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Olimpíade

jueves 23 de enero de 2025
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Olimpíade, por Vicente Adelantado Soriano
En la antigua Grecia, cuna de las olimpiadas, se participaba en las mismas en busca de la gloria. Hoy en día no creo que nadie participe en estos magnos y pesados eventos pensando en eso o algo similar.
Tan sólo una victoria en el campo de batalla podía compararse a lo que un atleta lograba a ojos de sus conciudadanos si era declarado campeón en Olimpia.
Esteban Berbel, Los juegos olímpicos.

—De verdad —me dijo mi vecino nada más franquearme la puerta y servirme un vino bien frío— que estaba deseando el fin del calor sofocante, y de las malditas olimpiadas.

—Pues ya han llegado ambas cosas, y no por méritos nuestros —le dije tras levantar la copa, brindar y beber.

—Eso es lo de menos, querido amigo. Lo importante es que se terminaron ambas pesadillas. Ahora podemos salir a la calle sin sofocos ni ahogamientos, y podemos conectar la televisión sin tener que ver las necedades que hacen hombres y mujeres con sus cuerpos.

—No le han gustado las competiciones...

—Nunca me ha gustado competir. Y mucho menos vivir para la competición. No creo que eso sea sano para ninguna persona.

—No se busca la salud con ese tipo de cosas. La salud está en la moderación. Nada en demasía. ¿Cuántas horas pasa esa gente entrenando esas contorsiones y esos malabarismos?

—Una eternidad. Sí, no se busca la salud... Cuando veo a esas chiquillas, tan jóvenes, haciendo contorsiones y saltando y brincando sobre un tablón más estrecho que un silbido, no dejo de preguntarme para qué sirve todo ese tormento.

—Imagino que para ganar dinero, para presentarse a todo concurso presentable y llevarse medallas y honores, o caer por los suelos y partirse la vida por cualquier lesión.

—¿Y qué sucede con ellas cuando llegan a una determinada edad y no pueden hacer esos saltos y brincos?

—No lo sé. No le puedo contestar a eso. Sí que le puedo decir que en la antigua Grecia, cuna de las olimpiadas, se participaba en las mismas en busca de la gloria. Era una sociedad muy competitiva. Eso de la gloria es un espejismo como otro cualquiera. No solamente don Quijote atacó a los molinos de viento. A un campeón olímpico le regalaban un ánfora de aceite del olivo que había plantado Atenea en la Acrópolis de Atenas. Y su estatua era colocada en su pueblo...

—¿Y cuánto le duraba el aceite?

—Pues tampoco lo sé. Pero al precio que está ahora, igual lo vendía. Además, los escultores tenían preparadas en sus talleres todo tipo de estatuas: lanzando el disco, la jabalina, o haciendo esta o aquella demostración. Sólo faltaba ponerle la cabeza. Así que el campeón iba a posar, tallaban su cabeza, se la ponían a la estatua prefabricada, y ya era famoso.

—¿Y cuánto duraba esa fama?

—Un suspiro. ¿Hay algo que sea duradero en este mundo? Tal vez la necedad. Igual estos atletas creían que iban a estar a la diestra de Zeus Olímpico, e iban a ser felices para toda la eternidad.

—Pero hoy en día no creo que nadie participe en estos magnos y pesados eventos pensando en eso o algo similar.

—No. No lo creo. Por lo tanto sólo nos queda pensar que es un negocio. A veces me han dado ganas de investigar al respecto: lo que gana un deportista, la vida que tiene y la que le espera después. Pero, la verdad, llevo cosas más interesantes entre manos.

—Hay deportistas que ganan millones. Se pueden pasar el resto de su vida viviendo a la bartola. O invierten el dinero en negocios... Claro, no todos triunfan. Pero quizás a algunos les traiga a cuenta llevar una vida de monjes durante su juventud. ¿Ha hecho usted deporte en ese sentido?

—Lo más parecido que hice, en mi juventud, fue meterme en una peña ciclista. Salíamos a correr y a competir. Un rollo. A mí me gustaba solazarme con el paisaje, detenerme en una fuente, entrar a ver una ermita... Dejé la peña y salí por mi cuenta y riesgo. Hice deporte sin matarme; me detenía donde me apetecía. Sin darle cuentas a nadie ni oírme tonterías y bobadas.

—Es una buena opción. Yo, además, con estos calores, nada más verlos saltar a la pista, comenzaba a sudar y a encontrarme mal.

—Eso he oído, que los juegos se han hecho largos y pesados.

—De verdad —dijo implacable— que no sabía que hubiera tanta modalidad de hacer el mico y el salvaje.

—En Grecia tan sólo participaban doscientos o trescientos atletas. Los atletas vencedores representaban el 3% de los participantes.1

—Ahora participan un montón de atletas de todos los colores y pelajes. No sé decirle cuántos se llevan alguna medalla y cuántos no. Imagino que la mayoría se van de vacío, una decepción.

—Les queda —dije volviendo a llenar las copas— tomárselo con sentido deportivo.

—Hay gente que tiene muy mal perder. Tanto en el deporte como en la vida diaria. Y la verdad, no soy partidario de volver al mundo macabro del siglo XVII, con sus calaveras, su eterno recuerdo de la muerte, y toda su parafernalia. Pero no estaría mal recordar de vez en cuando lo efímeros que somos.

—Tal vez lo sepan esos del mal perder, y se aferran al poder o a lo que sea para no reconocer su medianía y su mísera vida. Eso sin descartar que pueden ser títeres en manos de empresas muy poderosas. Que todo es posible.

—Y lo maleducados que son algunos de esos títeres. Dice un refrán que al rico y al loco todo le queda bien. Pero bueno, le voy a dar una noticia que lo alegrará. ¿Usted ha visto alguna competición de las olimpiadas?

—No. Me he dedicado a leer, estudiar y oír música.

—Pues hay una chica, muy joven, en el equipo femenino de fútbol español, que se llama Athenea. Y además es muy buena.

—Vaya por Dios. Yo si me hubiera casado, y hubiera tenido una hija, le hubiera puesto Olimpíade...

—Con permiso de su señora, que se hubiera inclinado por cualquier otro nombre. Y eso hubiera dado pie a discusiones, y tal vez al divorcio.

—Bueno —dije sonriendo—, si nos ponemos así, la bautizamos como Carmen o Pilar. Yo en la intimidad la llamaré Olimpíade.

—¿Y a qué viene eso si a usted no le gusta el deporte?

—¿Por qué a esa chica le pusieron Athenea?

—No lo sé.

—En mi caso se lo puedo explicar: Filipo de Macedonia, el padre de Alejandro Magno, en el año 356 a. C., ganó la carrera de caballos, cuadrigas y bigas, en los juegos olímpicos. Por cierto, Filipo significa el amante de los caballos.

—¿Y qué tiene que ver todo eso...?

—Déjeme terminar. Su mujer, una princesa molosa, embarazada de Alejandro, se cambió el nombre por los olímpicos triunfos de su señor marido. A partir de ese día se hizo llamar Olimpíade. Me gusta mucho el nombre. Además, Olimpíade fue una mujer de armas tomar. Estos que van por ahí insultando y proclamando victorias más que dudosas le hubieran durado a ella un suspiro.

—Eran otros tiempos.

—Sí. Y tenían sus cosas buenas.

—¡Hombre! —exclamó en tanto llenaba las vacías copas—. No querrá usted volver a aquellos tiempos bárbaros de venenos y puñales.

—Mire —dije sonriendo—, a usted le cansan las olimpiadas, y a mí la pésima retórica actual. ¿No se ha percatado de que unos y otros se acusan siempre de lo mismo? Bueno, menos el rey de los necios, que acusa a su contrincante de no ser negra. Yo creo que en un sistema democrático en cuanto un aspirante comete una falta de educación, lo deberían retirar de la carrera presidencial.

—O cuando miente.

—Por ejemplo.

—Tendríamos un mundo sin necios y sin juegos olímpicos. ¿No sería un poco aburrido?

—No se preocupe: ya inventaremos cosas nuevas. Imaginación no nos falta.

—Por cierto, me ha intrigado a mí eso de Olimpíade. Me tiene que hablar de ella.

—Nos hará falta otra botella de vino porque esta —dije vaciando las dos gotas que quedaban en su copa— ha terminado su participación en el torneo. Pero otro día: nada en demasía.

—Otro día. Tiene razón: me gusta el nombre de Olimpíade.

—Me alegro.

Vicente Adelantado Soriano
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Notas

  1. Esteban Berbel, Los juegos olímpicos, p. 88. Gredos, Grecia y Roma, Barcelona, 2019.
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