
Como dice el proverbio, el tesoro ha resultado ser carbón.1
Luciano Samósata, Cuentistas o el descreído.
No sé si fue al tercer o cuarto día de estar hospitalizado cuando me llevé aquella sorpresa matutina. Todavía no podía valerme por mí mismo entonces: incapaz de incorporarme de la cama, podía ya, no obstante, darme la vuelta en la misma, y alcanzar la botella de agua, los poemas de Garcilaso o el móvil. Todo sobre una alta mesita donde depositaban la bandeja con la comida.
Por las noches dormía profundamente gracias a la pastilla que me suministraban. Pero como siempre, me despertaba muy temprano. Había una amplia ventana a mi derecha. A través de ella me era dado ver cómo se apagaban o encendían las luces de las salas adyacentes, o cómo se coloreaba el cielo. Un día más, una esperanza más de abandonar el lecho. De volver a sentir la alegría de caminar, alcanzar cualquier objeto, o ir al servicio por mis propios medios. Todos me aconsejaban paciencia. La tenía. ¿Qué otra cosa podía hacer? Soñar, recordar. Más tarde, leer.
—¿Te traigo el libro que estabas leyendo? —me dijo mi hijo cuando creyó que ya podía concentrarme en la lectura—. Lo dejaste encima de tu mesa.
—No —le contesté—. Tengo aquí las poesías de Garcilaso.
—Pero si te las has leído un montón de veces —argumentó.
—No importa.
—Como quieras.
El libro que se había quedado sobre mi mesa era el segundo volumen de Los ensayos, de Michel de Montaigne. No recuerdo a santo de qué, no hacía ni quince días, cuando me podía mover con toda soltura, me dio por hacerme con una nueva versión de Los ensayos. Me los compré. Y a los dos días fui a por el otro libro de este mismo autor: Viaje a Italia. Era la tercera versión que tenía de Los ensayos. La primera había desaparecido en uno de los tantos traslados. La otra la conservaba, con señas de haber sido leída en más de tres o cuatro ocasiones. Y ahora me acababa de hacer con una nueva edición.
Comencé a leerla apenas llegué a casa. Pero pocos días después, terminado el primer volumen, empezaron mis problemas de salud; abandoné la lectura y, trasladado por una ambulancia al hospital, ya no pude hacer otra cosa que no fuera someterme al atento cuidado de médicos, enfermeras y auxiliares.
Intenté recordar, con algo tenía que distraerme ante mi total incapacidad para moverme, por qué había leído a Montaigne siendo todavía relativamente joven. Fui incapaz de descubrirlo. Años después alguien, no recuerdo quién, me presentó a un profesor de francés. Dicho profesor y yo, durante un tiempo, hicimos un programa en una radio independiente. Lo titulé La venta de Palomeque: allí tenía cabida todo tipo de opiniones y de literaturas, como en el capítulo del Quijote. Mi compañero, Pedro de nombre, habló en varias ocasiones, y muy bien, de Montaigne. Acrecentó mis deseos de volver a leerlo. Se centuplicaron cuando, poco después, retomé los estudios de latín con bastante seriedad. Fue entonces cuando me hice con la segunda versión en tres volúmenes, al igual que la primera y la última, por ahora.
Pese a su minúscula letra, conservo un buen recuerdo de la primera edición que me compré. Era muy joven entonces; había intentado, en varias ocasiones, dejar de fumar. Lo conseguí finalmente, y eso fue uno de los factores que contribuyeron a que mi enfermedad, una fuerte neumonía, no se agravara más. Con el fin de conseguir una ayuda para dejar el vicio, me compré una bicicleta, y comencé a salir con ella. Más hacia delante, cambié aquella bicicleta convencional por una de carreras, y me apunté en una peña ciclista. Salíamos de excursión-carrera todos los fines de semana. Dejé el tabaco definitivamente.
Un fin de semana se propuso hacer un viaje muy largo, de todo un día de duración. Saldríamos, muy temprano, del pueblo donde vivían la mayoría de los miembros de la peña. Uno de ellos, a fin de evitarme el peligro de salir por la noche con la bicicleta, me invitó a dormir en su chalet. Accedí. Allí me llevé, en el bolsillo de mi camiseta de ciclista, el segundo volumen de Los ensayos, de Montaigne. Recuerdo que la mañana de la larga excursión me desperté, como siempre, muy temprano. Antes, pues, de ponernos a pedalear por montes y valles, ya llevaba yo mi buena ración de páginas y páginas de Montaigne. Había tenido la precaución, además, de coger un pequeño rotulador rojo y una libreta. Fui subrayando y anotando todo cuanto me interesaba.
Mi memoria es flaca y débil. Cada vez, pues, que he releído los Ensayos, en realidad no he hecho una relectura, sino una lectura más. Lo contrario me sucede con Garcilaso: leer sus bellísimos versos es recordarlos. Voy leyendo y voy recordando. No obstante, tuve un primer atisbo, una especie de chispazo memorístico, pequeña certeza de haber leído ya esas páginas, un verano, cuando comencé a estudiar griego. Lejos ya de las exigencias académicas, fue en el mes de agosto, empecé a hacer algo que me apetecía, que me pedía el cuerpo: traducir las fábulas de Esopo. De más está decir cuánto disfruté con aquella tarea. Muchas de la fábulas me sonaban, desde luego. Pero hubo una en especial que me hizo recordar aquella lejana mañana pedaleando por montes y valles tras haberme desayunado con páginas y páginas de Montaigne.
Y ahora, acostado en la cama del hospital, sin apenas poder moverme, volví a tener un chispazo similar. La misma fábula. Tras el paso de las auxiliares, cambio de pañal y de sábanas, y tras los análisis pertinentes, más la sujeción al gotero y a la mascarilla de oxígeno, entró en la habitación un hombre negro. Iba vestido con un mono azul, cargado con un cubo de plástico y varias botellas con productos de limpieza. Llevaba un gorro de lana, negro también, puesto de cualquier forma. Terminaba en pico, como un casco etrusco. Saludó con una leve inclinación de cabeza. Y rápidamente se puso a limpiar la ventana. Lo hizo con esmero y dedicación. Sonreí tras la mascarilla. Aquel hombre era negro, pero negro de verdad. Tanto que me hizo pensar en cuánta faena le hubiera dado al δεσπότης, al dueño de aquel esclavo de pertenecerle a él. Una fábula de Esopo. La tengo traducida por mí mismo.
Cuenta Esopo2 y lo recalca Michel de Montaigne,3 lo volvería a leer por enésima vez, cuando me dieron el alta, que un hombre compró un esclavo negro, pensando, imagino, que compraba un tesoro. Y creyendo que el color de su piel se debía a los malos tratos de su anterior dueño, lo sometió a baños, purgas, medicinas y drogas hasta el punto de que no acabó con el color de su piel, pero sí con su negra salud.
Me fijé en él. Aquel hombre era mayor. No muy alto. Andaba un tanto encorvado y con mucha resignación. Tenía un hombro más alto que otro. Abrió la ventana con una llave que llevaba en uno de los bolsillos del mono. La dejó limpia como una patena. Sonreí y me alegré de que nadie hubiera intentado cambiar el color de su piel. Y me alegré de que, tal vez, se hubiera salvado de algún naufragio, hubiera encontrado trabajo en un país de adopción, y de que me dejara aquella ventana tan limpia e impoluta. Pues a través de ella veía las luces de las salas adyacentes y el anochecer y amanecer de un nuevo día. Uno de ellos, esperaba, comenzaría a caminar de nuevo, a moverme, y a volver a casa a terminar la nueva versión de los Ensayos, de Montaigne. Donde volvería a leer, una vez más, la divertida fábula de Esopo.
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Notas
- Luciano Samósata, Relatos fantásticos, libro II. Alianza Editorial, Madrid, 2017. Traducción de Jaime Curbera.
- Fábula 246.
- Michel de Montaigne, Los ensayos, libro II, cap. XXXVII, “La semejanza de los hijos con los padres”.


