Saltar al contenido

Un cuadro en la pared

jueves 8 de mayo de 2025
¡Comparte esto en tus redes sociales!
Un cuadro en la pared, por Vicente Adelantado Soriano
Había dibujado un puente curvo. Un niño caminaba por él. Mientras, un enorme ángel, con las manos y las alas extendidas, cuidaba de que no se cayera al río.
Se desliza la edad furtivamente
y nos engaña, yéndose en un vuelo.
Se nos escurre el año presuroso
lanzando sus caballos al galope.
1
Ovidio, Amores.

No sé quién me alcanzó el móvil y me puso las gafas. Pedí que levantaran la cabecera de la cama. Pulsaron el botón y ésta comenzó a elevarse. Hice una seña. La detuvieron. Entonces pude conectar el móvil y leer el mensaje recién llegado. Un amigo, pocos días antes, cuando todavía podía moverme un tanto, me preguntó, mediante cuatro palabras, qué necesitaba. Una pregunta un tanto peculiar cuando acababa de ingresar en el hospital. No podía moverme. Le contesté, por decirle algo, con dos o tres frases, que rezara por mí, pero que lo hiciera en latín, pues en esta lengua, añadí con un punto de ironía, las plegarias tienen más predicamento. El hombre se lo tomó en serio. Me mandó el padrenuestro en latín. Indicando que, por lo menos, lo había leído. He recibido una educación cristiana. Hubo una época de mi vida en la que me sabía esa oración, y muchas más, en latín. La volví a leer. Una de sus frases me impactó: fiat voluntas tua. Hágase tu voluntad. Pedí entonces que me quitaran las gafas y el móvil. Libre de estos aditamentos, me adormecí. Un sueño profundo, pero lleno de recuerdos.

Siempre tenía la misma visión: un maestro, sentado en su cátedra, iba recorriendo, con un punzón, un enorme texto escrito en griego sobre un gran papiro. Yo lo leía siguiendo el punzón. Y, despierto, lo interpretaba como una cosa maravillosa: cuando llegara a casa, seguro, tendría completada la traducción de algunos diálogos de Platón, que me llevaba entre manos. Sonreí. Y, débil como estaba, comencé a preguntarme si no había un error en la frase del padrenuestro: “¿No debería ser —me preguntaba tontamente— fiat voluntas tuas?”. Me enfadé conmigo mismo. A estas alturas no podía cometer semejantes errores. Voluntas es una palabra femenina, de la tercera declinación, voluntas, voluntatis. Por lo tanto le corresponde el singular femenino del posesivo, es decir, tua.

Seguía siendo humano, un hombre con ganas de moverse y caminar, pero impedido de hacerlo. Por el momento.

Entró una enfermera. Me puso otro gotero. Y la mascarilla. Esta era una verdadera distracción: cada vez que expiraba salía de ella una especie de neblina acompañada de un leve borbotar de un líquido mágico. Me recordaba a los dragones de los cuentos medievales echando humo por las narices. ¿Me estaría transformando en un dragón? Mi piel seguía igual: fláccida, pálida, pero sin escamas. Seguía siendo humano, un hombre con ganas de moverse y caminar, pero impedido de hacerlo. Por el momento. Y entonces se me ocurrió que estaría muy bien escribir en la pared que tenía enfrente la frase: fiat voluntas tua. Y aplicarla. Pero, como siempre, una cosa es predicar y otra dar trigo. No podía hacer nada, ni siquiera sacar los pies fuera de la cama: estaba totalmente a merced de médicos y enfermeras. Pero, aun así, quería que se hiciera mi voluntad, no la suya, la de quien fuera. Y la mía era poder levantarme, caminar, alcanzar por mis medios la botella de agua, ir al servicio, no depender de nadie.

Mi situación se podía interpretar como una cura de humildad. Pocos días antes viví una situación similar: una persona muy mayor, vivía sola en su casa, sin poder salir a comprar ni el pan. Me recordó entonces su viejo orgullo, sus enormes tonterías y fanfarronadas. Total, para terminar como terminamos. Igual que cuando somos niños de pocos años: dependiendo unos de los otros. Debería ser suficiente este recuerdo, y este final, para ser más amables y humanos con nuestros semejantes. Pero la inconsciencia, el orgullo, el miedo y el olvido nos pueden.

Volví a adormecerme. En sueños recordé entonces un horrible cuadro. Pendía sobre el cabezal de mi cama de niño de pocos años. Había dibujado un puente curvo. Un niño caminaba por él. Mientras, un enorme ángel, con las manos y las alas extendidas, cuidaba de que no se cayera al río. Y en algún lugar estaba la famosa oración: Ángel de la guarda, dulce compañía, no me abandones ni de noche ni de día, pues sin ti me perdería. Desapareció el cuadro de mi habitación. Sospecho, ahora, que lo quitó mi madre. Recordé, en sueños, una agria discusión entre mis padres un domingo: él quería que fuera a misa; ella se negaba: ni era creyente ni podía ver a los curas ni a las monjas. Me molestó aquella discusión. Gritando, mi madre, mientras, descabezaba unas anguilas para la comida. Nunca me ha gustado ese guiso, ni ver la muerte de esos bichos. Salí de casa corriendo en busca de algún amigo con quien poder jugar.

La mascarilla ya no emitía ningún vapor. Una joven enfermera me la quitó. Comprobó el gotero. Estaba a mitad. La oí recordándome, inútilmente, que no moviera el brazo donde tenía puesta la guía a la que conectaban los goteros. Asentí. Y como puede, balbuciendo, le di las gracias.

Y más curas de humildad. Tuve unas enormes ganas de orinar. Mi impulso fue levantarme de la cama. Imposible. No podía hacer ningún movimiento. Todavía. Fiat voluntas tua. Pero yo quería salir de aquella situación. Pulsé el botón. Y vinieron a cambiarme el pañal. Lo hicieron con toda la profesionalidad del mundo. Sonriéndome y tratándome con la máxima deferencia posible. Y fue entonces cuando pensé que, si se hacía mi voluntad, como esperaba, dentro de poco echaría de menos aquellos cuidados, las comidas, las cenas, no tener que preocuparme por nada. Y recordé, vagamente, varias películas, en blanco y negro y en color, en las cuales les conceden la libertad a dos presos. El de blanco y negro no quiere salir de la prisión. Volvió a delinquir para que lo encerraran de nuevo. El preso, en color, acaba suicidándose: ambos son incapaces de adaptarse al mundo y a sus exigencias. Han pasado demasiados años encerrados. Allí, en la cárcel, están sus amigos, su vida... No era conveniente, pues, que estuviera en el hospital muchos días. Era mi firme voluntad abandonarlo a la máxima brevedad.

Una mañana pasó a visitarme un joven médico. Me llamó la atención la enorme juventud de cuantos médicos pasaban por la habitación. Me dijo que los antibióticos estaban siendo efectivos, y que tratara de levantarme y caminar un poco, unos pasos. Me sorprendí. Pero en cuanto se fue traté de incorporarme. Lo conseguí no sin grandes esfuerzos. Entonces, pulsando los botones de la cama, la bajé hasta casi tocar el suelo. Con resolución y energía puse los pies sobre las baldosas. Estaban frías. Y me puse de pie. Me mareé inmediatamente. Asustado, me dejé caer sobre las sábanas. Como pude. Al hacerlo, y sin querer, pulsé el botón rojo. Vinieron un par de auxiliares. Me incorporaron, me acostaron correctamente, y extendieron la gruesa sábana sobre mi cuerpo. Me dormí de nuevo. Todavía estaba el cuadro del ángel sobre mi cabecera. Tenía mucho frío. Mi madre me había metido botellas de agua caliente entre las sábanas. Fue una delicia acariciarlas con las piernas. Pero lo que no quería era que mi madre se fuera. No me abandones ni de noche ni de día. La cogí del delantal. No obstante, ella estaba ansiosa por ir al bar de Paco y Matilde. Habían llegado unos titiriteros, y estaban montando un pequeño espectáculo. Mi madre no se lo quería perder. En el pueblo no había ninguna distracción. Salir a caminar. Se quitó el delantal con movimientos sibilinos, me lo dejó colgando de la mano, y se fue. Yo estaba dormido profundamente.

Cuando me desperté, con el delantal fuertemente sujeto por mi mano derecha, fui consciente de su engaño. Sus risas me lo hicieron más patente. Entonces, enfadado con ella, me levanté, me vestí y salí corriendo hacia la escuela, sin coger el almuerzo, sin decirle nada. Era muy temprano. La escuela todavía estaba cerrada y hacía mucho frío. Pero estaba decidido a no regresar a casa. Me dediqué a correr por los bancales para entrar en calor. Al cabo de cierto tiempo volví a la escuela. Ya estaban allí algunos amigos. Nos pusimos a jugar en espera de que llegara el maestro. Cuando lo hizo fuimos corriendo a su encuentro. Y entonces hice un segundo intento. Me levanté. Y sin marearme di un par de vueltas por la breve habitación. Pensé entonces que tal vez fuera voluntad de todos que yo saliera de aquella. Sonreí recordándome con el delantal de mi madre entre las manos. La burla tomó tintes de una cosa enternecedora. Al fin y al cabo la mujer tenía derecho a divertirse un poco. Como todos. Me animé. Arrastrando el tubo del oxígeno di varios paseos por la habitación. Me estaba recuperando. Era innegable. Aunque me fatigué enseguida y tuve que volver a la cama rápidamente. La voluntad todavía estaba verde, como las uvas de la zorra.

Vicente Adelantado Soriano
Últimas entradas de Vicente Adelantado Soriano (ver todo)

Notas

  1. Ovidio, Amores, I, 8, v. 48 y ss. en Amores, arte de amar. Cátedra, Letras Universales. Madrid, 1997. Traducción de Juan Antonio González Iglesias.
¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio