“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Pensar los nombres que tendrá el vacío
(sobre Los incompletos, de Sergio Chejfec)

sábado 18 de junio de 2022
“Los incompletos”, de Sergio Chejfec
Los incompletos, de Sergio Chejfec (Alfaguara, 2004). Disponible en Amazon

Los incompletos
Sergio Chejfec
Novela
Alfaguara
Buenos Aires (Argentina), 2004
ISBN: 978-9505119714
194 páginas

Tal es nuestro posible conocimiento: un anhelo
susurrando en las hojas secas, una horrible
tristeza en una tarde de nuestro tiempo.
Y en el rincón del muro la certeza y el residuo
de una disolución universal.
Joaquín Giannuzzi

Chejfec: el escritor conjetural

El escritor irreductible ha dejado, entre muchos textos errantes, un legado: Los incompletos (2004),1 que despliega, en el modo Chejfec (una escritura resbaladiza, inatrapable, que piensa al escribir y escribe pensándose), lo que tenía para decir sobre el imposible deseo de contar una realidad que ensaya su continua danza hacia la disolución.

Antes, su lúcida obstinación literaria produjo novelas como Lenta biografía (1990), Cinco (1996), El llamado de la especie (1997), Los planetas (1999) y, luego, otros que expanden el “legado” de Los incompletos hacia nuevas formulaciones, como Baroni: un viaje (2007), Mis dos mundos (2008), El aire (2011), La experiencia dramática (2012), Modo linterna (2013) y los más recientes Teoría del ascensor (2016), Últimas noticias de la escritura (2016) y No hablen de mí. Historia de un museo (2018).

Pero es en la novela de 2004 donde Sergio Chejfec parece hallar el tono narrativo para dejar expandir las nociones que lo gobiernan a la hora de construir o deconstruir sus relatos, donde la meditación es centro oscilante y gravitacional:

Para mí es una forma de escribir. Eso. Nunca me interesó solamente aquello que puede ocurrir en una historia, sino en especial cómo ocurre. Y el cómo ocurre no es un dato argumental, tiene que ver con la mirada de la construcción y de la lectura, pero también con la minucia, con el aparente residuo que va dejando el avance de la narración. Ese residuo sigue trabajando, por lo menos es como yo lo veo, hasta que se convierte en algo distinto, a veces atendible. En general todos estamos de acuerdo en que hay un punto donde lo secundario o eventual puede adquirir importancia. Yo estoy en contra de esas jerarquías. No hay cosas secundarias por un lado y esenciales por otro. Las narraciones avanzan por distorsiones y acumulación. Si tenemos una sola forma de leer nos quedaremos con más de la mitad de la literatura afuera.2

Desde esas convicciones construye Los incompletos. Recorrer la novela es inaugurar modos de lectura y relectura inusuales: detenerse, apuntar, repensar lo pensado y escrito, escribir en los márgenes, habitar escenarios que la escritura reelabora sin lógicas ni coordenadas previsibles, entrar por las puertas que la novela abre a otros espacios de narración: minucias que la observación rescata como residuos que el mundo olvida; es también asumir la idea de lo escribible y sostener, en todo momento, el acto de lectura como una propagación, el último amarre de las posibilidades de contar lo real (esa evanescencia que se resiste a ser narrada) en la literatura de este siglo.

En su primera novela, Lenta biografía, de 1990, una marca se inscribía hacia la escritura del porvenir. Un legado para su propia biografía futura: “No somos más que un conjunto de sucesivas desavenencias con la realidad”.

Por esos andamiajes avanza el itinerario de un programa narrativo muy coherente, que tiene en Los incompletos su piedra de toque, el legado decisivo de un escritor que hace de la especulación y la conjetura un dispositivo para desconfiar de lo real y escribir desde ese sitio. Un escritor conjetural.

 

Convendría revisitar Los incompletos frase a frase, párrafo a párrafo, para que la lectura sea distinta, como postula el legado de Chejfec.

Los incompletos: la escritura como irrupción en el vacío

Un narrador, solo en el puerto de Buenos Aires, desolado y extraño, recuerda (la novela deconstruirá el sentido del recuerdo para convertirlo en una niebla difusa) las postales de su amigo Félix desde Moscú, ciudad vacía, ilimitada; en el Hotel Salgado, imaginario sitio donde ese “argentino en fuga” encuentra a Masha; la narración ofrece la posibilidad efímera y parcial de ser otros Félix y Masha, hasta que el devenir del mundo los disuelva.

Es el narrador el que sostiene esas vidas posibles a partir de las frases mínimas que las postales ofrecen; otras existencias que la escritura postula, que se ofrezcan como frágiles imaginarios de las vidas quebradizas, casi imperceptibles, de los incompletos que las habitan.

Convendría revisitar Los incompletos frase a frase, párrafo a párrafo, para que la lectura sea distinta, como postula el legado de Chejfec: releer lo plural del texto, diseminarlo en posibilidades que eludan el género, la forma narrativa, la convención del ensayo crítico, el lenguaje de lo legible. Los incompletos escapa a todas esas formulaciones, pero invita también a otros modos de lectura, “porque lo que está en juego en nuestro trabajo, en la literatura como trabajo, es hacer del lector no ya un consumidor sino un productor del texto”.3

Leamos otra vez la novela desde esos lugares mínimos, como quien compone en los márgenes de algunas páginas un texto fragmentario y provisional:

Ahora voy a contar lo que pasó una noche / A lo mejor esta será la última noche, el mundo se borrará durante el sueño (página 7): ahora, tiempo y sitio; contar como único punto de amarre en la incertidumbre del mundo.

Granos de maíz hundidos en los adoquines, que las palomas querían alcanzar, generalmente sin éxito (página 10): los hechos, picoteados por la escritura.

Quiso alejarse de los lazos propios de la nacionalidad / Su inclinación al anonimato debe asimilarse a lo indiferenciado (página 11): argentino en fuga/ciudadano del mundo en dispersión y olvido.

Esta simple postal estaba fatalmente destinada a la fugacidad y sobre todo al olvido (página 15): el intento de dejar marca de sí desnuda la sensación de lo biográfico como relato en disolución.

El hotel Salgado me abrió sus puertas (página 22): el texto se abre, intenta decir lo que, dicho, se diseminará.

El icono del hotel Salgado me pareció una muestra del peligro al que nos somete el mundo (página 23): pensar/escribir/imaginar como peligro, tensión, desacomodo del simple vivir; efímero intento de inventar un sentido existencial.

No fue concebida como indicio, como muestra a pequeña escala de una realidad dada sino como un fragmento que en lugar de señalar busca ocultar (página 24): una escritura que no muestra ni señala, sino que oculta, opaca, disemina…

Para Félix no hay hecho que pueda ser asociado con lo perdurable, salvo la misma indefinición; todo es eventual y elástico, un eslabón permanente. El mundo se despliega como una gran espera (página 30): condensación de la mirada de Chejfec sobre la escritura y lo real.

El hotel tenía una forma disponible, que se desplegaba según se avanzara (página 43): como si El castillo de Kafka ganara otra dimensión: es movible, se expande, se desliza.

Nada escapaba a los dictados de la propia normalidad… a cada sencilla adaptación correspondía un efecto de acostumbramiento (página 44): la costumbre aplasta lo real y funda una normalidad: la disolución de lo real y su sentido.

Pensó que la experiencia concreta de lo abstracto era un préstamo de los hoteles (página 46): para Félix, el hotel es caducidad y secreto. Para Masha, un mundo y un encierro.

Ningún sentido de fidelidad, para no hablar de pertenencia o de propiedad, había en Masha (página 49): desapego de los vínculos con el mundo, que es ajeno, distante.

Escribir era irrumpir, pasar del otro lado de la puerta (página 53): puerta como pasaje, irrupción en otro mundo, que la misma escritura se inventa para darse un sentido y disolverlo, para inventarse otro.

Muchas veces se piensa en lugares o cosas abandonadas, pero Félix consideraba que él mismo consistía en un ejemplo de la excrecencia del mundo, que todo continuaba más o menos, como siempre ha sido, la indiferente carrera hacia la destrucción (página 61): objetos, lugares en la misma carrera indiferente, donde el hombre se sitúa en el lugar protagónico del abandono.

Noche, abandono, inmensidad, oscuridad, no supo ante cuál de esas fuerzas supremas estaba arrodillado (página 63): el hombre de rodillas ante lo supremo, que es en realidad el signo de la subordinación kafkiana a lo incomprensible, la impotencia ante lo inasible, inenarrable; el fondo sin lenguaje.

Un presente inaugural (página 65): sin pasado ni historia: experiencia del vacío donde el presente es la escritura.

Giraría sobre algo aproximado a la nada, porque el hotel no era más que un mecanismo ilusorio, solamente real para Masha y otras personas que deambulan con un fin impreciso, como tiempo después haría Félix (página 67): Esa imprecisión, esa incompletud, es el universo ilusorio, la nada, en la que flota el hotel Salgado, como un mundo imaginario desde donde se dice lo ilusorio del mundo.

La pared se inclinaba hacia adelante y dibujaba una comba que parecía soportar el peso del edificio (página 81): el espacio es móvil, oscilante, inusitado, asimétrico. La mole parecía cernirse sobre ella… por eso cada noche parecía una despedida (página 81): el espacio, metáfora del cosmos ilegible, como amenaza.

La habitación siempre le había parecido una prisión (página 82): un cosmos kafkiano, habitar lo ajeno.

Y a esa “Masha” que ahora imagina por escrito termine asignándole rasgos combinatorios (página 87): Masha no lee, imagina que lee, en un procedimiento que repite el de la propia escritura, que no relata lo que fue desde el exterior de la narración, sino que imagina lo que hubiese sido, desde la misma escritura. Lo posible en el lugar del ser, la fragilidad de la invención que perdura en lugar de la solidez de los hechos que se disuelven.

Un ser furtivo. Cuanto más tiempo lleva alojado en el hotel, menos se sabe de él. Las marcas que deja lo disuelven mientras lo ponen de manifiesto (página 90): un personaje que se hospeda, deja marcas, signos de su paso, pero trama su repliegue, su vuelta a la indeterminación… lo sostiene la memoria intermitente de las mucamas.

El tema del vacío. Todos los escritores habían sucumbido a eso (página 103): El vacío como tema literario: el desierto como vacío: de Echeverría a Falco.

La única lengua del hotel Salgado es el pánico (página 107): el sitio kafkiano, la subordinación ante un cosmos inenarrable.

Esa es su idea fílmica de los viajes: la disolución y la confusión de los elementos (página 108): la idea visual se traspone a la escritura para dar cuenta de la descomposición.

Algo les estaba vedado a ambos: por un lado, una cosa permanente, la totalidad; y por otro lado una cosa variable, la misma parcialización de la vida (página 109): el texto aborda su punto central: la tensión entre la totalidad y la fragmentación.

Masha ocuparía el lugar oscilante de los incompletos. Personas cíclicas y misteriosas, exiliadas en su mundo lunar (página 112): Chejfec condensa aquí la configuración plena de su personaje incompleto. En la ficción Masha alcanzaba lo que en la realidad no, completando simétricamente su mundo desierto.

Al mismo tiempo, cree, los personajes representan mundos condenados a morir, partes completas de la realidad amenazadas y en proceso de disolución (página 113): el sinsentido o el sentido del vacío del mundo en disolución; la vacilación de lo real: Saer.

La idea inocente de fabricar realidades o personas que, pese a ser siempre incompletas, por lo menos fueran un eco, aunque también distorsionado, de lo que dejaba (página 113): el arte poética de Chejfec / el legado de Chejfec.

Félix tenía una muy firme convicción sobre el poco valor, digamos psicológico, de la propia vida; pensaba que era trivial e inútil y de una interioridad casi inexistente. Por eso mismo debía completarse… de ahí su impulso a viajar (página 132): Viajar como completud de la vida incompleta, viajar como escritura de otra vida posible, igualmente líquida y provisoria (como en W. G. Sebald).

Le parecía que cuanto más construido el mundo estaba más cerca de desmoronarse y que el efecto de estiramiento era un distractivo desviado, pesadillesco de esa destrucción (página 137): el mundo material se expande o prolifera en sus formas para distraer su destrucción: la lluvia, el viento, el frío, el sol, desgastan hasta deconstruir.

“Parece que la cultura consiste en martirizar a fondo la materia y empujarla…” (página 145): cita de Joaquín Giannuzzi, dos veces en el texto. La reiteración subraya el concepto: lo cultural como opresión de la materia.

Toda experiencia se resolvía primero como confusión y se convertía trabajosamente en olvido (página 146): Saer: confusión: lo real que vacila y no se puede narrar / Barthes: se escribe porque se olvida, se escribe contra el olvido.

A veces he pensado en Félix como una persona plana, sin psicología, sin contradicciones e incluso sin subjetividad (página 147): el hombre de Chejfec / ¿el sujeto líquido de la última posmodernidad? / como una niebla espesa (página 147).

Félix y Masha fueron tomando forma, como unos muñecos autogenerados (página 148): los dos se van generando con los desechos, los fragmentos, los desperdicios de la ciudad moderna, se arman desde esos pedazos de modernidad en desuso: humanos como productos del desperdicio de la ciudad (como en J. G. Ballard).

Félix tenía los atributos de un personaje no sin alma, pero sin voluntad entera (página 149): un hombre sin atributos / el sujeto vacío de Althusser / el desierto es afuera y adentro.

Me puse a pensar en el mundo, en su maquinita inexorable y en nuestro destino que es obedecer sus engranajes (página 151): síntesis contundente de la construcción del personaje / el narrador es el que “se pone a pensar” en la cadena de situaciones que llevó al mundo a este presente donde la permanente locura y la eterna crueldad (página 152) son los signos distintivos.

Comparó la presencia del muñeco con la vida insegura y clandestina de los perseguidos, que al final de la vida resultan los más olvidados: el migrante pobre, el evadido, los segregados en general (página 153): la mirada envolvente de Chejfec: la asociación de marginales, vulnerados, perseguidos del mundo posmoderno con el vacío existencial une visión filosófica, intensidad literaria y empatía social.

A Masha la tiene sin cuidado que su libro utilice elementos de la realidad (página 163): articulación sutil entre el libro que lee Masha (donde ella y Félix son personajes) y lo real (donde son personajes del narrador): seres incompletos.

Después me pregunté si con la ida de Félix no me habría vuelto invisible; lo mismo ocurre en los dramas de marionetas (página 164): el desvanecimiento de lo real implica la “muerte del narrador”: la pregunta narrativa se desliza hacia el sostén de lo narrado: quién sostiene a quién en un escenario que se disuelve: la escritura, aunque líquida y evanescente también, parece sobrevivir a la desolación, para dar cuenta de ella, pero augurando también su final premeditado y narrado con escrupulosa puntualidad (como en Antonio Di Benedetto).

Lo que es narrado se disuelve porque narrar es dar cuenta de la disolución de aquello que engañosamente denominamos “lo real”.

Vi un majestuoso cilindro de luz que se había levantado desde las aguas del río y se proyectaba en línea recta hacia el cielo (página 167): un episodio fuera del “realismo” que da tono a la novela: lo inesperado en el texto. La luz une aguas y cielo; el narrador compara el hecho inusitado e increíble con otro cotidiano (no menos inusitado e increíble) de la deriva del planeta en el cosmos… El mundo se sumerge todo el tiempo en su deriva ciega y autónoma (página 176).

Nuestra sensibilidad es parcial y queremos ocultarnos y ponernos de manifiesto al mismo tiempo (página 194): como en la trama, la incompletud de la experiencia se abre a lo que se imagina como experiencia de otros, sostenida por la fragilidad de la escritura.

Sergio G. Colautti
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Notas

  1. Chejfec, Sergio. Los incompletos. Buenos Aires: Alfaguara, 2004.
  2. Chejfec, Sergio; citado por Juan Aguzzi, “Sergio Chejfec: el creador de una obra difícil de encasillar, reflexiva y singularísima”. En: El Ciudadano; Rosario (Argentina), 5 de abril de 2022.
  3. Barthes, Roland. S/Z. Buenos Aires: Siglo XXI Editores, 2004.