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Supervivencia

jueves 3 de abril de 2025
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Supervivencia, por Vicente Adelantado Soriano
La guerra, señor mío, es un negocio. Las armas, como los alimentos, también caducan. Antes de tirarlas a la basura, habrá que darles un buen uso, igual que se quiere hacer con los alimentos caducados. Por lo tanto, con una buena guerra, asunto solucionado. 📷 Asalto a las Tullerías, Jacques Bertaux
Así como la insensatez nunca está satisfecha, por más que se le conceda todo lo que desee, la sabiduría se contenta con lo presente, nunca se disgusta consigo misma.1
Michel de Montaigne, Nuestros sentimientos se arrastran más allá de nosotros.

Aquel día me entraron ganas de gastarle una broma a mi querido vecino, sabiendo que ni se iba a molestar, ni lo iba a tomar a mal. Por el contrario, la inocente broma, con toda seguridad, daría paso a un diálogo regado con un buen vino. No me equivoqué. Así pues nada más abrirme la puerta, le puse en sus manos un botiquín y un kilo de chuletas de cordero.

—¿Y esto? —me preguntó sonriendo, dando a entender que había captado el mensaje.

—Es el inicio o el prólogo, como supondrá. Pues la cosa no queda ahí. He encargado una nevera y un congelador; los voy a instalar en casa, y los llenaré con todo tipo de alimentos.

—¿Y si no estalla la anunciada guerra? —me preguntó siguiéndome la broma.

—Muy sencillo: como estoy dispuesto a ser solidario con los vecinos, si estalla la guerra, compartiremos la comida con ellos. Hasta agotarla. Y si no estalla, celebraremos un gran banquete o dos o tres, con todos cuantos quieran participar.

—Hay vegetarianos en la finca, como seguramente sabrá.

—Sí, lo sé. No se preocupe por eso: he encargado judías, guisantes, carlotas, patatas, alcachofas... en fin, toda clase de legumbres y verduras.

—Es un detalle por su parte —dijo sonriendo y descorchando la botella de vino—, pero eso no es sino aplazar lo inevitable: la muerte. Tarde o temprano nos quedaremos sin víveres. Y entonces seguramente nos devoraremos los unos a los otros.

—Claro, por eso he comprado tanta comida: tendremos a los manjares bien cebados. El chiste está en aguantar y no morirnos los primeros. De ahí la compra del botiquín. Tal vez —añadí pensativo— nos harían falta armas. Revólveres, fusiles de asalto, cuchillos de deshuesar, arcos y flechas...

—¿Pero usted cree de verdad que vamos a llegar a ese punto?

—Como dijo Sófocles —le respondí—, “muchas son las cosas admirables, mas ninguna lo es más que el hombre”.2 Éste cruza el ponto, traza puentes y carreteras, y es capaz de destruir el mundo y crearlo de nuevo. O, al menos, de cargarse a buena parte de la humanidad. Por eso estaba pensando en la posibilidad de atraer a la vecina del quinto, y alguna más de buen ver. Para reproducirnos luego adecuadamente.

—¿Y por qué no nos llevamos también a las menos agraciadas? —preguntó socarrón.

—Pues también, ¿por qué no? Al fin y al cabo para gustos, los colores.

—¿Y qué tipo de sociedad vamos a crear suponiendo que salgamos indemnes de esta guerra? —la broma se ponía seria.

—Esa es una buena pregunta. Propongo que conforme vayan naciendo los niños, vayamos matando a los padres. Tal vez estas criaturas huérfanas, sin el peso del pasado, sean capaces de crear una sociedad mejor y más justa.

—En ese caso habrá que quemar los libros, o no enseñarles a leer. Empezar de nuevo. Pero, querido amigo, está el problema de los genes y de la herencia. Además, ¿quiénes somos nosotros para determinar el futuro de los niños? —me preguntó sonriendo—. ¿Por qué no educarlos, criarlos y amarlos de la mejor forma posible?

—Porque con eso, querido amigo, volveremos al punto de partida. Y de nada habrán servido el botiquín de supervivencia, las neveras ni las comidas.

—¿Y usted cree que esta movida, como se dice ahora, tiene algún fundamento?

—Sí. Por supuesto. Demostrarles a los políticos que no tenemos miedo, y que seremos capaces de sobrevivir. Pues con todas estas historias de los kits de supervivencia, y zarandajas similares, lo que pretenden es tenernos atemorizados. Y de una sociedad asustada se pueden sacar muchas ventajas.

—Ahora empezamos a entendernos —dijo llenando las copas de nuevo y poniéndose serio—. Me llama la atención que se vaya a incrementar el gasto en armamento y nunca se ponga el grito en el cielo, como ahora con las armas, porque la sanidad no funciona, pese a médicos, enfermeras y personal auxiliar, como debería funcionar... El otro día pasé por la puerta de un hospital, donde varias enfermeras, carteles en mano, estaban denunciando que las urgencias estaban saturadas, que no daban abasto. Lo cual no ha generado ni más gasto, ni más inversiones, ni quejas, ni lamentos, ni nada de nada. Y ahora van a comprar aviones, tanques y no sé cuántas cosas más por si alguien nos ataca. Tiene narices la cosa.

— La guerra, señor mío, es un negocio. Las armas, como los alimentos, también caducan. Antes de tirarlas a la basura, habrá que darles un buen uso, igual que se quiere hacer con los alimentos caducados. Por lo tanto, con una buena guerra, asunto solucionado. Con la ventaja añadida de millones y millones de seres humanos muertos y ciudades destruidas. Luego habrá trabajo para los supervivientes. Comenzará una época de esplendor.

—Hasta alcanzar un nivel determinado de humanos sobre la tierra. Y vuelta a empezar.

—Es decir, que no hemos aprendido nada de nada. No obstante, yo creo que es buena solución cuanto le propongo: retirarnos, con algunos vecinos, a una cueva bien lejana. Organizarnos allí y crear una nueva sociedad.

—¿Y bajo qué régimen político crearíamos esa nueva sociedad?

—Toda creación humana es imperfecta, puesto que el hombre es imperfecto. ¿Una democracia? Ya ve lo que sucede en la finca: somos cuatro gatos, y no hay forma de ponernos de acuerdo para acometer esta o aquella mejora. Siempre hay alguien al que no le parece bien, o no quiere, o no le da la gana.

—Pues ahí lo tiene. Sin olvidar que también los políticos tendrán sus buenos refugios, y, acabada la terrible confrontación, volverán a sus cosas. Por lo tanto, cuanto me propone no es sino una mera utopía. Y para eso ya tenemos las de Tomás Moro, Campanella y no sé quién más. Irrealizables todas ellas.

—Y Platón con su República. Pero de esa, mejor huir. Es curioso: para Platón, Sócrates y compañía, la buena constitución era la espartana, mucho mejor que la ateniense. Alababan aquélla y denostaban ésta. Sin embargo, ni ellos dos, ni sus seguidores, hubieran podido vivir en Esparta, ni, por supuesto, hubieran podido escribir ni filosofar. Hubieran pasado sus vidas preparándose para la guerra.

—¿Qué hacemos entonces en aquella cueva a donde nos quiere llevar usted? ¿Formamos comunas como hicieron los hippies allá por mediados del siglo XX?

—No me hace mucha gracia la idea, la verdad.

—No hace mucho vi una película, le permito que se ría —dijo elevando su copa—, titulada El bosque, de M. Night Shyamalan. Un grupo de personas se retira a un lugar rodeado por un bosque y amurallado para recomponer sus vidas. Todos los habitantes han sido afectados por la violencia. Por ella han perdido hijos, padres, hermanos... Y pese a los mitos de terror que crean para que nadie salga ni entre de su comunidad, la violencia los vuelve a atacar: la tienen en casa. Y la salvación, la salud del herido, reside en ir a la civilización a por los medicamentos que ellos no tienen, y que pueden salvar al muchacho apuñalado por celos. El eterno problema. Más humano imposible.

—Sí. Es cierto. Lo contado por usted me ha recordado las advertencias de los estoicos a los viajeros que van de aquí para allá, y de nada les aprovecha el movimiento, pues allá donde van van con ellos mismos. Es decir, tonto en su villa, tonto en Castilla.

—Las utopías no son sino críticas a las sociedades donde se concibieron. Son el reverso de la moneda. No creo que nadie sea tan descerebrado como para intentar llevarlas a la práctica. No funcionarán. Y no lo harán mientras el hombre, como hemos dicho muchas veces, no mejore, o deje de ser como es.

—En eso tiene razón. Y es la otra inquietud que me han despertado todas estas historias de invertir más en armamento y proveernos de botiquines y víveres: el hombre es el animal más feroz y sanguinario que hay sobre la faz de la tierra... Algunos alumnos están exultantes ante la posibilidad de ir a la guerra, de tener un arma entre sus manos y no dar cuenta de nada... ¡Pobres de ellos! Como dijo Píndaro, la guerra es dulce para quien no la conoce; bellum dulce inexpertis, tradujo Erasmo.

—Es el necio entusiasmo despertado en un joven personaje de Guerra y paz, la novela de Tolstoi. Entra en la batalla, dispuesto a defender la sagrada madre Rusia, y a las primeras de cambio una bala perdida acaba con su vida. No ha podido ni desenvainar el sable. Ni gloria, ni honor.

—Nunca he visto gloria ni honor en ninguna guerra de cuantas he leído. Crímenes y bestialidades todas cuantas quiera.

—Entonces, querido amigo, ¿qué hacemos yéndonos a una cueva por miedo a la muerte?

—Nada. No hacemos nada. Era una broma. Lo mejor, creo yo, es quedarnos donde estamos, y que la muerte nos venga como le vino a Pitágoras: intentando resolver algún problema.

—O sencillamente hablando y bebiendo, tal y como estamos haciendo ahora.

—Iba a pedir que ésta, la muerte, fuera, como quería Julio César, subitam et celerem. Inesperada y rápida. Pero sobre eso no tenemos ningún poder. Será como será. Por lo tanto, ocupémonos de las cosas sobre las que tenemos poder, y sigamos leyendo, charlando y bebiendo buen vino. Todo lo anterior era una broma.

—Y hagámoslo sin miedo ni temor.

—Así sea, pues ahora no está la muerte, y cuando esté ésta, ya no estaremos nosotros. Brindemos por ello.

—Brindemos, pero esta noche venga a cenar a casa: tenemos que comernos las chuletas que ha traído antes de que estalle la guerra. Invite a la vecina del quinto si le apetece —añadió maliciosamente.

—Hecho. Fría también unas cuantas patatas. Junto con algunas setas, por favor.

—Cuente con ello.

Y así levantamos las copas y apuramos las últimas gotas de una buena botella de vino. La última antes de la cena prometida.

Vicente Adelantado Soriano
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Notas

  1. Michel de Montaigne, Nuestros sentimientos se arrastran más allá de nosotros. En Ensayos, volumen I, cap. III. Acantilado, Barcelona, 2021. Traducción de J. Bayod Brau.
  2. Sófocles, Antígona, V 32 y ss.
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