
Mas si, siendo humana, tienes más de bueno que de malo, puedes ser realmente feliz.1
Eurípides, Hipólito.
—La vejez —me dijo en tanto degustábamos una nueva marca de vino—, estoy convencido de ello, tiene muchísimas ventajas. Al menos en mi caso.
—Los clásicos decían lo mismo. Pero ellos —añadí sonriendo—, un tantico rijosos, atribuían las ventajas de la vejez a la liberación del deseo carnal.
—Ese no ha sido un problema importante para mí. De hecho me podía haber ordenado monje, fraile o eremita: no me acuciaba la carne. Igual me hubieran subido a los altares. Claro, esto tuvo una contrapartida: en mi vida he tenido el más mínimo interés para ninguna mujer.
—No pierda la esperanza: Afrodita, la más bella de las diosas, se casó con Hefesto, cojo y feo como él solo. Ahí tiene el mito de la Bella y la Bestia... Además, cada uno se comporta como quien es, y escoge ser como le interesa o cree que le irá mejor. Pero nunca se sabe. Ya lo dijo Sócrates, si no me equivoco, cuando alguien le preguntó si debía casarse o permanecer soltero: “Hagas lo que hagas —le dijo— te arrepentirás”.
—Yo no me arrepiento. No tiene ningún sentido hacerlo. Sencillamente me di cuenta, al alcanzar una cierta edad, de que muchas de mis actuaciones, muchísimas, han sido determinadas por la educación recibida. Una educación nefasta en muchas ocasiones. Ahora he perdido parte de mis temores. Y de esa educación.
—Por supuesto. Eso es innegable: cada época tiene sus tabúes y sus reglas, escritas y por escribir. Nos las meten en la masa de la sangre. Y casi todos las seguimos como borregos camino del matadero.
—Sí, pero hay personas que se liberan de ellas muy pronto, de jóvenes. Y otras, entre quienes me cuento, lo hacen cuando ya nada tiene remedio. Estos días —se animó con el nuevo vino— he estado leyendo libros de viajes. Me encantan. Tal vez porque yo no he ido más allá de los Pirineos. Todo, siempre, me ha dado miedo y vergüenza.
—Pero ha leído mucho —le dije paladeando el buen vino—. Y esa es otra forma de viajar, ¿no cree?
—Bueno, en esta vida quien no se consuela es porque no quiere.
—Mire, viajar también es un tabú. Damos por sabido que quien mucho ve, mucho sabe. Y no es cierto. Algunos se van al fin del mundo caminando, y vuelven a casa tan idiotas como salieron... A mí tampoco me gusta moverme, aunque yo lo hago por pereza. Aun así, de más joven, me recorrí buena parte del país. Por no decirle todo. ¿Y sabe qué es lo que más recuerdo? ¿Lo que me impresionó verdaderamente?
—Conociéndolo un poco no sería una catedral o algún palacio...
—No. No fue eso. Fue el circo romano de Mérida. Y paradoja de paradojas: allí no hay nada, apenas si quedan piedras de la gradería original... Es una inmensa extensión llena de hierbajos de 440 metros de largo por 115 de ancho. Me impresionó. Lo recorrí varias veces de arriba abajo. Y lo hice imaginando cómo serían las carreras de cuadrigas, cómo tomarían las curvas y cuántos aurigas perderían la vida allí por mor del espectáculo.
—Como en la famosa película de Ben-Hur.
—Sí, tal vez. Aunque no me imaginé las carreras de semejante forma.
—Es falsa, desde luego. A raíz de la película, me enteré de que los carros no podían llevar cuchillas en los cubos de sus ruedas para cortar las ruedas de los oponentes. Es lo que lleva el romano, el enemigo de Ben-Hur.
—Eso estaba prohibido, por supuesto. Pero, en fin, ya sabe: Hollywood no es nada de fiar ni en cuanto a la historia, ni en cuanto a nada. Casi todas sus películas son burda propaganda. Y para darse cuenta de esto, querido amigo, no hace falta viajar.
—Bueno, tal vez algún guía, allá en el Coliseo de Roma, se lo hubiera hecho saber.
—Tal vez.
—Pero es lo que dice usted —afirmó llenando las copas—. A veces es suficiente leer buenos libros para dejar de aceptar aquello considerado real durante mucho tiempo. Hay libros que cuestionan las ideas recibidas, abren nuevas ventanas, y lo muestran todo con una luz más clara y diáfana.
—Pues por eso mismo, querido amigo, si viaja, hágalo por placer o porque —añadí sonriendo— alguna editorial de renombre le ha encargado un libro sobre rutas gastronómicas o vitivinícolas.
—Por supuesto —respondió sonriendo igualmente— nadie me va a hacer un encargo semejante. Mi nombre no tiene brillo. Y el libro, en consecuencia, se quedaría sin vender.
—No crea: si le montan una buena publicidad, igual se hace rico y famoso.
—Olvídelo. Eso no se va a producir. Además, soy mayor y cada día me da más miedo salir de casa. Me da pánico caerme por la calle o por un callejón solitario. Y no me hable de bastones ni similares: no me han servido de nada.
—Una compañera mía era obesa. Un día se cayó en la calle. Y ni ella se pudo incorporar, ni quienes la socorrieron lo pudieron hacer. Llamaron a los bomberos. Esta mujer pasó tanta vergüenza que nunca más volvió a salir a la calle. Vecinas y amigas le hacían la compra...
—Algo así me sucede a mí. De joven, como le he dicho, todo me daba vergüenza. Era excesivamente tímido, temeroso... Eso me impidió viajar, salir y conocer mundo. Me angustiaba ir por lugares desconocidos. Y ahora, de mayor, me pasa un poco como a esa compañera suya: el miedo a caerme me sujeta al butacón.
—Pues no es tan mayor como para eso. Ni está gordo. Ni de lejos. Además, según dicen, debería caminar todos los días, aunque sea dando un par de vueltas por el barrio.
—Ayer no salí. Me tomé un día de descanso. Pues el día anterior me caí en un camino por el cual apenas si pasa gente.
—No lo sabía. ¿Qué sucedió?
—Una cosa extraña. De vez en cuando, caminando, sin yo quererlo, me acelero. Mis piernas empiezan a moverse rápidamente. No las puedo controlar. Es un peligro pues, ante un semáforo, no dejo de inclinarme hacia delante y hacia atrás. Tengo que cogerme a alguna farola para no caerme. Y por más que lo intento, las piernas no dejan de moverse y de adquirir velocidad. Me ha pasado varias veces. Y me volvió a pasar el otro día. Intenté aferrarme a un pino para moderar la velocidad, pero calculé mal, y me caí. Estoy todo dolorido por el golpe. Un buen golpe, por cierto.
—¿Llevaba el móvil? Llámeme en esos casos —dije sin saber muy bien qué postura adoptar.
—Me ayudó a levantarme un ciclista. Yo solo no lo hubiera podido hacer. Iba por allí con su perro. Le di las gracias. Y me acordé de un caso similar: una chica, yendo con un patinete, se cayó a pocos metros de donde estaba yo. No la socorrí. Me fui corriendo. Otro tanto hizo otra persona. No obstante, un anciano se detuvo, ayudó como pudo a la chica, y llamó, creo, a una ambulancia. No tardé en percatarme de la bajeza de mi acción. Y de angustiarme por ella.
—Tampoco es tan grave —dije por decir algo.
—Sí que lo es. Si no nos ayudamos los unos a los otros este mundo, ya de por sí deleznable, todavía lo hacemos peor... Y en mi caso, se lo aseguro, todo era timidez, vergüenza, miedo al otro... O algo así. Poco después me volvió a suceder lo mismo: vi a una persona mayor sentada en unas escaleras. Intentaba levantarse y no podía. Pasé por delante de él como un rayo. A los pocos pasos, sin embargo, angustiado, insultándome, me volví. El anciano se había incorporado y ya no me necesitaba. Y a la tercera, querido amigo, va la vencida. La víspera de mi caída ayudé a un anciano, estaba haciendo esfuerzos desesperados para ponerse de pie. Sentado en una piedra esperaba la llegada del autobús. Éste se estaba acercando rápidamente. Lo acompañé hasta la puerta del vehículo. Y no paró de darme las gracias. A los dos días, el ciclista hizo lo mismo conmigo.
—No todos los días se puede ser buena persona. Pero al final lo ha conseguido, ¿no? La gente no es tan mala como parece. Tenga por seguro que si se cae en la calle siempre habrá alguna persona que le ayudará, llamará a una ambulancia y hará lo que se tercie. Sí, de acuerdo, otros muchas personas huirán y no querrán saber nada. Olvídese de ellos. El común de los mortales tiene, cuanto menos, un toque de bondad y de filantropía.
—A veces hay que rascar un poco para sacarla a flote. No sé de dónde me viene a mí ese miedo a viajar y a la gente. Aunque, a estas alturas, qué más da de dónde venga o deje de venir.
—No sea tan severo juzgándose. Conmigo ha sido muy generoso —dije recordando que me había traspasado todo su dinero—. Y, además, es un excelente catador de vinos —añadí mostrándole la botella vacía.
—¿Le ha gustado?
—Mucho.
—¿Pedimos una caja?
—Por supuesto. Nos la beberemos sentados para no caernos —le dije sonriéndole.
—Esa es una excelente idea —contestó contento y alegre.
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Notas
- Eurípides, Hipólito. En Tragedias I, ediciones Cátedra, 1985. Traducción de Juan Antonio López Férez.


