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La boda

sábado 24 de septiembre de 2016
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Baste el informe de este desordenado banquete para conocer el estado lamentable de las cosas.
(Torres de Villarroel. Visiones y visitas con D. Francisco de Quevedo).

El otro día se casó un primo de mi Pepe, y no te puedes imaginar lo que nos reímos. Mi Pepe tiene tres primos, bueno son dos, y él tres. Pero se quieren como si fueran hermanos. De pequeños se criaron juntos. Pues al primo mayor hace tiempo que lo dejó la mujer. Y mi Pepe y otro le decían que se volviera a casar, que él sólo qué iba a hacer. Pero por más que le decían, él no les hacía caso. Y es que, hija, eso de que una mujer deje a un hombre está muy mal visto por ellos. Y el pobre no levantaba cabeza. No sé por qué son así. Mira si son suyos que mi Pepe me tiene prohibido que vaya a la playa yo sola. ¿Tú te crees? Como si me fueran a violar. O lo fuera a dejar, con el dinero que tiene. ¡Ah, pero yo también soy muy mía! Cojo el móvil y me voy a la playa. Y siempre que me llama me localiza. Luego cuando viene me dice: huy, pero qué morena estás. Chico, le digo yo, salgo aquí a la terraza del chalet y con ver el sol me pongo así. Y qué sabe él si estoy en la playa o comprando en el supermercado. Veas tú, no querer que vaya a la playa sola. Allí se van a fijar en mí con la de juventud que hay. O si fuera como la mujer del primo. Chica, es un pedazo de tía. No sé si es negra, entreverada o mulata. Pero no es de aquí. El primo tiene mucho dinero. Quisiera que vieras la casa que tiene. No le falta ni un detalle. Y todo de calidad, no te creas. Se dedica al negocio de la importación. A dos por tres está de viaje por el extranjero. Si estuviera aquí mi Pepe te diría qué importa. A mí me lo han explicado muchas veces, pero yo para estas cosas soy medio tonta. La cuestión es que el otro día nos vino con una negra diciéndonos que se casaba. Y mi Pepe le dijo que tenía envidia porque hacía poco que nosotros nos habíamos vuelto a casar. Como entonces no teníamos dinero, no pudimos hacer nada. Y, chica, como nos hacía ilusión celebramos el aniversario casándonos otra vez y haciendo banquete. Invitamos a los familiares y a los amigos, y en paz. Aquel día mi Pepe se rejuveneció veinte años. Parecía un crío con zapatos nuevos. Así que al primo le dio envidia, y vino a decirnos que se casaba él también. Había estado por ahí por el extranjero, y se había traído a su novia. No sé si es viuda o separada; pero tiene un hijo, un niño pequeño que también se trajo. Yo la conocí el día de la boda. Es un pedazo de tía. Y qué tipazo tiene. Como es medio negra, el traje de novia le sentaba de maravilla. Estaba muy guapa. Y mi Pepe y el otro primo le dijeron enseguida que dónde iba con una mujer así, que le iba a poner unos cuernos que no iba a caber por la puerta ni aun entrando de lado. Y se reían los tres como unos benditos. El otro no se lo tomaba a mal. Es que mi Pepe y sus primos se quieren mucho. ¿No ves que se han criado juntos? Y qué boda hizo. No faltó de nada. Se casaron por la iglesia, eso sí. Ella es colombiana, o del Perú, no sé, y habla el español, aunque a veces, hija, yo no le entendía nada de nada. Y a su hijo, menos. ¡Ay, es un pequeñico más guapo! Le pusieron una chaquetica con su camisa blanca y su corbata. De mayor será un real mozo. Y estuvo muy formal en la misa. Ni se movía. Como si lo comprendiera todo. Luego celebraron el banquete en un restaurante de mucho nombre. Nada más entrar nos dieron entremeses. Escogidos. Exquisitos. Luego una pierna de cordero que, chica, no estaba nada grasienta. Buenísima. Llevaba puré de patatas y unas zanahorias chiquiticas. Nos sirvieron después el sorbete, y una cortada de merluza que se deshacía en la boca. Y ensalada y pasteles y todo el vino y la cerveza que quisieras. Y bebidas, claro. Una animalada. Aquello no había quien se lo terminara. Era todo de primera; pero tampoco fue ningún banquete excepcional. Es lo que se suele hacer en todos. Pero tenías que haber visto la cara de la novia: no hacía más que preguntarle al primo si todo aquello que sobraba lo iban a tirar. Y mi Pepe entonces le dijo que se había casado con él por la comida. Como tonta. No ha escogido a uno que no tenga ni dinero ni trabajo. Con ese cuerpo que tiene yo hubiera hecho lo mismo. Claro que sí. Se reían mucho viendo que a ella se le salían las lágrimas contemplando los restos del banquete. Te has traído una caníbal, le decían al primo. Ésta, una noche, te come crudo. ¿Y el chiquitajo? Chica, tan guapo que estaba con su chaquetica. Y a mitad de comida iba por allí como por la selva: sin zapatos y sólo con los calzoncillicos. ¿Y sabes para qué usaba la ropa? Para ir por las mesas recogiendo la comida. Se ve que la quería llevar a casa. Mi Pepe, entonces, le dijo al primo que si lo sacaban a la calle seguro que se subía a la palmera, y comía allí arriba como un monico. Los tres primos se rieron mucho. Y quisieron hacer hablar al crío. Pero no entendían nada de lo que decía. Además, con la chaquetica hecha un fardo, no paraba de ir por aquí y por allá recogiendo comida. Entonces vi a la novia llorar de felicidad. Y el pequeñajo murmuraba por lo bajo, te juro que lo oí, que gracias por ser tan hijos de puta, muchas gracias. Mi Pepe y el otro primo, ya en el café, lo quisieron coger y subirlo a la palmera. Pero se les escapó descalzo y sin soltar el fardico lleno de comida. Imagínate cómo la puso. Tuvieron que estar toda la tarde buscándolo. Y aquéllos venga y dale con los monos y los cuernos. Y cuando lo cogieron el crío todavía estaba repitiendo lo de gracias por ser tan hijos de puta, y diciendo que le iba a llevar algo a sus abuelos y a sus amigos allá en su país. Como si éste estuviera ahí al cruzar la calle. Parece mentira que todavía pasen estas cosas. Ay, mi Pepe y yo en mi vida nos habíamos reído tanto. Y aquél cargadico con la comida, y repitiendo lo de hijos de puta.

Vicente Adelantado Soriano
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