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Silencio

jueves 30 de noviembre de 2023
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Silencio, por Vicente Adelantado Soriano
El silencio en medio de la montaña era impresionante. Sólo se oía el crujir de las piedras bajo mis botas. El camino, ancho y espacioso, se elevaba por entre pinos y matorrales.
Incluso el silencio es una forma de hablar.1
Filóstrato, Vida de Apolonio de Tiana.

No le dije nada a mi vecino. Me apetecía, de nuevo, ir solo, no hablar con nadie, y adentrarme por caminos de montaña con mi inseparable mochila. Liberado, además, de trabajos y correcciones de ejercicios, me lancé a la solitaria calle. Me iba a venir muy bien cambiar de ocupación, dejar los libros, y, sobre todo, dejar descansar a mis fatigados ojos.

Consulté la libreta antes de irme a la cama y después de haber dejado la mochila preparada. Me decanté por un pueblo un tanto lejano. El tren salía muy pronto. Así pues antes del amanecer ya estaba yo cómodamente instalado en un vagón. No había nadie. Saqué un libro y esperé pacientemente a sentir el suave impulso de la partida. No tardó mucho en producirse. En contra de mi costumbre, puse la alarma del móvil por si me dormía y me pasaba de estación. No fue el caso.

Y entonces, bailando por encima de las letras del libro, sin venir a cuento de nada, surgió el recuerdo de mi padre. De aquella lejana y necia discusión.

Tenemos tendencia a recordar acciones o deplorables o dignas de mejor vida.

Siempre me ha resultado un misterio la actuación de la mente o de la memoria. A veces, de golpe y porrazo, y sin ningún motivo aparente, nos presenta ante los ojos escenas o situaciones vividas hace mucho tiempo. No olvidadas por completo. Agazapadas en algún lugar en espera de poder dar el salto para avergonzarnos o conmovernos de nuevo. Tenemos tendencia a recordar acciones o deplorables o dignas de mejor vida. Situaciones poco agradables o bastante negativas. De joven leí, en algún libro de Schopenhauer, algo parecido a esto: recordamos más el mal que el bien que nos han hecho. La memoria a menudo es una pesadilla.

Tras unos días desmemoriados, quizás por exceso de trabajo, volvió aquel recuerdo, en el tren, con una fuerza inusitada. No hubo entonces forma de acallarme. Levanté la voz en demasía, tomando ante él una actitud totalmente necia y absurda. No fue eso lo peor sino lo que vino a continuación: un disgusto permanente hacia su persona. Un rechazo total. Dejé de hablarle. Le decía lo justo. Nada más. Mi padre no se lo merecía.

Tardé años en arrepentirme de mi necia actuación. Fue, como siempre, cuando ya no tenía remedio: mi padre falleció sin mi compañía, con la certeza, tal vez, de haberme perdido para siempre tras aquella absurda discusión. Sin comprender por qué. Yo tampoco lo entendía.

En los años siguientes a su muerte, leí como un poseso. Devoraba cuantos libros caían en mis manos, quizás para no oírme a mí mismo. Y fue entonces cuando di con el escritor balsámico. Hasta cierto punto. Pues me reí de buena gana con sus relatos fantásticos; pero, al mismo tiempo, también uno de ellos me causó hondo pesar, si bien transformándolo, dándole un toque personal. Cuenta en él Luciano el Samósata la aparición de un fantasma en una vieja casa de Grecia. Nadie quiere habitarla, pese a la baratura de su alquiler. Tienen miedo al susodicho fantasma. La alquila un filósofo itinerante, un sofista. Una noche se enfrenta al fantasma. Y descubre que éste sólo desea ser enterrado en un lugar apropiado. Sus huesos, junto con la cadena que une sus muñecas, y que arrastra por toda la estancia, yacen en un sucio corral de la casa. Lugar indigno.

No hacía frío. Me iba a sobrar ropa en cuanto comenzara a caminar. Nada más bajar del tren, crucé el pueblo, todavía dormido, y me lancé por una de sus calles en busca del parque. Éste llevaba a la próxima montaña, al ansiado camino. El camino terminaba en una población lejana, donde tenía previsto comer si andaba a buen ritmo. De allí salía un autobús a una hora un tanto tardía. Llegaría a casa tarde, de noche. No había problema: nadie me esperaba. Además, no bajaría a casa de mi vecino: no tenía ganas de hablar. El amplio y solitario cielo, con grandes manchones violáceos, se extendía sobre mi cabeza.

Durante una larga época me obsesionó el recuerdo de la discusión con mi padre. Y el de mi estúpida reacción. Relacionado con esto, sin duda, di en leer cuentos y novelas fantásticas. Apariciones de muertos, de dioses, ninfas y demás seres fantasmagóricos. Esperaba, si ello era posible, que jamás se me apareciera ninguno: seguramente no lo iba a poder soportar. Moriría de la impresión en el acto. No obstante, deseaba pedirle perdón a mi padre. A través de alguna materialización. Me asustaba.

El silencio en medio de la montaña era impresionante. Sólo se oía el crujir de las piedras bajo mis botas. El camino, ancho y espacioso, se elevaba por entre pinos y matorrales. Me rodeaba un suave perfume a tierra, hierbas y violetas.

De estar en mi mano, por si me lo preguntaba alguien, preferiría no ser testigo de ninguna aparición.

No era tan impresionable como lo fui de más joven. Aun así, de estar en mi mano, por si me lo preguntaba alguien, preferiría no ser testigo de ninguna aparición. Las hay terroríficas, como las del conde Drácula en busca de su porción de sangre, y las hay milagrosas, como las de Jesús a sus discípulos y a san Pablo. En ninguna de estas categorías entraba la posible aparición de mi padre. Se parecía más a la del fantasma de Luciano el Samósata. Sí, me hubiera gustado abrazarlo y pedirle perdón. Pero quien estaba arrepentido y dolido era yo, el vivo. En consecuencia no tenía ningún sentido su aparición en el mundo de los vivos. Debería ser yo quien, como un nuevo Odiseo, bajara al Hades en su búsqueda. Odisea es un poema fantástico. ¿Quién, en sus cabales, se va a creer que es posible viajar al mundo de los muertos? Y, sin embargo, hay literatura al respecto. Una de las más famosas, junto con la de Homero, y Virgilio en la Eneida, manibus date lilia plenis, hablando de Marcelo, es la de Dante, La divina comedia. Ambas de un carácter marcadamente político. Las apariciones de los muertos en la tierra, Jesús, Lázaro, etc., no son sino el reverso de la moneda, el reverso de estas obras, y tan frustrantes y políticas o propagandísticas como las otras.

La imaginación de los poetas también tiene un límite, como la senda escogida por mí aquella mañana: recuerdo mi descontento cuando leí la Odisea por primera vez: la visita al Hades de Odiseo me resultó decepcionante. Dos o tres detalles, sin mucha importancia, marcan el descenso del héroe: el descontento de Aquiles, quien preferiría ser porquero en vida a rey de los muertos en los infiernos, y los lamentos de Agamenón. Nada nuevo nos dice, sin embargo, cuando narra su muerte a manos de Clitemnestra, su mujer y madre de Ifigenia, sacrificada por su propio padre. Los muertos, por otra parte, como un anticipo de los vampiros, se pirran por la sangre de los sacrificios hechos por Odiseo antes de llegar a las moradas de Plutón. Nada se desvela.

Me detuve en lo alto del camino. Me quité la mochila, me limpié el sudor y bebí un largo trago de agua. Siempre llevo dos botellas de dos litros. El agua me es tan vital cuando salgo a caminar como la sangre para el conde Drácula. Me pareció mentira entonces, caminando de nuevo, haber tenido miedo, alguna vez, por culpa de esas historias, y de esas improbables apariciones. La metáfora de Platón: asustarse por las sombras, por cosas vanas. Sin duda fue eso lo que comprendió aquel impertérrito filósofo. El que aceptó vivir en aquella casa donde se aparecía el fantasma encadenado. Una quimera.

Durante años seguí mi investigación sobre los viajes al mundo de los muertos. Todos los relatos me llevaban siempre al mismo lugar: hay un punto a partir del cual nada nuevo se dice. El mundo de los muertos, como el de la llamada ciencia ficción, no es sino un reflejo, o una crítica, del mundo de los vivos. Eso sí, me reí mucho, y me lo pasé en grande, leyendo el canto dedicado al infierno, por Dante. Éste está poblado por sus enemigos, y por aquellos, faltaría más, que no acataron los mandamientos de la Iglesia. Nada nuevo. Los tormentos, eso sí, o algunos al menos, son bastante peregrinos.

Mucho me alegraría que se me aparecieran por allí un grupo de ninfas de bellos peplos y delicados pies.

Mucho me alegraría, si ello fuera posible, y dado que me hallaba en lo alto de una loma, rodeado de pinos y de flores silvestres, en un locus amoenus, bien perfumado y resguardado del sol y de los humanos, que se me aparecieran por allí un grupo de ninfas de bellos peplos y delicados pies. Nada terroríficas. Y cantaran con sus dulces y acordadas voces la belleza de este mundo de silencio. O llegara a mí Atenea, la portadora de la égida, y aumentara mi corta inteligencia a fin de comprender los misterios que no entiendo. Pero estaba solo. No me hizo falta girar la cabeza para comprobarlo. Ni levantar la vista del suelo.

Solo, en silencio y apesadumbrado, continué caminando. Recordé también, cómo no, una agria discusión con un compañero un tanto fanático. Se tomó a mal mis palabras de entonces. Le dije que el cristianismo le había dado la vuelta, hasta cierto punto, a la literatura clásica: si antes los vivos bajaban al Hades, ahora eran los muertos quienes venían al mundo de los vivos. Con el mismo frustrante resultado. Añadí que no me cabía en la cabeza que el evangelista, ni nadie de su pueblo o de los alrededores, no hubiera aprovechado la oportunidad para hablar con el resucitado Lázaro, o con la hija de Jairo, a fin de recabar noticias sobre el más allá. ¿Nadie lo hizo? Lo dudo. Y por parte de san Juan un descuido imperdonable. Tal como el de san Pablo camino de Damasco. No eran cronistas muy puntillosos, pues iban a lo suyo y nada más. Sin probar nada y reclamando fe. Sí. Hace falta mucha. Muchísima. Yo no la tengo.

Ni mi profundo arrepentimiento por aquella discusión ha materializado a mi difunto padre, ni mi deseo de romper mis muchas limitaciones ha hecho que se me aparezca Atenea o las musas del Olimpo. Sin duda no soy digno de ello. No obstante, allá al fondo, bajo un sol un tanto débil, pude ver el feo campanario barroco del pueblo al que me dirigía. No tardé en llegar. Algo es algo.

Vicente Adelantado Soriano
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Notas

  1. Filóstrato, Vida de Apolonio de Tiana. Alianza Editorial, Madrid, 2021. Traducción de Alberto Bernabé.
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