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De lecturas, fragmentos y verdades

lunes 24 de mayo de 2021
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De lecturas, fragmentos y verdades, por Rafael Fauquié
Cambia nuestra relación con el mundo y cambia también nuestra relación con nosotros mismos.

El arte de la lectura, antología digital por los 25 años de Letralia

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2021 en su 25º aniversario

¿Quiénes somos cada uno de nosotros, si no una combinación de experiencias, de informaciones, de lecturas y de imaginaciones?
Italo Calvino

Leemos páginas que nos hablan. Al leerlas, también las escuchamos; en silencio, porque leer necesariamente entraña la presencia del silencio. Sólo en silencio alcanzamos a distinguir realmente esas verdades que escuchamos con nuestros ojos.

Leemos: conocemos razones que se nos comunican. Las compartimos o no; pero podemos convertirlas en algo real: versiones descifradas desde la lucidez que nos orienta, la imaginación que nos permite soñar o los prejuicios que no podemos evitar.

Leemos: descubrimos en nuestras lecturas hallazgos que incorporamos al recuerdo de nuestras experiencias. Leemos libros que añaden en nosotros imágenes, rostros, escenas, reflexiones que quizá nunca lleguen a abandonarnos del todo. Libros que amplían o modifican nuestros puntos de vista contribuyendo a conformar cierta personal cartografía del mundo. En ellos podemos distinguir la potestad de nombrar lo real, lo justo, lo ineludible; y de hacerlo con transparente exactitud.

En ciertos textos es posible distinguir, en apenas pocas líneas, esas revelaciones “sembradamente, avaramente ocultas”.

El aprendizaje de la lectura llega lentamente, como un largo proceso relacionado con nuestras propias vivencias. A medida que el tiempo avanza, nos hacemos más selectivos en nuestras lecturas. Apenas algunos autores y apenas algunos libros alcanzan a conformar un pequeño círculo de voces a nuestro alrededor. Descubrimos en ellas esenciales coincidencias con nuestra manera de ver, de comprender, de valorar.

Decía Paul Valéry que “todas las cosas preciosas que se encuentran en la tierra, el oro, los diamantes, las piedras que serán talladas, se encuentran diseminadas, sembradas, avaramente ocultas en una porción de roca o de arena donde a veces las descubre el azar”. Es el caso de ciertos textos en los cuales es posible distinguir, en apenas pocas líneas, esas revelaciones “sembradamente, avaramente ocultas”, esos mensajes que resulta humanamente imposible ignorar. Es, por ejemplo, el caso de dos breves fragmentos poéticos de Octavio Paz.

El primero de ellos dice así:

Con gran dificultad y avanzando a razón de un milímetro por año, tallo un camino en la piedra. Durante milenios he gastado mis dientes y roto mis uñas para llegar allí, al otro lado, a la luz y el aire libre. Y ahora que mis manos sangran y mis dientes tiemblan, inseguro en una cueva, doble­gado por la sed y el polvo, me detengo a contem­plar mi obra. He pasado la segunda parte de mi vida quebrando las piedras, taladrando los mu­ros, derribando las puertas, quitando los obstácu­los que coloqué entre la luz y yo en la primera parte de mi vida.

¿Qué es la luz? ¿Qué metaforiza? ¿Acaso el brillo de una revelación? ¿La luminosa certeza de los más genuinos aprendizajes? ¿Tal vez traduzca razones como estas: “he aprendido a priorizar, a elegir, a distinguir, a responder…”? ¿Se refiere, quizá, a la luz de los conocimientos necesarios, esa que suele llegar al final del camino, tras muchas equivocaciones y arrepentimientos; la luz de la madurez y de las experiencias debidamente aprovechadas, la de la autoaprobación, disipada ya la oscuridad de antiguas decepciones y torpezas?

Cambia nuestra relación con el mundo y cambia también nuestra relación con nosotros mismos. Lo que existió en nuestro pasado, lo que existe ahora en nuestro presente… Imagen del tiempo como construcción, como expresión de cierta versión de la aventura de vivir: la del crecimiento en medio del válido descubrimiento de humanas respuestas. Una opción que contradice otra igualmente posible: la del tiempo como dolorosa suma de desengaños y el desvanecimiento de anteriores esperanzas.

En suma: paso de los años como aprendizaje o como desilusión: dos realidades igualmente posibles, dos miradas igualmente ciertas.

Transcribo ahora el segundo de los textos:

Soy otro cuando soy, los actos míos son más míos si son también de todos, para que pueda ser he de ser otro, salir de mí, buscarme entre los otros, los otros que no son si yo no existo, los otros que me dan plena existencia, no soy, no hay yo, siempre somos nosotros, la vida es otra, siempre más allá, más lejos, fuera de ti, de mí, siempre horizonte.

Leemos ciertas voces y sentimos que ellas nos ayudan a relacionarnos con el mundo.

De muchas maneras, estas palabras parecieran complementar las otras. Lo que antes eran afirmativos reconocimientos dentro de un tiempo personal, se ha convertido ahora en la certeza de una imprescindible otredad. La “luz” descubierta por el yo dentro de sí mismo se proyecta ahora en una “luminosidad” dirigida hacia el afuera, hacia lo compartido con un “nosotros”. El poeta reconoce la imposibilidad de ser sólo él al interior de un mundo poblado por necesarios otros. La anterior imagen de un yo enfrentado a su memoria es, ahora, la conciencia del ser humano como parte de un todo; revelación de sentimientos, actitudes y propósitos destinados a hacerse comunicación, proximidad, convivencia.

Los seres humanos nos parecemos. Poseemos alegrías y dolores, nostalgias e impulsos similares. Nos conmueven y asombran cosas parecidas. Somos constructores de itinerarios y oteadores de destinos. Podemos, unos y otros, comunicarnos desde nuestras semejanzas y en la previsible coincidencia de determinadas respuestas. Es esa una de las razones de la lectura. Leemos ciertas voces y sentimos que ellas nos ayudan a relacionarnos con el mundo. Y las elegimos como referencias, como ilustraciones certeras, como fragmentarios dibujos de un universo humano que nos concierne y al cual nunca podríamos dejar de tratar de entender.

Rafael Fauquié
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