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Hablemos, de Octavio Santana Suarez

Yo, el Rabia

• Jueves 22 de noviembre de 2018

Hacía rato que estábamos escondidos detrás del árbol de la vereda del frente esperando que salga la mujer.

—Vieja chota, hace más de veinte minutos que está conversando con la cajera.

—¡De qué carajo hablan!

—Boludeces, qué más.

—Digo yo, ¿no tienen nada que hacer, a quién atender? Mi viejo le toma el tiempo a mi vieja hasta cuando va a mear, y pobre de ella si se demora. Se liga cada piña…

Yo también estuve entre rejas, pero nunca se las hice fácil a esos guachos. Huelo el peligro.

—Andá a saber, hermano. La gente está cada vez más pirada. Lo que sé es que si esta vieja no se raja, nos va a arruinar el fato. En cualquier momento entra alguien y nos caga todo.

—Bancá un cacho, Mugre. ¡Mirá, ahora le está pagando! Agachate que nos van a ver.

El Mugre me hacía la gamba. Yo lo chamuyaba para algún atraco y él ni preguntaba. Me tenía confianza el loco. También, no se puede olvidar que se lo quité de las manos al Hiena Paz justo cuando le iba a cortar el cogote. El Mugre era sentimental y enamoradizo, pero de novias ajenas, ahí estaba el problema. Y mirarle nomás la novia al Hiena, era pecado mortal. No es joda. Después de echarle un ojo, o con sólo imaginarla en bolas, uno ya se podía dar por muerto. La minita del Hiena es de esos gatos que te dan vuelta la cabeza. Tiene un par de tetas y unas gambas para el crimen, y el Mugre se olvidó que tenía dueño. Se la quiso levantar de una y casi le cuesta la vida.

Mi amigo había estado en cana por lo menos diez veces. Y siempre por centavos, por el vuelto como yo le decía. Era medio lenteja, sospeché que le faltaba un par de jugadores porque tardaba en caerle la ficha, por eso yo mandaba y el agarraba viaje. Además sabía que jamás lo iba a cagar. Ojo que yo también estuve entre rejas, pero nunca se las hice fácil a esos guachos. Huelo el peligro. Sé que vivo gambeteándole a la Parca, pero me acostumbré a moverme con el culo en la mano. Seré chorro, rata, hijo de puta, qué se yo. Me dirán lo que quieran pero yo sé lo que tengo que hacer. Es cierto que le tomé el gustito, deja sus ganancias y me hace sentir vivo. Además, por la Sonia soy capaz de asaltar el Banco Central a mediodía, solo y a cara descubierta.

—Mirá Rabia, la vieja se las pica.

—¡Pará, Mugre, me diste un codazo en la herida del apéndice!

Me lo sacaron hace un mes, casi muero podrido. Se me había reventado adentro, pero se ve que no era mi hora. Así como estaba, lleno de pus, hinchado como perro al rayo del sol, me tenía que morir por obligación; eso dijeron los tordos que se quedaron sin respuesta. Seguramente hacen falta chorros en la calle aunque sea para mantener ocupados a los canas, si no, no existirían. También viven de nosotros. Como le dije al tordo que me operó con mala cara y no me pudo despachar. Ganas no le faltaban, habrá pensado: gastar tiempo y medicina en esta porquería.

—¿Qué hacemos, vamos ya?

Nos pusimos la media en la cabeza y cruzamos la calle corriendo sin que nadie nos vea. Llevábamos tiempo relojeando el movimiento del boliche, dragstor le llaman ahora —cosa de morfeta, se la pasan robando palabras de los yankis por apariencias nomás. Es como sacarse el traje de oficina y ponerse otro de rey, aunque por dentro seguís siendo la misma mierda. La hora de cierre era la mejor, estaba toda la guita del día y casi no venía gente.

Entramos a los piques y con el chumbo en la mano le apuntamos a la cajera.

—¡Entregá toda la guita o te quemamos! —le ordené sin mosquearme.

La mujer levantó en el acto los brazos en señal de entrega, como si yo se lo hubiera pedido. Estaba chivando de los nervios.

—¡Dale vieja, movete o te mato! —le gritó el Mugre acercándole el fierro a la cabeza.

Las manos le temblaban y yo temí que se le escapara un tiro. El flaco era nervioso y le faltaban agallas para mantener la sangre fría. Estaba más asustado que la mujer, siempre era así. Mucho a mí no me servía, pero tampoco lo iba a descartar. De lástima lo adopté como hermano. Además, está vivo de pedo. Se vive zarpando y arriesga su vida por nada pero, por suerte, jamás se la quitó a nadie. Ladrón sí, criminal no. La vieja parecía que no lo escuchaba y temblaba como electrocutada. Empezó a llorar calladita, en secreto. Flor de cagazo tenía la turra, y se le mezclaban las lágrimas con la baba que le chorreaba.

—¿No entendiste, vieja chota? Pará de llorar y entregá toda la mosca o sos boleta.

—¿Te volviste sorda o no entendés el idioma?

Tratando de dominar la tembladera, la mujer bajó los brazos y abrió la caja.

—Agarrá la guita que yo te cubro —lo mandé al Mugre mientras yo espiaba hacia la calle, no vaya a ser que se aparezca algún gil, o los mismos ratis, que sería lo peor. No me gustaría ir en cana de nuevo. Aunque la última vez no la pasé tan mal. El morfi estaba bueno, mejor que en mi casa, y me hice amigo de unos pibes faloperos repiolas que estaban tatuados hasta los párpados.

La vieja lava ropa para afuera y el sueldo lo gasta comprando comida que se acaba en un toque, porque todos tenemos hambre atrasada.

En esos momentos de locura era capaz de cualquier cosa con tal de salirme con la mía, porque siempre me perseguía la misma historia: la Sonia. Tenía que llevarle la mosca a ella, que soñaba con ser maestra jardinera. Estudiar, nada más lejos de nosotros. Pero se le había metido en la cabeza y lo venía haciendo despacito, disimuladamente y sin que se note, porque el guacho del viejo, siempre en curda, le iba a borrar a patadas las ganas de aprender. Como yo la quiero a la Sonia, y dicen que es bueno ir a la escuela, le prometí hacerle la gamba. En cambio, el viejo la quiere para mandarla a trabajar. Ya le había conseguido un laburo de sirvienta con cama adentro. Pero ella no quiso porque no le iba a alcanzar el tiempo. Si agarraba viaje, chau sueños. Yo afano contento y feliz porque la Sonia progresa gracias a mí. Algún día va a tener sus propios alumnos y, en una de esas, me dan ganas de terminar la escuela. Siempre me dice que soy capaz. Insiste con que soy inteligente, con que tengo buen chamuyo y que eso es importante para triunfar. Que sólo necesito la oportunidad. Ella no sabe que la guita que le doy me la robo. Cree que la gano haciendo changas de aquí y de allá. ¡Si será inocente la pobre! Todavía me cree cuando le digo que cambié.

Jamás vi un mango en mi casa. La vieja lava ropa para afuera y el sueldo lo gasta comprando comida que se acaba en un toque, porque todos tenemos hambre atrasada. Y vino tinto para el jefe, porque si no, se pone loco. No sé con qué derecho, si siempre anda sin laburo. Cada vez que encuentra alguno lo pierde enseguida. El último que consiguió fue de sereno en un depósito. Se mamó de entrada nomás. Durmió la mona toda la noche hasta el otro día. Cuando lo despertó la cana, ya habían vaciado el depósito un par de chorros, y él nunca se enteró. Nadie quiere un borracho ni para peón de chiquero. Así, terminan echándolo a patadas. Pero el muy garca encontró la cómoda: se hace el macho en la casa, mete miedo, y la vieja lo tranquiliza con un tetra de tinto. A mí mucha bola no me da. Sabe que si me busca, me va a encontrar. Conmigo no se mete. Por supuesto, el quilombo lo arma cuando yo no estoy. Una sola vez la fajó a la vieja en mi presencia, y le puse tal mano en medio de la jeta que le rompí un diente y quedó medio cachuso hasta el otro día.

Mi vieja es como un recuerdo triste que se me va borrando cada día que pasa. Se volvió tan silenciosa que ni se la nota en la casa. Es un alma en pena. Si no fuera por el ruiderío que mete con la bombilla del mate no la registraría; chupa y chupa para estrujar la yerba lavada, después la seca y la vuelve a usar con unos yuyos que le da la Petrona. Le gusta el mate, yo creo que porque es barato y le llena la panza. Se cuida mucho de meter bulla por miedo a despertar la bronca del viejo que siempre tiene un motivo para cagarla a palos. Yo lo odio tanto que vivo recaliente con él. Me aguanto las ganas de romperle el orto a patadas sólo porque no quiero volver un día y encontrarme con la vieja destripada. Toda la vida se desquitó con ella porque es mujer y no sabe defenderse. ¡Cobarde! Y bueno, así como están las cosas, no tengo más remedio que hacer mi vida en la calle y mezclarme con otros más turros que yo. Pero no soy mal tipo, nunca bajé a nadie ni tampoco batí mugre, por ejemplo. Esto me hace creer que no soy el peor. Es lógico que salga a afanar, y que nadie me cambie la historia, porque cada cual nace con su destino y el que lo quiera torcer, pierde el tiempo. Además, la Sonia necesita la plata ahora, ya. Tiene que comprar láminas, lápices de colores, maderas y un montón de cosas para armar una maqueta. Es muy importante porque con eso aprueba. Yo le prometí la guita. Ella sabe que puede contar conmigo.

—¡Ya está, Rabia! ¡Rajemos! —dijo el Mugre con la bolsa de plata bajo el brazo.

—Si llamás a la policía te abro los sesos, ¿entendiste? —la amenacé con el fierro en la frente. A esta altura la mujer tenía la pintura de los ojos y de la jeta, toda chorreada de tanto llorar. Le había quedado la cara como cartel de bailanta.

Corrimos como locos, bien lejos del almacén —yo estaba estrenando un par de llantas Nike que le robé a un pibe shusheta, de esos que juegan rugby, en la estación del tren—, hasta llegar a nuestro escondite: una casa abandonada. La habíamos descubierto tiempo atrás huyendo de los ratis que nos perseguían en el móvil con la sirena sonando a todo trapo. Cuando ya nos tenían, vimos la tapia del fondo y nos mandamos. ¡Qué salvada! Desde ese día, es nuestro refugio. Trepamos por el muro de atrás, cruzamos el jardín y nos colamos por la ventana de la cocina. Apoyamos los chumbos sobre una mesa de lata herrumbrada, y en unas colchonetas de lona nos tiramos a descansar, hasta recuperar el aire. Entonces nos pusimos a contar la guita.

—Dos… dos veinte, dos cuarenta, dos ochenta, tres… tres diez, tres treinta, tres noventa… ¡Cuatrocientos diez mangos! No está mal. Pero podría haber salido mejor.

—¿Mejor? ¡Vieja turra! Arriesgarnos por esta mishiadura… Seguro que tiene la mosca metida en el ojete. La cagaría a piñas, ¡nos jodió, hermano! ¡La vieja de mierda nos jodió! Sacó la guita grande antes que lleguemos nosotros, estoy seguro.

—¡Eh, pará! Bajá un cambio, Rabia. No nos podemos quejar. Estamos vivos, nadie nos vio. Después de todo, cuatrocientos… son cuatrocientos.

Yo estaba caliente. Había sacado otras cuentas. Un poco para la Sonia y la otra parte, la grande, para el Rolo. Tengo una deuda con él y me anda apretando para que le pague. Calculaba que con este atraco podía tapar ese agujero. El Rolo no se anda con vueltas. La última vez me la perdonó porque le hice el verso con mi vieja; la “enfermé” y lo pude conmover con toda esa historieta. Le dije que la mosca la gasté en remedios. Pero me la juró. Ahora, ¿qué le digo?

El Anguila es de esos tipos macabros que, cuando pasan, hasta los pájaros se escapan de miedo.

—¡Eh, hermano! No es para tanto. Te quedaste colgado.

—Bueno, qué querés… todavía no le puedo garpar al Rolo.

—Ya sé. Dejámelo a mí. Yo voy a hablar con él, le voy a mandar cualquiera y, vas a ver que, encima, capaz que te la perdona.

—No te metás con el Rolo, no es para vos, es mal bicho.

—El Rolo… ¿te acordás cuando le gustaba tu hermana? Se la quería curtir a toda costa. Decía que ella le cortó el rostro. También, semejante bosta. Che, el Anguila me sigue preguntando por ella. No se anima mucho, por vos.

—Ah… ese ortiva. Más vale que se olvide de la Sonia porque si no, va a conocer la otra parte mía que todavía no se la mostré. Y creeme que no le va a gustar. Ya se lo dije bien clarito la vez pasada. Que se busque una puta. A la Sonia no la va a tocar ni con la punta de una caña. Y eso no es todo, también le dije que si la miraba nomás, se le iba a armar. Así que, que tuerza el cogote.

El Anguila es de esos tipos macabros que, cuando pasan, hasta los pájaros se escapan de miedo. Anda siempre nervioso con la navaja lista buscando algún gil para metérsela en las tripas. Es el matón más temido del barrio, pero una vez el Rolo se quiso medir a ver quién era el mejor. El resultado fue una cuchillada en la tetilla del Rolo y otro en el costillar del Anguila. Terminaron los dos en un hospital en camas vecinas. A uno le cosieron la tetilla y al otro le enyesaron el costillar. Así es que la cosa quedó empatada y nadie se calentó en buscar el desempate. Semejante calaña no se podía fijar en la Sonia. Yo no lo iba a permitir. Ella se tiene que casar con un tipo bueno, honesto, que la cuide y la defienda, que la quiera mucho y le dé unos cuantos pibes. Esa clase de tipos existe, yo sé que debe haber. Seguro que lejos de nosotros.

—A mí me late que el Anguila la tiene bien relojeada —insistía el Mugre mientras se sacaba la roña de las uñas con un palito—. Le anda tirando los galgos. Sí, hermano, yo sé lo que te digo. La otra vez lo vi escondido cerca de la escuela de la Sonia, justo antes de que ella salga. Y la siguió unas cuadras piropeándola, diciéndole cosas. Pero te juro que la Sonia, ni esto. Apuraba el paso para perderlo. Tan es así que se metió de golpe en la casa de la Guada y se quedó ahí mateando, chusmeando y ayudándole a pegar botones al guardapolvo de la Laurita. No le digás que yo te lo dije. No me gusta que me tomen por buchón. Pero yo soy tu amigo y pienso igual que vos. Esos chabones no son para ella. En realidad, no son para nadie.

No alcanzó a terminar la última palabra cuando ya lo teníamos al Rolo delante de nosotros mirándonos desde su bruta altura. Parecía una torre de cemento, empuñando su famosa navaja. El Mugre y yo, sentados en el suelo, acurrucados igual que pibes en penitencia, lo mirábamos desde abajo con desventaja. La sombra del Rolo, negra y ancha, que parecía un derrame de petróleo, nos aplastaba como si fuéramos cucarachas. ¿Cómo carajo nos encontró? Nos habrá seguido todo el tiempo. O alguien nos buchoneó. Me odié por haber dejado el fierro lejos de mi mano. Estábamos desarmados. No recuerdo haber cometido semejante error en toda mi vida.

De pronto entró un viento por la claraboya y sacudió la lamparita del techo que empezó a bailar de un lado para el otro, desparramando luz y sombra por toda la pieza. La cara de indio del Rolo, que se volvió como de piedra, aparecía y desaparecía según iba y venía la luz. Ahí fue cuando le descubrí unos pómulos anchos y puntudos como el mismo diablo. Me entró miedo. El aire olía a buitre volando sobre la presa. Todo esto, más el mal presentimiento que yo tenía, me hizo perder la tranquilidad.

—¿Y, Rabia? Parece que esta vez saldamos… ¿no? —terció el grandote sin sacar los ojos carroñeros de la plata que estaba sobre el piso, billetes arrugados, manoseados, por los que nos jugamos la vida tantas veces. Yo y el Mugre nos armamos de coraje y, de un salto, nos paramos contra la pared.

—Pará, Rolo. Yo te puedo explicar. Resulta que… —se agrandó el Mugre sacando el pecho de pollo como si fuera un escudo. El flaco era cuero y hueso nomás.

—¿Resulta que qué? Vamos pibe, garpando, garpando…

—Sí, como te decía… el Rabia quiere arreglar esto pero pasa que el viejo le robó…

—Vos cerrá el pico si no querés que te lo cierre a mi manera. Esto es entre el Rabia y yo —le dijo con esa característica voz de nailon que no hacía juego con semejante mole.

El Mugre ya se le había acercado y parecía un enano al lado del Rolo, que lo miraba como si fuera un desperdicio. Yo largué con un chamuyo interminable, con esas habilidades que decía la Sonia que yo tenía, o sea, de versero. La enfermé de vuelta a la vieja, lo acusé al viejo de lo peor que se me podía ocurrir. Me hice lo más víctima posible a ver si lo podía conmover. Pero el Rolo tiene corazón de penca, y sospeché que estaba hablando al pedo. No me podía dar por vencido, y manoteé otras excusas donde ya aparecía la Sonia —yo no la quería meter a ella—, pero la cosa venía dura. Trataba de mantener la lata, porque conocía de qué estaba hecho este guacho, y no hubo historia que le ablande ni una de sus facciones de piedra. Ahí fue cuando se metió el Mugre queriendo darme una mano, y le agotó la paciencia con una sanata insoportable. Al grandote no le entraban las palabras, sólo los cuchillos. Sin pensarlo demasiado, peló el fiyingo y lo desapareció en la panza del Mugre terminando con todo el quilombo. El flaco fue a caer sobre la mesa herrumbrada y, en el acto, trató de alcanzar una de las pistolas. Ahí nomás, el Rolo las barrió de un manotazo y las tiró bien lejos. El pobre Mugre se agarraba la herida con una mano, y con la otra intentaba frenar la caída arañando el óxido verdoso. Y se fue desbarrancando despacio, entre gemidos y arcadas. No llegué a tiempo para sostenerlo, el Rolo me tenía amenazado a punta de cuchillo. Yo reconozco: seré muy macho para llevar un chumbo, pero la navaja es cosa de ellos. Apreté tan fuerte las mandíbulas por la bronca y la impotencia, que me rompí la muela cariada. Y mis uñas, metidas en los puños cerrados, se me enterraron en la palma de la mano y empecé a sangrar.

Me quedé solo con el muerto tirado a mis pies. Y lloré. Lloré tanto que lo empapé.

—Juntame toda la guita si no querés seguir la suerte de este forro —tronó el Rolo mientras el cuerpo muerto del Mugre quedó tirado, con los ojos como gelatina, sobre una de las colchonetas, y el otro me apuntaba con el cuchillo teñido de sangre; sangre de mi amigo. Yo no estaba en condiciones de enfrentarlo, así que, con el dolor en el alma por la muerte de mi hermano y por la plata que se me iba, metí todo en la bolsa y se la entregué. Garpé hasta el último centavo. El guacho hijo de puta desapareció por donde había venido. Parecía que la noche lo había chupado para fuera.

Me quedé solo con el muerto tirado a mis pies. Y lloré. Lloré tanto que lo empapé. Si era yo el que lo cuidaba a él, ¿cómo pude dejar que me lo maten? Una vez le salvé la vida y ahora la entregaba por mí. Cavé un pozo en el jardín. Había una luna redonda y grande que me alumbraba. Era una noche demasiado linda para morir, carajo. Y lo enterré. Total, quién iba a preguntar por él, si no tenía ni madre, ni padre, ni novia, ni perro, ni nada. Así era mejor. Por lo menos no tuvo que sufrir la vergüenza de una familia como la mía. El Mugre era un paria, un pobre desgraciado. Sólo me tuvo a mí desde que lo encontré una madrugada en un banco de la plaza Miserere hecho un croto. Estaba muerto de hambre y tiritando de frío, tapado con diarios y cartones. Le di la mitad de mi sangüich de mortadela y le presté mi campera. Era junio y no nos separamos más.

Junté unas flores y se las puse sobre la tumba. Recé un padrenuestro medio incompleto, lo tenía casi olvidado. Y me despedí.

Encaré el camino de vuelta a mi casa, pero me sentía como si me hubiera atropellado un tren. Cuando iba llegando, tropecé con el cuerpo de la vieja que salía a los tumbos de la cocina. Al jefe se le había acabado el vino. La levanté como si fuera un fardo de pasto, toda descuajeringada, y la abracé. La senté sobre unas piedras que hay en la entrada de mi casa y le limpié la cara con la manga de mi camisa, sucia y llena de sangre. Ahí le vi los ojos. Parecían vacíos. Ella no lloraba, hacía mucho que no lloraba. Es cierto eso que dicen, “que las lágrimas se secan”, y a la vieja se le habían secado. Ahora, parecía una sombra. La recuerdo linda y alegre cuando cantaba y bailaba con la música de la radio —hace tanto de esto que me pregunto si ese recuerdo tan hermoso es mío o también me lo robé. Hasta que un día llegó el viejo en pedo, se la pisoteó y la dejó hecha pelota. Nunca más vi una radio en mi casa.

De repente escuché como si alguien estuviera moqueando; escondida en el baño la encontré a la Sonia desconsolada. La traté de calmar, le sequé las lágrimas y le conté un cuento. Qué digo, un montón de cuentos hasta que se olvidó de por qué lloraba. Me miraba con tanta tristeza, que me partió el alma. Llena de lágrimas y mocos, me dijo:

—¿Podemos ir mañana a comprar las cosas para la maqueta?

No pude responder, un dolor como de mil navajas me cerró la garganta. Mi hermana, con su silencio, creo que me entendió.

Gladys Liliana Abilar

Gladys Liliana Abilar

Escritora argentina (Chilecito, La Rioja). Es ingeniera agrónoma de profesión. Directora del Instituto de Investigaciones Agropecuarias de la Universidad Nacional de Chilecito. Paisajista y profesora de música. Ha publicado las novelas Eclipse de Lubna (Atlántida), Más allá del pecado (Vinciguerra) y Las lágrimas de Tánatos (Corregidor, Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores (Sade); los libros de cuentos Doce hogueras (Ameghino) y Destino rabioso (Corregidor, Faja de Honor de la Sade); el libro de aforismos Pensar sin permiso (Atlántida), y los libros de poesía Ecos del corazón, Juguito de rimas (literatura infantil; Distal; Faja de Honor de la Sade) y La mirada invicta (Vinciguerra). Ha obtenido, entre otros, los premios del Rotary Club, Pablo Neruda, Tertulia Allerana (España), Letras de Oro, Ricardo Güiraldes, Jorge Amado, Rafael Obligado, Baobab (Secretaría de Cultura de la Nación), Fundación Avon y Enrique Anderson Imbert (ILCH). Ha participado en numerosos ciclos culturales y asistido a encuentros en Montevideo, Guadalajara, Punta del Este, Chile, Ushuaia, Praga, Israel, Paraguay, Tucumán, Entre Ríos. Publica en revistas argentinas y de otros países. Ha publicado 35 antologías. Publica textos costumbristas en el diario La Nación.

Sus textos publicados antes de 2015
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Gladys Liliana Abilar

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