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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Tres relatos breves de Maikel A. Ramírez A.

martes 27 de agosto de 2019
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Una extraña habitación en Saturno

“Still paying, still to owe. Eternal woe!”
(John Milton: Paradise lost)

Cuanto más intento recordar, más se repliega la maldita bruma en los escondrijos de mi memoria. Ni siquiera sospecho cuánto tiempo habíamos permanecido envueltos en aquella oscuridad inabarcable. Apenas recuerdo que cuando abrí los ojos los labios de mamá me recibieron apuntando al techo y dibujando un círculo húmedo que se desvanecía pronto en el aire. Ellos nos observan, susurró notablemente alarmada. De inmediato salté de la cama con un impulso que retomaba mi pasado de atleta, mientras que ella estiraba las manos inútilmente para retenerme entre las sábanas. Pude ver que nada había alrededor que pudiera elevarnos hasta la boca de la extraña habitación. Madre apuntó con sus delgados labios una línea de hendiduras en la pared que enseguida reconocí como una oferta casual a nuestra libertad. Primero ella, y luego yo para impulsarla, escalamos el muro con breves interrupciones para inflar nuestros pulmones de oxígeno renovado. Pude verlos, entonces, cuando estábamos cerca de escapar de la extraña habitación. Ellos murmuraban entre sí y nos señalaban con el dedo centellante. De pronto, sujetaron con fuerza los bordes de la entrada y los estiraron hacia alturas a las que sólo accedería un Dios todopoderoso. Van semanas desde que eso ocurrió y a veces me parece que se asoman y continúan despreciándonos con su arrogancia acusadora, claro no sin antes volver a estirar la entrada de la habitación casi hasta el infinito.

 

A las 6:00 en punto

La reaparición de su vieja gastritis hace que hoy llegue a casa tres horas más temprano de lo que suele hacerlo. Por suerte, ha podido aprovechar que un compañero de trabajo lo trajera hasta la urbanización donde vive desde hace apenas un año. “Papito lindo”, reconoce la voz de su esposa del otro lado de la puerta, mientras él le da la última vuelta a la llave. Un beso apasionado sella el feliz recibimiento después de una mañana en la que estuvo aquejado por náuseas y escalofríos que auguraban un posible desmayo. Camina hasta el patio para saludar a su basset hound, que, como siempre, sólo para de ladrar cuando recibe las primeras caricias en sus orejotas. Un hueco recién iniciado en el jardín le llama la atención. “Sandra y sus plantas”, piensa con ternura. Sigue hacia el dormitorio para cambiarse de ropa, pero antes de hacerlo tiene la impresión de que algo falla con el reloj de pared. En efecto, advierte que las manecillas giran frenéticamente. En los pocos segundos frente al aparato, éste se ha movido desde las 3:00 hasta las 4:00. Acerca su boca y sopla con fuerza en caso de que el problema sea una simple acumulación de polvo, pero esto no funciona. Cavila sobre qué hacer mientras la aguja ya apunta las 5:10. Golpea el aparato a ver si alguna pieza floja regresa a su lugar, pero el reloj sigue su obstinada marcha hasta las 5:40. Irritado, intenta forzar las manecillas, pero su fracaso le recuerda a don Quijote embistiendo los molinos de viento. En un abrir y cerrar de ojos, observa con perplejidad cómo el reloj marca las 5:55. Así que decide salir a preguntarle a su esposa qué demonios le pasa a aquel aparato, pero se detiene apenas pisa la puerta, porque ve a su mujer acariciándose impúdicamente con otro hombre en el patio. Al lado de éstos, entrevé la existencia de un hoyo profundo y recién excavado. La mujer se aparta cuando escucha un ruido de llaves en la puerta principal, mientras que el hombre se oculta, empuñando un cuchillo. A las 6:00 en punto, él, con el estómago en ebullición, da el último giro a la llave y ella suelta el dulce saludo “papito lindo”.

 

Adiós, zombi, adiós

Cuando por la televisión informaron sobre la propagación del virus zombi, mi hermana y yo no pudimos sino maldecir nuestra mala suerte. Escopeta en mano, salimos al patio para encarar nuestro infortunio con determinación, y me temo que hasta con aires de nostalgia. No tuvimos que esperar un largo rato para ver su cabeza abriéndose paso entre la sábila que forraba aquella parte de nuestro jardín. Fui yo el primero en apuntar hacia su cráneo, luego lo hizo mi hermana. Fue duro, sobre todo por el método, pero tuvimos que asesinar nuevamente a papá.

Maikel A. Ramírez Á.
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