“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Esencias en lugar de apariencias
El nervio poético, de Alberto Hernández

domingo 3 de marzo de 2019

“El nervio poético”, de Alberto Hernández

El lector conocerá la lírica controversial del siglo XX venezolano, documentada con las imágenes verbales, fidedignas con el ambiente cultural de su época, en el ensayo narrativo El nervio poético, del escritor venezolano Alberto Hernández, obra literaria ganadora del XVII Premio Transgenérico, año 2018, de la Fundación para la Cultura Urbana.

Texto cuyo lenguaje, organizado y revelador, marca un novedoso criterio para ofrecer la palabra ilustrativa de una época poética. Su ambiente, sus personajes, sus controversias, desde la autoridad de un testigo, partícipe ilustrado, intérprete de su clima cultural y espiritual. El escritor abre el discurso a muchas posibilidades. Lo libera del pragmatismo selectivo de “género literario”.

La imagen verbal aflora en el poder de comunicación de Hernández. En su deseo de dejar memoria de hechos vividos, que envuelven los versos del siglo XX venezolano.

Los presentes verbales crean tablones por donde rueda incesante la poética del texto. La continuidad que expresan logra que la lírica del tiempo no se desvanezca. Una temporalidad que envuelve El nervio poético, esculpida con palabras esenciales, y con la picardía de cuatro epígrafes que marcan una cronología invertida.

El lenguaje, en el texto, pide protagonismo, ser sujeto de la narración lírica. Leemos emocionados. Pronto la palabra estalla en sonidos diversos, que se debaten, a sílaba partida, para lograr supremacía. Mientras el nervio acusa su desgaste con la pérdida de mielina que sufre luego de cada poeta muerto.

En esta interesante trayectoria poética, Hernández transita en aguas profundas, que van guiando al lector por las tendencias literarias y artísticas del siglo XX.

Las vértebras liricas de Eugenio Montejo, Pepe Barroeta, León Felipe y Vicente Huidobro marcan, desde cuatro epígrafes, el camino de las huellas de amistad, poesía compartida, metodologías, encuentros y desencuentros filosóficos, en versos de Vicente Gerbasi, Ludovico Silva, Carlos Contramaestre, Valera Mora, Hanni Ossott, Alfredo Chacón, Juan Sánchez Peláez, Jacqueline Goldberg, Rafael Cadenas y muchos otros, estimulados por el sabor etílico, el morbo de la muerte o la temporalidad filosófica.

Palabras, silabas, consonantes y vocales, amigables o destempladas, cobijan entre sí los espacios narrativos, avalados por el tiempo circular del primer epígrafe de Eugenio Montejo:

Soy esta vida y la que queda
la que vendrá después en otros días
en otras vueltas de la tierra.

La poesía, es eterna, sugiere Montejo. Vive el tiempo circular amerindio que el aborigen lleva en su petaca. El tiempo que inmortalizó Cesar Rengifo en el mural de Amalivaca. El poeta convoca a sus ayeres poéticos, y a los futuros de su heterónimo Blas Coll, en un círculo que renueva la poesía constantemente. “Una perspectiva circular donde existen instantes del pasado y del presente”, dice en sus conversaciones con el poeta español Francisco José Cruz.

El narrador participa, incentiva la selectividad de la textura en cada frase, cada palabra, cada sílaba, sonidos apoyados en la cuidada conversación entre los poetas, cuando en Mérida, “la tierra del gerundio perpetuo”, Cruz inicia un interesante diálogo con Montejo. “El poeta sevillano deslumbraba con el sonido de sus palabras, con la manera de decirlas y de ‘verlas’ desde sus ojos iluminados por la sabiduría”.

La imagen verbal aflora en el poder de comunicación de Hernández. En su deseo de dejar memoria de hechos vividos, que envuelven los versos del siglo XX venezolano. Lo afirma al decir: “Porque las palabras no brotan de las manos, emergen silenciosas por los ojos y se posan sobre la pared que me mira y me dicta, con una voz casi inaudible, lo que ahora no puedo colocar en el papel… mientras ocurre el milagro, la pantalla de la computadora permanece apagada”.

El escritor sella con la palabra la tradición lirica de una generación cuya poesía abre puertas, las deja entornadas para que se filtre la muerte, con sus antiguas antesalas dolorosas, que Pepe Barroeta se encarga de cicatrizar en los versos del segundo epígrafe:

Yo vuelvo a la tierra de antes
recojo cielos de maíz
atardeceres de muertos.

Barroeta no dramatiza la muerte, El lenguaje la imagina estoica. El poeta no derrama lágrimas sobre sí mismo. Consume el último acto de su vida con la dignidad envuelta en poesía: terredad, circularidad, amistad.

Desde los significados epigramáticos hasta los versos aleatorios, el Nervio intensifica las curvas de sus melodías. Altera la liturgia poética de Hernández, en un in crescendo doloroso que lo lleva a decir, ante la enfermedad de Orlando Araujo y Barroeta: “Cáncer y poesía forcejean con las imágenes, tantean en la sombra para salir a la luz, aunque la poesía busca la luz para encontrar la sombra”.

El lenguaje crea sus hipérboles de cóleras y depresiones emocionales. El escritor no juzga, absuelve. Escribe desde la angustia amigable, un compartir la vida de los silencios, sin máscaras ni accesorios fútiles, porque “los saberes significan y superan las derrotas”. Alberto no esconde a la imaginación aquello que el alma no puede disimular: convertir la muerte “en el jinete de la materia prima de las ideas” (José Martí).

La muerte se asoma desfigurada. En 1962, el médico poeta Carlos Contramaestre, en una afrenta de informalismo artístico, expone en el Teatro de la Ballena de Caracas El homicidio simbólico: “Tiras de carne, cartílagos, pulpa, lagarto… Una verdadera carnicería. Una alegoría de país envuelto en la niebla de su propia miseria”. El narrador Salvador Garmendia lo calificó: “Majadería cultural caraqueña”.

La expresión crispada de arte crítico recuerda el museo de autopsias, donde, en el siglo XVIII, el médico-patólogo francés Honore Fragonard mostraba al público “Desechos de cadáveres”.

El tiempo circular de Montejo recicla las tendencias artísticas, les otorga nuevas significaciones.

El cadáver provoca al lector para que despierte: “Muerde, hipea, salta, brinca, gime, chulea, se come sus letras”, dice Hernández.

El Nervio rememora el antiguo cuento de Hoffmann “El hombre de la arena”. Contramaestre introduce al lector en un tenebroso panorama social del cual Schelling dijo: “Lo siniestro es aquello que, debiendo permanecer secreto y oculto, no obstante, se ha revelado”.

Hernández realiza una écfrasis de la imagen tenebrosa de Contramaestre al decir: “Los demonios andan sueltos… duendes… cuellos cercenados. Ojos fuera de las órbitas y olor de la carne podrida”.

Desde la desmesura de una estética perturbadora, las imágenes regresan al Valle Inclán de las Comedias bárbaras o a las escenas horrorosas del Teatro Grand Guignol.

La transformación, que se produce al activar un cuerpo inerte a una imagen activa, esconde una fuerza que implica un proceso de cambio en la instancia artística. Crea un metalenguaje intencional e ideológico.

El tiempo circular de Montejo recicla las tendencias artísticas, les otorga nuevas significaciones. En este siglo XXI, revive los bizarros cadáveres de Carlos Contramaestre en un verdadero aullido de mortandad que, desde septiembre de 2018, se exhibe en el Museo de Boston con el título “Informalismo en Venezuela”.

“La geometría verbal también nos atañe como invento de otros que soy yo”, introduce Hernández el sistema, el algoritmo. El poeta español León Felipe desafía distancias y tiempos para recordar, con su epígrafe, el gozo callado del verso medido, ordenado:

Sistema, poeta, sistema
empieza por contar las piedras,
luego contarás las estrellas.

León Felipe pide método ante el desconcierto de una guerra española que comenzó con un proyecto de libertades y justicia social, y terminó con la destrucción cruel y fratricida (según relata el médico-escritor español Santiago Loren en su autobiografía).

Alberto Hernández, ante la petición de sistema, elude la ficción, intensifica la selectividad académica. Abre un abanico erudito relatando el diálogo entre el poeta español Francisco José Cruz y Eugenio Montejo. Cada frase, cada palabra suena meticulosa. Responde así al logos de León Felipe y a la erudición de aquellos lectores que mitificaron el formalismo lírico. O poetas que escribieron sus versos alrededor de un marxismo de utopías verbales.

El escritor acude a un juego especulativo que busca expresar hitos en texturas poéticas.

La poesía, durante unos minutos, se refugia en el sistema. Hernández invita a reinventarla desde su arqueología al decir que los epígrafes “viajan de un tiempo a otro entre semáforos vocálicos”.

El epígrafe de León Felipe abre una línea que estremece la “no línea” de este siglo XXI. Ya lo había sugerido en el poema “La escuela”: “Yo no tenía / escuela / ni disciplina / ni método / …y sin esas tres virtudes / no se puede ser ‘virtuoso’”.

¿Sugiere Hernández con este epígrafe la necesidad literaria de claves, guiños, bucles, obsesiones?

El escritor abre “el ciclo de los nervios” y nos sorprende con el cuarto epígrafe de Vicente Huidobro:

Los verdaderos poemas son incendios.
La poesía se propaga por todas partes, iluminando
sus consumaciones con estremecimientos de placer o de agonía.

El poeta chileno crea la metáfora exaltada. Trasciende su tiempo de “confusión material y espiritual”. Construye un nuevo lenguaje poético, en un Chile en etapa de reconstrucción, luego de la guerra del Pacífico.

¿Semejanzas, analogías? ¿Sugiere Hernández nuevos lenguajes para reconstruir la Venezuela devastada?

Alberto cierra el círculo del tiempo. El nervio poético debió vibrar con el Huidobro que dijo: “Pienso que el lenguaje poético es la síntesis de todas las potencias creadoras del hombre”.

El escritor deja espacios en blanco. Regresa a las primeras páginas. El gerundio lo acosa con su acción continua. Piensa en el tiempo, en la muerte, en el sistema. Y crear, siempre crear.

Desde su intimidad, regresa a los recuerdos compartidos. Ha dado cuenta de sí mismo, de sus experiencias personales. Ha expresado su juicio. Ha agitado la poética del siglo XX venezolano.

El escritor arquea las retóricas diseñadas. Sabe que imbrica su discurso ensayístico con la tinta fresca de crónicas breves.

Llega la despedida. El Nervio poético se estremece con la intimidad del lenguaje primordial de Rafael Cadenas. Poeta que escribe de la mano del sonido de la palabra breve. Afina las sílabas, les atribuye cadencias sigilosas, íntimas, con las cuales marca un andar pausado, cuidadoso, por calles rotas, por tiempos tristes, por deseos no satisfechos, por proyectos fallidos.

Hernández encuentra en Cadenas un nuevo hito poético. Congruente con la realidad de los momentos y angustias humanas que representa. Con fulgores que estimulan el malestar cotidiano.

El escritor arquea las retóricas diseñadas. Sabe que imbrica su discurso ensayístico con la tinta fresca de crónicas breves. Tampoco olvida el lenguaje que fraguó durante años, como director de Contenido, página literaria del diario El Periodiquito de Aragua.

Recuerda palabras de Blas Coll, heterónimo de Eugenio Montejo: “El lenguaje es el paisaje, no a la inversa… busco una lengua totalizante, compuesta a imagen del fish-eye, y no lineal… que el sujeto puede ser su propio verbo y el verbo su adjetivo”.

El escritor diseña en El nervio poético una nueva escritura literaria, donde los conceptos claves marcan palabras sin tesis genéricas predominantes. Respetuosas de los desplazamientos de estilo. Carentes de determinismos formales.

Se hace imposible encasillar una textualidad cuyos epígrafes dislocan la arqueología lineal de la poesía. Quedan atrás los pretéritos imperfectos de Barroeta, los presentes de Hanni Ossott, los escombros humanos de Contramaestre.

La circularidad sigue su ritmo a la espera de los reencuentros poéticos. Montejo y Barroeta restablecen diálogos interrumpidos: “Se miraron a los ojos y sonrieron. A lo lejos el mundo gira alocado”. El Nervio poético vibra emocionado.

 

Bibliografía consultada

  • Benichou, Paul. 1985. Figuras. México: FCE.
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  • Ginsberg, Allen. 1981. En Hablan los escritores. Barcelona: Kairós.
  • Girard, Rene. 1972. La violencia y lo sagrado. Caracas: UCV.
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  • Trías, Eugenio. 1986. Lo bello y lo siniestro. Barcelona: Editorial Ariel.
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