
Pues los hombres se corrompen y no todo el mundo es capaz de soportar la buena suerte.1
Aristóteles, Política
No creo en los sueños. Todo cuanto he leído respecto a ellos me ha parecido, y me parece, un pésimo juego bastante necio. Vaticinar el pasado. Encajar todas las piezas de un rompecabezas para embobar al atrapado espectador en un barracón de feria. Sus intérpretes me recuerdan a los magos, de traje y turbante de mil colores, lanzando fuego por sus bocas en tanto se anuncian maravillas nunca vistas. Pese a todo lo dicho, me encanta soñar, sobre todo cuanto los sueños me resultan divertidos. Entonces tengo que levantarme rápidamente, y rápidamente escribir lo soñado, pues de no hacerlo así, imágenes y palabras desaparecen de mi memoria como por ensalmo, como cuando soplamos sobre el ligero polvillo posado en la portada de un libro.
Aquella tarde, cansado ya de leer y escribir, me dio por pensar, no sé por qué, en una palabra oída y leída en infinidad de ocasiones. La recordé de repente, apenas cerré el libro. Rima. La palabra, en un primer momento, iba asociada, irremediablemente, a Gustavo Adolfo Bécquer y a sus Rimas, por supuesto. Pero el recuerdo de una narración, en un libro de latín, ejercicios para estudiantes, se superpuso a los límpidos versos del poeta.
En dicha narración, un dominus, un desalmado, por cierto, como todos ellos por lo demás, encerró a un esclavo en un arcón. Lo dejó allí a fin de que se muriera de hambre e inanición. Tal como se hizo con los griegos tras la batalla de las Epípolas, o lo que se hacía en la Edad Media: “Ahí te pudras”, era la cantinela final cuando arrojaban al prisionero, o a un montón de ellos, a un agujero bien profundo. No saldrían de allí ni vivos ni muertos. Al esclavo lo sepultaron, con las mismas intenciones, en el arcón.
En estos cuentos y narraciones jamás se habla de la escatología. A los condenados a este tipo de viaje al más allá no les daban ni comida ni agua. Era alargar la agonía, los malos olores y la insalubridad. Pues innegable es, tenían sus necesidades. Ahora bien, si el agujero estaba cerrado con piedras, o alejado de la civilización, los olores ni los notarían los habitantes del castillo o los de la ciudad, pero un arcón en una casa, en una domus, es otra historia. Como mínimo deberían percibir sus habitantes el nauseabundo olor del cuerpo en descomposición del pobre esclavo. Máxime, y aquí está el chiste de la historia, cuando dicho arcón tenía una rima, es decir una pequeña hendidura, una grieta. Ella motivó mis recuerdos y pensamientos.
Pues hete aquí que por dicha rima se colaron unas buenas abejas. Con su miel alimentaron al esclavo, impidiendo así su muerte. De la policía de su cuerpo nada se dice. No creo que las diligentes abejas se ocuparan de ello. Pasado un tiempo prudente, sin ser alertados por ningún olor ni extraño ni conocido, el señor, dominus, mandó abrir el arcón. Y cuando esperaban dar con un cadáver apergaminado, se encontraron con un rollizo esclavo tan fresco como si lo acabaran de encerrar. Ante semejante milagro le fue perdonada la vida. El final feliz, para mí, hubiera sido que dicho esclavo hubiese entregado el resto de su vida a la apicultura. Pero de eso tampoco se dice nada. Ni se comenta si fue llevado, urgentemente, a los baños.
El hombre a lo largo de los tiempos, como las abejas del cuento, ha ido buscando rimas, hendiduras, por montes y lagos, para viajar al Más Allá, y alimentarse con su conocimiento. Entiéndase por el Más Allá el Hades o el mundo de los muertos. Un afán, por cierto, harto comprensible. Sin duda, fruto del miedo a lo desconocido. Tampoco me interesa mucho ni poco el mundo de los muertos. Leídos los diálogos con ellos, salvo los de Luciano el Samósata, me recuerdan aquel refrán español: “Tonto en su villa, tonto en Castilla”. Se puede parafrasear perfectamente: tonto en vida, tonto en muerte. ¿O ésta es capaz de transformar al hombre y hacerlo un hombre verdadero aun cuando no sea sino polvo o nada? ¿Y cómo de la nada se va a hacer un hombre íntegro? No soy capaz de responder a estas preguntas. Algún filósofo o monje lo hará por mí. Horror vacui.
Aquella tarde, pues, cansado de leer y escribir, me dio por meditar sobre la palabra rima, aparecida ante mí, en sueños, como una visión. A fin de hacerlo más cómodamente me senté en mi cómodo sofá. Conecté el televisor, le quité la voz y, como es norma de obligado cumplimiento, me dormí profundamente. No soñé con viajes intergalácticos, ni con cápsulas que descendían del cielo, a velocidades inimaginables, despidiendo fuego cual estrella fugaz. Sencillamente, lo vi con toda claridad, se entreabrió la puerta del comedor, y apareció ella. Llevaba un fino peplo. Ponía bien a las claras la robustez y hermosura de su perfecto cuerpo pese a los años, siglos, transcurridos desde su nacimiento.
—No te ofendas —murmuré tal vez con una pizca de falta de respeto y de educación—, pero no te esperaba a ti. Hubiera preferido otra presencia.
—Lo sé —dijo de pie, frente a mí sin sentirse ofendida—. Te pierde tu falta de confianza.
—Ya. Eres bellísima, de verdad. Pero cada tiempo tiene sus propias exigencias. Y esas que ofreces ya han pasado.
—Puedo hacerlas regresar. Mira —dijo dejando caer, levemente, su peplo.
La miré extasiado. Era la belleza hecha carne.
—Gracias —le dije sonriendo—. Me ha sido dado ver cuanto vieron los dioses cuando estabas colgada del cielo, junto con tu amante, encerrada en una malla de oro.
—No me lo recuerdes. Valiente zángano está hecho el patizambo de mi marido.
—¿Puedes hacer que regrese ella?
—No. Eso escapa a mis prerrogativas. Ya lo sabes.
—Pues entonces dejémoslo estar. Pero no te vayas enfadada, por favor. No te enojes conmigo.
—No me enojo. Me encanta la fidelidad, aunque no sea lo mío. Sí que puedo hacer, dada nuestra larga amistad, que venga tu preferida.
—Por favor. Te lo agradecería, si eso te sirve de algo.
Y dicho y hecho. Salió una y entró la otra, por la misma puerta, o rima o hendidura. O tal vez lo fuera para ellas.
—Bien, aquí estoy —me dijo apoyando la contera de su lanza en el suelo—. ¿Qué deseas?
—Infinidad de veces —respondí— he soñado con este encuentro. Y llega tarde. Muy tarde.
—No lo creas —me sonrió—. Llego en el momento oportuno.
—¿No te molesta el casco?
—No me habrás hecho venir para preguntarme eso —dijo un tanto enojada, como si ignorara cuál era mi propósito.
—Lo siento. Pero esto ya no tiene razón de ser. Llegas tarde.
—Era la respuesta que me esperaba —volvió a sonreírme—. ¿Para qué querías que, en edad tan temprana, te diera la inteligencia y el saber? Lo has comprendido ya, ¿no?
—Sí. Entiendo ahora que no me hicieras ni caso: sin los libros, sin las horas pasadas con ellos, mi vida hubiera sido un aburrimiento total. De haberlo sabido todo, de haber sido tocado por la gracia de tu lanza, o por la égida, sin duda me hubiera aburrido mucho. O quizás me hubiera dedicado a dar conferencias y escribir sesudos libros. Hubiera habido otras cosas.
—Sí, pero igual te sucedía como a Casandra: nadie te hubiera creído. En este mundo las cosas van poco a poco y por sus pasos medidos. No puedes romper el ritmo.
—Además, hay intereses. Muchos.
—Eso. Por lo tanto, como verás, aun cuando no te hice caso, te tuve siempre presente. ¿O acaso los libros no te han servido de nada?
—Claro que me han servido. Por supuesto.
—¿Y no encontraste en ellos cuanto buscabas?
—No soy muy inteligente que digamos.
—¿Y acaso importa eso? Me estás planteando un problema de vanidad. Nada más ni nada menos. Siempre lo he sabido.
—Y yo empecé a sospecharlo hace un tiempo.
—¿Qué hacemos entonces?
—Nada. Dejarlo todo tal y como está. Pero implorando tu perdón.
—Te recuerdo que fundé el tribunal del Areópago. No hay crimen ni culpa. Sólo un poco de maldita vanidad...
Me desperté sobresaltado. En la televisión estaban pasando horribles anuncios de gente muy feliz: consumían lo anunciado, sonreían, saltaban y brincaban y cansaban a María Santísima con su necio optimismo. La apagué. Me fui a la cocina con la idea de hacerme algo de cenar. Encendí un fuego y oí el zumbar de varias abejas. Revolotearon un par de veces en torno a mi cabeza. Luego desaparecieron por las rendijas de la puerta abiertas a fin de evitar, por si había una fuga, el estancamiento del gas. Unas pequeñas rimas.
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