. Y con suficiente tiempo y cultura para poder escribir.
—Sea como fuere, todas estas sutilezas degeneraron en la exaltación de los ánimos y en crímenes y asesinatos. Olvidando lo crucial de Jesucristo, tuviera dos naturalezas indisolubles, o una o catorce. Y lo crucial era lo que jamás se ha hecho: amaos los unos a los otros...
—¡Ah, querido amigo! Es más fácil arrastrar a las masas al insulto, al crimen y a la destrucción que al respeto al prójimo.
—Sí. Tiene razón. ¿Usted cree que el hombre alguna vez dejará de ser como es?
—Es posible. Ahora bien, contando con las armas con las que cuentan muchos gobiernos de ahora, y teniendo en cuenta a quién entrega el poder el votante, o se lo deja arrebatar, lo más posible es que la humanidad desaparezca, para bien de todos, antes de hacer el hombre un cambio sustancial y positivo.
—Optimista no es usted, desde luego.
—Depende de cómo entienda usted el optimismo. ¿No es mejor desaparecer que soportar tantas guerras, tanta estupidez, tanta sinrazón?
—¿No es mejor luchar, dar la cara que no desesperarse? Además, estamos siendo muy injustos. Hay muchas personas dedicadas a la investigación, muchas personas que trabajan por el bien de la humanidad. Lo sabe. Lo que sucede es lo mismo que ha dicho usted antes: si es más fácil arrastrar a las masas al griterío y a la destrucción. Las noticias, lógicamente, tienen que ir sobre eso mismo. ¿Acaso no atrae más la atención si un político ha intentado violar o no a una mujer que hablar de un científico haciendo pruebas con ratas o moléculas, o lo que se lo ocurra? A veces me horroriza las horas y horas que las televisiones dedican a este tipo de feas acciones regodeándose con ellas.
—Sobre esto también habría mucho que hablar. Pero hacerlo ahora es incorrecto políticamente y, además, nos atraeríamos las iras de los dogmáticos, para quienes esto es esto y aquello es aquello y lo demás son cuentos.
—Resulta difícil ir en contra de los presupuestos de la mayoría de la sociedad.
—Pues no lo hagamos. Lo cual no quiere decir que comulguemos con ruedas de molino, que no. Dicho de otro modo: Heliogábalo era un degenerado. Y el que lo castraran no significa que quisiera cambiar de sexo. Tienen que leer a Heródoto y el castigo que un castrado le inflige a su castrador cuando da con él.
—El sentido crítico, querido amigo.
—Y el del olfato para gozar del buen vino.
—Se ha terminado, ya me he dado cuenta. ¿Saco otra botella?
—No. Se ha hecho tarde. Déjelo para mañana.
—Muy bien. Para mañana. Así les veremos las huellas a los días.
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