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Inundados

lunes 4 de noviembre de 2024
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Inundados, por Vicente Adelantado Soriano
He visto desfilar a infinidad de personas con cubos, palas, cepillos, agua y alimentos para los afectados por las lluvias torrenciales. Ríos de personas. Algunos vecinos nuestros iban entre ellos. 📷 EuroNews
¿Qué duda cabe de que el hombre es un objeto extraordinariamente vano, diverso y fluctuante. Es difícil fundar un juicio firme y uniforme sobre él.1
Michel de Montaigne, Puede lograrse el mismo fin con distintos medios.

—¡Vaya semanita que llevamos! —me dijo nada más abrirme la puerta de su casa. En la mesa ya estaba preparada la botella de vino con su apetitoso acompañamiento. Dimos buena cuenta de ambas cosas sin dejar de hablar.

—Sí, desde luego —repliqué llenando las copas—. No dirá que nos aburrimos en este bendito país.

—No. Nos aburrimos, pero no es nada divertido todo cuanto está sucediendo.

—Imagino, vamos por orden, que se refiere usted a la crisis que ha abierto el muchacho este, un tanto rijoso al parecer, en su formación política, de izquierdas y feminista, al ser denunciado por acoso sexual por varias mujeres. Y eso con su cara de buen chico. A lo cual cabe añadir, segunda parte, la fuerte riada sufrida en Valencia durante estos pasados días; provocando centenares de muertos, desastres y catástrofes de todo tipo. Y poniendo de manifiesto, una vez más, la inutilidad de los políticos.

—Sí. Efectivamente. A ambas cosas me estaba refiriendo. ¿Qué le parece a usted?

—De lo primero no sé qué decirle. No lo entiendo. No me entra en la cabeza: violar a una persona, o intentarlo; aprovecharse de un cierto poder para dar rienda suelta a los más bajos apetitos vilipendiando a quien sea, y humillando a quien se te pone a tiro... No. No me entra en la cabeza. No lo entiendo.

—Yo tampoco. En mi caso le puedo decir, a estas edades ya no me avergüenzo de contarlo —se removió en su silla con un cierto nerviosismo—, que yo he pecado de todo lo contrario: de apocado y falto de empuje. Hay situaciones que siempre me han producido un cierto temor, miedo, retraimiento, y me he retirado temblando y tal vez frustrando a la otra persona. A veces hasta alguna mujer, me dijeron, se rio de mí.

—Usted, si no me equivoco, nació y vivió en una época donde todo era pecado. Máxime el sexo.

—Así es.

—Es comprensible, por lo tanto, que le pasara eso, lo del retraimiento. No sirve de consuelo, lo sé, pero no es el suyo el único caso. Conozco unos cuantos más. Muchos más.

—Sí, yo también los conozco. No obstante, otras personas no actuaron de esa forma. No hicieron mucho caso, al parecer, de la educación recibida.

—Ni todos somos iguales, ni todas las situaciones son parejas. Yo, por ejemplo, he recibido una educación más abierta que la suya, pero jamás en la vida se me ha ocurrido abusar de ninguna mujer. Tampoco he tenido posibilidades, no crea —añadí sonriendo—. Además, tenga en cuenta que no toda la culpa, si se puede hablar de culpa, es del hombre. También cuentan ellas.

—A ese respecto —añadió— he leído testimonios de mujeres, de quienes ha intentado abusar algún hombre, según ellas, que dejan mucho que desear. Se meten en la boca del lobo y quieren salir indemnes. Hay varios refranes perfectos para el caso: “Quien no quiera polvo que no vaya a la era” o “Evita la ocasión y evitarás el peligro”. ¿Pecan de ingenuas? Tal vez. No lo sé.

—Es un tema delicado, desde luego. Y cierto es que la mujer ha estado relegada y sometida al hombre durante mucho tiempo. Pero de eso a que, ahora, siempre tenga la razón, hay un trecho. Sus refranes son muy acertados, no cabe duda: si una chica, a las tres de la madrugada, se va a casa de un chico, ¿qué cree, que van a rezar el rosario? ¿Tiene derecho a ir a casa del muchacho? Todo el derecho del mundo. Como lo tiene para coger con la mano un leño ardiendo. Pero que no demande luego al dueño del leño, ni se queje de las quemaduras recibidas.

—No es —dijo tras vaciar su copa— que yo esté a favor de este chico rijoso, político de ocupación, que ha provocado una tormentilla política en su partido, que no lo estoy, ni de lejos, pero, coincidiendo con las inundaciones en Valencia, se ha puesto de manifiesto, una vez más, la ralea de políticos que tenemos. Hipócritas y necios. Gárrulos. Incapaces de una conversación sensata, de pedir las cosas por favor o de guardar silencio cuando toca. Ni por supuesto, de tomar resoluciones que no sean para enriquecerse o favorecer al amigo de turno. No desaprovechan ocasión, ni aun con centenares de muertos de cuerpo presente, para atacarse los unos a los otros por mor de hacerse con el butacón. Descalificándose, por supuesto. Es penoso. Patético.

—Pues aquí —le dije siguiendo su ejemplo y vaciando mi copa— todavía somos suaves y delicados. Al parecer los insultos y las descalificaciones entre los candidatos a la Casa Blanca en Estados Unidos no tienen parangón. Bueno, perdón, se pueden comparar, por su mala baba, con las Filípicas, de Cicerón. Allí los insultos también van que vuelan. Y no son nada suaves. Cicerón pone a Marco Antonio de vuelta y media. Lo acusa de bujarrón, borracho, incestuoso... Educación y buenas maneras no faltan.

—Dejando esto aparte —cambió de tema—, menudo desastre con las lluvias torrenciales y la tristemente famosa Dana: carreteras rotas, llenas de barro y de coches, de enseres de todo tipo y camiones; doscientos fallecidos, no sé cuántos desaparecidos, casas anegadas; personas que se han quedado sin nada...

—Y la marabunta, no lo olvide, inundando supermercados y tiendas y arramblando con todo cuanto podía, como si hubiera sonado la trompeta del juicio final. Igual, exactamente igual, que sucedió en la pasada pandemia. Y si ni usted ni yo comprendemos que se use el poder, o la fuerza, para abusar de una mujer, y lo descalificamos, imagínese lo que pienso de estos descerebrados que, en medio de la catástrofe, se han dedicado a vaciar los supermercados sin pensar en el vecino. Y de otros sinvergüenzas aplicados a saquear casas, negocios y todo cuanto se ponía a su alcance. Hace falta ser miserable.

—No obstante, e imagino que también lo sabrá, he visto desfilar a infinidad de personas con cubos, palas, cepillos, agua y alimentos para los afectados por las lluvias torrenciales. Ríos de personas. Algunos vecinos nuestros iban entre ellos. Y, desde luego, el ser humano es una contradicción con patas: a algunos de esos, con cubos y escobas, tan solidarios ellos, igualmente los he visto en el supermercado, sí, he ido a comprobar la necedad humana, cargando con todo cuanto podían, y sin pensar en quien venía detrás de sí.

—Yo, señor mío, siempre he sospechado, y mucho, de estos movimientos de tanta y tanta solidaridad. ¿Un deseo de creernos buenos, de romper con la rutina diaria? Es asqueroso, además, la cantidad de gente que aprovecha estas desgracias para hacerse publicidad: que si hacen cenas o comidas solidarias, donan dinero, maquinaria, etc. No soy creyente, pero cuánta razón tenía aquel cuando dijo aquello de “que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha”.2

—Eso es pedirle peras al olmo. En el fondo en estas catástrofes no sólo hay muertos: también hay exposición de las miserias propias y ajenas. Y de todas las contradicciones del ser humano. En el fondo éste es un pobre animal digno de lástima. Aunque a veces, ya lo sé, dan ganas de acabar con él. O, al menos, con algunos de sus ilustres representantes.

—Tampoco nos pasemos. No nos pongamos a su nivel. Ver, observar y alejarse todo cuanto sea posible y aun más. Y medidas higiénicas. No sé las que tomarán todos estos espontáneos que van a limpiar el barro de las calles. Eso debería ser faena de gente especializada, y con mucha precaución... Por cierto, si le falta comida, dígamelo. Puedo ir al mercado. Sin problemas. Pero no va a haber desabastecimiento. No caigamos en la histeria, como la marabunta.

—No me falta de nada. Ya lo tengo todo. Me faltaban libros. Y me apetecía ir por mi propio pie a la librería. Me he comprado, y esta es la tercera versión que obra en mi poder, Los ensayos, de Michel de Montaigne, o del señor Montaña, como quería Quevedo. Me ha faltado tiempo para empezar a leerlos.

—He oído hablar de él. ¿Es el ensayista francés del siglo XVI que aprendió a hablar antes en latín que en francés?

—El mismo. De hecho su libro está lleno de citas en latín. Y de consideraciones de todo tipo sobre el ser humano.

—Escriba usted algo —dije apurando la botella de vino— sobre esta terrible riada, y el comportamiento de nuestros vecinos e impresentables políticos imitándolo. A Montaigne.

—¡Ah, querido amigo! Me faltan fuerzas e inteligencia para tamaña empresa. Pero podemos seguir conversando sobre él. Y tal vez así lo vaya desgranando. Y si lo hago bien, quizás le apetezca a usted leerlo. Se lo recomiendo.

—Todo pudiera ser. No perdamos la esperanza.

—Pues acabémonos el vino y mañana más.

Vicente Adelantado Soriano
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Notas

  1. Michel de Montaigne, Puede lograrse el mismo fin con distintos medios, en Los ensayos, libro I, cap. I. Acantilado. Barcelona 2021. Traducción de J. Bayod Brau.
  2. Evangelio según san Mateo, 6, 3
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