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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Tres microrrelatos de Ana María Fuster Lavín

sábado 3 de julio de 2021
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Vuelo sin palabras

El viejo maestro frente al espejo refleja su rostro agotado. Según llega a la jubilación, las calles se alargan confusas camino a la escuela. Comienza a olvidar los planes de clase, los nombres de sus alumnos, y hasta dónde demonios están sus espejuelos. Siempre había sido muy memorioso; ahora una fuerza extraña le evapora las palabras.

—Buenos días. Llega tarde, maestro Pablo, se ve cansado —le dice el guardia escolar.

—Será la última vez… descubrí que la poesía es la ciencia que nos salva y nos permite volar.

—¿Cómo así? —contesta de una carcajada el guardia.

El maestro no contesta. 35 años tratando inútilmente de enseñar el poder de las palabras a los estudiantes; ahora éstas se le escapan de la boca, perdiéndose por los pasillos y los salones. Observa los últimos exámenes que dará en su vida. Nada valió la pena, es inútil, nunca entendieron, soy Pablo. Soy “el pájaro furioso de la tempestad tranquila”, declama. A través de la ventana, escucha cómo todo el universo canta en silencio a través del silbido del viento y se lanza en un vuelo libre y sin palabras.

de Bocetos de una ciudad silente (2007).

 

Habitación propia

“escribir es reparar la herida fundamental, la desgarradura”.
Alejandra Pizarnik

Cincuenta pastillas después, la muerte ya comienza a besarte la sangre y recuerdos. Dejaste tu carrera como traductora porque insistes en que necesitas traducir tu espejo. Lo has intentado todo: periodismo, música, pintura, cambiarte de nombre, de amigos, de ciudad, pero sólo te hallas en tus cartas y versos. Intentas infructuosamente vaciar tu vida en los libros. No quieres aceptar que los escritores poseemos dos vidas, y posiblemente cientos. Una es la tuya, la que inexorablemente eres; la otra son esas vidas que escribes. El punto entre ambas es cada vez más distante. Aun así, escribes poemas, diarios, historias donde eres otra, más flaca, más bonita, más amada, más definida de género, cuántas más más alternativas, eras menos esas otras, hasta quedarte encerrada en ti. A fin de cuentas buscabas tener tu propio refugio, tu propia habitación, escribiste poemarios, publicaste tus diarios y fueron tan exitosos, que muchos llenaban sus dolores desplazándolos con los tuyos. Mientras más se vendían, más débil te sentías. Ibas perdiendo las fuerzas hasta para colmarte de miedo, ese terror que te acompañó desde niña. Extenuada pretendiste expulsar todos los infiernos que te quedaban, escribiste hasta desgarrar tu última palabra, sólo así saltaste hacia el vacío de ti misma, hasta quedarte con esa inmensa nada y el frasquito de ansiolíticos. Cincuenta pastillas después, llegaste a esa infinita soledad donde se pierde la última inocencia y ya sólo eres esa habitación propia, donde alguien pondrá tus diarios sobre la mesita de noche antes de dormir.

de La marejada de los muertos y otras pandemias (Ediciones Sangrefría, 2020).

 

El cuervo

“La vida es mucho más pequeña que los sueños”.
Rosa Montero

En la madrugada, el eco de los sueños puede tornarse en graznido de cuervos. Lucas se revuelca en la cama. Los gritos del infernal pajarraco devoran sus recuerdos. Comienza a rendirse esperando por su novia María, que permanece en la capital terminando su tesis. Los sueños de ella compiten con los de Lucas, quien teme a la soledad en tal extremo que su mente comienza a filtrarse a través de pequeños rotos, rellenándose de interferencias y silencios. A María le queda un mes para presentar la tesis, pero le envía cada noche un mensaje de amor y alguna anécdota. Él responde enamorado junto a largos mensajes recomendándole libros, pero sus palabras se reducen paulatinamente.

“Tardaste mucho en regresar, mami”. “Lucas, soy María”. Ella recordó que él le había contado que de niño su mamá lo abandonó, que soñaba que distintas aves portaban mensajes de ella en sus cantos. Con el tiempo, dejó de soñarlas, hasta que María partió a terminar su tesis, pero acababa de regresar. “¿Escuchas al cuervo?”. “Lucas, no te entiendo”. “El cuervo… yo…”. “No veo nada, amor…”. Calló ante el ruidoso aleteo de una sombra, atravesando la ventana. Sorprendida cogió una pluma del piso; al volver la vista, la recámara estaba repleta de plumas. Lucas había desaparecido.

de La marejada de los muertos y otras pandemias (Ediciones Sangrefría, 2020).

Ana María Fuster Lavín
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