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De los argonautas a los astronautas, de Mauricio Obregón

miércoles 7 de julio de 2021
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“De los argonautas a los astronautas”, de Mauricio Obregón
De los argonautas a los astronautas, de Mauricio Obregón (Argentinos/Vergara, 1977).

De los argonautas a los astronautas
Mauricio Obregón
Ensayo
Editorial Argos/Vergara
Barcelona (España), 1977
ISBN: 9788470174889
262 páginas

“El tendón de Aquiles de los grandes siempre fue el orgullo”.
Mauricio Obregón

La presente reseña es fruto de la casualidad aunque tal vez un poco forzada. Hay un par de referencias y una decena de páginas que bien pueden servir, si no como radiodifusión directamente, al menos como comunicaciones utilitarias de un momento de la historia y, en el epílogo incluso, anticipándose al tiempo.

El libro es uno de esos ejemplares que dormían en las cajas tras el último traslado, aunque debería ir más lejos. De hecho corresponden a una etapa de mi vida laboral en la Ciudad Condal cuando compartíamos edificio con esa editorial, que muchas veces nos permitió hacernos con novedades al precio de un café de aquella época. En varias ocasiones me gastaba la gran cantidad de quinientas pesetas y me llevaba veinticinco o treinta libros para casa que luego iban siendo remitidos, como obsequio, a muchas de las estaciones de radio a las que seguía, en aquella época dorada, donde casi todas las capitales europeas transmitían en español y el correo era tan caro que, con la tarifa de libros y menos de cuatro duros, podías enviar los libros con toda la tranquilidad.

Bruselas nos prometió competencia y casi gratuidad. Basta acercarse a cualquier oficina de Correos para ver que eso es una bufonada más, y enviar un libro que hoy pesa de media algo más de medio kilo, puede significarte casi una buen ración del mejor Pata Negra. ¡Menos mal que los prebostes de Bruselas estaban precisamente para ayudar a la ciudadanía!

Pero volvamos al libro, escrito por ese autor colombiano, uno no tiene más remedio que colegir que la narrativa te atrapa y, al final, hasta parece que te están contando una de esas historias que no quieres que se acaben. Por añadidura el autor ha viajado y ha llegado a la cumbre tanto en su profesión, como en sus asuntos vitales, algo que no todos los humanos consiguen antes del viaje definitivo. Resulta ameno, tranquilizador, ilusionante y, sobre todo, coherente. Una narrativa que recomendaría a esos noveles que pretenden ser escritores consagrados, tal vez les ayudaría o les marcaría el camino.

Merece la pena sumergirse unas cuantas tardes en tan largo viaje del hombre si, además, algunos de los pasajes señalados los has visitado.

El título lo dice todo, trata de encajar las leyendas y mitologías desde la antigua Grecia a la más moderna y rancia actualidad de la astronáutica aunque, en este caso, la narración se vea cortada en la década en que se imprimió el libro. O sea, al trabajo de campo de los avances tecnológicos habría que añadirle, ahora, los avances del último medio siglo, aunque realmente no afecta para nada al momento en que el colombiano le mete de lleno la uña a la hipótesis de su trabajo.

Dicho esto, vayamos a esos escasos párrafos que tienen todo el honor de acercarse a esta nueva entrega de La radio en la literatura. Como siempre, en negrita y entre corchetes, la página en la que aparece la referencia de esta primera edición de la obra que seguramente se hará difícil de localizar, aunque seguro que podemos hacernos con algún ejemplar a través de la “segunda oportunidad” o bien mediante alguna web que lo ofrezca como libro electrónico. Dicho esto, merece la pena sumergirse unas cuantas tardes en tan largo viaje del hombre si, además, algunos de los pasajes señalados los has visitado, te da la oportunidad de revivir también tus propias experiencias y sensaciones: te hace volver al lugar aunque sea décadas más tarde.

Vamos pues a por “Tiburones”. Esperamos que Moorea se asome nuevamente a nuestro lluvioso horizonte, y despegamos a las siete de la mañana en el Piper Azteca F-OCIT (“India-Tango”, por las dos últimas letras), no sin que antes los franceses nos hayan explicado una vez más que nuestro vuelo es arriesgado e inútil. Horas y horas de vuelo solitario empiezan a nublar nuestra fe. El radiofaro más cercano, el de la Isla de Navidad [Islas Christmas en el Pacífico], está tan lejos que no podemos sintonizarlo, y del lado de Flint y Vostok hay que atravesar una tormenta, pero estas dos son islas altas y sin laguna. Al fin aclara y aparece Carolina, y nos preguntamos si no será un espejismo, pues lo primero que vemos son las aves de Pigafetta. Diez millas de estrechas playas y corales encierran una laguna multicolor y ancha de una milla con sólo dos pequeñas bocas, una casi seca, y la otra apenas abierta a la marea. Tan inhóspita hoy para el hombre como hace cuatro siglos, y tan acogedora para el voraz tiburón, Carolina sigue asoleando su cuerpo pintado de turquesas y ocres coralinos, donde la dejó Albo: a diez grados (más un minuto) al sur del ecuador, y tan alejada de las Marquesas como de la Unión, para que el navegante no se distraiga con otra.

Sabemos que hemos dado con la isla de los Tiburones, y más tarde veremos en la Biblioteca Vaticana que los mapas que más de cerca siguen la gesta de Magallanes en el tiempo, confirman nuestro hallazgo. Satisfechos, ponemos rumbo a Ranguiroa, donde aterrizamos para tomar gasolina, pues la vara de aluminio que metemos en nuestra caneca para ver cómo anda el combustible ya no tiene mojado sino un palmo. En “Rangui” tomamos un café con M. et Mme. Jourdan, responsables de este aeropuerto tan pobre en su soledad como millonario en su belleza, en cuya laguna mantienen un parc à poissons cercado de corales, donde se puede pescar a mano, o a diente como los tiburones de Carolina. Cuando “India-Tango” aterriza en Tahití, ya pasan de las seis de la tarde, y está oscureciendo en el aeropuerto de Faaa. Faaa se escribe con tres aes, cosa normal en esta isla donde hasta las vocales se recuestan en el dulce correr del tiempo. Llamamos al hotel en que somos huéspedes de IHCV, y nos contesta una voz tahitiana: operatriiice[183/184].


Para orientarse en el aire, primero basta la brújula, el velocímetro, el reloj y el sextante: pero pronto aparece la radionavegación con referencia a transmisores terrestres; y con los jets la navegación por inercia que con computadora va agregando las aceleraciones y deceleraciones de la nave para calcular continuamente su posición sin referencia exterior alguna. El mar del aire lo tiene ya el hombre en la palma de la mano, y va a asomarse al espacio [212].

Otras referencias que podríamos recoger son el largo diálogo de la nave que llevó a los astronautas a la Luna, recogido en las páginas 220/222. Finalmente el epílogo, páginas 237/242, nos recrea, en un diálogo futurista, el encuentro radial entre los terrícolas y Alfa Centauro. Precioso trozo donde la imaginación se desborda y donde Obregón nos deja un final de novela realmente épico.

La obra se completa con un extenso índice de nombres, topónimos y personajes para una rápida localización por el estudioso o como simple curiosidad para el aficionado. En cualquier caso, cualquiera que se dé una vuelta por esta obra va a disfrutar. Un bloque de 36 fotografías nos abrirán los ojos a ese mundo al que nos ha transportado siguiendo la estela de las antiguas narraciones griegas y finalizando en el futuro de nuestra especie. Mereció la pena volver a recuperar esta joyita que descansaba en las cajas esperando volver a la luz. Dicho sea de paso, cada vez compro menos libros viendo lo repletas que están las estanterías y calculando que leerlos todos me llevaría un centenar de años. Tiene que ser algo muy novedoso para permitirme el lujo de abrir la cartera; mientras tanto, sigamos con lo que ya tenemos y una biblioteca pública que es toda una joya desde que la reinauguraron en un edificio nuevecito en el casco viejo de una ciudad que parece haber sido bombardeada: no hay semana que no caiga una casa de puro viejo o de cansancio ante tanta dejadez.

Juan Franco Crespo
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