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El muñeco de barro

martes 21 de mayo de 2024
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El muñeco de barro, por Vicente Adelantado Soriano
Si hablaras tartamudearías. Y si tuvieras vida, me defenderías. Estás hecho a mi imagen y semejanza.
Bestiario artificial, antología digital por los 28 años de LetraliaBestiario artificial. 28 años de Letralia
Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2024 en su 28º aniversario
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Después dijo Dios: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra propia semejanza”.
Biblia, Génesis, I, 26

Cuando se le ocurrió la idea, todavía no había leído la Biblia. No obstante, había oído, sin entenderlo ni prestar mucha atención, aquello de que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza. No le extrañaba, por lo tanto, que en la iglesia del pueblo las imágenes de los santos tuvieran forma humana. Y que ésta, a su vez, fuera la de quien dicen que fue su creador. Éste siempre aparecía, en las pinturas, con abundante melena y unas luengas barbas blancas. En el pueblo nadie llevaba barba. Se fijó entonces en que algunos hombres, su padre entre ellos, pasaban tres y cuatro días sin ir a la barbería de Lisardo; pero jamás llegaban a tener pelos tan largos en la cara como el Dios pintado en lo alto del retablo de la iglesia. “La verdad —se dijo un día arrepintiéndose enseguida de su pecaminoso pensamiento— es que Dios está ya para esquileo, como las borregas”.

A él tampoco le gustaba que le cortaran el pelo. Lo tenía que llevar su madre a rastras a la peluquería. Enfurruñado, bajo las tijeras de Lisardo, más de una vez se prometió que, cuando fuera mayor, llevaría el pelo y la barba como el Dios de la iglesia. Y tal vez también creara algo similar a su imagen y semejanza a fin de recabar su ayuda. Pues sus problemas comenzaron en cuanto, a los tres o cuatro años, lo llevaron a la escuela. Allí, y más en la calle, se convirtió en el centro de todas las burlas de vecinos y compañeros de clase: era tartamudo.

Su primera reacción ante las burlas y las persecuciones fue llorar a moco tendido. La segunda, salir corriendo hacia casa y mantenerse alejado de todo el mundo. No hablar con nadie. Pero en el colegio no tenía más remedio que contestar a las preguntas del maestro. Y pese a la buena voluntad de éste, siempre sus vacilaciones y tartamudeos dieron pie a todo tipo de carcajadas, risas y burlas. Decidió al poco tiempo, pues ya sabía escribir, que respondería a cuanto le preguntaran por escrito. Solamente hablaría en casa y con sus padres.

—¿Vas a estar así toda la vida? —le dijo su padre más de una vez enfadado—. ¿No sabes soltar un par de guantazos y soplamocos a unos y a otros? ¿No sabes que hay piedras en las calles y en los bancales?

—¡Chico! —exclamó su madre—, ¡qué cosas le dices al muchacho! ¿Qué quieres, que vaya por ahí pegándose con unos y con otros?

—Mejor es eso que estar sin hablar por cuatro zánganos que se le ríen en las barbas.

Él siguió sin hablar y sin pegarse con nadie.

Sus padres hablaron con doña Pepita, la maestra. Consiguieron que ésta lo admitiera en las clases de repaso. Por las tardes. Predominaban las chicas aunque eran pocas. Pensaron que allí se podría soltar, y tal vez, con el paso del tiempo, llegar a dominar la tartamudez. Doña Pepita lo aceptó. Pero él, en un principio, se negó a ir. En casa, sin ver ni oír a nadie, sin necesidad de hablar, se estaba muy bien. Nadie se burlaba de él. No obstante, una tarde, le dijeron que cogiera la cartera y se fuera al repaso. Se negó. Su madre intentó llevárselo a rastras. Llorando y haciendo esfuerzos por zafarse de las manos de su madre, no quiso ni moverse de casa. Fue su primer día. Viendo el forcejeo de una contra el otro, intervino su padre, recién llegado del bancal. Sin decir nada, lo cogió de un zarpazo, y lo llevó en volandas hasta la mesa de la maestra. Ésta tuvo la delicadeza de sentarlo a su lado. Le limpió las lágrimas con un pañuelo blanquísimo y perfumado, y eso hizo que se redoblaran sus ganas de llorar. Se sentía, además, el centro de todas las miradas. Eran de pena y compasión. Las lágrimas le volvieron a brotar.

—No hables si no quieres —le dijo doña Pepita con toda la ternura del mundo—. O hazlo por escrito. ¿Quieres dibujar?

Afirmó con la cabeza.

—Muy bien —le contestó ella dándole una libreta y un lápiz—. Dibuja lo que quieras. Y luego me cuentas lo que es.

Fue entonces cuando dibujó, por primera vez, un muñeco de barro, enorme, que defendía a un niño, muy pequeño, de las asechanzas de los otros niños. Y lo hacía abriendo unas grandes manos amenazadoramente. Tenía grandes ojos. Escribió a su alrededor todo tipo de leyendas a fin de que la maestra no le preguntara nada. Pero lo hizo. Al principio le contestó con monosílabos. Luego, cuando se quedaron solos, fue capaz de entrelazar varias palabras seguidas sin apenas tartamudear. Se fue a casa contento y con el dibujo en el bolsillo.

Al día siguiente, sin que se percataran de su presencia, oyó una conversación de su madre con la maestra. Doña Pepita se lamentaba de ser una maestra de pueblo, de no tener los suficientes conocimientos para poder ayudarlo eficazmente.

Se sintió mal por su maestra. Y algo le dijo en su interior que no podía defraudarla. Eso no impidió ser motivo de burlas esa misma mañana en el colegio. Pero por primera vez en tanto tiempo, en el patio, durante el recreo, un chico de la clase de los mayores salió en su defensa. Le pegó un par de guantazos a quien se estaba burlando de él imitándolo. Aquello dio origen a una trifulca. Se metió en ella, y si bien salió con las narices chorreando sangre, los oponentes no se fueron de vacío. Al llegar a casa, horas después, comprobó dos cosas, una sin importancia, y otra inquietante: su padre sonrió al verle la camisa con desgarrones y manchas de sangre, al igual que su preciado dibujo. Se le pusieron los pelos de punta.

Al día siguiente de la trifulca fue el cura del pueblo al colegio. Sirviéndose de unos toscos dibujos, les explicó a los críos la creación del mundo y la del hombre. Le impresionó lo de hacer Dios al hombre a su imagen y semejanza. Se acercó a la iglesia a fin de comprobarlo. No le quedó duda. Y entonces, antes de ir a la clase de doña Pepita, se fue a una acequia no muy lejana de su casa. Con su agua y tierra de allí mismo moldeó una figura lo más parecida posible al dibujo, y a él mismo.

—Si hablaras —le dijo al muñeco— tartamudearías. Y si tuvieras vida, me defenderías. Estás hecho —se puso solemne y tartamudeó— a mi imagen y semejanza.

—Lo haré cuando sea realmente necesario —le pareció oír.

No dio crédito. Volvió a repetir las palabras, de corrido, sin tartamudear, pero no obtuvo ninguna respuesta. Escondió el muñeco de barro entre unas cañas a fin de que se secara. Lo recogería al salir del repaso.

Fue una tarde memorable: doña Pepita le insistió en que cada uno debe afrontar lo que tiene, sea una enfermedad o un defecto, pero tratando de corregirlo. Por lo tanto él tenía que hablar. Poner empeño en superarse.

—No hace falta —tartamudeó—. Me defenderá —respondió sonriendo enigmáticamente.

—No tiene por qué defenderte nadie —le contestó doña Pepita—. Lo tienes que hacer por ti mismo. Los demás te ayudaremos en cuanto podamos.

—Él me defenderá —insistió.

Fue a donde lo había escondido. Estaba seco. Pero aun así no quiso meterlo en el bolsillo del pantalón por si se rompía. Envuelto en su pañuelo lo llevó en la mano hasta su casa. Lo escondió en su habitación, en una caja de madera. Y al día siguiente se atrevió, por primera vez, a hablar en la clase donde iba por las mañanas. No tartamudeó, pero el gracioso de siempre comenzó a cacarear tratando de imitarlo. Se levantó entonces rápidamente, se fue a la mesa del maestro, cogió su larga y pesada regla de madera, y antes de que nadie se percatara, la dejó caer varias y repetidas veces sobre la cara y la cabeza del gracioso. Corriendo hacia él tuvo que quitársela el maestro de las manos. Cuando ya estaba hecha astillas y al gracioso le rodaban amargas lágrimas por las mejillas.

Sabía que lo esperarían, él y sus amigos, a la salida del colegio para pegarle. Cuando llegó la hora de salir, fingió estar enfermo sufriendo ataques de tos y unas enormes arcadas. El maestro envió a un alumno a buscar a sus padres. Llegó el abuelo con su enorme garrote. Los vio agazapados en la esquina de una calle. No se atrevieron a hacer nada.

—Me tienes que ayudar —le dijo al muñeco de barro en cuanto llegó a su habitación.

—Cuando haga falta —le respondió éste guiñándole un ojo.

—Me hace falta ya.

No hubo más respuestas. Sin pensar en nada, se fue al colegio él solo, regresó solo, y solo se marchó a la clase de doña Pepita. No sucedió ningún incidente entre tanta ida y venida. Al percatarse de ello, ya por la noche, se estremeció. Sacó al muñeco de su caja. Éste estaba impasible.

En el pueblo no había mucho futuro. Emigraron a la capital. Allí le volvieron a atacar todos sus miedos. Se matriculó en un instituto donde pasó cinco o seis años sin amigos, sin pena ni gloria y sin apenas abrir la boca. En un momento determinado, cuando se sintió atraído por una mujer, volvió a recurrir a su muñeco. Un día, llevándolo en su mochila, pasó por una librería. Obedeciendo a un impulso que no supo explicarse, dimanado de su mochila, se llevó un libro. Era una biografía de Demóstenes. Contaba cómo este orador griego del siglo V a.C. superó sus problemas del habla poniéndose piedras en la boca y declamando frente a un mar embravecido. Lo imitó. Y comenzó a sentirse más y más seguro.

Fue durante el último curso del bachillerato cuando sintió una fuerte atracción por una compañera de clase. Un día, e hizo jurisdicción, ella se sentó a su lado. Al cabo de unas semanas, en medio de unas explicaciones del profesor, le escribió una nota en su libreta: “¿Quedamos esta tarde en el bar de enfrente del instituto?” Sintió que se le ruborizaba hasta la raíz del cabello. Y tuvo ganas de llorar. Ya no tocaba. Contestó en la misma página: “Soy tartamudo”. Ella: “¿Eso te impide tener hijos?”. Él: “No. Esa parte de mi cuerpo no tartamudea”. “A las cinco en el bar”.

Superó todos sus problemas ayudado por Demóstenes y la chica de marras. Y un día, contento, volvió a sacar al muñeco de barro de su caja. Recordó al pueblo, a doña Pepita y el día que lo fabricó a su imagen y semejanza. Estaba mirándolo obsesivamente, cuando éste le guiñó un ojo. O eso le pareció. Al mismo tiempo oyó una voz allá en su interior.

—Y dijo el Señor Dios: hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza. E hizo el Señor Dios al hombre del barro de la tierra a su imagen y semejanza. Y sopló sobre él y le infundió un alma y un profundo sueño. Pero antes de que se durmiera le dijo el Señor Dios: “Ayúdate y te ayudaré”.

Vicente Adelantado Soriano
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