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Las envolventes discursivas en la narrativa del siglo XXI
La novela La única hora, de Alberto Hernández

sábado 3 de septiembre de 2016
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“La única hora”, de Alberto HernándezLa desolación, la nostalgia, la inter e intratextualidad, un eros mecanizado, la otredad, un topos y logos extraños e inhóspitos, todo envuelto en la lengua propia, lírica y operante, es la tragedia que nos entrega Alberto Hernández en su novela La única hora (Editorial Estival, 2016). Una hora que se congela, para sus protagonistas, en la intemperie espiritual que marca el Big Ben del reloj de la Torre de Londres. Ciudad donde dos jóvenes, Ingrid e Ignacio, llegan a vivir para profundizar sus estudios de ciencias y letras. Ignacio huye de la represión política que el gobierno de Venezuela ha desencadenado contra quienes disienten de su ideología estalinista y denuncien la verdad del desastre social y económico en el que viven inmersos los ciudadanos de su país.

Leemos un discurso cuyo lenguaje lírico-narrativo permea orillas y centros, con la sensualidad que cada palabra contiene en sí misma, en cada letra y en su visión verbal, para con ella interiorizar reminiscencias del complejo mundo psicoliterario que embarga la novela. Mundo que el escritor transforma en los sugeridos y posibles significados, que tientan al lector, para hurgar en la búsqueda de sus referentes. Y para debatir con los derechos de un narrador que inventa y desaparece personajes a su antojo porque, como dice Antonio Muñoz Molina en Como la sombra que se va, “desaparecer es el privilegio exclusivo de los personajes inventados”.

Se trata de un narrador que se empeña en ahondar la soledad de sus protagonistas, en desafiar los afectos invernales de Londres, que incrementan la locura, hasta entonces adormecida, de una Ingrid que carga en su subconsciente la figura de la madre, rechazada en sus recuerdos infantiles. Locura cuya intensidad y frecuencia van in crescendo, hasta llegar a ser permanente. Narrador que no puede contener la ira y agresividad de un Buda que, sin ser invitado, se entromete, no sólo en la vida de Ingrid sino en todo el trayecto narrativo. Personaje que estimula la presencia de “la otra”, invasora del cuerpo de la protagonista, quien recita a escritores que desconoce: “Desnuda, moreno el cuerpo tembloroso. Bella bajo la luna que entraba por la ventana, Ingrid recitaba o cantaba a trechos los versos del feo Dante”.

El escritor envía mensajes, nos va acercando a sus referentes a través de un interesante entramado narrativo. Hernández asume la semiótica posmoderna de la recuperación de pasados literarios. Plantea la búsqueda de procesos e ideas cuya arqueología se ubica tan pronto en el Renacimiento de Dante Alighieri, como en el Romanticismo de Nerval, el surrealismo de Sánchez Peláez o en la tan comentada saga filosófica de Foucault. Todos ellos arropados por el lenguaje del “desatino”, que algunas veces, con un tono muy borgiano, sugiere al lector la búsqueda de referentes que no existen.

Pero la literatura, como el arte, revela la verdad de una época y modifica los significados pasados y los rasgos que la constituyen. En La única hora se manifiestan en la expresión de las experiencias estéticas de la incertidumbre del caos que, para sobrevivir, debe dejar la puerta abierta a los rasgos portadores de la historia literaria del mundo.

La narrativa redimensiona el discurso, es lo que trasmite Alberto Hernández, y él comienza por transformarse a sí mismo como referente. Lo demuestra con el poema Metáfora del amor loco: “Ya no se trata de una mujer desnuda / Se trata de retornar a la ventana / donde quedaron los últimos deseos / Donde se alistaron los primeros sueños / Los que ahora son oscuras pesadillas / En los ojos imperfectos de una loca / Alterada por la luna y sus tormentos / Digo te amo y despierto en el silencio de la noche”.

Al llegar al final nos damos cuenta de que el escritor nos fue marcando la ruta de lectura con los epígrafes.

El poema se convierte en la Ingrid de La única hora, digresión de la Venezuela escindida, cuya violencia en la novela está inserta en la alegoría de un Eros brusco, intempestivo, que plantea un erotismo cuya autonomía desconoce la seducción. La locura de Ingrid se transforma en el oxímoron entre dos mujeres que se repelen en un solo cuerpo, con las cuales tiene que convivir Ignacio. La locura deshecha la conciencia estética del erotismo para encontrar el lenguaje que lo objetive. Eros pierde su libertad en el cuerpo de “la otra”, que ignora la atractiva creación de los diferentes estilos eróticos.

Logra así Alberto Hernández afianzar a “la otra”, en un intercambio de otredades que sumergen al lector en el inframundo literario, que tanto ha dado de que hablar en un Borges que inventaba “Un yo que deseaba ser otro”, o Gerard de Nerval, para quien “el sueño es una segunda vida… las puertas de marfil que nos separan del mundo invisible”. Y el citado Pessoa, inventor de múltiples otros porque soñaba con “la gran felicidad de no ser yo”. Ellos ingresan en La única hora, escondidos unos, sugeridos otros, para arropar y justificar con la literatura la necesidad de transformar la intemperie del relato. La de Ingrid e Ignacio en un exilio cuya sintaxis cotidiana londinense destruye cualquier signo de cálido aliento. Como dice Roberto Bolaño en Amuleto: “Todos iban creciendo en la intemperie latinoamericana. La intemperie más grande, la más escindida, la más desesperada”. Una intemperie que en la novela de Alberto Hernández se vuelve transtemporal y transgenérica, poesía-narrativa-ensayo, adquieren valor dramático-cultural, en un discurso del siglo XXI que también vive en la intemperie porque aún no ha logrado definirse.

Al llegar al final nos damos cuenta de que el escritor nos fue marcando la ruta de lectura con los epígrafes. Con la soledad primordial de Marguerite Duras. La trágica sátira de Ambrose Bierce. El tiempo ficcional y la atmósfera de incertidumbre a lo William Faulkner. La incesante búsqueda de la huella del yo de Vila-Matas. Todos ellos invitados a este abigarrado discurso de La única hora, cuyo autor es el imprudente que libera tiempos, lenguajes y que, con su reconocido intelecto, nos enseña que “la narrativa de hoy es un desatino”.

Julia Elena Rial

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