
En 2025 las administraciones postales encuadradas en la organización postal europea han escogido para la serie común la arqueología o la búsqueda de nuestros ancestros. Lástima que esas mismas administraciones se hayan cargado la filatelia de una forma absurda: eliminando los sellos en los envíos pues, en la mayoría de las oficinas de Correos, ya no disponen de ellos (del semestre que hemos pasado llegaron a nuestro buzón ciento cincuenta misivas; de ellas, sólo seis venían franqueadas con sellos; antes del revolucionario sistema de cartas sin franqueo, venían apareciendo unas mil piezas al año y 90% traían las correspondientes estampillas; la Taxud y su voracidad fiscal acabó asestándole el golpe mortal a esa hoja de ruta que acabó cercenando un campo generador de conocimiento y cultura a poco que uno se adentrara en sus interioridades).
A pesar de todo, cuando sales de España, si te acercas a una oficina de Correos a enviar tus postales —otra pieza en vías de extinción—, todavía lo puedes hacer con sellos que embellecen tus mensajes y sacan una sonrisa al llegar al destinatario, sobre todo cuando son expedidas desde remotos lugares o sitios poco comunes. La serie Europa 2025 es todo un canto a la historia, un legado en la memoria de nuestros predecesores y un homenaje a nuestros ancestros, y ofrece excelentes piezas testimonio del pasado de la especie humana que aparecen allá en donde los investigadores o arqueólogos realizan sus prospecciones.
La administración postal de Groenlandia nos trae dos sellos —de veinticinco y veintiocho coronas, tarifa interior y europea respectivamente— que vendrían a totalizar unos siete euros; sin quererlo, nos enfrenta al galopante y silencioso encarecimiento, ¿o era inflación?, de nuestra cotidiana realidad. ¡Qué lejos quedan aquellas tarifas del pasado, pero desde la llegada del euro se esfumaron! No nos quejemos: los “mandamases” las colocan para velar por nuestros intereses. O como decíamos en Alhama de críos: la vin cuánta necedad nos ha caído encima.
Ambos faciales aparecen en minipliegos de diez ejemplares de la forma tradicional y carnet autoadhesivo de doce (seis de cada facial); fueron puestos a la venta el 26 de mayo de 2025, impresos en offset por la tipografía Gutenberg AG con el diseño de Maya Sialuk Jacobsen y honran los hallazgos de Nuussuaq, 450 kilómetros al norte del círculo polar ártico. Se trata de un asentamiento donde en 1972 encontraron la momia de esta criatura inuit o de la cultura thule, como los investigadores denominan al período, y yo acordándome del Capitán Trueno y sus aventuras en esta mítica tierra que de crío pensaba era creación del guionista de los populares tebeos que comprábamos en el carrillo de Paquita la de la Trucha.
Digamos que este pueblo son los ancestros de los inuit (o esquimales, pero este término acabó desechándose por Canadá al considerar que era un despectivo apelativo); hacia el año 500 entraron por Alaska y se expandieron por los gélidos territorios homónimos, Nunavut (Canadá) y Groenlandia, una isla que está de moda por las ocurrencias de Donald Trump, siempre buscando la ocasión para agenciarse lo que no le pertenece; basta recordar el Maine y cómo nos birlaron lo que nos quedaba de aquel imperio en donde nunca se ponía el sol. Cayeron Cuba, Puerto Rico, Guam, Marianas, Palaos, Filipinas... Pues en esa tesitura está ahora este gélido territorio, nada menos que la mayor isla del mundo prácticamente virgen para la explotación minera ahora que todos andan enfrascados en las tierras raras —interesante el desmonte de algunas montañas de Albania que han realizado los chinos— y lugar al que llegaron estos milenarios pueblos árticos.

Los inuits llegaron en el siglo XIII y ese topónimo que alude al pueblo y al asentamiento —si consultas Google tendrás muchas más explicaciones al respecto— hoy correspondería a la actual Qaanaaq —nombre palíndromo—, donde se establecieron esos pueblos primigenios del gran norte que acabaron asimilando o desplazando a los otros seres que se encontraban en su continuado deambular por el inmenso territorio blanco de la región.
Los asentamientos originales tenían poca entidad y raramente sobrepasaban las cincuenta personas. Cada cabaña solía albergar a una media de diez personas, aunque a veces eran colectivas, y las construían aprovechando los imponentes huesos de las ballenas que cazaban para subsistir: son los restos que han logrado superar el tiempo y que encuentran los investigadores cuando realizan sus catas arqueológicas.
La otra estampilla ofrece una muestra de su pasado en forma de escritura o grabado, una información de ese pueblo que no hemos logrado descifrar a pesar de la búsqueda en las redes: difícil de saber lo que ahí escribieron, pero sin duda un testimonio de un pueblo que desapareció.
Thule o Qaanaaq es hoy la cabecera del municipio de Avannaata, en el noroeste de Groenlandia, y pasa por ser una de las ciudades más septentrionales del mundo. En el censo de 2021 se registraron apenas seiscientas personas repartidas en un territorio de 225.000 kilómetros cuadrados, casi la mitad de España. Es una zona que pasó a la historia en la denominada Guerra Fría y ha vuelto a ocupar su lugar en el mapa gracias a Donald Trump. Entonces se construyó la base aérea de Estados Unidos —un territorio que funciona prácticamente al margen del derecho groenlandés o, si lo prefieren, similar a lo de la Base de Guantánamo— y por algún lugar debe andar alguna correspondencia de un colega de afición que estaba allí destinado a mediados de los ochenta. En esta zona se levantó el mástil de radio más alto de toda la isla, que tenía casi cuatrocientos metros (Radio Mast Thule, para los que busquen datos); sería derribado en 1992 y, si mal no recuerdo, hace unos años fue filatelizado.
Aquí ocurrió un hecho similar al de Palomares (Almería). Era el 21 de enero de 1968 cuando se declaraba un incendio en la cabina de un B-52; contra todo pronóstico, sólo un muerto; el resto de la tripulación, eyectada, se salvó. El gigantesco aparato cayó a unos diez kilómetros de la pista y todavía hoy aparecen restos de aquel percance en las gélidas aguas; algunas de las bombas nucleares que transportaba nunca llegaron a encontrarse. Si alguien quiere profundizar, la revista Time (marzo de 2009) le dedicó un reportaje; como curiosidad final, relatar que el 8 de marzo de 1972 el récord de velocidad del viento, que azota la región, alcanzó la increíble cifra de 333 km/h. Sales sin casco y, evidentemente, te despeinas.
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