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El italiano, de Arturo Pérez-Reverte

miércoles 26 de febrero de 2025
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Arturo Pérez-Reverte
El hilo conductor de El italiano, novela del antaño intrépido reportero Arturo Pérez-Reverte, es el trabajo que un puñado de osados italianos realizaron en la segunda guerra mundial contra intereses británicos y de los aliados en las aguas del Peñón.
“La envidia siempre fue un pecado nacional”.
Arturo Pérez-Reverte.

Cuando tomé la novela no esperaba encontrar mayores referencias sobre la radio, pero tropecé con algunas cosillas que, como siempre, irán al final de la reseña y entre corchetes la página en la que está recogido el texto. Diría que es una excelente novela que, en cierta medida, me reconforta con los autores españoles.

El italiano es una novela con múltiples escenarios, aunque en lo esencial todo transcurre en Gibraltar o, mejor aún, en la bahía de Algeciras, aunque luego se irá abriendo y se escampará por la Costa del Sol, Venecia y Nápoles. Lugares que, en cierta medida, me son familiares dentro de ese entramado marinero de los personajes que me acaban acercando a aquel ya lejano servicio militar en la Marina. Casi cuatrocientas páginas dan para un par de días de sosegada lectura en la que te sumerges, te deleitas y te olvidas de todo cuanto acontece en este país de pandereta donde los necios no cejan en su empeño por descuartizar.

El hilo conductor de esta obra del antaño intrépido reportero es el trabajo que un puñado de osados italianos realizaron en la segunda guerra mundial contra intereses británicos y de los aliados en las aguas del Peñón. Si quieren, toda una lección de historia, aunque a estas alturas ésta esté superada por el paso del tiempo.

“El italiano”, de Arturo Pérez-Reverte
El italiano, de Arturo Pérez-Reverte (Alfaguara, 2021). Disponible en Amazon

El italiano
Arturo Pérez-Reverte
Novela
Editorial Alfaguara
Barcelona (España), 2021
ISBN: 978-1644734582
400 páginas

Se trata de una novela realmente buena, bien montada y mejor dosificada que acaba tejiendo una historia de amor con un final feliz, dentro de las penalidades en que estos escenarios suelen acotar a los personajes. Muy bien hilvanada, muy bien dosificada y, sobre todo, con un riquísimo vocabulario que te acaba inundando de conocimiento, algo a lo que el académico nos tiene acostumbrados en sus trabajos, en este caso excelente el dominio del mundo naval y el de los escenarios por donde nos lleva: al ser lugares trillados por el que realiza esta reseña, tenemos una doble visión o disfrute.

Lo mejor es que toda la novela es creíble y eso atrapa porque, en muchas ocasiones, parece que está retratándote, y luego la fidelidad con la que te traslada a los escenarios; si además has coincidido y has visto esos lugares, entonces todavía te haces más cómplice de la trama. Definitivamente, una historia bonita y recomendable, no se hace pesada y es factible de hacernos evadir de la estolidez electoral en la que estamos inmersos y en donde lo mejor de cada casa nos está llevando al abismo y la gente parece como si no fuera con ellos la milonga del desmonte que estos granujas están realizando. Disfrútenla. Ahí van los pequeños pasajes dedicados a la radio:

“El aprendizaje auténtico no es el saber cosas, sino aquel que modifica conductas para no repetir errores” (Luis Fernando Valero).


La Línea, pese a las luces despreocupadamente encendidas cuando hay corriente eléctrica, encara tranquila los anocheceres de Gibraltar: mientras los vecinos oyen el parte de Radio Nacional o la música de Radio Tánger, mantienen el oído atento al ruido de motores que pueda llegar del cielo. No sería la primera vez que las bombas italianas caen a este lado de la verja, causando muertos y heridos (página 36).


—Lo que necesito es reorganizarlo todo —añade—. Hacer fichas de los últimos libros. Pero estoy cansado y hay días en los que tengo pocas ganas. Entonces me quedo arriba con Sara, leyendo, oyendo música o escuchando la BBC (página 79).


Están allí para cubrir al teniente, que desde una habitación del hotel comunica con el mando de Inteligencia Naval. El contacto se hace con el aparato de radio que un miembro del consulado emplaza periódicamente en distintos lugares de la ciudad, cambiando de sitio para dificultar su localización. La radio montada en el Olterra la reservan para urgencias, a fin de que pase lo más inadvertida posible. Y no se trata sólo del espionaje enemigo: los sistemas de radiolocalización españoles, que deberían mirar hacia otro lado, pueden jugar malas pasadas si alguien les engrasa la palma de la mano. El dinero circula con generosidad desde cualquier bando y Algeciras hierve de fisgones que cobran de todos a la vez: agentes dobles e incluso triples. En cuestión de sobornos, nadie puede fiarse de nadie (página 193).


Gambaro y Bateman están sentados en el pasillo, en mangas de camisa, bebiendo botellines de cerveza mientras oyen en la radio el noticiero de la BBC. Campello les hace señal de que se queden allí y entra en la habitación. La mujer sigue sentada al otro lado de la mesa, bajo la bombilla desnuda que pende del techo (página 289).


Se mete precipitadamente en la oficina y lo oyen gritar por teléfono. “Las luces, estúpidos”, dice. Estáis señalando la entrada al enemigo, cuando os pedimos que esta noche evitarais eso. Ya sólo nos falta emitir por radio “Abrimos la red, bienvenidos a Gibraltar”. Hay que ser idiotas (página 327).


—¿Te das cuenta, Teseo? —apunta, melancólico—. El teniente ha muerto y su mujer todavía no lo sabe. A saber cuándo se lo van a decir. En este momento estará dando de mamar a su hijo, en un café, en el cine o escuchando el boletín de la Marina en la radio: “Nuestras fuerzas navales han atacado con éxito la base enemiga de Gibraltar”... Y sin embargo, no lo sabe (página 367).

Y hasta aquí, radialmente hablando, lo que dio de sí esta novela. Espero que les haya atrapado y quizá la busquen para leerla. Es relativamente fácil y ya saben, la lectura no daña a nadie y siempre nos deja algo, después de todo esa es una buena e inteligente manera de evadirnos, teniendo en cuenta la cantidad de individuos que nos ha legado el paso de la lluvia que parece que nos legó Tontolandia. ¡Disfrútenla!

Juan Franco Crespo
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