
El beneficio de nuestro estudio es volvernos mejores y más sabios.1
Michel de Montaigne, La formación de los hijos.
He releído los Ensayos de Montaigne por enésima vez. O tal vez debería decir por vez primera. Las otras veces leí Ensayos. Ahora esta nueva edición se titula Los ensayos. Dicen que entre unos y otros hay diferencias sustanciales y de matiz. No he tenido ganas ni deseos de compararlos. No era eso lo importante para mí. Lo importante era meterme de lleno en la obra de Montaigne, y comprenderla, o intentarlo al menos. Y me ha sucedido lo mismo de siempre, sea Ensayos o Los ensayos: tengo la sensación, la sempiterna sensación, de no haber entendido nada, de terminar la lectura o relectura como se termina un baño, en un día caluroso, en un río de agua fresca y cristalina: salido de él no queda ni rastro del alivio, del placer sentido dentro de las aguas. El calor vuelve a abochornarnos. Y el sudor. Y la ignorancia. Ni rastro de aquella agradable sensación.
En alguna parte de los tres volúmenes de Los ensayos se hace referencia a un pequeño estudio de los mismos hecho por Stefan Zweig. Me sonaba el libro, pues este autor figura entre mis favoritos. Tengo casi todas sus obras. Leídas y releídas. Y, efectivamente, en uno de los estantes, junto con muchos de sus libros, estaba el dedicado a Montaigne. Es un libro breve, pequeño y de fácil lectura. Lo volví a leer. Zweig hace insistencia en la búsqueda de sí mismo, en su entera libertad, por parte del autor de los Ensayos. Mi pregunta ha sido recurrente: ¿cómo se estudia uno a sí mismo? ¿Cómo se puede crear un mundo parecido al de Montaigne, disfrutar de su objetividad? No inmiscuirse en el mundo me resulta a mí más fácil que a él, puesto que ningún poder, ni político ni municipal, cuenta con mi apoyo. Ni ganas. Es más, ignora que existo. Tampoco tengo ninguna amistad entre los poderosos. No lo lamento.
Cuando cerré el tercer y último volumen de Los ensayos me planteé, seriamente, si no sería conveniente volver a leerlos: como siempre, había sido incapaz de retener nada. Si alguien me pidiera que hiciera un resumen de los mismos, o dijera qué es lo más importante de dicho libro, me hubiera puesto en un aprieto: mi respuesta hubiera sido el silencio, el levantar los hombros, y el apartarme del demandante un tanto avergonzado. Me percaté entonces, por enésima vez, de que apenas se me queda un leve polvillo, y a veces ni eso, de cada libro leído. Es desesperante.
Últimamente oigo, a través del ordenador, conferencias y charlas sobre muchos temas. Tengo preferencia por Grecia y Roma y por los asuntos filológicos, como la historia de la escritura, la escuela de traductores de Toledo, etc. Y por la filosofía. Y admiro profundamente a esos profesores que son capaces de dar una charla de una hora u hora y media sin consultar papeles, sin vacilar sobre cuanto dicen, y decirlo con propiedad y claramente. Los admiro. Como admiro a Montaigne por las innumerables citas, en latín, con las que trufa sus meditaciones. Unos y otros, a través de sus palabras, o de sus libros, me demuestran que han asimilado cuanto han leído o estudiado. Yo me siento incapaz de hacer algo semejante. Pues siempre tengo la incómoda sensación de no haber retenido nada de libros, charlas o estudios. Y, en consecuencia, tampoco creo que las lecturas me hayan hecho mejor o más sabio. Si soy mejor, y sé más, lo debo a la edad que he alcanzado. La edad me ha hecho ver que todo es efímero y que pocas cosas valen la pena. Sí, lo había leído en algunos libros: en la Biblia, todo verdor perecerá; en Garcilaso de la Vega: que el más seguro tema con recelo, / perder lo que estuviere poseyendo; o en el mismo Montaigne: el mundo no es más que un perpetuo vaivén. Nada es seguro y para toda la vida. Lo había leído en infinidad de lugares. Pero me faltaba la chispa, como dice Zweig, y le sucedió a él, para entender los Ensayos: coincidir las locuras de su tiempo con las vividas por Montaigne: el ascenso del nazismo con las guerras de religión de la época del autor de los Ensayos. Matanzas y carnicerías por la necedad de unos y la bestialidad de otros. La conclusión para mí siempre es la misma: el hombre es la bestia más feroz y sanguinaria puesta sobre la faz de la tierra. Y no hay nada que hacer. No tiene remedio. Mata y asesina por cualquier cosa, por una nimiedad, hasta por una religión que predica todo lo contrario. Lo sufrieron en sus propias carnes ambos autores. Yo, más modesto, o más afortunado, me he quedado en Garcilaso.
Entiendo de alguna manera el desánimo de Zweig, y su suicidio, ante esa Europa que se desangra, que ejerce la bestialidad más grande y despiadada sobre hombres, mujeres y niños. Debe de ser muy duro verse obligado a abandonar casa, libros, familiares, colecciones y lengua, y emprender una larga huida por el ancho y ajeno mundo. No obstante, podía haberse refugiado en su torre como hizo su admirado Montaigne. Pero no soy quién para juzgar el suicidio de tan admirado escritor. Sencillamente me duele.
También, aunque por causas diferentes, pensó Montaigne en el suicidio. Terminados Los ensayos, leí otro libro suyo, que no conocía: Diario del viaje a Italia por Suiza y Alemania (1580-1581). Es un libro raro, extraño: la primera parte la escribió el secretario de Montaigne, aunque dicen que a su dictado. En francés. La segunda está escrita por el mismo Montaigne, pero en italiano. En una traducción se pierden estos matices. Sí que queda constancia, en la segunda y pesada parte, de todos los padecimientos de este buen hombre. Sufría de cólicos nefríticos. Y página sí y página no nos cuenta qué ha orinado, cuánta agua ha bebido, los baños que ha tomado o dejado de tomar, la calidad de las aguas, qué dolores experimenta en su verga al no poder expulsar los cálculos, que ha evacuado arenilla de este o de otro color, etc. A veces el dolor, por culpa de esas piedras que no logra expulsar, era sencillamente insoportable. Y es entonces cuando piensa en el suicidio. No lo llevó a cabo. Tal vez debido a sus creencias religiosas, o pensando, quizás, que el dolor, pese a ser agudo y casi insoportable, se podía superar. Al cabo de un año de viaje, volvió a su casa.
Hoy en día no se puede viajar como viajó Montaigne. Haría falta ser millonario y conocido: allá por donde fue casi siempre lo agasajaron o lo recibieron los nobles. Cosa que no impidió, como él mismo confiesa, que lo estafaran o le atacaran los bandidos. Yo, la verdad, no me encuentro con ánimos para emprender ningún viaje. Como él, no tengo sino ganas de estar encerrado en mi torre, de estar rodeado de libros y de alguna que otra libreta. Escribir escribo poco, pues ni de lejos se me ocurre, y bien sabe Dios cuánto me gustaría, hacer algo parecido a los Ensayos, o escribir cartas. Para lo primero soy un negado, y para lo segundo es preferible intentar contar un cuento que mandarle unas líneas a nadie: el cuento se sabe que no va a ser ni publicado ni leído, y la carta no va a ser contestada. Por eso mismo tengo en mi habitación una especie de Muro de las Lamentaciones. Con una clara finalidad: cuando tengo ganas de contar algo, se lo cuento a la pared. Sé que ella jamás me va a contestar. Con los humanos siempre se tiene una pequeña esperanza que, invariablemente, se ve defraudada.
Por desgracia no son los libros quienes nos hacen mejores o más sabios. Son, en el mejor de los casos, una advertencia, un escudo para que el dolor no sea tan intenso cuando se hace carne aquello que ellos nos dijeron. Que todo es efímero, entre otras cosas. Conócete a ti mismo. Eres mortal.
- Mosinecos - jueves 30 de abril de 2026
- Libros y educación - jueves 23 de abril de 2026
- Subrayados - jueves 16 de abril de 2026
Notas
- Michel de Montaigne, La formación de los hijos, en Los ensayos, volumen I. Ed. Acantilado, Barcelona, 2021. Traducción de J. Bayod Brau.


