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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Las hijas del mar:
teorías de nosotros, los extraterrestres
(historia en 9 microcuentos distópicos en tiempos de pandemia)

sábado 13 de febrero de 2021
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“…admiro su pureza, es un superviviente
al que no afecta la conciencia, los remordimientos
ni las fantasías de moralidad”.
Alien: El octavo pasajero.
“aunque sé que es complicado, porque hay muchísima vigilancia,
saltar a la atmósfera sin que te vean es casi imposible”
Bob Giordano

El mensaje

“Sigo afuera”, texteó antes de abordar el avión.

Durante seis meses, Eva envió aleatoriamente mensajes a números telefónicos y correos electrónicos: “Cuidado, te están clonando”. Cada vez le contestaban menos personas; la mayoría, burlándose. “So loca, ¿tienes otro ataque de paranoia?”, le respondió Matilde, a ella tampoco la volvió a ver. Desde el inicio de la pandemia, el Ministerio de Salud minimizó sus efectos, para que la limpieza humana fuese más efectiva. Eva lo había descubierto gracias a que su novio era hacker, pero él también desapareció. Ella permaneció oculta en su hogar, convertido en búnker. Después de casi un año, los víveres comenzaron a escasear; sin embargo, no se decidía a salir. Mañana voy, repetía constantemente. Aquella madrugada el cielo tornó en diversos colores y lluvias de estrellas. Durante horas observó a través de la ventana aquel espectáculo, hasta recibir un mensaje “sigo afuera”, impulsándola a salir, ingenuidad poco común en ella. En la entrada del colmado, la metieron en un saco y trasladaron al hospital. Le realizaron todo tipo de análisis y transfusiones. Un enfermero le confesó, antes de ingresarla al quirófano, que los mutantes habían sido exterminados. Al despertar, en un respirador artificial, una doctora le susurró “estás a salvo”. Finalizada la cuarta cuarentena, Eva fue dada de alta.

Al abordar el avión, observó a sus 850 pasajeras, todas idénticas a ella, asomadas a la ventanilla, mientras la ciudad se iba haciendo más pequeñita. “Sigo afuera”, fue la respuesta.

 

Señoría, la secretaria de sala acaba de pensar que, además de loco, soy bruto, que la Tierra es redonda y ni siquiera llegaré a su centro.

El hoyo

“¿Cuál es mi delito, señoría? El fiscal presentó demasiadas acusaciones. Yo sólo pretendía regresar al universo. Entiendo que en las redes se rían de mí diciéndome desgraciado, loco. Declaro que cavé durante veinte años, todas las madrugadas. Necesito llegar al otro lado y ser rescatado por los de mi especie: seres de luz. Nosotros somos incapaces de comernos el hambre del otro. Somos incapaces de robarnos el futuro de los demás, tampoco adoramos seres invisibles. Ustedes no entienden la verdad de las estrellas fugaces. ¿Ve, señoría?, aquel alguacil, aunque use mascarilla, se está burlando. Lo escucho en mi mente. Leo en mi cerebro todo lo que ustedes piensan. Mi abogado de oficio insiste en que estoy incapacitado mentalmente, que alucino. Testifico que sabía que cavaba en la finca vacacional del gobernador, pero la galaxia es pública. Por favor, señoría, faltan sólo dos metros para escapar. Señoría, la secretaria de sala acaba de pensar que, además de loco, soy bruto, que la Tierra es redonda y ni siquiera llegaré a su centro. Me río de su ignorancia, que sólo trabaja escribiendo lo que otros dicen. Sí, su Señoría, me disculpo. ¿Que cómo me declaro? Estoy aquí por error, en esta corte, en este planeta. Esa es mi declaración”.

Días después, logró huir del sanatorio donde lo ingresaron. Se robó una bicicleta y pedaleó durante horas. Llegó a su hoyo. Cavó hasta desfallecer. En la mañana, la prensa reseñó la más potente y hermosa lluvia de estrellas jamás vista.

 

La secta

Kolob es nuestro destino. Cuenta la historia que de allí vienen los primeros pobladores del universo. Llegaron a la tierra de Tassili n’Ajjer en un teletransportador; al amenizar, éste fecundó la tierra brotando un inmenso manantial, creador de ríos y océanos. Ahora que el gran caos arropó al planeta, somos los tripulantes de la salvación. Se reirán de nosotros, dirán que es imposible, dirán que yo les he comido el cerebro. Sólo les he demostrado cómo creer en ustedes mismos. Todos somos orugas con potencial de mariposa. Les enseñé herramientas para desarrollar el crecimiento personal, a ser disciplinados en sus trabajos, compartir sus bienes y a interpretar los mensajes ocultos en nuestra biblia: La Guerra de los Mundos. “Por otra parte, morir no es tan terrible como dicen; es el miedo lo que hace temible a la muerte”. Está escrito. No somos fanáticos. Mi delito es haberlos alejado del equipaje humano: familia y amigos tóxicos, la política manipuladora, las drogas, los lujos, la violencia. Nuestra religión es la no religión. Nosotros creemos en la paz universal, en hacer el bien, ahora toca salvarnos. Nos condenarán, se reirán, dirán que fuimos suicidas, pero no fuimos quienes robamos, asesinamos, ni saqueamos los ahorros del pueblo. Somos seres de paz. Nos negamos a permanecer aquí. Hoy es el día. Nos tomaremos el galón de colyte con jugo de ciruela, linaza y se vaciarán todos sus residuos de inmundicias terrenales. Mañana en la noche será la hora de partir a nuestro origen, pero volveremos.

 

Reencarnaciones
(teoría 1)

Cuando desperté, ya había cumplido demasiados años. Eso era lo usual en mi nave intergaláctica, pero no en la Tierra, planeta al que me enviaron a estudiar culturas universales con mis madres. Ellas murieron al poco tiempo, pero la soledad nunca fue un problema, me entretuve jugando al esconder con mis palabras, en la oscuridad de mis ojos vacíos y con el eco de mis corazonadas. Tampoco me planteé la necesidad de relacionarme con los otros al despertar. Los terrícolas son demasiado predecibles, dados a las modas, a la histeria y a las epidemias. Prefiero estar sola, ya lo había estado después de la última pandemia humana, que no empezó en China como hicieron creer. El problema es que la mayoría de los habitantes del planeta se quedaron mudos. Sin embargo, mis voces, cada sílaba, danzan a través de mi sangre, en realidad son lo que me queda de sangre. Mi cielo oscuro fue por mucho tiempo una caricia de satín, pero mi sangre interplanetaria se infecta con la presencia humana, tan incómodamente contagiosa. Mis voces silencian paulatinamente, voy tornándome pequeñita, en un nuevo espacio más caliente y húmedo, como una cueva de aguas termales. Escucho un grito en el exterior que va violentamente expulsándome. Duele al ir saliendo por esa gruta angosta hasta ser agarradas. Mi llanto opaca las voces anteriores a una nueva vida primitiva y hambrienta de nuevas palabras. Abro los ojos, también las manos, a la luz…

Cuando volví a despertar, acababa de ser parida.

 

Escuché tres golpes mientras lo observaba, también me miraba por primera vez. Lo saludé con la mano. Corrí entusiasmada, demasiado humana, a la puerta.

Reencarnaciones
(teoría 2)

Días después de mi segunda reencarnación terrícola, la mujer que me sostenía en brazos lucía pálida y envejecida. Mi cuerpo aún era muy pequeño para alcanzar el teletransportador escondido a falta de una voz sólida. Me alimento de esta mamá, succiono su sangre, sus palabras. La pandemia continuaba y ella envejecía un lustro por día, enmudeciendo mientras yo adquiría mi desarrollo humano y voz. A los dos meses, me despedí de su cadáver e incendié el hogar.

Me instalé en una escuela abandonada, donde me alimenté con algunos gatos y una pareja de ancianos que residían en el comedor. Él siempre callado, incluso cuando maté a su mujer. Observaba silente, mientras yo la bebía y comía. Tampoco se movió del comedor, dormía junto a los restos de su mujer y los gatos. Sonrió agradecido cuando me paré con un cuchillo sobre su pecho, cuchicheó Mátame, niñita linda. Cada palabra puede tener su propia voz, si escuchamos con cuidado su esencia. Yo vivía en la biblioteca, leyendo sobre los humanos y su extraña y simple mente. Ningún libro reveló para qué llegó a la Tierra, necesitaba ya otra mutación. También me entretenía mirando por la ventana al niño de la casa de enfrente. No dejaba de pensar en él. Escuché tres golpes mientras lo observaba, también me miraba por primera vez. Lo saludé con la mano. Corrí entusiasmada, demasiado humana, a la puerta.

Mi tercera mamá me tomó de la mano, “ven, vamos a buscar a tu papá”.

 

“El virus fue productivo”
(teoría 3)

A Luis Rodríguez Martínez

Arrojó contra la radio el plato que fregaba, ambos se rompieron. Cabrón, ¿cómo que el virus fue productivo? Me cago en los chinos, en este gobierno y en mi cabrona novela. El escritor estaba roto antes de la pandemia, intentaba terminar su tercer libro, pero se multiplicaban las cuentas por pagar, las mentiras gubernamentales, su hija por nacer, su esposa trabajando en ese estado, mientras él sólo fregaba platos a falta de las palabras necesarias. Recordó la última vez que perdió la paciencia: aquella lluvia de pequeños coágulos entre los rotos del techo. Se repetía esa incomprensible hambre eterna a carne viva, su propia fragancia tan distinta. ¿Por qué el aroma de mi apetito es diferente a los demás? Abrió los ojos. La ansiedad trazaba espirales en su piel. Era una soledad tan infinita como su hambre de carne, de palabras.

—¿Luisito, terminaste la trastera? —grita su madre desde el segundo piso.

El escritor se mira al espejo. ¿Qué carajo? Luce como a sus cabrones catorce o quince años. Busca su celular para llamar a su esposa, pero antes de marcar se distrae observando, a través de la ventana, la escuela abandonada. Allí había a una niña moviendo las manos, saludándolo.

—¿Sacaste la basura?

Le contesta un ¡voy!, casi imperceptible. Al llegar a la puerta, ese olor… ¿a él mismo? lo embriagaba.

“Papi, te amo. Ya es hora, te toca renacer con nosotras”. Su esposa y aquella preadolescente de la ventana lo toman de sus manos, desapareciendo juntos.

 

No contaban con que en la nave había otro pasajero, que por el tiempo transcurrido sin que se percataran de él terminó autorreencarnándose.

Reencarnaciones
(teoría 4)

Después del estallido, renació la palabra; al segundo día, los planetas y las estrellas; luego, la vegetación junto a los cuerpos de agua y la vida animal no humana. Finalmente, el teletransportador logró descender en un nuevo mundo. Sus tres pasajeras hibernaron plácidamente, regestándose en el interior de una tibia y húmeda matriz, mientras viajaban a través de nuevas dimensiones desde la ya desaparecida Tierra, de la que tampoco eran oriundas. Por lo que, al evaporarse y ser expulsadas, no pudieron más que llorar. A las horas, se alimentaron y descansaron antes de iniciar la misión. Ellas construirían nuevas matrias de gestación para repoblar el universo, a partir de sus códigos genéticos reconstruidos desde las distintas especies durante los ministerios del tiempo intergalácticos. Estas tres madres gestarían futuros desde la bondad y la solidaridad, ajenas a violencias y a los amores imaginarios. Las nuevas bebés comenzaron a nacer con sus capacidades plurilingüísticas desarrolladas, y a los dos o tres años alcanzaban la adolescencia desenvolviéndose en distintas materias: tecnológicas unas, humanistas otras. Ya a los seis años se les adjudicaban sus misiones antes de reingresar a la matriz y renacer mediante la reencarnación en distintos planetas. Con este método, habían desaparecido: el concepto del terror, la memoria histórica anterior al estallido, las frustraciones y los vicios. Sin embargo, no contaban con que en la nave había otro pasajero, que por el tiempo transcurrido sin que se percataran de él terminó autorreencarnándose, hasta poder salir del teletransportador: el polizonte era un escritor.

 

La marejada de los muertos
(teoría 5)

Cuenta una leyenda que, allá para el siglo XXI, los pescadores de una isla le revelaron a una poeta que, si brincamos fuerte más allá de la última ola del amanecer, podremos viajar a nuestro origen. Aquí sentada junto a mi hija y a mi escritor, observamos las enormes olas diferentes en ritmo e intensidad. Presagian el reinicio de huracanes, terremotos, pandemias, gobiernos perversos. Luego del gran estallido, creímos que todo iba a ser mejor, pero fallamos. Nuestra naturaleza pluriespacial es idiota, debe ser el gen recesivo que nos queda de los humanos. La espuma salitrosa comienza a besar nuestros pies. Recuerdo cuando nos renacimos por tercera vez, intentamos repoblar el universo con la bondad como norte. Fracasamos. Dejamos que, con el tiempo, la epidemia de miedos y mezquindad infectara a la mayoría. Mi hija y mi escritor aceptan que sea yo quien tome la decisión. Quedamos nosotros. Irreversiblemente vamos olvidándonos del pasado, de nuestros errores; silentes, nos entendemos mirándonos a los ojos. La profecía se ha cumplido. Somos la santísima trinidad, el último apocalipsis. Mi escritor sigue escribiendo en su diario, mientras pierde los verbos y adjetivos; sus temblorosas manos expulsan las últimas historias que se nos quedaron en el camino. Mi hija nos toma de la mano. No todos los finales pueden ser abiertos y ya es hora. Nosotros, los últimos habitantes de este libro, nos arrojaremos a la marejada. Si alguien nos lee, quizá esté a tiempo de teletransportarse y huir, a nosotros se nos hizo tarde.

 

Las hijas del mar
(génesis sin teorías)

Oh, they say that it’s over
We’re lost children of the sea
Ronnie James Dio

Después de brincar los últimos tres habitantes del planeta hacia la gran ola de la marejada de los muertos, temblaron las montañas del planeta desolado. Madre, hija y escritor reían abrazados. Se avecinaba un nuevo final, el frío arropaba todo. El mundo giraba vertiginosamente. Encerrados en una matria de mar suscitó que el sol comenzara a apagarse. Los sobrevivientes de otros planetas se ahogaban en el inmenso océano. Quienes llegaron tarde a la muerte se amarraban al borde del tiempo, pero el exceso de equipaje —casi todo robado a los desaparecidos— hizo que cediera el trocito de tierra donde se arremolinaron. Inevitablemente cayeron al abismo. El terremoto universal provocó que aquel hombre, que cavó un hoyo en la tierra para escapar, se liberara del polvo de estrellas y terminara fundiéndose en el éter. La oscuridad previa a la nueva gran explosión era inminente. “Mamá, tengo miedo, dile a papi escribidor que todavía no es hora del nuevo universo, despierta, despiértalo, lleva demasiado sin escribir”, los jamaqueó sacándolos del letargo de la matria horas antes de estallar. “Mira alrededor, esto no volverá a retoñar. Es el final de los tiempos. Escribe, por favor, escribe. No habrá más libros, ni recuerdos, ni renacimientos”, suplicó la mamá a su escritor hasta que logró sacarlo del letargo. El escritor tomó tembloroso su libreta. Finalmente, volvió a amanecer, y la espuma del mar arropó la orilla liberando a cientos de niñas que corrían por la playa jugando a un futuro por vivir.

Ana María Fuster Lavín
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