correcciondetextos.org: el mejor servicio de correccin de textos y correccin de estilo al mejor precio

Saltar al contenido

Una de conejos

domingo 29 de abril de 2018

A Jerónima

Debo esta anécdota a dos amigos entrañables, Ana y Ramón, relatada una fría noche de invierno en mi antiguo hogar madrileño. La trama de la historia (que ellos juran es verídica), sucedió hace ya unos cuantos años; pero cómo llegó a los oídos de mis amigos, lo desconozco. La escribo ahora porque en ella se reflejan una serie de circunstancias que la hacen, en mi opinión, curiosa y simpática. Un cúmulo de sucesos que no sé si podré relatar sin agregar algunas florituras literarias, que la puedan estropear, restándole tal vez su frescura original. Vayan pues mis disculpas de antemano.

La historia comienza en verano, en una zona residencial mallorquina cerca del mar. Entre pinos, colinas, acantilados, calas con agua color turquesa y numerosos turistas. Un joven matrimonio aragonés descansaba al fresco de la sombra que les proporcionaba el porche de su chalet, alquilado en una coqueta urbanización donde los extranjeros eran mayoría. La pareja dormitaba y miraba despreocupadamente hacia la piscina y el jardín comunitario, abundante en hortensias, geranios, buganvillas y rosales, cuando de repente vieron llegar corriendo a su perro, un pastor belga. El perro traía en su boca un pequeño objeto blanco y tanto César como Laura, que así se llamaban los maños, apenas pudieron creer lo que veían sus ojos.

César intentaba abrirle las fauces al perro juguetón. Éste sacudió su hermosa cabezota un par de veces y por último, resignado ante tamaño escándalo.

—¡Qué horror! —exclamó ella espantada, agarrándose la cabeza.

—¡Hostias, qué has hecho! ¡Batuque, ven aquí enseguida! —gritó el marido, estirando su brazo e intentando sujetar por el cuello al perro, que movía su cola con satisfacción y evidente orgullo—. ¡Maldito animal! ¿Qué has hecho? —repitió él.

El perro travieso les miró con ojos incrédulos y se alejó lo suficiente como para que la mano de César atrapara tan sólo un puñado de aire. César se lanzó nuevamente sobre el can y luego de tres o cuatro intentos fallidos, logró finalmente sujetarle del collar. Batuque se quedó muy quieto, asustado por la reacción furibunda de su amo, pero no soltó la presa.

—¡Pobre conejito! —dijo Laura casi entre sollozos.                            

—¡Batuque! ¡Basta! —gritó el marido furioso.

—¡Qué barbaridad! —fue lo único que atinó a decir ella, mientras César intentaba abrirle las fauces al perro juguetón. Éste sacudió su hermosa cabezota un par de veces y por último, resignado ante tamaño escándalo y probablemente algo preocupado por el cariz que estaban tomando las cosas, abrió su boca y dejó caer al infeliz conejo en las manos abiertas de su amo.

—Pobrecito… —musitó Laura desconsolada—, está muerto…

—Y pobres de nosotros cuando se enteren los alemanes —agregó él, sujetando al pequeño animalito, que aún lucía su lazo rojo alrededor del cuello.

—Lo querían como a un hijo… —musitó ella muy apenada.

Los alemanes, Hans y Steffi Heinkel, eran sus vecinos más próximos en aquella urbanización cercana a Cala Blava, donde Laura y César solían pasar sus vacaciones estivales. Los Heinkel eran un matrimonio sin hijos, de mediana edad y residentes en Bonn, que anualmente disfrutaban de un mes de descanso en España. Siempre alquilando el mismo chalet y por las mismas fechas. Metódicos, serios, disciplinados, discretos. Muy teutones. No eran personas sociables pero constituían ese tipo de ser humano que, a pesar de ser tan reservados, igualmente infunden confianza y respeto entre sus vecinos. Para definirlo mejor, transmitían un cierto aire de solidaridad. Algo que en esta sociedad europea del nuevo milenio no es muy habitual. Aunque no hablasen mucho con los vecinos, todos sabían que estaban allí y que se podía contar con ellos en casos de emergencia. Además, cumplían rigurosamente con el pago de sus cuotas por gastos de la comunidad y mantenían su jardín impecable.

Precisamente en ese jardín modélico había correteado a gusto el ahora difunto conejillo. Lo habían adquirido un domingo cualquiera en la feria de Llucmajor y con el correr de los años se había convertido en mucho más que una mascota. Era casi como un hijo adoptivo. Le mimaban y lo paseaban, le traían y llevaban desde Alemania cada año y hasta le habían comprado un lazo de raso rojo para lucir alrededor del cuello. Aquel conejito blanco inmaculado, que ahora yacía muerto a los pies de César, era el tercer integrante de la familia Heinkel.

—¿Y ahora qué les vamos a decir a esta pobre gente? —preguntó Laura bastante asustada.

César la miró fijo y replicó:

—Nada, absolutamente nada.

—¿Cómo que nada?

—Nos callaremos la boca, yo me iré a Llucmajor o visitaré alguna finca de por aquí y les compraré otro conejo blanco, igualito a este. Luego le ataremos el mismo lazo rojo al cuello y lo soltaremos de noche en el jardín. Así los Heinkel ni se enterarán de lo ocurrido.

—¿Y si lo buscan durante el día?

—Pensarán que se ha escondido entre los matorrales, buscando la sombra.

—¿Y si Batuque vuelve a atrapar al conejito?

—Mi vida, Batuque se quedará atado mientras nosotros no estemos en casa. Castigado. Habrá que vigilarlo.

El matrimonio maño se miró a los ojos con gesto de complicidad. César recogió al conejillo muerto y lo tiró en el cubo de la basura. Luego se despidió de su esposa y salió en su coche rumbo al pueblo, no sin antes advertirle a Laura:

—Procura que no te vean los Heinkel. Ata a Batuque y jura ante la Biblia, si es necesario, que no has visto al maldito bicho.

Laura asintió con la cabeza y, sujetando a su perro del collar, entró en la casa. Para sentirse útil y enteramente cómplice de su marido, se dedicó a planchar primorosamente el pequeño lazo rojo, dejándolo listo e impecable para su nuevo usuario.

César tardó varias horas en volver porque encontrar un conejo blanco, inmaculado, no resultó tarea fácil. Buscó por S’Arenal y llegó hasta Llucmajor, donde finalmente le indicaron una finca cercana, propiedad de don Pau Marqués, que vendía conejos de todo tipo y color. Cansado y malhumorado, César volvió al hogar ya entrada la noche con un pequeño y simpático conejillo blanco entre sus brazos. Laura le esperaba llena de ansiedad.

—¡Qué bonito! —dijo acariciándole tiernamente las largas orejas—. Pero parece más pequeño que el original…

Los jóvenes conspiradores soltaron al pobre conejillo y éste, al verse súbitamente libre, se quedó muy quieto, como una estatua.

—¡Es igual! No se darán cuenta. Un conejo blanco es un conejo blanco —respondió su marido, molesto por la comparación desfavorable.

—Sí, pero ¿y si notan alguna diferencia?

—Lo dudo. Estos bichos no ladran ni se enteran de nada. Duermen, comen y cagan… Este hará lo mismo que el otro —concluyó el marido, mientras comenzaba a atarle el lazo rojo alrededor del cuello.

—Mira. ¡Ya está! ¡Igualito!

—No sé… no me parece igual.

—Lo es, Laura, y no le des más vueltas. Asunto concluido. Ahora ven conmigo y lo soltaremos junto a la puerta de la cocina de los Heinkel.

El matrimonio salió de su chalet y se dirigió rápidamente hacia el jardín de los vecinos. Amparados por la oscuridad, se acercaron sigilosamente entre las sombras hasta el mismo porche trasero, como dos delincuentes. Dentro del chalet se oía música de Wagner y la voz de la dueña quejándose en alemán, o al menos así les pareció a César y Laura.

—¿Te imaginas si nos ven ahora? —preguntó ella aterrada.

—Ni pensarlo. Aquí lo suelto y nos vamos rápidamente.         

Los jóvenes conspiradores soltaron al pobre conejillo y éste, al verse súbitamente libre, se quedó muy quieto, como una estatua, con sus orejas gachas y los ojos muy abiertos.

César y Laura se alejaron velozmente, en puntas de pie, rumbo al refugio seguro de su casa. Ni siquiera se atrevieron a girar sus cabezas para observar qué sucedía a sus espaldas. Con una enorme sensación de alivio se fueron directamente a la cama y esa noche se amaron y durmieron plácidamente, sin percatarse de que el pobre Batuque (atado y encerrado en la cocina) soñaba con prados repletos de conejos blancos, mientras gemía su frustración en voz baja.

Al despertar a la mañana siguiente (bastante tarde por cierto), César no pudo evitar la tentación de mirar por la ventana para observar si los Heinkel ya estaban en el jardín, jugando con el conejo como era su costumbre. Sorprendentemente, no vio al matrimonio vecino. Sólo distinguió al viejo Jaume, el jardinero de la comunidad, recortando un seto con veterana sapiencia.

“Habrán salido temprano, de compras al mercado del pueblo, para evitarse los grandes calores”, pensó somnoliento, y comenzó a vestirse con parsimonia, mientras observaba a su mujer desperezarse sensualmente sobre la enorme cama matrimonial. Verdaderamente la quería mucho. La había querido siempre. Desde aquellos años no muy lejanos en la universidad y luego cuando montaron el despacho juntos. Ella se especializó en divorcios y él en derecho mercantil. Aún no tenían hijos, a pesar de llevar tres años de casados, porque ella había preferido afianzarse profesionalmente antes de crear una familia. Él deseaba tener muchos hijos, pues era hijo único. Ella se conformaba con la “parejita”, ya que venía de una familia con cinco hermanos. Ambos pertenecían a la clase media zaragozana.

En todo el día no oyeron las voces de los alemanes ni les vieron pasear por los alrededores de la urbanización, como acostumbraban a hacer por las tardes.

“¡Esto es extraño!”, pensó ella preocupada, “¿les habrá sucedido algo?”.

La joven pareja prefirió no hablar más del tema y dejaron transcurrir el día lo más normalmente posible, como si nada hubiese sucedido. Fueron a la playa y comieron pescado frito en el puerto deportivo de S’Arenal. Por las dudas, al infeliz de Batuque no le soltaron fuera y el pobre animal sufrió estoicamente su encierro un día más de lo planeado.

Al segundo día, espiaron nuevamente los movimientos en la casa de sus vecinos pero no vieron ni a un alma por allí. El chalet permaneció en silencio, cerrado a cal y canto. César y Laura, intrigados, comenzaron a inquietarse pero esperaron prudentemente al día siguiente para acercarse hasta el chalet de los Heinkel. Tal vez los alemanes habían decidido ir a visitar a un compatriota amigo suyo que vivía en Cala Ratjada. Sabían que lo habían hecho otros años.

Llegado el tercer día, finalmente decidieron ir a interesarse por la súbita desaparición del matrimonio teutón. No hacerlo hubiese despertado sospechas, ya que eran buenos vecinos.

Como saben, ellos tenían un conejillo blanco que era su mascota y se llamaba Bunny… Seguro que alguna vez le vieron correteando por el jardín.

En el portón les recibió Jaume, el jardinero. Un viejo mallorquín de aproximadamente setenta y cinco años de edad, mediana estatura, rostro redondo, curtido por mil soles y aires del Mediterráneo. Durante toda su vida, que había transcurrido entre la huerta y el mar, el viejo Jaume no había salido jamás de Mallorca y se jactaba de sólo haber ido tres o cuatro veces hasta Palma, distante apenas treinta kilómetros de aquel lugar. Todo lo que necesitaba, según él, lo tenía aquí al alcance de su mano. Jaume, día y noche, lucía su infaltable sombrero de paja y debajo una melena blanca y abundante que le llegaba casi hasta los hombros. El viejo jardinero solía andar siempre de pantalón corto, camisa de manga larga y sandalias de goma. Sus brazos y piernas, nudosas, secas y cetrinas, parecían troncos de olivo.

—Buenos días, don Jaume —dijo César sonriendo amablemente.

Bon día —contestó el jardinero sin apenas levantar la vista.

—¿No está herr Hans?

—No, no está. Se han ido de vuelta para Alemania.

—¿Qué dice? —preguntó César sorprendido.

Laura no pudo ocultar su asombro:

—Pero, ¿por qué motivo?

—¿No saben lo que pasó? —preguntó entonces el viejo jardinero, extrañado por el desconocimiento de la joven pareja—. Se fueron el martes. Así, de improviso. Como almas que las lleva el dimoni. ¡Fue increíble!

—¿Qué les sucedió? ¿Algún problema grave? ¿Alguien se sintió indispuesto? —insistió César, cada vez más preocupado, temiendo alguna tragedia inesperada.

—Algo muy misterioso —explicó entonces el viejo mallorquín, mirando seriamente al joven matrimonio. César y Laura pusieron su mejor cara de inocentes—. Asombroso —añadió el jardinero, soltando el rastrillo y enderezándose con dificultad. Desde el invierno pasado, cada vez que se agachaba sufría fuertes dolores en la zona de los riñones; aunque eso no le impedía trabajar todos los días en los jardines de la urbanización y también en su huerta. A pescar ahora salía muy pocas veces—. Como saben, ellos tenían un conejillo blanco que era su mascota y se llamaba Bunny… Seguro que alguna vez le vieron correteando por el jardín.

—Sí, algunas veces —contestó Laura sin disimular su nerviosismo.

Això mateix… Pues resulta que el pobre animalito, que llevaba ya varios días indispuesto, el lunes por la mañana amaneció muerto. Y como los señores le querían tanto, no se atrevieron a tirarlo a la basura. Prefirieron enterrarlo como a un cristiano. Allí, en aquel rincón del jardín —explicó el viejo, señalando con su dedo índice hacia un extremo del terreno—. Y la señora Heinkel, que es muy buena, me pidió que le plantase unas florecitas alrededor de su tumba.

Jaume extrajo de su bolsillo tabaco y papel de armar, y comenzó a liar un cigarro. Su auditorio estaba en suspenso, haciendo esfuerzos enormes por camuflar la impaciencia. El viejo, sacando chispitas de su vetusto mechero, encendió el cigarro y aspiró el humo con mucha calma. A César y Laura les carcomía la intriga y decidieron apurar al jardinero.

—Bueno, ¿y, qué pasó? Cuéntenos por favor —dijo ella, moviéndose hacia un lado y hacia el otro con ansiedad.

El viejo lanzó otra bocanada de humo y se quedó mirando al cielo un instante, gozando de su repentina importancia. Este era un momento para disfrutar. Evidentemente, su historia le colocaba en una situación privilegiada. Al diario silencio de su trabajo, se le premiaba con una anécdota que tenía en vilo a este simpático matrimonio. El jardinero decidió exprimir al máximo su popularidad.

—Es que no sé si a los señores Heinkel les gustará que yo les cuente los pormenores de su problema —dijo de repente, dándose aires de importancia.

—Vamos, don Jaume, nos tiene usted intrigadísimos. Los Heinkel son nuestros amigos y debemos saber qué les ha ocurrido. ¡Cuente de una vez! —exclamó César elevando la voz.

Molt be’ —dijo entonces el viejo—, supongo que por ser buenos vecinos tienen derecho a saber… Como iba diciendo, el lunes enterramos al pobre conill y créanme que sentimos todos una gran pena.

A medida que avanzaba la historia, el papel de Jaume el jardinero iba adquiriendo mayor relevancia y ya era una parte integral de la misma. Su relato pasaba ahora a ser en primera persona del plural.

—Cavamos una pequeña fosa y plantamos unos geranios a su alrededor. Quedó molt bonicmolt guapo… La señora se despidió con lágrimas en los ojos y luego se encerró en su dormitorio. Herr Hans y yo nos pusimos a recortar los rosales, en silencio, por supuesto. Muy afectados, ¿m’entens?

Al entrar me encuentro a los señores Heinkel, pálidos y descompuestos, que me dicen casi gritando: “¡Está vivo! ¡Bunny resucitó!”.

César le miró fijo, con sus ojos azules llenos de asombro. Laura en cambio permanecía atónita ante tamaña verborragia.

—En resumen, fue un día triste… —concluyó el viejo y siguió fumando.

El matrimonio continuaba perplejo pero decidieron no atosigar más al jardinero y le permitieron que se tomara un respiro. Éste midió bien sus siguientes palabras, aunque a ellos aquel silencio les pareciese eterno y la historia cada vez más confusa.

Be, resulta que muy temprano a la mañana siguiente, o sea el martes, cuando yo estaba regando el césped… Porque hay que regar muy temprano. Antes que llegue el calor del mediodía —prosiguió el viejo Jaume, dándole una última calada a su cigarro—. Noté que la señora entraba corriendo en la casa, gritando despavorida. Yo me asusté y me acerqué rápidamente para ver qué sucedía. Pensé que le había picado una avispa o algo así. ¡Porque hay un nido entre aquellos árboles, así que tengan mucho cuidado! Pero fíjense nins que al entrar me encuentro a los señores Heinkel, pálidos y descompuestos, que me dicen casi gritando: “¡Está vivo! ¡Bunny resucitó!”. Yo me quedé helado. Pero cuando giré para ver adonde me señalaba la señora, allí lo vi al conill, muy ufano tomando el sol. ¡Blanquito y con su lazo rojo al cuello!

Laura miró a César y encogió sus hombros, sin saber qué decir.

—¿Y ustedes qué hicieron? —preguntó el marido, intentando mantener la compostura.

—Pues, ¿qué íbamos a hacer? Fuimos enseguida al rincón del jardín adonde habíamos enterrado a Bunny el día anterior. Y entonces, ¿a que no saben lo que nos encontramos?

—¡No, no, díganos, por favor! —exclamaron al unísono Laura y César.

—¡La tumba abierta! ¡Sí, como me oyen! El conill se había escapado escarbando su propia tumba y ahora pegaba saltitos de felicidad, como si nada. ¡Algo asombroso! ¡Un milagro!

—Verdaderamente un milagro —comentó César sonriendo con gesto irónico.

—¡Por supuesto! La sorpresa fue demasiado para los pobres señores. Así que esa misma mañana cogieron a su conejillo, cerraron la casa y se marcharon inmediatamente de vuelta para Alemania, jurando que sería el último verano que pasaban en esta casa. ¡Una lástima, mire usted! Gente tan buena y generosa. Porque ambos tienen un corazón de oro, se los aseguro. No como los franceses esos de la esquina de enfrente, que son unos avaros antipáticos. Pero claro, ha sido algo como para asustar al más santo. Yo nunca había visto nada igual. ¡Seguro que fue obra del dimoni!

César y Laura se miraron estupefactos ante el cariz que habían tomado los acontecimientos y con su silencio ayudaron a reafirmar la creencia de que en aquella casa había sucedido un hecho sobrenatural. Y el viejo Jaume, por supuesto, al no encontrar otra explicación lógica para el fenómeno, se encargó de que el milagro de la resurrección de Bunny fuera vox populi en todo el vecindario.

Roberto Bennett
Últimas entradas de Roberto Bennett (ver todo)