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Lógica

jueves 25 de abril de 2024
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Diógenes Laercio
He leído en el libro de Diógenes Laercio que, según los estoicos, la cáscara es la lógica, la clara la ética y la yema la física. Y eso es un todo inseparable…
Hombre, si eres alguien, anda solo y habla contigo mismo y no te escondas entre el coro. Préstate a la broma alguna vez, mira en torno tuyo, sacúdete para que sepas quién eres.1
Epicteto, Disertaciones.

Salí de casa muy pronto. Y muy pronto subí al tren. Aun así ya había mucha gente en el vagón. Imaginé que se irían a trabajar. Yo, siguiendo mi rutina habitual, me dirigí al castillo de Sagunto. Había pasado parte de la semana leyendo libros sobre los estoicos. Intentaba dilucidar, una vez más, lo que ellos, y algunos otros, entendían por naturaleza. Me resultaba imposible averiguarlo. La naturaleza, rectora de la vida para los estoicos, tan pronto puede ser buena, como mala: hay plantas venenosas. La cicuta proviene de una de ellas. Todo, pues, me resultaba complicado, y, a veces, ambiguo. Cuando no, juzgaba el recurso a la naturaleza como un mero juego de palabras. O un sencillo comodín que no explicaba nada, tal como Dios, el alma y sus potencias y demás. Por no hablar de la lógica.

—Yo, como Sócrates y Epicteto —me dijo el emperador Marco Aurelio una vez hube llegado a la ciudadela del castillo—, siempre me he inclinado por la ética. La física y los otros componentes de la filosofía no me servían para mejorar mi forma de ser y de actuar.

—Eso mismo pensaba yo también —le respondí— y ese mismo argumento lo utilicé contra la profesora de matemáticas, ante mi enésimo suspenso, cuando estaba en quinto de bachiller.

—Y no te lo admitió —dijo con un tono dubitativo entre pregunta y aseveración.

En la vida del hombre hay más cosas aparte de la literatura, la filosofía y el comportamiento.

—Sí que me lo admitió. Pero me dijo, con toda la razón del mundo, que en la vida del hombre hay más cosas aparte de la literatura, la filosofía y el comportamiento. Y negarme a reconocerlo, suspender la física y las matemáticas, era cerrarle la puerta a un mundo que puede ser muy interesante. Sin contar con que si no aprobaba se terminaría mi carrera de estudiante. No podría acceder a la universidad.

¿Eso te sucedió en el instituto Benlliure? —preguntó José Luis, sentado junto a Marco Aurelio, con su inseparable bastón apoyado en las piernas—. ¿Sí? ¿Quién fue esa profesora?

José Luis y yo nos conocimos en dicho instituto cuando éramos muy jóvenes. De allí nació una gran amistad.

—¿Te puedes creer que lo he olvidado? —dije compungido—. A veces me flagelaría, sin abusar, por mi falta de gratitud.

—Ya —sonrió—, como Sancho desencantando a Dulcinea.

—Tal cual. Pero no por haber olvidado su nombre… Esa mujer fue tan desprendida y amable conmigo que me conminó a ir dos días a la semana a su casa, por la tarde… Entre ella y su marido me pusieron al día. Me abrieron los ojos. Y aprobé, con nota, las matemáticas y la física. Un día, unos años después, la vi en un bar y fui incapaz de saludarla, de darle las gracias…

—Lo tuyo siempre ha sido la timidez, muchacho —dijo José Luis sonriendo—. Cuando salíamos de viaje —le explicó a Marco Aurelio— siempre dependía de uno o de otro. Era incapaz hasta de entrar en un bar y pedir un vaso de agua.

—Es cierto —corroboré—. He sido tímido y apocado hasta la muerte. Pero de todas formas —añadí animándome— no es eso lo que me ha traído hoy aquí. Yo quería que habláramos, y dejemos los tristes recuerdos de lado, de la lógica de los estoicos.

—¡Vaya! —exclamó Marco Aurelio—. Ahora te ha dado por la teoría.

—¿Y qué cosa no lo es? Lo siento —me disculpé— pero, en estos momentos, me parece importante llegar a comprender estas cosas. La naturaleza y la lógica.

—¿Qué es la lógica? —preguntó José Luis—. ¿La lógica funciona igual para unos y para otros?

—Buena pregunta —le respondí—. Ya estamos como Sócrates y Menón… Si no funciona igual, sería doblemente motivo de estudio puesto que nos ayudaría a comprender a otras personas. Y contestando a tu pregunta, te diré que lógica es el estudio del logos, de la palabra. Pero no confundir con la filología. Con la lógica se trata de estudiar el razonamiento, y comprender las causas de por qué éste es cierto o no, y si es pertinente o no. Más o menos. Y más bien explicado de forma esquemática.

—Pero comprensible —terció Marco Aurelio.

—Se trata de hacer razonamientos impecables. Como aquel que nos enseñaban en las clases de filosofía, no sé si te acuerdas. Aquello de “Todos los hombres son mortales, Sócrates es un hombre, luego Sócrates es mortal”.

—Sí. Lo recuerdo —afirmó sonriendo.

—Pero con los estoicos la cosa se complica —intervino el emperador—. Éstos, si no recuerdo mal, no trabajan con universales, “Sócrates hombre”, sino con proposiciones: “Todos los seres humanos son animales…”. Y, francamente, esto no creo que nos sea de mucha utilidad. Por no decir de ninguna.

—Nunca se sabe —repliqué—. Aunque todo es muy discutible. Por ejemplo, esa tontería de no asustarse porque en la proposición no hay nada que me lo indique o diga. Me refiero al ejemplo, estoico, de dos personas que van en una barca. Y una le dice a la otra que una ola enorme se les viene encima. La otra persona se asusta. Y el estoico responde que nadie le dicho que se asuste o tema. Sencillamente le han dicho que viene una ola.

—En el contexto en el cual están —dijo José Luis— es para asustarse. Digan los estoicos lo que quieran.

—Pero ellos te responderán —intervino Marco Aurelio— que tener miedo o no son apreciaciones tuyas. Tu impresión.

—Es posible —replicó José Luis—, pero eso también dimana de la propia experiencia. Una enorme ola sobre una barquichuela no es poca cosa —dijo sonriendo.

—Efectivamente. Hay mensajes —tercié yo— que llevan implícita la respuesta de quien los oye. Como los verbos performativos. Es normal que se entristezca y llore alguien a quien se le anuncia una desgracia. Aunque el término “ha fallecido tu madre” no dice, al mismo tiempo, “llora y grita”. Pero lo normal, lo natural —dije recalcando bien la palabra— si quieres, es hacerlo. Al fin y al cabo a ningún estoico se le ocurre decir “mete la mano en el fuego”, y luego, ante los gritos del interfecto, excusarse diciendo “no te he dicho que te quemes”. Palabrería. Mera palabrería.

Epicteto, como muchas otras personas, ha mitificado al sabio.

—Pero ese no sería el sabio, te diría Epicteto.

—¿Ves? Aquí no se acepta lo natural, o la naturaleza… Epicteto, como muchas otras personas, ha mitificado al sabio. Para él, Sócrates es el máximo exponente de la sabiduría. ¿Sócrates no se entristeció nunca, no lloró nunca, no se equivocó nunca? Sócrates era un hombre, según el silogismo anterior. Por lo tanto alguna acción humana cometería. Y alguna pifia.

—Todos las hemos cometido, creo —dijo Marco Aurelio acordándose, sin duda, de su impresentable hijo Cómodo—. Aunque, a veces, seamos inocentes…

—Hay errores y necedades; la mayoría, no obstante, dependen de nosotros… En realidad todos los errores son nuestros, asumidos o no.

—De acuerdo —intervino rápidamente el emperador—. Yo —dijo con un toque de tristeza— podía haber decidido no tener hijos… Pero una vez llegado éste a la vida, ya no estaba en mi mano, pese a los buenos maestros que le proporcioné, su actuación. Que fue penosa.

Propuso José Luis, levantándose y apoyándose en su bastón, que diéramos un breve paseo aprovechando la ausencia de visitas. Nos fuimos hacia el teatro romano, donde nos podíamos sentar cómodamente. Y tomar el tibio sol.

—Yo creo —comenzó a decir José Luis una vez nos sentamos en las gradas del teatro— que también la lógica, de la que estabais hablando antes, no sólo es hija de su momento histórico sino, también, de la edad del hombre, de quien la utiliza.

—¿Lo has estado rumiando en tanto veníamos? —le pregunté.

—Sí. Pero más bien pensando que rumiando. No me animalices, muchacho.

—Perdón. Sea como fuere, otra vez Menón.

—¿Quieres decir —le preguntó Marco Aurelio— que una es la lógica del niño, otra la del adolescente, otra la de la mujer y otra la del anciano?

—Eso mismo hacía Menón con la virtud o areté, con enfado de Sócrates.

—Sí —respondió José Luis convencido de cuanto había dicho—. Un día —comenzó a contar sonriendo—, terminada la clase, nos íbamos al patio. El niño que iba delante de mí llevaba las zapatillas desabrochadas. Lo llamé a fin de evitar que se pisara los cordones y se cayera. Y para no agacharme yo, lo levanté a él y lo senté en el alféizar de una ventana. Mientras le ataba los cordones me dijo:

—José Luis, yo soy mayor que tú.

—Toma, claro, ¿por qué lo dices? —le pregunté—. ¿Porque estás más alto que yo ahí en la ventana?

No —me contestó—, porque yo tengo pelo y tú no.

—¿Y qué sentido tiene eso? O mejor, ¿por qué hizo tal afirmación ese niño? —preguntó un tanto sorprendido Marco Aurelio.

Sonreí. Más de una vez me había contado la anécdota caminando por la Vía Verde.

—Su madre —explicó José Luis— acababa de tener un bebé. Y el niño observó que sus padres y él tenían pelo. El bebé, no. Por lo tanto él era mayor que su hermano, recién nacido, y mayor que yo, que ya estaba calvo por aquel entonces. Su lógica, por lo tanto, era infalible.

Marco Aurelio rio de buena gana.

—Otro día —contó animado José Luis—, al terminar las clases por la tarde, se me acercó otro niño, y con cara muy triste me dijo:

—José Luis, tú no tienes mamá.

—¡Hombre, Paquito!, gracias a Dios sí que tengo mamá.

—No, no tienes mamá —reafirmó triste y enfadado.

—¿Y por qué dices que no tengo mamá? —le pregunté.

—Porque nunca viene a buscarte al colegio.

Marco Aurelio sonrió.

—Creo —dijo José Luis— que la lógica sí que sirve para algo. Y que es relativa, como todo en esta vida.

—Tal vez tengas razón —intervino el emperador—. Quizás sea un buen inicio para ir a la ética.

—He leído en el libro de Diógenes Laercio —tercié yo— que, según los estoicos, la cáscara es la lógica, la clara la ética y la yema la física. Y eso es un todo inseparable… Echo de menos a aquella profesora a quien olvidé. Las matemáticas me resultaban muy entendibles y claras con ella.

—Muchacho —dijo José Luis levantándose, apoyándose en su bastón, y con ganas de irse—, no me digas ahora que eres mayor que yo porque te quedan dos pelos y medio.

—No. No te lo digo.

La mayoría de las cosas no tienen ni sentido ni lógica. Y ni vale la pena estudiarlas. Olvídalas.

—Pues la sentencia senequista que me repetías una y otra vez cuando íbamos por la Vía Verde: contra lo que nada puedas tú, que nada pueda contra ti. La mayoría de las cosas no tienen ni sentido ni lógica. Y ni vale la pena estudiarlas. Olvídalas.

—Estamos siendo más estoicos que Epicteto y compañía —sentenció Marco Aurelio.

—¿Tú crees? —pregunté un tanto escéptico—. A veces tengo la impresión de que estamos escribiendo en una hoja cuadriculada, y nos empeñamos en meter cada letra en una cuadrícula.

No hubo respuesta. Sólo sonrisas. Y sin más, en tanto ellos se iban hacia la ciudadela, yo me dirigí a la estación. Con un toque de estoicismo y mucho de escepticismo. Con él o sin él, había valido la pena el viaje. Me prometí volver otro día por más que la subida al castillo se me hiciera dura y pesada. Cada día más. Y por más que no hubiera en todo ello ni lógica ni sentido ni razón de ser. O tal vez sí. Tal vez ni lo sepamos nunca ni importe.

Vicente Adelantado Soriano
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Notas

  1. Epicteto. Manual, Disertaciones por Arriano, III, XIV. Gredos. Madrid, 2001. Traducción de Paloma Ortiz García.
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