
Para Leonor Izquierdo, amica fortis
Amicus fidilis protectio fortis;
Qui autem invenit illum invenit thesaurum.1
Ecclesiasticus, 6, 14.
Cuando estaba hospitalizado, en la cama, comenzando a moverme, me consolaba pensando en lo que haría en cuanto los jóvenes doctores me dieran el alta, como ya me habían insinuado. Me impuse unas tareas que luego no se llevaron a cabo. La más graciosa e impertinente fue cambiar el uso de alguna de las habitaciones de mi casa. Llegado a ella me di cuenta de la irracionalidad de tales cambios. Lo dejé todo tal y como estaba. Quedaban las otras: salir a comprar a la ferretería, ir a la tienda de calzados a por unas zapatillas de invierno y, finalmente, acudir al mercado y llenar la nevera.
La compra de la ferretería la abandoné. Otra quimera provocada por la fiebre. A la zapatería fui acompañado por mi hijo. Dista un kilómetro, más o menos, de mi casa. Al regreso, al entrar en el patio, ya me iba por los suelos. Me fallaban las piernas. Me senté en el sofá de donde, pocos días antes, no me podía levantar. Allí, una mandarina, casi engullida, me devolvió parte de mis maltrechas fuerzas. No obstante, esa tarde ya no quise ni pude moverme. Y al día siguiente no me encontraba con ánimos, como había pensado en la cama del hospital, para ir al mercado. No me veía capaz de ir y volver, de recorrer los dos kilómetros escasos entre la ida y la vuelta. Pasé la mañana leyendo, levantándome de la butaca para caminar por el pasillo de casa, tal como hice por la habitación del hospital arrastrando el tubo del oxígeno. Empezaba a desesperarme la lentitud de la recuperación. Pensé que debía poner algo más de mi parte, esforzarme un poco más. Así pues esa misma tarde, después de comer, me fui a un supermercado no muy lejano. Necesitaba algunas cosas con una cierta urgencia. Y, sobre todo, necesitaba probarme.
Me percaté de que me estaban fallando las fuerzas apenas entré en la enorme tienda. Cogí, pues, lo imprescindible, pagué y me marché rápidamente. El semáforo estaba rojo. Me quedé de pie esperando la señal para cruzar. Me resultaba muy difícil guardar el equilibrio: me balanceaba hacia delante y hacia atrás. Me cogí del semáforo como pintan a los borrachos agarrados a una farola. Crucé la calle en cuanto el semáforo cambió a verde y los coches se detuvieron. Mis pasos cada vez eran más cortos e inseguros. Traté de animarme diciéndome que estaba muy cerca de casa, que aquel camino lo había hecho infinidad de veces sin ningún problema. Pero también recordé un famoso refrán: “Del estribo a la silla se da la caída”. Y así fue. No llegué a caerme porque había alcanzado la verja de un colegio de infantil. Me aferré a ella esperando recuperar un poco de aliento, pues apenas me separaban unos quinientos metros de mi casa. No estaba seguro de poder llegar. La debilidad se estaba adueñando de mí. Me temblaban las piernas. No tenía fuerzas. Pensé en soltarme, caer, descansar. A ese punto había llegado. Medir la acera con mi debilitado cuerpo iba a ser una delicia: tumbarme, descansar, dormir. Y en eso oí una voz que me llamaba por mi nombre.
—¿Se encuentra bien? —me preguntó un tanto preocupada—. Soy la madre de una ex alumna suya —me explicó un tanto temerosa de mi reacción—. Lo he visto, y me he atrevido a preguntarle.
—No. No me encuentro bien —le dije intentando sonreír—. He calculado mal mis fuerzas. Creo que esto es un bajón de azúcar.
—Venga —me dijo—, cójase de mi brazo y sentémonos en ese banquito. Son dos pasos.
Así lo hicimos. Me solté de la verja y me aferré a su brazo. Nos sentamos. Abrió entonces uno de los yogures recién comprados y se empeñó en que me lo tomara. Fue entonces cuando me fijé en ella: la recordaba; me llamó la atención, estando en activo, a la salida del colegio, porque siempre me pareció una mujer muy hermosa y atractiva. En tanto me tomaba el yogur me contó anécdotas de su hija, mi ex alumna. A los pocos minutos estaba recuperado. Me tendió su brazo y me acompañó hasta el portal de mi casa. Me hice cruces de la suerte que había tenido. Y le di las gracias hasta ponerme pesado. La cosa, sin embargo, no había hecho más que comenzar.
Estando en el hospital, alertada por mis hijos, vino a visitarme una antigua compañera. Dándose cuenta de la situación, la pasividad de la juventud ante ciertos eventos, fue ella quien me dio la cena y me limpió los labios con una servilleta. Volvió al día siguiente y mientras pudo. Me ayudó en todo cuanto fue necesario. Y una vez estuve en casa, aunque muy débil, fue a comprarme al mercado lo que yo había soñado comprar en tanto estaba en la cama inmovilizado. Con toda la compra ordenada pasó toda una tarde haciéndome caldo de gallina, según ella el mejor remedio del mundo para recuperarse de cualquier enfermedad. También hizo tomate triturado, y todo cuanto se le ocurrió. Me llenó los cajones de la nevera de botes y fiambreras con todo tipo de comidas, amén de envolverme en papel transparente contramuslos de pollo, pechugas, varias cortadas de ternera, otras de merluza y de salmón. Fregó todos los utensilios utilizados, y me dejó la cocina como los chorros del oro. Nunca había estado tan limpia y ordenada.
Viéndola moverse, con tanta seguridad y desparpajo, estaba alucinando. Cierto es que habíamos sido buenos compañeros de trabajo. Pero jamás imaginé que su amistad o estima por mí llegara a tal punto. Así pues, aquella noche, cuando tras cenar lo que ella me había preparado, me metí en la cama, de la cual me sobraba la mitad, me consideré un hombre afortunado pese a todo. Y con esa idea, dando las gracias no sé a quién, por poder moverme, por el encuentro fugaz con aquella mujer tan hermosa, y por la buena amistad de mi buena ex compañera, me dormí al cabo de unos pocos minutos. Con la idea de que soy un hombre afortunado. Dos mujeres lo corroboraban.
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Notas
- Un amigo fiel es una fuerte protección. Quien encuentra un amigo, encuentra un tesoro. Eclesiástico, 6-14.


