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Demora

jueves 29 de junio de 2023
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Demora, por Vicente Adelantado Soriano
Marco Aurelio me estaba esperando, tal como lo hiciera Trajano. Me abrió. Pudimos caminar por entre las ruinas y los bellísimos mosaicos antes de que entraran los visitantes.
Hay una cierta medida en las cosas; hay, en fin, ciertos límites que el buen camino ha de respetar y no traspasar.1
Horacio, Sátiras.

Durante una lejana época de mi juventud lamenté que nadie, nunca jamás, me esperara en el andén de alguna estación, o en la salida de cualquier aeropuerto. También lamenté no despedirme nunca de nadie. Eso entonces me hacía sentirme un tanto desgraciado. Luego, con el paso del tiempo, vino la indiferencia y, posteriormente, la ventaja de tal situación. La parte positiva: podía ir y venir cuando quisiera o me viniera en gana. Nadie me esperaba nunca en ningún lugar.

El hotel donde me alojé en Sevilla estaba alejado del centro de la capital. Además, no resultaba muy barato que digamos. Tras dar con otro más de mi acomodo, pedí la cuenta y me marché. Fui antes a la estación: cambié mi billete de regreso a casa por otro para otra fecha. Estábamos a finales de mes, y no importaba si la cuenta del banco se quedaba temblando aunque ni hiciera frío ni tuviera cuartanas: no tardarían en llegar las lluvias y en aumentar su caudal. Pedí, pues, tres días más de asueto. La amable señorita me sonrió, me cambió el billete y me cobró no sé qué tasas. Salí de allí, arrastrando la maleta, hacia mi nuevo hotel.

Había recorrido ya, en los días precedentes, una buena parte de la ciudad. A unas horas determinadas. De día. La ventaja de ahora, de estar alojado en el centro, es que podía salir por la noche. Y lo hice. Las ciudades, como la luz, cambian con las horas, con la gente que las pueblan, y con las ropas que éstas visten. Los noctámbulos salían a disfrutar de la vida. Se olvidaban de monumentos y lugares típicos o turísticos. Las terrazas de los restaurantes estaban llenas a rebosar. Vi a varias mujeres guapísimas. Se me había quedado grabada la cara de una chica, morena, bellísima, a quien pregunté por una calle. Me encantó su sonrisa, sus ojos y su dejo andaluz. Con todo ello se empeñó en llevarme por unas calles en detrimento de las otras:

—Por ahí —me dijo— hay muy mala gente.

Marco Aurelio me estaba esperando, tal como lo hiciera Trajano.

Ni había tenido ni tuve problemas con nadie, pero le hice caso. Tal vez por ir en su compañía. Lejos de ella, tras unos breves pasos, di un par de vueltas por la ciudad, vi la Torre del Oro iluminada, una sólida construcción a orillas del Guadalquivir, cené en un rincón apartado, no muy concurrido, y me fui al hotel. Me acosté relativamente pronto, pues quería madrugar para ir de nuevo a la vieja ciudad romana. De hecho, llegué a Itálica mucho antes de que abrieran las puertas. Marco Aurelio me estaba esperando, tal como lo hiciera Trajano. Me abrió. Pudimos caminar por entre las ruinas y los bellísimos mosaicos antes de que entraran los visitantes.

—He querido quedarme unos días más para hablar contigo —le dije.

—No hacía falta —respondió bondadoso—. Podíamos haber quedado en otro lugar. No hay problema.

—Pues digamos que ha sido una buena excusa para estar más días por aquí. Me gusta mucho Itálica. Y Sevilla.

—Eso está mejor.

—No sé si algún día podré volver, tal como regresas tú. No creo, así que quiero aprovechar el tiempo.

Y sin más me quité la mochila, la abrí y saqué un libro comprado el día anterior.

—No entiendo nada —le dije mostrándoselo—. Quizás por eso, y hasta cierto punto, me gustan Sócrates, Séneca y tu libro: habláis de cosas cercanas, cotidianas, comprensibles. Pero que el universo tenga fin o sea infinito, o que la naturaleza tenga vida o deje de tenerla…

—Cuestiones de un momento determinado. Preocupaban entonces. Estaban de moda. Y ahora han quedado envejecidas, obsoletas. Como muchos libros. Algo así te ha sucedido a ti, ¿no? Nos sucede a todos.

—Sí. He sido un necio. Hice caso, y nunca más, a varios artículos aparecidos en un periódico. Me compré los libros recomendados: el uno tan superficial como partidista, y el otro, bromas y chistes absurdos, sin más. No los arrojé por la ventanilla del tren porque no pude.

—De vez en cuando no está mal leer libros malos. Sin ellos no existirían los buenos libros.

—Ya. Pero he perdido la paciencia: ya no tengo edad para este tipo de bromas. Máxime sabiendo la enorme cantidad de libros interesantes que hay en el mundo.

—Tranquilízate. Por más que lo intentes, no vas a poder leerlo todo. Ni tú ni nadie. La cultura nuestra, si es que somos cultos, no es sino una pequeña selección, una apuesta más o menos feliz. Y, además, lo importante ya no es lo leído sino lo asimilado… Los elementos naturales facilitan una buena digestión. Lo artificial y artificioso…

—Con vosotros siempre está la naturaleza por el medio —dije sonriendo—. Y Nietzsche ya os vapuleó bien por el uso de ese término.

Siempre hay algo que queda por explicar, que se da por sabido, aunque nadie sepa de qué se habla exactamente.

—Sí. Lo sé. Pero es el problema del lenguaje. Siempre hay algo que queda por explicar, que se da por sabido, aunque nadie sepa de qué se habla exactamente. Dios, la naturaleza, las ideas… Por eso lo mejor, así lo he creído siempre, es centrarse en la virtud, en mejorarse uno mismo. Y por virtud entiendo el esfuerzo por ser bueno. Y por bondad entiendo vivir sin hacer daño a nadie. No creas que es fácil.

—No. No lo es. Y menos en tu caso. A menudo me he descubierto soñando con atacar a este que me ha ofendido, al otro por esto o por aquello… En el fondo soy muy rencoroso. Si tuviera el rayo en mi mano, haría como hace Zeus. A veces me doy miedo.

—Entonces no temas nada. El poder es un veneno. Hay que saber administrarlo. Si te dejas arrastrar por él, terminarás siendo un necio cuando no un criminal. No tienes más que ver a ciertos personajes actuales. Ellos actúan como esos libros malos de los que hablabas anteriormente: ¿quieres terminar escribiendo esas necedades?, ¿quieres ser como esos personajes tan vanidosos como vacuos? ¿No? Pues en ellos tienes la piedra de toque. Advertencia de cuanto se debe evitar.

—Cuando era joven —dije blandiendo el libro que no entendía— hacía maravillas por no dejarme ningún libro a mitad, aunque no lo entendiera…

—Una tontería como otra cualquiera. Dime, si te equivocas de camino, ¿sigues caminando hasta el final o vuelves sobre tus pasos y corriges cuanto antes?

—Sí. Tienes razón. Este se quedará por terminar. No así el tuyo. Lo he leído varias veces. Y también tienes cosas oscuras.

—Lo sé. También son oscuras para mí.

—No obstante, siempre me ha llamado la atención el inicio de tu libro, eso de dar las gracias a todos y cada uno de tus ascendientes por la educación que te dieron, así como a tus profesores.

—Sin ellos no seríamos como somos. Ellos me llevaron por el buen camino. Vivir sin dañar a nadie.

—Muy a menudo he pensado que me hubiera gustado mucho escribir un libro como el tuyo, o una novela, algo que me permitiera darles las gracias a todos los maestros que he tenido a lo largo de mi vida, y a mis padres que tanto se esforzaron por mí.

—Todos escribimos ese libro. Y es el más hermoso de todos: se resume en nuestra actuación diaria. En comprender que el hombre es un ser inerme e indefenso. Muchas veces actúa por miedo, por cobardía… Y nadie se merece la condena…

—Entonces tú eres contrario al mito de Protágoras, aquel según el cual Zeus concede el conocimiento político a todos por igual. Por lo tanto quien se sale de la norma, y es reincidente, debe ser eliminado.

—No. Yo soy partidario de la clemencia. ¿Ha servido para algo la condena a muerte de algún criminal? ¿Han servido para algo las guerras? Los limes de Roma los rompieron los bárbaros. ¿Y qué? Hubiera sido mejor repartir las tierras entre todos y evitar infinidad de guerras y atrocidades. La historia hubiera sido distinta…

—El senado lo hubiera impedido. Ya lo hizo con los Gracos.

—El hombre, siempre con sus vanidades y sus ínfulas.

—Al sacerdote Crises le sirvieron de mucho. Gracias a ellas, Apolo desencadenó la peste en el campamento aqueo.

Bastante desgracia tiene el ignorante con serlo.

—Hay que mantenerse alejado de los dioses. Al menos en tanto son jóvenes y actúan como verdaderos tiranos. El tiempo nos hace comprensivos y tolerantes.

—No a todos.

—Bastante desgracia tiene el ignorante con serlo. Por más ufano que esté de sí mismo. Y ahora, y cambiando de tema, me llama la atención que no me hayas preguntado por el más allá, por la muerte…

—No me interesa el más allá. Ni la muerte. Me gusta lo que estoy haciendo. Sigo a Séneca: me meto en la droguería —dije haciendo un amplio arco con el brazo— con la esperanza de salir oliendo bien… Aunque si tienes poderes de adivinación, podrías indicarme el número de algún sorteo a fin de hacerme rico y poder comprarme una casa en Sevilla. Entonces podría venir a visitarte todos los días.

—No —me dijo sonriendo—, eso no puedo hacerlo. No tengo ese poder. Ni ningún otro. Y esa, querido amigo, es la mejor forma de vivir. Créeme.

—Te creo. Feliz aquel que vive y muere sin ser notado. ¿Nos vemos otro día? Están llegando las visitas.

—Aquí te esperaré.

—Vale. Dispongo de poco tiempo, pero volveré. Volveré. Hay tantas cosas interesantes, y somos tan breves…

Vicente Adelantado Soriano
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Notas

  1. Horacio, Sátiras, I, 106. Traducción de Horacio Silvestre.
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