Bufón sabroso provisto de cremalleras, con el cráneo grabado en cinc y que vuela con mil pies centrados en la puntería. La estridencia se escuchaba en el cielo o en el paraíso. Los rayos, críticos implacables, hacían saber su malestar en zigzag.
El bruto ladra y me arranca una guiñada. Tiene derecho de acorralamiento y una bandera amarilla que usa sin discreción. En años venideros, daré alaridos para recordar nuestros encuentros. ¿Será flor de una hora su amistad? Su hija más joven semeja un cuclillo y es sensacional su trino en la yunta de lo ocre con la fiebre del bostezo.
Antes de morir compraré un clavo de tres pulgadas de largo y lo tensaré hasta el infinito; entoldaré las posesiones perdidas de mis abuelos; llamaré a las bestias de terracota y certificaré que quedan libres hasta lo inevitable; renegaré de los territorios del espanto y la persecución; examinaré las tejas que tengan malas relaciones con las lluvias, los gatos y los fantasmas; finalizaré la tirantez entre mi cuerpo y mi espíritu...
Mi chiquillo avanza tejido de esponja por la zona donde nacen los húmeros de las aves. Con su tela de toalla seca el sarpullido de las estaciones. Malhumorado o disgustado, a destajo, abigarra las pruebas de las escrituras para el homenaje a los ancestros. En lo más reñido de la pelea, pregunta ¿y qué pasó?, ¿y qué más? y el que lo ataja, atento le regala sus alhajas y le habla en un castellano signado por la teofanía.
Aquella que hacía estuches oraba y reconocía las mercedes recibidas. Bajo su cobertizo, subsecuentemente, tenía visiones de alcaravanes que atravesaban cielos filiformes, amenazados de partos y brusquedades. Ella levantaba el índice y censuraba severa. Al punto, se ablandaba la atmósfera y rebosaba de buena vecindad.
En un charco, a las estrellas les sobraban espectadores. En las esquinas, se insinuaban desoves. En las grietas, se retorcían las máculas de los soliloquios. Entre las oscuridades, un compañero del zumbido fundamentaba su destino. Algunas cuantas cigarras estridulaban con el rigor de cada intervalo. Iluminado por un sol enfermo, el emplazamiento de los astrágalos oscilaba e inducía a la vagancia y a la resequedad.
Los metales insurrectos desistían del otro tiempo que fue y transmutó. Hubo en el ínterin un buscador de mascadas de tabaco, sencillo y calmado. Lo quejumbroso era inaceptable: ni el cuaderno del alba lo toleraba. De lado a lado del mundo presentido se exageraban los esfuerzos de los cirros o de las trincheras maquilladas por caracoles.
Resoplaban los parásitos al término de la encomienda. Los pies establecían vedas y los que se equivocaban pateaban los oropeles y así inventaban escorzos. En cuanto a nosotros, éramos tan pocos que ni podíamos guardar los abanicos y merodeábamos por el vecindario estorbando con disparates. De una vez por todas, se rompió la palangana.
Astutamente, el árbitro del fingimiento empobrece su aguatinta y sanciona el surgimiento del desespero. En los arcos aparecen cortezas de bares extintos, donde solían solazarse los beodos hasta las causas de sus botellas. Los antiguos matadores se raspaban con las certezas que fenecían. En cadena, las mordacidades testimonian la inútil charada de los difuntos. ¿Ya se astillaban por esa época las porcelanas de las niñas? ¿Reírse entre dientes ayudará al mal de amores? Contra el broche, un cicerone.
Muge la añoranza, pegada a su linimento y las señales del lubricador atrasan los relojes, los buses y el desafío de las mermeladas. La casualidad se ha vuelto sospechosa. Los ácaros emparejan mal el asunto y ninguna jovencita logra apreciar los pucheros. Confundidas, lloran las cebollas; se humedecen los maniquíes; se aletargan los lunes al amonedar a los locos. (Los estribillos ovulan para evitar las fatigas y la paranoia).
•
I •
II •
III •
IV •
V •
VI •
VII •
VIII •
IX •
X •
XI •
XII •
XIII •
XIV •
XV •
XVI •
XVII •
XVIII •
XIX •
XX •
XXI •
XXII •
XXIII •
XXIV •
XXV •
XXVI •
XXVII •
XXVIII •
XXIX •
XXX •
XXXI •
XXXII •
XXXIII •
XXXIV •
XXXV •
XXXVI •
XXXVII •
XXXVIII •
XXXIX •
XL