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Asociaciones

jueves 23 de noviembre de 2023
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Asociaciones, por Vicente Adelantado Soriano
Querían formar un asociación de ex alumnos. Fui a la cena. Y me aburrí mucho: no tenía nada en común con ellos. Y la asociación no tenía ni pies ni cabeza. Oír al necio de siempre diciendo las necedades de siempre.
Otros, finalmente, andamos de un lado para otro modelando cada uno sus propias historias.1
Demóstenes, Discursos.

Me llamó cuando ya estaba cansado de corregir exámenes, y me estaba planteando de nuevo, un chiste sin gracia, cambiar de trabajo. Era una quimera, desde luego. Pero me hubiera gustado mucho tentar otras cosas. Sabía, no obstante, que, con el paso del tiempo, no dejarían, también, de resultarme pesadas. Quizás no tanto como dar clases, desde luego. Tendrían sus pegas, indudable. Aun así es una pena: se debería obligar por ley a no soportar un trabajo más allá de cinco años. Se adquiriría, además, algo de experiencia en otros campos.

Sea como fuere, no había muchas posibilidades de cambiar de trabajo. Dejé todos los papeles sobre la mesa, y bajé a ver a mi vecino. Esta vez, recuperadas las viejas tradiciones, me estaba esperando con una botella de vino recién descorchada.

—Usted tampoco tiene muchos amigos, ¿no? —me dijo sonriendo nada más sentarnos frente a las copas de cristal acabadas de llenar.

—No. No tengo muchos amigos. Contándolo a usted, dos o tres y un tercio. Y alguno ya se embarcó.

—¿Qué quiere decir?

—Que subió a la barca de Caronte. Falleció.

—Lo siento… No le voy a preguntar si soy la unidad o la fracción de los vivos, pues me parece de mala educación.

—Sí. Es mejor no indagar sobre ciertas cosas. La ignorancia tiene una gran ventaja: el misterio.

Mientras haya misterio, habrá poesía. Pero al hombre le gusta saber.

—Y mientras haya misterio, habrá poesía. Pero al hombre le gusta saber. Ahora bien, hay muchos tipos de saberes. El que yo estaba buscando, y le pido perdón, es aquel del cual dicen: “El que quiera saber, mentiras con él”.

—No era mi intención mentirle. Tal vez le hubiera dicho alguna obviedad sin ninguna intención. Hay preguntas de difícil o imposible respuesta.

—Cierto. Es difícil dar con un buen amigo.

—Ni buscándolo con una lámpara, como hacía Diógenes caminando por el ágora, se da con él. Quizás somos demasiado egoístas, o estamos excesivamente limitados. A veces no vemos lo que tenemos delante de los ojos. O no nos interesa verlo. Aun así le confieso que yo sí he tenido, y tengo, buenos amigos. Se lo garantizo.

—¿No le parece que el hombre, en el fondo, es un ser solitario? ¿Y que muchas de las sandeces que hace son por huir de esa soledad o por miedo a la muerte?

—Aristóteles decía que el hombre es un ser sociable. No puede vivir en soledad. Ahora, también hay muchos tipos de soledad, como todo.

—Quizás, y digo quizás, todas esas asociaciones que hay por ahí, de montañeros, senderistas, falleros, ciclistas, amigos de los castillos, de las piedras, de los almuerzos, de las morcillas, y demás, no sea sino eso, un deseo de escapar de la soledad.

—Es muy posible.

—¿Ha formado usted parte de alguna asociación alguna vez?

—No. Bueno, para serle sincero, un día, hace muchos años, me llamaron unos viejos compañeros del instituto. Querían formar un asociación de ex alumnos. Fui a la cena. Y me aburrí mucho: no tenía nada en común con ellos. Y la asociación no tenía ni pies ni cabeza. Oír al necio de siempre diciendo las necedades de siempre. No volví a ninguna reunión.

—Eso mismo lo he experimentado yo. Una vez jubilado, y llevo ya muchos años siéndolo, y muchos más que aguante, no porque le tenga apego a la vida, sino por fastidiar al gobierno, me apunté a diversas cosas y en lugares distintos. A cursos y cursillos de los más variados temas. Y conocí a varios tipos de personas.

—Y se hartó y lo dejó todo.

—Sí. Tal cual. A algunos de aquellos cursillos iba para aprender. Pero la inmensa mayoría, el resto de mis compañeros, estaba allí por miedo a la soledad, por dar rienda suelta a su ego y contar infinidad de tonterías y bobadas, que a nadie le interesaban, o, sencillamente, por pasar el rato. Total, las clases se pasaban sin aprender nada. Entre risas y necedades varias. Se me hicieron duras y pesadas.

—Hay veces que estando solo en casa, con un buen libro, se aprende más que yendo a conferencias, seminarios y cursillos. Yo también he experimentado algo similar. Y en más de una ocasión, a mitad de charla o de curso, me he ido a mi casa. Nunca he ido a estos sitios a matar el tiempo, o a ganar puntos y comas.

Persona había capaz de estar hablando media hora para demostrar cuánto sabía, y cuánta era la necedad que albergaba en su limitado cerebro.

—Usted y yo debemos de ser una excepción. Yo, en esas clases y asociaciones, me he tropezado con verdaderos insufribles. Y, la verdad, no comprendía cómo el profesor no los llamaba al orden. Persona había capaz de estar hablando media hora para demostrar cuánto sabía, y cuánta era la necedad que albergaba en su limitado cerebro. Y el profesor, sin decir nada.

—¿Y qué iba a decir el pobre hombre? Incluso, visto el panorama, hasta le vendrían bien aquellas necias intervenciones a fin de no tener que hablar él. Si la cosa es como usted dice, ¿qué se podía enseñar allí? Mejor callarse.

—Pero hombre, un profesor…

—Vamos a ver, querido amigo, me está hablando usted de gente mayor, ¿no? De jubilados, ¿no es así?

—Sí. Ya sé lo que me va a decir: si a esas edades no han alcanzado un poco de sentido común…

—De educación más bien. Mire, yo también terminé harto de algunas intervenciones en cursillos, conferencias y demás. Persona hay que no tiene en cuenta a nadie. Habla y habla y habla… En estos casos se debería hacer como hacían los griegos: sacar la clepsidra, y tener el uso de la palabra, sea quien fuere, mientras el agua pasa de una lebrillo a otro, cinco minutos, y no más, si no ando errado.

—Es una buena idea: donde no hay respeto, se ponen palanganas. Como en una casa con goteras.

—Eso mismo. En toda asociación, además, querido amigo, verá lo de siempre: gente que va por pasar el rato, por darle brillo a su ego, por anunciar que está estudiando esto o aquello y creerse lo que no son.

—También hay alguno con ganas de aprender. Y a este último le amargan la vida.

—Todo cuanto él quiera o permita. Hay libros, está internet, hay infinidad de materiales. Se puede usted ahorrar el ir a clase, o el pertenecer a alguna asociación que otra.

—Cierto. El médico, no obstante, me recomienda no salir a caminar yo solo. Por si tengo algún mareo o me sucede algo.

—Me parece muy bien. El médico está cumpliendo con su obligación. Pero todos nos hemos de morir. ¿Qué más da hacerlo en medio del monte, y solo, que en una sala de un hospital? No va a estar más acompañado por muchos médicos y enfermeras que pasen por delante de usted con goteros, jeringuillas o cualquier artilugio.

—Sí. Tiene razón. Pero es una pena no poder seguir un curso en condiciones, como dios manda.

—Mire, siendo yo muy joven, y estando ya harto de los desplantes y mala educación de los alumnos, vi, desde fuera, una clase de adultos. Envidié al profesor de esas personas: me pareció una clase ejemplar… Más tarde he podido comprobar que hay maleducados e impresentables en las clases de los adolescentes, y en las clases de los mayores.

—Y de los jubilados. No los olvide. Hay gente para la que no pasan los años. Ni las experiencias. Tonto en su villa, tonto en Castilla.

—O dicho en latín, quod natura non dat, Salamantica non praestat.

—¿Y qué podemos hacer?

—Darle la razón a Aristóteles, sabernos seres sociables, pero reconociendo que ni el cordero se junta con el lobo, ni el cervatillo con el león. Por lo tanto, cada oveja con su pareja. Y aquí paz y allá gloria.

—Es muy difícil dar con personas no ya con tus propios intereses, sino con un poco de educación.

—Pues como hemos dicho antes: la casa tiene goteras. Utilicemos la clepsidra.

—Seguro que protestaría más de uno. Y más de uno la rompería a garrotazos.

A mí no me asusta la soledad. En absoluto.

—Siempre nos quedará el refugio de nuestra casa y de nuestra biblioteca. A mí no me asusta la soledad. En absoluto. Y soy sociable: no puedo fabricarme los zapatos, ni las camisas, ni plantar y cosechar patatas. Necesito, por lo tanto, de los demás. Para algunas cosas.

—Sí, para otras, lo que decía usted: libros, diccionarios, una habitación silenciosa, y ganas de aprender.

—No hay más.

—De mis soledades vengo, y a mis soledades voy.

—Eso mismo. Por cierto, este vino entra de maravilla.

—Pues hagamos un brindis por los vendimiadores y aledaños.

—Sea. Por todos ellos. Y por quien se embarcó.

Vicente Adelantado Soriano
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Notas

  1. Demóstenes, Discursos. Contra Filipo. Primer discurso, 48. Editorial Gredos. Madrid, 2007. Traducción de A. López Eire.
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