Claves lanzadas al espacio o a las aguas • Wilfredo Carrizales
XI

La mujer acostada sobre la cuesta, no asustada, aguzada tal vez. Para mí, acusada y angostada a mi medida. Acosadas sus corvas; acotadas sus curvas; acopladas nuestras carnes. Acongojadas sus rivales, mal aconsejadas ellas, ¿a costa de qué?

La cabeza del ojo y el escote de la nariz. Mientras se dormita nos gana la candidez. Reverencia a los ombligos. Con talento innato se sobrevive con un mismo perfil. El cuerpo que nos rodea, a lo más, de ida, pero no de vuelta. Desde el fin, otro material sin ambages y un podenco sigue hacia fuera, hacia un puerto no afiliado.

Un tal “hermano” llegó terciado y sus pústulas convertidas en ruinas. Un juego de naipes con reglas extrañas, con código de honor y rudeza en las apuestas. Los cabellos ocupaban su lugar en la mesa. Un cofrade estaba en cartelera, con la boca desierta y el ardid a todo trance. Razones había para que no migraran las reyertas. En los peldaños de las escaleras los grillos eran faros de pista. Hubo susurros, crujidos, hernias desinfladas. En corriendo, un mensajero arribó, movedizo y alguacilado. “Que los rápidos bajaron con la lentitud de siempre”, soltó y los tragos repasaron los comentarios de los periódicos. El mandado estaba hecho y la serie de puntos también.

La pelvis acostumbraba a su soldadita. La lamía y le cocía los huesos de gracia y de tos. Vagaba la novicia por donde instilaba el alcohol. Se admiraba del hoyo plantado en tierra y de su forma de hoz. Los pestillos acertaban en las ocurrencias sin tino y en las posaderas las golosinas abundaban en reflejos. ¿Por qué las migrañas entraron en sospecha? ¿Cuándo el muñón se apoderó del lacayo? ¿Qué cadena se enfrió?

El escupitajo guerreó con su leyenda y los bordados vegetaron en el sur y un muchacho se sujetó las menudas jerigonzas. La velluda vació el rollo de su mantilla. ¿Y el recipiente de sus cuitas sufrió menoscabo en la hora nona? Los pitos llegarían a afiliarse al resumen de las sintonías. Sinovial, el tunante expulsaba de los bordes a la muchedumbre que mugía. ¡Palabra y variación! Especialmente el palito se adelgazaba y contribuía a la miscelánea del día. En los úteros cundían los olivos, utrículos con ensoñaciones por venir y permanecer. ¿Se escuecen las prendas bajo la sarna?

Quesos y besos y el latrocinio en descargo. Familia con árbitro y un millar de coronas. ¿Y si los isleños deportan sus órbitas? ¿No se trastocarán las isóbaras del calzado, las turgencias de las monas chiquitas? Las hopalandas se suelen llenar de lombrices y caraduras, pero en las galerías abunda la sífilis y nadie se defiende de reparos. En los ciclos de raigambre se les dice adiós a los machos ordinarios, mientras los pericos vomitan sus locuras. ¿Quién ferrará las espuelas del patán? Un ejército de vencidos, sin años triunfales, sin gozos ni risotadas. Los bofes ostentando estrépitos, evacuaciones del diafragma, hedentinas y mareos. ¿Misión cumplida? Sonetos en las nubes y en seguida ensaladas de sabañón. Unciones de sebo y gonorrea que ensancha.

¡Eh, la tristeza arrastra su vermicelli hasta la olla de las ilusiones! La floración se adelanta y crece el infanticidio. Del bautismo seminal, buen gusto y presunción. La zoofagia quedará para los jueces y los acreedores. En las ábsides, estuve. En la turba, un huevo en orfandad. Dentro del cubo, enhorabuena. Tras la villa, histeria precoz. Entero y anfibio circunnavegué en el mismo carro. Conduje a un moribundo hasta la cerrajería y allí, suavemente, aprendió. O el viaje o la bujía y aún así, la hiel se fingió rojiza. Al traje no conduje, ni al extranjero tampoco. Ambos necesariamente irreales. En ocasiones partí sin tilde y nadie quiso oírme. Afirman que la quiromancia obliga al reposo y aleja cualquier virtud. Al salir, nos levantamos y el sol se sube al tren. ¿Aquel sitio será el volver? Cortésmente expongo: “La tentación me llama y presuroso acudo”.

 
 

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